lunes, julio 30, 2007

sábado, julio 28, 2007

Rebeca meets Zappa

Ha llegado ya el mediodía del sábado, y mi desayuno es exquisito...

¡Huevos oaxaqueños!

Se trata de dos huevos estrellados montados sobre tortilla y bañados en salsa pasilla. Su origen se subraya con una protección bondadosa de queso Oaxaca, y el espectáculo es adornado con medialunas de aguacate.

Alrededor del plato, el meserito ha dejado un jugo de toronja fresca, un café con leche, un pan de dulce y un bolillo delicadamente tasajeado.

Mojo un codo de bolillo con la combinación perfecta de salsa y yema. Miro mi hazaña y sonrío. Por fin, rompo el ayuno. Al mismo tiempo, escribo la palabra comienzo...

Comienzo por lo que más me entusiasma en este preciso instante: el reciente mensaje de Rebeca Alvarado, nuestra corresponsal en Tulsa, Oklahoma:

Querido Agus, ¿cómo estás? Déjame contarte lo que acaba de pasarme. ¿Reconoces este cartel? Bueno, pues cuando lo vi por las calles de Tulsa, pensé: Mi precioso maestro viene a dar una tocada.

También pensé que tal vez te habías cambiado de nombre. Pero, triste decepción, se trata solamente de un clon.

Un beso.


Ay, Rebeca, qué cosas dices. Desde que leí tu mensaje, me ha dado por asomarme al espejo para decirme a mí mismo Moo-ahh! y arquear una de mis cejas. Moo-ahh! es la interjección-onomatopeya-ruido que hace Frank Zappa al inicio de Nena, quítate los dientes (del álbum Them or us, de 1984)... y en medio de otras canciones.

Has de saber, Rebeca, que en las extrañas entrañas de la melomanía existen, apenas iluminadas por agua de luz que se filtra del subconsciente, oscuras habitaciones donde se reúnen Exegetas de la Invención con el propósito de descifrar y analizar los más mínimos detalles de la obra del maestro Frank. Acabo de encontrarme, por ejemplo, un foro dedicado a explorar el sentido de Moo-ahh! en el corpus zappiano. El foro es divertidísimo, aunque a muchos podrá parecerles absolutamente vacuo (¿y qué no lo es en esta vida, Rebeca milagrosa?)…

-No dice Moo-ahh! Dice Poo-ahh!
-Es el sonido que suelta un french-poodle cuando habla dormido...
-No, es el nacimiento de Nanook, el esquimal…


A propósito, el rocanrol y el blues están llenos de vocablos proto-léxicos. Enlisto los que primero me vienen a la memoria: el guang dang dudul de Willie Dixon, el be bop a lula de Gene Vincent (¿pero quién compuso la canción?), el gu gu gu chub de Lennon, el du du du da da da de The Police, el aguambabaluba duambabum de Little Richard, el mu-aaa de Zappa… Habría que escribir un pequeño tratado sobre el tema, cosa que pienso hacer si la John Simon Guggenheim Memorial Foundation recibe mi propuesta y la toma en serio.

Zappa plays Zappa

Pero volvamos al cartel del que hablas, Rebeca. Para ello, tenemos que hacer un poco de historia.

Fue en 1966 cuando Zappa conoció a Adelaida Gail Sloatman, una jovencita de veintiún años que entonces trabajaba en el Whisky a Go Go, centro nocturno –hoy legendario y aún abierto- ubicado en el área de Sunset Strip de Sunset Boulevard, en el West Hollywood de Los Ángeles, California. Desde entonces y hasta 1993, año en que muere Frank, la pareja se mantuvo unida, y en el camino procrearon cuatro chamacos: Moon Unit (1967), Dweezil (1969), Ahmet Emuukha Rodan (1974) y Diva (1979).

Te cuento un detalle gracioso acerca del segundo hijo: el hospital donde nació se negó a registrarlo como Dweezil (así llamaba Zappa al dedo pequeño del pie izquierdo de Gail), por lo que el padre dictó a quien estaba redactando el acta lo primero que le vino a la cabeza: Donaldo Calvino Euclides. ¿Ese nombre sí vale? ¡Pues ya estuvo, vámonos!

A los siete años de edad, el niño exigió a sus padres que modificaran el acta y lo volvieran a registrar, ahora con el nombre que siempre desearon para él: Dweezil.

Bueno, pues sucede que, con el paso del tiempo, Dweezil se ha convertido en un excelente músico, capaz de reproducir con suficiente fidelidad el estilo zappiano. Su mismo padre pudo detectar las capacidades del muchacho en la guitarra, así que lo invitó en varias ocasiones al escenario y al estudio (podemos escucharlo, adolescente aún, en Them or us, Läther y Jazz from hell, entre otros muchos álbumes).

Creo que fue en 2005 cuando, apoyado por su madre y sus hermanos, Dweezil decidió formar una banda para ejecutar la música de su padre y difundir así la obra de uno de los compositores más importantes del siglo XX.

Actualmente, la orquesta básica está formada por Aaron Arntz (teclados y trompeta), Sheila Gonzalez (vientos, teclados y voz), Pete Griffin (bajo), Billy Hulting (marimba y otras percursiones), Jamie Kime (guitarra), Joe Travers (batería y voz) y, por supuesto, Dweezil en la guitarra. Además, en cada presentación aparecen como invitados músicos que alguna vez formaron parte de las bandas de Frank Zappa: Napoleon Murphy Brock, Terry Bozzio, Ray White, Steve Vai, etcétera. Con dicha banda, Dweezil ha organizado diversas giras alrededor del mundo, bajo un sugerente nombre: Zappa plays Zappa.

