martes, noviembre 03, 2009

In Memoriam


Claude Lévi-Strauss
1908-2009

martes, octubre 27, 2009

Lo fugitivo permanece XIII

Escrito en el momento
21 de diciembre de 2007

Cuernavaca, Morelos

Ha comenzado el día (son apenas las dos de la madrugada). Gerardo lucha entre la vida y la muerte. Por extraño que parezca, estoy tranquilo. Quiero decir, tengo que soportar el peso de lo que viene, porque de mi fuerza depende el que Ger, Ale y Maru lo aguanten. No tengo pensamientos claros. No me reconozco. Estoy fuera de mí. En el fondo, quiero que Lalo se vaya, que deje de sufrir, que entre en esa dimensión que no conocemos y que llamamos muerte. Que ya acabe este sufrimiento.

Mamá, ¿y si haces un milagro, si le devuelves la fuerza y que con tu propia fuerza logre salir de su estado para que los doctores hagan su trabajo? Tú, mamá, puedes hacer mialgros; tú eres la luz y la vida. Devuélveme a Lalo. Sus hijos aún lo necesitan. ¿Qué me pides que haga? Lo hago.

Estoy con ganas de acurrucarme en la cama, abrazado a alguno de mis hermanos; quiero que todo esto sea un sueño y que volvamos a despertar y hacer cosas Lalo y yo. No se puede. Ya no se puede. Estoy cayéndome de sueño. Tengo frío.


Dos horas más tarde, Nuestro Señor Gerardo se volvió pura luz.

Lo fugitivo permanece XII

1992 / Segunda Parte

Lunes 6 de enero. Una torta de jamón, un vaso de jugo de naranja, una hamburguesa y un hot-dog. Martes 7 de enero. Una torta de huevo, dos empanadas y unas enchiladas rojas.

Miércoles 8 de enero. A mediodía, entro en la mujer que está a mi lado.

Jueves 9 de enero. La mujer que está a mi lado me acaricia las sienes.

Viernes 10 de enero. Pensamientos mortales, con Demi Moore y Bruce Willis (divertida, solamente). Tacos de bistec y tostadas de pata. Sábado 11 de enero. Viaje a Cuernavaca con la mujer que está a mi lado, para ver a Gerardo y familia (Marugenia, Gerardo chico y Alejandra). Estar con ellos me causa mucha felicidad, mucha alegría, mucha paz. A esta reunión asisten también mis hermanas Teresa y Beatriz.

En Cuernavaca, entro en la mujer que está a mi lado. Ya de mañana, Gerardo nos mira y dice con su proverbial lengua bífida: ¿Por qué tan calladitos?

Taxi a la estación de camiones: 15 mil pesos. Tres tortas para el camino: 15 mil pesos. Dos boletos de viaje: 12 mil pesos. Dos refrescos: 6 mil pesos. Agua de guayaba, piña colada y paleta helada: 10 mil pesos. Pasajes de regreso: 10 mil pesos. Regalo para Gerardo chico: 86 mil pesos. Comida del domingo: 15 mil pesos. Varios: 7 mil pesos. TOTAL: 176 MIL PESOS. Considerando que mi sueldo quincenal es de un millón 350 mil pesos, creo que no hay desajuste económico. Sin embargo, tengo que pagar tres millones de pesos a Serfin.

Lunes 13 de enero. Como y ceno con mis hermanas Teresa y Beatriz.

Martes 14 de enero. Compro Welcome to the canteen, de Traffic. Como en Los Abuelos, con una mujer a mi lado. Miércoles 15 de enero. Como con mi hermana Beatrice (mañana se va de nuevo). Leo Ofendidos y Humillados (extraordinaria, simple y sencillamente extraordinaria: Dostoievski es la cima).

miércoles, octubre 21, 2009

Lo fugitivo permanece XI

Fotografía del genial Oliverio Toscani para la campaña de Benetton de 1992.
A este mismo año pertenece otra gran fotografía: aquella conmovedora imagen
del moribundo rodeado de su familia, de Thérèse Frare.



1992

Miércoles 1 de enero. Mi hermana Beatriz regresó ayer de Roma, así que comemos en casa de mis padres. Leo, con una mujer a mi lado, Apuntes de un lugareño, de José Rubén Romero, hermosa novela, sabrosa, fresca, como un pastel de amaretto.

