miércoles, febrero 22, 2006

Todo perro tiene su día IV

No cansaré a mis tres lectores con la narración detallada de momentos íntimos. Que el pasaje anterior sirva como botón de muestra para entender el ambiente en que se dio la grabación de Todo perro tiene su día. Prefiero hablar de las canciones.

Sugiero escuchar este disco con audífonos y a todo volumen. Hay que aislarse, pero de veras aislarse, como lo hacen los anacoretas cuando quieren percibir la voz de Dios. Porque, a propósito, el disco inicia con
Hacia dónde voy, una canción de tono mesiánico.


HACIA DÓNDE VOY
UTA MADRE LEVEL: 5 ESTRELLAS.

Veo a un profeta enojado, levantando los brazos y lanzando imprecaciones contra un mundo de ciegos, una imagen que abona a favor de la asociación que en algún momento hice entre el grupo bonaerense y el idealismo revolucionario de mediados del siglo XX. Sin embargo, tengo que ser cauteloso, porque esta relación no es necesariamente compartida por la banda. El domingo pasado, saliendo del cine con Ignacio Espósito (fuimos a ver Syriana B-15, de Stephen Gaghan), el baterista me dijo que él, personalmente, está más cerca de Gandhi que del Che Guevara...

-A sabiendas, Agus, de que quién sabe, porque... ¿qué alcanzó Gandhi con su pacifismo?
-¡Bueno, Nacho, digamos que él es protagonista central en la independencia de la India! De cualquier manera, tomo en cuenta tu deslinde del agua que llevo a mis molinos
-¿Quieres decir que tú sí tomarías las armas y participarías de una revolución violenta?
-¡No! Soy un hablador.

Advierto lo anterior para que se entienda que todo lo que aquí escriba es una interpretación personal, no una exégesis, porque no estamos ante un Viejo Testamento sino ante Vieja Estación, una banda de rocanrol.

Vayamos a Hacia dónde voy.

Imagina que abres la puerta de tu casa y, en ese preciso instante, un enorme tanque blindado te sorprende y te lleva de corbata hasta la cocina.

¡Pero no es un tanque militar, es un tanque de música, que bien hubiera funcionado en la Roma de Cletus Awreetus-Awrightus, el emperador funky de El Grand Wazoo!

Así comienza el disco de Vieja Estación: la guitarra de Santiago –sostenida por el resto de la banda, que parece un ejército invasor de conciencias y de corazones- no te da tiempo si quiera de servirte el primer whisky o encender el primer cigarro. Cuatro compases duros y precisos, que de tan severos rompen los muros más interiores de la indolencia cotidiana; y del polvo surge, entonces, la voz de Ezequiel, que aquí parece llegar del desierto, vestido con piel de camello, después de alimentarse de raíces y miel silvestre.

Escucho la canción mientras miro, por casualidad, el Martirio de San Sebastián pintado por Antonio de Pollaiolo (1432-1491). Este pasaje del martirologio cristiano ha sido plasmado por otros artistas, como por ejemplo El Greco. El santo, torturado por las flechas envenenadas que lanzan los soldados de Diocleciano, parece preguntar, como el Polaco, hacia dónde voy, con esa misma mezcla de obstinación e incertidumbre que puede observarse en quienes no traicionan principios ni ideales.

Sebastián muere (aunque no en ese momento, sino en una segunda aprehensión) por profesar la fe cristiana entre sus compañeros soldados (él era centurión del imperio); y aunque creamos ver en su rostro beatitud, es muy probable que en el momento del suplicio lo que pasa por su debilitada mente es la misma serie de angustias y dudas que tuvo Jesús al ser crucificado (Leví Leví lemma sabactani, Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?, dicen Marcos y Mateo que dijo su maestro a la hora nona, un poco antes de morir).

¿Y si he llegado a esto basado en una ficción, en un sueño? ¿Hacia dónde voy?

Después de correrla tres veces seguidas, quito la canción y me pongo a escuchar la música incidental compuesta por Debussy sobre la pieza escrita por Gabriel D’Anuzzio para narrar la historia de Sebastián. Y sólo así puedo escribir, para esconderme un rato del Polaco y de toda Vieja Estación.

El título de la canción se vuelve frase colectiva en el primer verso, ¿Hacia dónde vamos?, que da paso a la retórica de la indignación: ¿Hay que tragar barro para renacer?

Repito, hay en esta canción el peso del disgusto y el reclamo, hay mucha incomodidad. No puedo evitar las referencias bíblicas: recuerdo a alguien que, hastiado de los mercaderes en el templo, se lanza contra ellos, los acusa de herejes y los expulsa violentamente. Poco falta para que el Polaco grite ¡Han convertido la casa de mi padre en cueva de ladrones!

Sin embargo y a diferencia de los profetas más encumbrados, el personaje de Hacia dónde voy admite que no tiene las respuestas. Y no las tiene porque, dice, no las conoce…

¿Pero a quién puede importarle lo que yo pueda creer?

Al escuchar esta cátedra de humildad y de humanidad, surge en mi mente aquella escena de La última Tentación de Cristo, de Scorsese, en la que Jesús (Willem Defoe), casi al principio de la película, se confiesa ante Judas (Harvey Keitel) y advierte que nada tiene que anunciar, que, al contrario, él es un hombre miedoso y lleno de dudas. El personaje de Hacia dónde voy, sin embargo, no llega a tal desprecio de sí mismo: sólo quiere decir que, a diferencia de otros, él no trae consigo la verdad; sólo coloca el dedo en la llaga y deja en cada uno de nosotros la responsabilidad de caminar.

Escupí las moscas de tu boca y entendé…
Sos el único que puede llevarte hasta donde vos querés.

Dos detalles se presentan en la pieza como altorrelieves de esta Máquina de Rocanrol que es Vieja Estación: un pequeño momento de Jose Luis Sánchez, cuyo teclado adorna el mediodía de la canción, y el solo de guitarra con el que Santiago cierra el discurso y dibuja el camino hacia el horizonte, donde el profeta se pierde de la vista de todos y se va a sentir el sol en sus pies.

1 comentario:

Tlacuiloco dijo...

Ev’rywhere I hear the sound of marching, charging feet, boy
’cause summer’s here and the time is right for fighting in the street, boy
But what can a poor boy do
Except to sing for a rock ’n’ roll band