Asisitrás, pues, Rebeca, a una edición de este concierto el próximo lunes 13 de agosto, en el Cains Ballroom, lugar de tu ciudad tan legendario como el Whisky a Go Go de Los Ángeles. Y que vayas al concierto me alegra muchísimo, porque contigo va El Espíritu de la Estufa Divina.

Visita de doctor

Anoche estuvo Jaime Holcombe en Ruta 61. Vino a México a arreglar negocios personales, pero ya se regresa en unos cuantos días a su actual residencia: Houston, Texas. Y así como ya nos contó de su presencia en el concierto de The Police y de su palomazo en el bar Pearl, ahora nos presume del espectáculo al que asistirá: ¡Un concierto de Johnny Winter! Estaremos esperando su reseña.

Dos mexicanos en Chicago

Eduardo Serrano (dueño de Ruta 61) e Ignacio Espósito (baterista de Vieja Estación) andan desde el pasado miércoles en Chicago, supongo que con un objetivo central: cazar buenos músicos de Chicago y traerlos al escenario de nuestro querido bar.

Han aprovechado el viaje para asistir a algunas de las fiestas que en el Legends están celebrándose por los dieicoho años del club de Buddy Guy. Tal vez el mismo miércoles escucharon a Carl Weathersby. Probablemente, el jueves conocieron a Brian Lee. Quién sabe. Lo indudable es que hayan estado el viernes en el lugar, para disfrutar de Carlos Johnson y negociar con él una tercera visita a México. Y esta noche de sábado, seguro que ahí estarán Lalo e Ignacio para saludar a Lurrie Bell, gozar de su música e invitarlo a tocar por segunda vez en Ruta 61.

Esperemos buenas noticias.

jueves, julio 26, 2007

En busca del trineo perdido

¿Has recorrido ya, arqueólogo lector,
el Pasadizo Rosebud?

Aquí tienes un botón de muestra
de lo que en los años ochenta del siglo pasado fue...
Mamá-Z
Laboratorio de Teatro y Taller de Autoayuda


Si después de escuchar lo anterior deseas seguir envenenando tu alma,
apachurra la palabra chayotes.

El roncarolero que olvida su pasado
está condenado a repetirlo.

José Ortega y Gasset

martes, julio 24, 2007

Escobar y Hania

Un glorioso Mustang Sally...
¡Con ustedes, el gigante Wilson Pickett en 1966!


Ya entrados en gastos, mi hermano Gerardo me envía la versión de Mustang Sally hecha por Los Lobos, inmensos y siempre amados. Esta interpretación aparece en la banda sonora de Miss Congeniality, película del año 2000 protagonizada por Sandra Bullock y Michael Caine.

Observa un detalle, lector atento: el menso que colocó la canción en Goear piensa que su título es Sally, y que está interpretada por un grupo llamado Los Lobos y Los Mustang. De cualquier manera, es una delicia.


Desde Argentina

Con especial dedicatoria a quienes se encuentran actualmente en Escobar, Carlos Carabba (nuestro corresponsal en Argentina) nos informa del próximo concierto de Los Bufones Dementes, el domingo 29 de julio, a partir de las 9 y media de la noche.

Bueno, gente, vamos a estar tocando un acusticón, donde presentaremos temas nuevos, tanto originales como covers, bajo el lema Acústico pero Rockero Vol. 2.

La cita es en Jet Set Retro (E. Tapia de Cruz 771, Escobar, Provincia de Buenos Aires), donde es posible comer y tomar hasta reventar. ¡Los esperamos a todos! La entrada es gratuita.


Desde Grecia

También escribe Sabina León, nuestra correponsal en Grecia:

¡Hola, Agus! Hace rato que no te escribo. ¿Cómo va todo? Yo estoy en Hania, la ciudad más bonita de Creta. Ya recorrí el Peloponeso. ¡Es un viaje en el tiempo! Sus paisajes son hermosos, y se entiende por qué allá iban los dioses a descansar. Te mando un abrazo y un beso desde acá. Salúdame a los ruteros. Sab.


Los dulces dieciséis

En 1944, un joven inglés llamado Víctor Stanley Feldman apareció como baterista invitado en la banda de Glenn Miller. Contaba con apenas diez años de edad y, para colmo de sorpresas, también tocaba el vibráfono, el piano y las congas. Once años más tarde, poco antes de dejar su país para irse a residir a los Estados Unidos de Norteamérica, Felman lanzó al mercado un álbum titulado Suite Sixteen, en el que participaron los trompetistas Jimmy Deuchar y Dizzy Reece, los tenores Ronnie Scott y Tubby Hayes, y el pianista Tommy Pollard.

El reconocido crítico e historiador Scott Yanow cataloga el jazz de este disco como boppish con sorprendentes arreglos de swing. A ver si alguien me explica con claridad qué es eso de boppish (la cuarta edición del American Heritage Dictionary of the English Language dice: In the style of bop music, a spirited boopish essay, full of harmonic twists and darting single-note runs). Supongo que es una manera coloquial de referirse al bebop, ese jazz que en los cuarenta rompió con la agotada rutina del swing (creo recordar algo: para explicar el término bebop, el joven Dizzy Gillespie decía que ése era el sonido que se escuchaba cuando la porra de un policía topaba con la cabeza de un negro).

Pero lo que me interesa en este momento es advertir una coincidencia y hacer una pregunta: el título del álbum de Víctor S. Feldman, Suite Sixteen (1955), ¿habrá aparecido en las conversaciones de Chuck Berry con los hermanos Chess al momento de grabar Sweet Little Sixteen, en 1958? De eso y de otras cosas hablaremos próximamente en nuestra gustada sección Huellas en la Estufa, a la que puedes ingresar, lector arqueólogo, si apachurras la vieja estufa color de rosa que se encuentra en alguna parte de esta bitácora.