Jueves 2 de enero. Con una mujer a mi lado lado, desayuno en el Café Casino (Dakota y Yosemite, en la Nápoles) huevos rancheros y café express. La guerra en El Salvador está llegando a su fin: el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y el gobierno acaban de firmar la paz en Nueva York. En la noche, con la misma mujer al lado, como donas de canela en el Vips. Me llama Octavio, para avisarme que mañana necesitamos vernos. También me llama Gerardo, para preguntarme si iré a visitarlo a Cuernavaca el sábado.

Viernes 3 de enero. Con una mujer a mi lado, almuerzo en el Café Casino una torta de milanesa y un burrito. Más tarde, en casa de Octavio, llega José Hernández, nuestro baterista. Dedicamos un rato a estructurar una canción de José. Me asignan la tarea de ponerle letra. Se me ocurre llamarla Ensayo sobre el origen de las lenguas, porque estoy leyendo a Rousseau en ese momento… y soy muy flojo para pensar (en el futuro, esta canción se llamará Vaso de alcohol, una pieza instrumental). Octavio me presta dos discos de Bob Dylan, uno de Chuck Berry, otro de Tears for fears, uno de los Stones, el único que me gusta de The Cure y uno de John Lee Hooker. Cosas viejas, sí, porque no hay nada en lo nuevo que me entusiasme (falta poco para que también abandone mi agotado y pueril gusto por el rock). La mujer que está a mi lado acaba de comprar dos libros de Lope de Vega para nuestra biblioteca compartida. Termino el día con esa misma mujer y con unas enchiladas suizas de Sanborns.

Sábado 4 de enero. Desayuno en el Sanborns de Xola, con Octavio Herrero, José Hernández, Alex Eisenring y Ana Laura Márquez.

Domingo 5 de enero. Camino por Benjamín Franklin, y contemplo el atardecer: un puente de azules y violetas une el amarillo del Poniente con el azul del Oriente. Los edificios cobran, entonces, tonalidades y tersuras que me hacen transitar por aquello que la filosofía alemana llama erlebnis: ese algo temporal o espacial que se vive inopinadamente y que se queda grabado en la memoria como un entorno de placer.

¡Nada del otro mundo! No hay violines, bombos ni platillos, no hay luz cenital, no hay lluvia de rosas. El erlebnis puede tomar una forma apacible y silenciosa, y crear un estado de ánimo que apenas si intuya el afectado. La inocente e intrascendente formación de una nube, combinada con el céfiro invernal y con una buena digestión, por ejemplo, puede producir en nosotros ese momento de impacto.

miércoles, octubre 14, 2009

Lo fugitivo permanece X

Fotografía tomada a las 02:00 a.m.
del lunes 22 de mayo de 2006,
al final del concierto de Grana Louise.


Atrás: Juan, Agustín Aguilar Tagle, Ingrid Schwamberger, Ezequiel Espósito Criscuolo, Eduardo Serrano Jasso, José Luis Aguilar Tagle, Pablo Brontese, Ignacio Espósito Criscuolo, Heriberto Arias y Guille Palacios. Adelante: Marie Álvaro Díez, Mariana Dávila, Daniela Orta, Gabriela Brontese, Grana Louise, Cllaudia de la Concha, Santiago Espósito Criscuolo, Nicolás Martínez Marentes y Octavio Herrero. De cuclillas: Raúl de la Rosa y parroquiano.


Un año y diez meses antes...

Viernes 9 de julio de 2004


Noche excelente en Ruta 61, con lleno total. Entre la concurrencia se encuentran Pedro Egea, María y Nicolás Martínez Marentes y Hernán Sililic.

Gabriela Mustarós nos anuncia que está embarazada. A ella le regalamos nuestras sonrisas y nuestra ternura. A Jaime Holcombe, padre venidero, le entregamos nuestro orgullo gremial por su participación en la fragua del futuro Dylan Holcombe Mustarós.

Hoy comienza a tejerse lo que luego se convertirá en el clásico de clásicos de Ruta 61: Vieja Estación y Las Señoritas de Aviñón.

Eduardo Serrano, dueño del lugar, está muy contento porque aparecen ya varias menciones en la prensa: DF, a dónde ir, El Huevo y La Jornada, entre otras publicaciones. De hecho, esta noche estuvo Raúl de la Rosa en el bar, y parece que muy a gusto: se echó tres vodkas con jugo de naranja y un plato de dedos de pollo.

Eduardo
platicó con Octavio Herrero y Jaime Holcombe sobre la inminente presencia de Betsy Pecanins en Ruta 61 (será en agosto de este mismo año).