Tu nombre me sabe a yerba...

Hoy me levanté con una vieja canción de Serrat en la lengua y una mujer en la boca del estómago:

Tu nombre me sabe a yerba,
pero no de la que nace en el valle
a golpes de sol y de agua,
sino de la que forjaste en casa
en medio del vino y la zarzamora
bañada en chocolate caliente.

viernes, julio 20, 2007

Mellow Down Easy

Regresemos un rato, Octavio, al arte figurativo.

Bien hecho, el arte figurativo es tan sabroso como los Ostiones Rockefeller que anoche nos preparó nuestro querido Lalo Serrano (no sé si es cajun o creole, pero se trata de un platillo famoso de Antoine´s, restaurante de la zona Bourbon en Nueva Orleans, 713 St. Louis Street, inaugurado en 1899 -es decir, que don Benito Juárez no lo conoció). Lalo no sirvió los ostiones en sus valvas, pero ni falta que hizo (si no lo dices tú, yo ni me entero).

Escuchemos la potentísima versión de Melow Down Easy hecha en 2001 por The Nightporters, extraordinaria banda inglesa fundada en 1997 y desintegrada en 2002.

Cuidado, no debemos confundir a los Nighporters británicos con los Nightporters de Atlanta, Georgia: son dos grupos distintos, con conceptos musicales absolutamente diferentes (yo me quedo con los europeos).

The Nightporters sólo hicieron dos discos: Feelin’ Good (2001) y Rollercoaester (1999).

Ian Roberts, líder de la banda, formó casi inmediatamente una nueva agrupación, The Weathermongers, en la que se encuentran el bajista Ian Jennings, el baterista Steve Hamzij y el tecladista Ross Jones. Quienes han visto el largo documental de Martin Scorsese acerca del blues, seguramente recuerdan a Ian Roberts: toca el contrabajo en la orquesta que acompaña a Jeff Beck y a Van Morrison.

¡Con ustedes, The Nightporters! Sugiero que se escuche con audífonos y a todo volumen.

jueves, julio 19, 2007

De nuestros corresponsales en el mundo

Tenemos nueva corresponsal, ahora en Tulsa, Oklahoma.

En 1985, Rebeca Alvarado terminó el bachillerato y se despidió de la escuela de monjitas donde el que esto escribe daba clases de literatura. Entonces, ella tenía dieciséis años y unas ganas enormes de que pasaran cosas en su vida.

Rebeca decidió viajar a Canadá y quedarse a vivir ahí todo un año. Luego, regresó a estudiar Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana, donde se especializó en cine, se casó y tuvo un hijo.

En 1996, Rebeca se divorció y se fue a vivir a San Antonio, Texas, donde hizo radio y, gracias a su talento y su esfuerzo, consiguió producir un programa de noticias matutino, con tres horas al aire. Más tarde, se interesó en la televisión y entró a Telemundo como productora.

Pasaron tres meses, y cierta mañana, al llegar a trabajar, se encontró con una gravísima noticia: habían secuestrado al arzobispo de la ciudad. Rebeca buscó a los dos conductores, pero ninguno contestó su teléfono. ¡Urgía preparar la noticia! ¿Qué hacer?

¡Rebeca, vas al aire… ya! –dijo el presidente de la estación-. Y no te lo estoy pidiendo, es una orden.

Rebeca condujo el programa durante siete horas, sin interrupción. Al llegar los dos conductores de planta, el presidente se negó a sacar del aire a la improvisada conductora, quien había hecho un trabajo a cuadro simple y sencillamente sensacional: los involucrados en el fenómeno televisivo (emisores y receptores) siempre agradecen una combinación mágica: profesionalismo y belleza.

Ella ha dado la cara. Ahora, que termine -sentenció el presidente, para luego ofrecer a Rebeca un cambio de actividad profesional-. Niña, estás desperdiciando tu tiempo como productora. Te propongo que te incorpores al equipo de reporteros.
En 2001, Rebeca Alvarado fue la conductora del noticiero de Telemundo en su edición vespertina. Más tarde, se mudó a la edición nocturna, donde permaneció durante casi un lustro. Hace un año, renunció a su trabajo como conductora y se fue a vivir a Dallas con su hijo. Inmediatamente, Telemundo la buscó y le ofreció trabajo como reportera y productora (ha sido ya nominada para dos Emmys). Pero Rebeca sentía que ya había cumplido su ciclo en la televisión, así que eligió una nueva residencia: Tulsa, Oklahoma, donde vive desde hace seis meses y donde trabaja como periodista en La Semana del Sur (firma como Rebeca Silva, el apellido de su actual esposo).

Ahora, después de veintidós años de haberla visto por última vez, la nombramos oficialmente correponsal de El Blues de la Estufa Divina. Como primer contacto, nos envía un breve mensaje:

Siempre me gustó tu forma de tratarnos: con mucho cariño. ¿Te acuerdas, Agus, de la canción del moco? Ya se la enseñé a mi hijo, y le dije que mi profesor favorito me la enseñó cuando yo era adolescente, a principios de los ochenta. Me encantaría organizar una velada musical, con queso, pan y vino, ahora que vengas. ¿Qué te parece?

Para leer los reportajes de Rebeca en La semana del Sur (su más reciente artículo trata sobre el futuro del río Arkansas), basta con apachurrar la última palabra de este párrafo.

Vayamos a otras partes del mundo...

Cecilia García-Robles, ex-guitarrista de Mal de Ojo y de Mamá-Z, profesional de la traducción y la interpretación, y terapeuta del autor de esta bitácora, escribe desde Dublín:

Seguimos en Irlanda, padeciendo la vida desde un escenario diferente. Creo que por eso me gusta viajar. Sufrir la vida debajo de la lluvia europea hace que las rutinas desaparezcan, y eso sí que lo valoro. Ya te contaré con más detalle y te enseñaré fotos. La próxima semana iremos a Barcelona. Te quiero mucho.

Jaime Holcombe, ex-guitarrista de Las Señoritas de Aviñón y profesional de la publicidad, nos escribe desde Dallas, Texas, su actual residencia.

Ya tuve mi primer bautizo, tocando tres canciones en un bar de blues llamado Pearl, en Downtown Dallas, en la esquina de Pearl y Commerce. Se trata de un bar elegante y cómodo, diseñado con muy buen gusto. De iluminación suave y atmósfera tranquila, y con arte abstracto colgado de sus paredes. Los lunes, es posible participar en algún blues jam. Y durante el fin de semana, la oferta es muy atractiva: jazz los viernes, blues los sábados y música clásica en las tardes de domingo.

Si quieres saber más sobre el Pearl, apachurra la palabra envidia.

Y si estás interesado en conocer más sobre la actividad cultural de Jaime en Dallas (su más reciente reportaje trata acerca del concierto de The Police al que asistió nuestro corresponsal), apachurra la fotografía que de él se encuentra en alguna parte de la barra de enlaces que tienes a tu derecha, o apachurra la última palabra de este párrafo.

Desde Chicago, Illinois, Billy Branch responde a mi muy personal interpretación sobre la verdadera naturaleza del Hoochie Coochie Man plasmada en la última entrega sobre Lurrie Bell (filtros 12 a 15).

By the way, the Hoochie Coochie Man is definitely not a myth..

Desdémona Peniche no ha dicho esta boca es mía desde el 22 de agosto de 2005, día en que, desde su chalet en Key Biscayne, Florida, envió el siguiente mensaje:

¿Tú crees que las emociones viajan? Pues ayer dijiste que te sentías como borracho. Yo, hoy quiero verte, siento un poco la emoción de abril, las ganas de plantarte un beso, de abrazarte. No, eso estuvo muy solemne. Hoy tengo ganas de hacerte el amor. ¿Es malo desear a un amigo?

Desde Barcelona, Cataluña, La Guare presume:

Hace algunos días, Agus, estuve en el concierto de Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat. Ambos… gigantes, sensacionales, viejos hermosos, geniales. Por otro lado, espero que me invites a bailar antes de los 64. Más te vale, monada. Escríbeme, que te extraño.

No publicamos fotografías de La Guare, porque hay una ley internacional que nos lo prohíbe.

De Sabina León nada sabemos. Andaba en Grecia cuando nos escribió por última vez. ¿Estará ahora en Estambul? La falta de noticias es buena noticia, dicen los que saben esperar. Lo mismo debemos decir de Jean-David Levy, quien ha guardado silencio sepulcral desde que regresó a Francia.

Al enterarse de que Ezequiel Espósito irá a Argentina a principios de agosto, Carlos Carabba, guitarrista y voz de Los Bufones Dementes, no tardó en escribir:

¡Ah, pero qué buena noticia! Ojalá nos podamos ver con el Polaco cuando llegue. La última vez que lo vimos fue justo cuando grabábamos el demo en lo de Fabio. Pero fue un segundo nada más.

Los Bufones Dementes tocarán otro acústico el próximo 29 de julio. Ya veremos qué nos depara el destino. Quizá algunas fechas más en el segundo semestre del año.

Ya estoy en campaña de pasar los videos anteriores a DVD y CD, para mandarte el combo BD (Bufones Dementes). Haré todo lo posible por tener todo listo cuando vea al Polaco.

Ya sólo me faltan cuatro materias para recibirme de abogado.


Algo más sobre el Hoochie Coochie Man

¿Y de dónde salió la expresión cuchi cuchi con la que Beatriz Mármol engatusa a su marido? ¿Es aportación del doblaje o es traducción de alguna frase original de la señora Rubble? Quién sabe. El hecho es que hay una similitud en la intención del hoochie coochie primigenio (danza de atrevidas mujeres decimonónicas) y el cuchi cuchi cavernícola: fascinar al macho con gestos de lujuria desatada o de fingida inocencia.

Lurrie Bell y Vieja Estación caminan por Avenida Tamaulipas,
la noche del miércoles 16 de mayo de 2007, después de haber cenado en el Kalimán.


Otra estampa de Lurrie Bell

Jueves 17 de mayo de 2007. No habíamos terminado de aplaudirle a Lurrie Bell su Hoochie Coochie Man cuando Vieja Estación soltaba ya los primeros compases de Mellow Down Easy, canción que a Carrie Bell, padre del guitarrista, le salía sabrosísima, en la mera tradición de Little Walter (de hecho, el primer álbum del armonicista –grabado en 1991 para Blind Pig Records- se llamó así, Mellow Down Easy).

Utensilio de relajación y para el relajo, Mellow Down Easy es una de esas piezas clásicas de Willie Dixon donde el ritmo y la melodía me hacen pensar, misteriosamente, que la he escuchado desde siempre: la conozco, la reconozco, la celebro desde el primero hasta el último verso; es casi una canción para niños que se sostiene a sí misma y que cobra un sentido lúdico de salud mental (no pasa lo mismo con La Pequeña Langosta, interpretada por un tal Rubén Matos, canción para retrasados mentales que se escuchó a principios de los setenta).