¡Uy, la noche me salió cara, setecientos pesos! Pero es que yo pagué lo de Raúl y lo de un colombiano de cuyo nombre no quiero acordarme. Sin embargo, sé que podré negociar con Eduardo, quien ya comienza a agarrarme cariño.

lunes, octubre 05, 2009

In Memoriam


Mercedes Sosa
1935-2009

miércoles, septiembre 30, 2009

Some Time in New York City

Otoño de 1972. Casi estoy seguro de haber adquirido mi ejemplar importado de Some Time in New York City en Disco Suite, pero pudo haber sido en Yoko Quadrasonic o en Hip 70.

Llegué a casa, destapé una de mis dos cocacolas chiquitas, abrí la bolsa de Charritos, los mezclé con cacahuates japoneses Nishikawa, dejé para más tarde el Carlos V, toqué la superficie granulada de la portada, coloqué en la tornamesa el primer disco de Some Time y me senté en el suelo, recargado en la cama de Gerardo, mi hermano gemelo, quien en esos momentos estaba, seguramente, metiéndose en problemas en alguna parte de la ciudad.

Abrí la portada doble y me encontré con Lennon rodeado de tipos sensacionales, hippies trasnochados, locos, melenudos irredentos, amigos valiosísimos, gente con la que me hubiera gustado estar: Jim Keltner, Jim Gordon, George Harrison, Nicky Hopkins, Bobby Keys, Keith Moon, Billy Preston, Alan White

Conforme sonaban las primeras canciones, fui reconociendo a cada uno. Y fue entonces que, inconscientemente, confirmé mi posición moral dentro del pleito entre Paul y John, pleito que la prensa sobredimensionó y que los admiradores de los Beatles convertimos en un asunto cultural, social, estético y hasta político.

Hoy, admito que fuimos torpemente injustos con Paul. Tontos, éramos muy tontos. Paul McCartney es uno de los grandes hacedores de canciones del siglo XX, y negarlo o soslayarlo es mezquindad y majadería.

De cualquier manera, 1972 no será recordado como un año de mucha inspiración para Lennon y para McCartney. Tanto Some Time como Wilde Life pueden ser clasificados dentro de los álbumes menores de ambos compositores. Si el primero es políticamente agresivo e ideológicamente atractivo, el segundo es bonito y bien hecho, sin mayor compromiso que el de presentar melodías agradables. Pero hasta ahí.

Apenas salido, fui al Palacio de Hierro de Durango, me dirigí al sótano y compré Wilde Life (en este caso, preferí gastar sólo 48.50 pesos por la edición nacional, y no los 90 pesos de la edición importada). Me gustó, aunque no tanto como Ram (álbum clásico cuya música fue transmitida por vez primera en México en el programa Vibraciones, de Radio Capital, una noche de fines de 1971 –y esa vez Gerardo y yo lo escuchamos enterito, tirados en el suelo, a los pies de mi padre, quien a esas horas aún estaba trabajando en su restirador, sobre algún plano con olor a lápiz y goma de migajón).

Creo que fue con Wilde Life que Paul bautizó a su banda: un nombre cursi, Wings (la historia del nombre es mucho más cursi).

Esos dos errores (un disco intrascendente y un nombre tonto) me impidieron valorar el hecho de que Paul se rodeaba de músicos interesantes, como Denny Laine (Moody Blues) y Henry McCulough (Spooky Tooth).

Paul parecía hacer un gran esfuerzo por distanciarse de nosotros, los miembros del ala ultra de los Beatles (es muy fácil reconocer los ultra de los Beatles: no soportamos Universal Stereo ni la erudición banal de Manuel Guerrero).

Pero volvamos a Some Time in New York City.

De repente, mis ojos se posan en una fotografía sorprendente: ¿Qué, y esto? ¿Frank Zappa y John Lennon? A ver, a ver, ¿qué está pasando aquí? ¿Cuántas bandas hay en todo esto? The Plastic Ono Band, The Plastic Ono Elephant’s Memory Band y The Plastic Ono Mothers of Invention Band…

Todavía con el excelente sabor que en mis oídos y en mi alma habían dejado sus dos anteriores álbumes (Plastic Ono Band e Imagine). Después de escuchar –a los quince años- maravillas como Mother, I found out, Isolation y Well, well, well; después de gozar –a los dieciséis años- de Crippled inside, It’s so hard y Jealous guy; después de venerar como reliquia aquel disco pirata de vinilo rojo que contenía el audio de la emisión del Mike Douglas Show en el que aparecieron y tocaron juntos Chuck Berry y John Lennon (en aquellos tiempos la piratería era un oficio noble y decente –pero de eso hablaremos en otra ocasión); después de Live Peace in Toronto; después de todo eso, Lennon se subía al escenario con la última formación de Las Madres de la Invención...