Mi sensación de recuerdo se debe acaso a que Octavio Herrero, el eterno, tuvo en su colección el primer disco de The Paul Butterfield Blues Band, de 1965, donde aparece esta pegajosa canción. Además, a ese recuerdo inconsciente debo añadir la experiencia nocturna del domingo 30 de abril del 2006, cuando los miembros de Vieja Estación, Lalo Serrano y el que esto escribe nos sentamos frente a la pantalla de Ruta 61, nos servimos lo que quedaba del mezcal Mystic donado por nuestra querida Cecilia Buck, sabia francesa radicada en México, y nos deleitamos con Freak ‘n’ roll into the fog, el concierto de los Black Crowes ofrecido hace dos años en San Francisco. Lo que queda registrado en el DVD es la segunda de cinco funciones, y en ella aparece, precisamente, Mellow Down Easy.

Fue así como Lurrie Bell comenzó su primera presentación en Ruta 61, con tres distintos momentos del alma: la depresión autocompasiva (Born under a bad sign), el entusiasmo megalomaniaco (The Hoochie Coochie Man) y la infundada sensación de bienestar con la que a veces nos paseamos por la vida (Mellow Down Easy).

El mundo en menuzas

Todos mis actos son resultado de atender o de ignorar las voces interiores. Tacho y enmiendo. Cada uno de mis actos es resultado de controlar las voces interiores, o de ser sometido por ellas.

En busca de la libertad… Tacho y enmiendo. En busca de la liberación, entro en mí. Camino y trató de iluminar las zonas donde sospecho que descansan las criaturas de mi Revelación Susurrada. Lo que encuentro me preocupa: es un guión escrito por Salvador Dalí y Harpo Marx, quienes se conocieron en diciembre de 1937, en Nueva York. El guión lleva por título Ensalada de Jirafas en Lomo de Caballo.

In Memoriam
Roberto Fontanarrosa
1944-2007

Gracias, Negro, por Boogie el Aceitoso; gracias por Inodoro Pereyra
y su perro Mendieta.

lunes, julio 16, 2007

Alonso Arreola y la música horizontal

Fue Octavio Herrero quien me regaló LabA, álbum de producción independiente y singularísima distribución con el que Alonso Arreola se descubre hoy como uno de los músicos más interesantes e inteligentes del país. Este jueves que viene (19 de julio) tendremos la oportunidad de escucharlo en vivo, junto con el proyecto personal de Alejandro Otaola (Fractales).

El ejemplar de LabA que me dio Octavio desapareció de mi cajón, así que mi amiga Lilith me hará el gran favor de llevarme otra copia. Si en algún momento aparece el primero, pienso quedarme con ambos, por venir uno y otro de quienes vienen.

¿Pero acaso los parroquianos de Ruta 61 admitimos otra cosa que no sea blues? Sí, por supuesto, ¿cómo va a ser que no?, sobre todo si se trata de propuestas novedosas y bien hechas como la del ex-bajista de La Barranca . Recordemos que ya tuvimos la fortuna de escuchar aquí mismo a Hernán Hecht y X-Pression, y nadie se puso de pesado a rasgarse las vestiduras, al contrario, todos aplaudimos y agradecimos la buena música, la excelente música, música con la calidad y la madurez (y la calidez) que muchos grupos autonombrados de blues quisieran alcanzar (pero lo que Natura non da, Salamanca non presta). Eso mismo va a pasar el jueves, ya verán, con Alonso y Alejandro, acompañados de Chema Arreola y Gerry Rosado: tendremos música, música y... música.

No esperes, lector descuidado, un día de campo. Si el colaborador de La Jornada Semanal piensa reproducir en vivo lo que hay en Música Horizontal (y eso es lo que se anuncia), entonces agarrémonos, porque el público será conducido a través de los pasillos de un laboratorio/laberinto donde se mezclan riesgos del tamaño de Creta y sorpresas tipo casa de Liverpool en El Submarino Amarillo de George Dunning.

Me explico. Música Horizontal es un lugar con recámaras, escaleras, covachas, dormitorios, salones de estar, quirófanos, alacenas, y cada pieza de LabA es una criatura viva, con voluntad propia: si abrimos una puerta, entramos a una habitación llena de luz donde juegan dulcemente Balada y Feteasca Negra; si miramos por una ventana, Zizou y Talando Insomnio corren vestidas de seda a la luz de la luna, loquitas que son las dos, niñas escandalosas, alegres; si nos asomamos a una de las cocinas, encontramos en ella la voz dislocada de Jaime López en amena charla con la voz aterciopelada de Juan José Arreola, abuelo de Alonso y Chema.

Se me antoja mucho ver cómo estos músicos hacen en vivo La luz usa zapatos blancos, Crisis Número Dos, La Tumba de Philidor y Todos vinieron a la casa del hombre, piezas las cuatro en las que siento la fuerza de otra pareja sensacional: Scott Thunes y Chad Wackerman (¿o es Vinnie Colaiuta?) en Walk Tinks Amok y We are not alone (perdón, es que no puedo dejar de pensar en Zappa al escuchar el disco de Alonso).

Aparecen, sin embargo y de igual manera, otros espíritus: en La barba del loco y Jitanjáfora, por ejemplo, nos encontramos con una excursión al jardín del lounge, un lounge fuera de lo común, por supuesto (¡Nada que ver!, dicen tres púberes canéforas desde la terraza de un Starbucks), porque aquí Eric Dolphy y Ornette Colemann se bañan desnudos en la fuente central, mientras Mark Sandman riega los geranios. Y en el momento en que pienso matizar mi afirmación y mencionar a Jaco Pastorius, alguien levanta la voz...

-¡Eso no es lounge!, dice entre dientes y enojado un creativo veinteañero que bebe su Absolut sabor pera apoltronado en un sofá verde pistache.
-Bueno,
chillout o house, o como quieras llamar a eso que te ensartan en los lugares que visitas, güey.

La diferencia es que Alonso genera piezas con vida, con sangre, y esa naturaleza orgánica impide al creativo del sofá atender y entender lo que su novia creativa le dice por el teléfono celular.

-Tampoco es chillout ni house, replica el creativo con cuerpo de ratita escuálida.

Quedo convencido: lo que escucho no tiene nombre (lo que pasa es que, en los noventa, el que esto escribe usó Sheik Yerbouti como música de fondo para hacer el amor en un sofá, así que para él todo es lounge si sucede en un sillón de tres plazas y en un salón sin cortinas).

Digamos, entonces, algo rayano a la verdad: Esto es Alonso Arreola y su música horizontal.

Lo que me inquieta ahora es Cuarto de azotea. ¿Cómo será sustituida en vivo el arpa de Celso Duarte, cuando este instrumento es personaje protagónico de la pieza? Bueno, ése es problema de Alonso, no nuestro.

En lo que sí debemos ocuparnos nosotros es en estar muy atentos a la hora en que el bajista se eche Petit noir y Seis Letras, dos criaturas tan discretas y dulces que muchos ni se darán cuenta de su presencia. Ambas joyas son muestra de lo que podríamos llamar El Delicado Arte de la Glíptica Musical para la Fabricación de Camafeos Sonoros (queda prohibido repetir la frase en mi cara, si es en son de mofa).

Por otro lado, dudo que escuchemos el jueves Esto no es un perro, que no tiene el radicalismo de 4:33 de John Cage, pero sí su invitación a ZENtir la vida. Al mismo tiempo, hay en esta pieza, de manera expresa -desde su título-, un guiño al René Magritte de La traición de las imágenes (aunque en este caso debemos hablar de la traición de los sonidos). ¿Traición? No voy a enmendarle la plana al pintor belga, pero al escuchar el cuadro de Alonso Arreola me cuesta trabajo pensar que el músico asocia la realidad con la perfidia. Propongo, entonces, otra manera de ver las cosas: la travesura de los sonidos.

Escuché por primera vez a los Arreola en 1996, en el Foro Alicia, cuando ambos pertenecían a una banda llamada Mofungo. Esa vez quedé no sólo impresionado sino muy entusiasmado con lo que Alonso y Chema (adolescentes entonces) estaban haciendo: una fusión deliciosa de jazz, funk y rock. Ahora, al escuchar Música Horizontal, descubro que no estamos ante una ocurrencia dominical sino frente al primer destino de un largo viaje: un árbol crecido que ahora muestra su primer fruto.

La música de Alonso es como la violeta africana: no se vende, sino que se regala, porque el chiste es recibirla de manos de un ser querido, sólo así prende y despliega todos sus valores. Es un acto de terrorismo poético –afirma Uriel Wazeil en El Universal del 21 de abril-, como el libro que deliberadamente alguien abandona en la banca de un parque, en espera del encuentro con un nuevo lector.

En la más reciente entrega de su blog, Alonso anuncia: Como muchos ya saben, este jueves que viene tocaremos por primera vez en el DF los proyectos de LabA + Fractales, en el Ruta 61 de la Colonia Condesa.

Después de leer el aviso, me entra el pánico: ¿El jueves que viene? ¿Y si este jueves no viene? Será mejor ir hacia él. ¿O dejaremos las cosas a la buena de Dios? No sé tú, lector, pero yo no puedo ni quiero perderme el espectáculo musical que sucederá durante la noche del jueves. Así es que... ¡vámonos al jueves! Y mientras caminamos hacia ese día, ¿qué te parece si visitamos el blog de Alonso Arreola?

jueves, julio 12, 2007

Temporada de Duraznos

Peaches Staten y Ezequiel Espósito, en el Celtics de Satélite
Miércoles 17 de enero de 2007


Peaches se cortó el cabello, y sigue igual de chula. El nuevo look de Faye Staten realza la belleza de su rostro y la hace parecer una colegiala traviesa que recién se ha escapado del internado de señoritas. Llegó ayer a la ciudad, y en la noche ya estaba reunida con los miembros de Vieja Estación, con el propósito de tocar un rato y, así, calentar motores.

Porque hoy ofrece el primero de sus tres conciertos en Ruta 61.

Ésta es la tercera vez que Peaches visita nuestra ciudad, y al volver a escuchar a la banda argentina ha quedado profundamente impresionada, no sólo por el talento, la destreza y la calidad de sus músicos (virtudes que conoció hace cinco meses) sino también por el profesionalismo y el profundo sentido de responsabilidad de José Luis Sánchez (teclados), Ignacio Espósito (batería), Mauro Bonamico (bajo) y Santiago Espósito (guitarra): escuchan los títulos de las canciones, definen los tonos respectivos, atienden los contextos indicados... y ya, con eso tienen para ofrecer a Faye un gobelino musical de factura irreprochable, un tejido bien tejido de armonías, modulaciones, ritmos y atmósferas, algo así como un departamento lleno de luz bellamente amueblado, limpio, alegre, con estilo, habitado por personas que aman y disfrutan lo que hacen.

Para mi sorpresa y para mi alegría, Peaches propone comenzar el ensayo con Some kind of wonderful, de John Ellison, una canción que roza mi nostalgia y me recuerda las fiestas de los setenta en vecindades de la Colonia Roma. Sí, sí, es la misma que escuchábamos en 1974, con Grand Funk Railroad (aparece al final del álbum All de the girls in the world, beware!). Pero siete años antes ya la habían grabado los Soul Brothers Six, grupo al que pertenecía John Ellison. Hasta ahora no he tenido, sin embargo, la oportunidad de escuchar esa versión, la original. De cualquier manera, lo que hace Vieja Estación es desmpampanante, y Peaches lo agradece con su voz, con su danza y con el ritmo integrado a cada una de sus moléculas.