¿Qué más podía pedir?

Debo decir, sin embargo y a propósito, que el cariño y la admiración a John no me impiden admitir un hecho evidente: en vivo, Lennon es un desastre, parece no estar interesado en la música sino en el drama eventual que significa cualquier concierto de rock. Y Yoko nunca ayuda a mejorar las cosas, sino que incluso las empeora al obstinarse en montar formas y fraseos de la música japonesa sobre el lomo de cualquier rocanrol. No pertenezco al numeroso grupo de misóginos que dice que Yoko berrea, pero insisto en que el kagura sintoista, el gagaku del siglo VI y los cantos del teatro kabuki (que en su contexto estético cobran sentido y valor), no funcionan en el rocanrol. Y sin embargo esta invasión de Yoko en el escenario tuvieron que soportarla Eric Clapton, Chuck Berry y Frank Zappa.

Y, sin embargo, a Yoko la estimo (y rechazo la leyenda negra que la hace responsable de la separación de los Beatles). Sus álbumes Approximately Infinite Universe (1972) y Feeling the Space (1973) me gustan mucho.

lunes, septiembre 28, 2009

El álbum blanco de los Beatles

Cierta noche fresca de 1969, mi hermana Teresa me invitó al cumpleaños de Cristina Z., amiga y compañera de su escuela (el Colegio Vallarta, dirigido por las Hijas del Espíritu Santo), bellísima niña de trece años por la que enloquecí de amor apenas entré y la vi. Ya no supe de ella durante toda la noche, y no hice otra cosa más que sentarme en un sillón, cerca de un ventanal que daba al hermoso, verde e iluminado campo de pasto cortado con precisión milimétrica.

Mientras diseñaba la estrategia correcta para acercarme a Cristina, algo llamó mi atención: junto al sillón, regados en el suelo, se hallaban los discos de vinilo con los que no se estaba amenizando la fiesta: Bookends, de Simon y Garfunkel; el primer álbum de Credence; Waiting for the sun, de los Doors; y una cosa extraña, sin chiste, blanca por todos lados.

Una parte de mi cerebro entendió de qué se trataba.

Es un disco doble de los Beatles –me dije-. Y si te fijas bien trae adentro un póster y una foto de cada beatle. Mira, qué bonito. Sí, es la edición inglesa del disco blanco de los Beatles del que leí, supongo, en la revista Pop. Seguro ya está la edición nacional en el Palacio de Hierro, qué bien. ¡Pero no va a traer todo!

En ese momento me di cuenta de la oportunidad irrepetible que la soledad me presentaba: ¡Anda, idiota, olvídate de Cristina, es el disco blanco de los Beatles, importado, nadie te está viendo, eres el don Nadie de la fiesta, aprovecha tu diminuta estatura existencial, ahora es cuándo, declara y ejecuta la expropiación cultural de ese bien universal, a tus catorce años qué puede pasar, ya lo viviste una vez en el Sumesa de Benjamín Franklin, cuando te atraparon con la versión EP de Oldies but Goldies, de los Beatles!

No cometí el delito. Sin embargo, meses después Gerardo y yo compramos el álbum, todavía con póster y las cuatro fotografías (raro en México: la edición local fue respetuosa de la original) Pusimos, uno tras otro, los dos elepés, desde Back in the U.S.S.R. hasta Good Night, y al final decidimos cuáles eran nuestras favoritas: Happiness is a warm gun, I’m so tired, Yer blues y Revolution 1. Sí, cuatro canciones de Lennon.

La blancura del envoltorio me incomodaba, así que decidí pintar el álbum blanco de color rojo granate con motitas amarillas. Cuando Gerardo llegó y vio mi obra maestra, me dio dos palmadas en la espalda:

- ¡Perfecto! Ya lo echaste a perder. ¡Cuidado y tocas Beggars Banquet!

Pero con el tiempo nos acostumbramos a ver nuestro Álbum Blanco de los Beatles como el único en el mundo que no era blanco.

Cuéntales -dice Gerardo desde el Cielo- cómo echaste a perder el Sargento Pimienta...