Pasada la medianoche, Mauro Bonamico plantea dos posibilidades: ¿Nos seguimos ahora y le damos una vuelta al repertorio, o nos vamos a descansar y mañana a mediodía hacemos un repaso general?

Cualquiera de ambas opciones me parece buena –dice Peaches. No tengo problema para seguir ahora mismo. En Chicago, hay veces que terminamos a las tres o cuatro de la mañana. Y conste que yo me levanto todos los días a las seis, para ir a trabajar al hospital (recordemos que Peaches tiene una segunda profesión: es físico-terapeuta).

Bien –insiste Mauro-, necesito una respuesta. ¿Qué hacemos?
Si quieren –sugiere Peaches-, definimos el orden de las piezas y nos vamos a dormir.


Al calor del vodka, el whisky, el brandy y las cervezas, discutimos el orden de las piezas (discutimos suena a manada, pero así es, porque Lalo Serrano y el que esto escribe, ambos sin vela en el entierro, logramos imponer una canción que, a propósito, a mí ni siquiera me enloquece; pero la cosa es intervenir y vivir la sensación de que somos parte de una de las mejores bandas de esta ciudad) ...

-Aquí un blues, allá el boogie, por este otro lado zydeco; acullá, una mezcla de Willie Dixon y Bob Marley (Wang Dang Doodle y Get up, stand up), más blues en medio.

Peaches anota en las hojas que arrancamos de mi Moleskine: Jim Dandy, Mighty Gumbo, The Hoochie Coochie Mamma, Mojo Boogie, Fever, Can’t you see; Hole in the wall, Bring it on home to me, y anuncia así el concilio de divinidades que se celebrará durante este fin de semana: desde los ya mencionados Dixon y Marley hasta J.B. Lenoir y Muddy Waters, pasando por Sam Cook, Otis Blackwell y la chulísima LaVern Baker, sólo por mencionar a los que reconozco de botepronto.

Peaches resiente la diferencia de altitud entre Chicago (179 metros) y la Ciudad de México (dos mil y pico de metros), pero ello no impide su buen humor y sus ganas locas de hacer música tres noches seguidas en Ruta 61.

domingo, julio 08, 2007

Vuelve Peaches...

Peaches en almíbar
Receta


Dentro de una Vieja Estación, coloca una Faye Staten en su punto, con tres o cuatro extraordinarios músicos argentinos. Vierte todo en el escenario. Deja que hierva durante dos horas de amor y blues, hasta que todo se vuelva jarabe de Chicago en el sartén de la noche, o hasta que el lugar adquiera cierto aroma a Maxwell Street Flea Market.

Quienes las noches del 24 y 25 de noviembre de 2006 tuvimos la fortuna de reunirnos en Ruta 61, fuimos entonces testigos de la presencia en el escenario de un cúmulo milagroso de músicos chicaguenses. Todos juntos, hicieron de la velada una de las más hermosas en la historia general del blues y en la historia nocturna de nuestra ciudad.

Entre esos músicos estuvo Peaches Staten.

Faye Peaches Staten
El blues desde la cuna

Hija legítima del Delta del Mississippi, Peaches estuvo rodeada, desde edad muy temprana, del blues de Chicago, porque su padrastro trabajaba como disc jockey en varios clubes de la ciudad, y su madre pertenecía a un club social a cuyas fiestas nunca faltaba algún buen músico de blues. Además, Peaches trabajó como mesera en el Rosa´s Lounge.

La versatilidad y la fuerza de su voz, en la que algunos encuentran influencias de Bessie Smith, Billie Holiday y Koko Taylor, la han llevado a compartir escenario con Buddy Guy, Junior Wells, la misma Koko Taylor, Dr. John, Billy Branch y muchos otros.

Conmovida, agradecida y encantada por la respuesta del público, la extraordinaria e inolvidable Peaches Staten volvió a la Ciudad de México los días 18, 19 y 20 de enero de este año. ¡Y el encanto se repitió! Por eso, ha aceptado una nueva invitación para cantar los días 12, 13 y 14 de julio, es decir... ¡esta misma semana!

Peaches en Regalía
Texto escrito el 20 de enero de 2006

Hay, para los parroquianos de Ruta 61, regalías, privilegios, gracias que se nos conceden por el simple hecho de llegar al lugar y vivir la noche como Dios manda (entregados al gozo mismo de la vida).

La mayor de esas regalías es la música.

Y vaya que la música ha estado presente en el lugar. En una misma noche, Peaches nos ha entregado su blues, salpicado de rocanrol, regaee y zydeco (y la evocación de Lousiana sirve para reafirmar lo que ya habían dicho en noviembre Zora Young y Shirley Johnson, y que ahora repite este sabroso melocotón hecho mujer: se escribe New Orleans, pero se pronuncia Now Orleans).

Quién sabe en qué sentido utiliza Frank Zappa la frase que da nombre a una de sus piezas más representativas y más hermosas; pero ahora y para quienes hemos pasado las noches recientes en Ruta 61, la Madre de todas las Regalías ha sido Peaches Staten, una mujer de belleza inefable y voz divina.

Estamos listos, pues, para revivir la experiencia y gozar de la música de Peaches, quien estará acompañada de los irrepetibles miembros de Vieja Estación, banda argentina que ha demostrado no sólo taslento y calidad sino, además, una sorprendente capacidad para sostener el alto nivel de los músicos de Chicago (de hecho, el armonicista Billy Branch afirma sonriente: Vieja Estación es mi banda en México). Seguramente, el lugar volverá a estallar de gozo con Mighty Gumbo, Mojo Boogie, Fever, Can´t you see, Hole in the wall... y todo el repertorio de este ángel exquisito, quien, no conforme con curarnos el alma con su blues, ejerce la medicina (como fisico-terapeuta) en un hospital de Chicago.

¡Gracias Doctora Durazno, necesitábamos otra vez de su atención!

sábado, julio 07, 2007

La Revelación Susurrada (primera parte)

Durante la segunda mitad de los setenta, Bacilio Macedonio Ruiz pasó muchas tardes dentro de la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, cobijado por su silencio y embriagado por el olor a papel viejo mezclado con el aroma de la madera de pino de los estantes y las mesas.

Fue en ese lugar, aunque no sólo ahí, donde masculló más de una idea disparatada, como la de montar El corazón de gas, de Tristán Tzara.

Subrayó el libro, lo cubrió de marginalia, trató de entender el título (¿corazón de gas o corazón a gas?), dibujó escenas, todo con la firme intención de enseñar a sus amigos el trabajo realizado y proponerles la puesta en escena de la pieza dadaísta. Nunca lo hizo, nunca se atrevió.

O tal vez nunca quiso. ¿Por qué? ¿Por qué, si tanto pensó en montar El corazón de gas, Bacilio prefirió guardar silencio? Ensayemos una explicación…

Cierto día, algo dentro de sí susurró a Bacilio palabras semejantes a las que en el Edén escuchó Eva, pero precisamente con la recomendación contraria:

Si tus amigos aprueban la propuesta de montar El corazón de gas, te verás obligado a trabajar, a tomar decisiones, a coordinar el proyecto, a dirigir las acciones y, en resumen, a asumir una responsabilidad ante el mundo. ¿Eso quieres? ¡Claro que no! Mejor, deja que otros manejen el automóvil de la vida, y tú dedícate a ver el paisaje, no quieras ser Dios. Mezcla de manera equilibrada a Tzara, Lao Tse, Jesucristo y Buda. Fíjate: si quieres hacer dadá auténtico, no hagas nada, niégate a ti mismo, encuentra el punto medio del universo y quédate ahí. Es mejor para el cutis.

No le fue difícil a Bacilio asumir esa posición, y la voz interior no tuvo que insistir: a partir del día de La Revelación Susurrada, el poeta adoptó la sonrisa del satisfecho, del hombre en paz consigo mismo, pues quedó absolutamente convencido de contar con una buena coartada filosófica en caso de que alguien le reclamara su aparente indolencia existencial. Ya sólo se dedicó a escribir poemas eróticos y a contemplar gozoso los esfuerzos artísticos de Fiodor M. Blacksmith, su mejor amigo, cuya cama, en los setenta, era no sólo el lugar de las reuniones nocturnas sino, además, poliforum de la cultura que entonces manejaban el músico y el poeta: discos de rock, hojas de partitura sueltas y garabateadas, libros de Marx, Freud, Shakespeare, Ionesco, Beckett, restos de galletas María y tazas de café abandonadas, un cenicero art decó color verde botella repleto de colillas.

Fiodor y Bacilio fueron algo así como Breton y Tzara. Mientras que el segundo (es decir Tzara, es decir Bacilio) se negaba a cualquier normatividad, y pugnaba por caminar con espíritu destructivo (lo que daba a sus acciones una fuerte dosis de ironía y agresividad), el primero (es decir Breton, es decir Fiodor) se inclinaba más por un sistema de pensamiento con consistencia racional.

Los resultados están a la vista: las ideas de Bacilio no soportan el más mínimo análisis, están hechas con pinole, se desbaratan a la primera de cambios. En cambio, las ideas de Fiodor parecen hechas de un material de veras resistente…

Lo interesante es que ambos se entienden. Será porque Fiodor y Bacilio ven en el otro su propia y respectiva carencia: la razón que no tiene Bacilio y la sinrazón que le falta a Fiodor. Esta complementariedad los vuelve personajes de Galletas de Animalitos, la segunda película de los Hermanos Marx.

La señora Arabella Rittenhouse (la excelente Margaret Dumont) ha organizado en su mansión de Long Island una fiesta de bienvenida al Capitán Jeffrey T. Spaulding (Groucho, es decir Bacilio), quien llega acompañado de su secretario, Horatio Jamison (Zeppo). Al convite asisten, entre otras prominentes figuras, don Emmanuel Ravelli (Chico) y un hombre a quien todos reconocen como El Profesor (Harpo). También, aparece el mecenas y conocedor de arte Roscoe W. Chandler, quien, para dar lucimiento a la velada, ha prestado a la dueña de la casa un cuadro valiosísimo. Y así comienza una obra maestra que no debemos narrar aquí, para que el lector vaya inmediatamente a comprarla o a pedirla prestada, de tal manera que los distribuidores entiendan que en México somos muchos los marxistas devotos.

Animal Crackers (1930) debió llamarse en español Galletas de Animalitos, para así conservar el nonsense original; pero su título fue traducido de manera aun más arbitraria: El conflicto de los Marx.

Entre las escenas de la película que pueden ayudarnos a explicar la relación dialéctica entre Bacilio y Fiodor, están aquella en la que Spaulding narra su viaje de safari al África, y todas en las que Emmanuel Ravelli toca el piano. Con dichas escenas podemos explicar quién es Bacilio (el narrador dislocado) y quién es Fiodor (el músico esforzado que sabe ocultar su rigor estético y filosófico con el velo de una bella espontaneidad, y al revés también).

Continuará.