jueves, junio 29, 2006

¡Sonríe, vamos a sonreír!

Vamos a sufragar cargando prejuicios ancestrales,
resentimientos históricos y odios generacionales…

(Jorge Camil)

He asistido, desde hace treinta años, a todos y cada uno de los cierres de campaña de la izquierda mexicana. Ayer, miércoles, volví a hacerlo… y recordé quién quiero ser, quien creo que soy, quien sueño que soy.

Ahí estábamos todos, o casi todos: los jodidos, los medio jodidos, los abandonados, los desempleados, los poquita cosa, los cansados, los que no sabemos hacer buenos negocios, los chunditos, los nacos, los trasnochados, los que engañamos al estómago con cinco tacos de suadero, los que viajamos en Metro, los que sentimos un nudo en la garganta cuando escuchamos Sólo le pido a Dios, de Leon Gieco…


Sólo le pido a Dios
que el dolor no me sea indiferente,
que la reseca muerte no me encuentre
vacío y solo sin haber hecho lo suficiente.

Sólo le pido a Dios
que lo injusto no me sea indiferente…

Ahí estábamos todos, o casi todos: los que todavía vemos Dimensión Desconocida, los que nos sentimos sucios, ojerosos y mal vestidos, los que vemos los anuncios de coches como si se tratara de platillos voladores, los conservadores, pues. Sí, los conservadores.

Somos los conservadores de una historia en la que creemos, los conservadores de una memoria que no queremos perder, los que aún pensamos que la patria es de todos, hasta de los que no le encontramos sentido a la palabra patria, hasta de los que no nos soportamos ni a nosotros mismos y siempre andamos despotricando contra este pinche país de mierda, a qué horas vamos a ser mejores, porque lo decimos con ese amor con el que le decimos a la mujer amada o al hombre amado ¡cómo te odio, mi amor!

Somos, digo, los conservadores de un sueño, los que nos sentimos incómodos si a alguien le falta lo necesario.

Porque ya llegamos al futuro, y resulta que no nos gusta. ¿Por qué? Porque en este futuro no caben todos. Y si no caben todos, es que no es futuro.

En 1976, cuando aún el Partido Comunista era una organización no reconocida oficialmente, Valentín Campa se postuló para la presidencia de la República y lanzó sus dos propuestas clave: luchar contra la burguesía y acabar con la carestía.

Por un lado, la arrogancia, la insolencia y el clasismo de los ricos regiomontanos nos sirvieron a muchos adolescentes para ubicar y dar rostro al enemigo del proletariado, que era –por ende- nuestro propio enemigo; por otro, el deterioro de los salarios de los trabajadores era ya insoportable.

En esos tiempos (apenas tenía yo veinte años de edad), Octavio Herrero –que ya era mi mejor amigo, y hoy sigue siendo mi hermano- me enseñó una de sus más viejas canciones: Buri bam bam

El costo de la vida,
la inflación,
nos hacen pedirte mucho pan…
Buri buri buri bam bam,
I say: Buri buri buri bam bam!


No me acuerdo si era cierre de campaña o un simple mitin, pero asistí emocionado al Monumento a Álvaro Obregón (días antes, Campa había realizado actos en Ferrocarriles Nacionales y en la Refinería 18 de marzo, a los que no asistí porque me extravié en el camino).

Perdimos, por supuesto.

Jorge Meléndez Preciado, economista y periodista de entonces, recuerda que el gobierno de Luis Echeverría reconoció que Campa había obtenido más de un millón de votos (creo que yo no voté, y ni siquiera estoy seguro de que entonces pudiera hacerlo).

A principios de los ochenta, me uní al Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) y conocí al inmensamente grande don Heberto Castillo, quien entonces –y creo que hasta su muerte- publicaba un artículo semanal en Proceso, donde casi siempre trataba el tema del petróleo nacional y de su desperdicio por la ineptitud y la corrupción gubernamentales.

No duré mucho en el PMT, porque –si me acuerdo bien- nos integramos a la coalición de partidos y organizaciones de izquierda: el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), que en 1982 presentó a don Arnoldo Martínez Verdugo como su candidato a la presidencia de la República.

Entonces sí, la cosa se puso suave. El cierre de campaña fue en el Zócalo, y como todavía éramos medio comunistoides, al lugar lo bautizamos como el Zócalo Rojo.

La bandera del PSUM era de color rojo, y una cosa que a Heberto Castillo no le gustaba nadita era eso de que siguiéramos estampando en ella la hoz y el martillo, en color amarillo. Decía, con razón, que ésa era la mejor manera de aislarnos y de distanciarnos de la gente. Pues sí, cuánta razón tenía el viejo; pero los que éramos aún muy jóvenes buscábamos símbolos de identificación.

El PAN postuló a Pablo Emilio Madero, y el PRI impuso a Miguel de la Madrid, el presidente más aburrido y mediocre que he conocido. Fue un largo bostezo de seis años, sólo interrumpido –a la mitad- por un temblor que nos despertó a tiempo.

Pero en 1982, por supuesto, también perdimos.

El PSUM se convirtió, supongo que después del 85, en Partido Mexicano Socialista (PMS), y presentó como candidato a la presidencia a don Heberto Castillo, en 1988. Pero esa candidatura coincidió con el cisma priísta, del que surgió como figura principal el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, quien también lanzó su candidatura.

Heberto, en uno de los gestos más nobles e inteligentes de la izquierda histórica, declinó a favor de Cuauhtémoc. ¡Y ahí voy de nuevo, al Zócalo, a cerrar la campaña en medio de una alegría inolvidable, ya con Alejandra –mi difunta esposa- subida en mis hombros para gritar Cuautemó, Cuautemó…!

Miguel de la Madrid (o el pequeño grupo que le daba órdenes) decidió que Carlos Salinas de Gortari fuera el candidato de su partido, mientras que el PAN puso a Manuel Clouthier, un empresario sinaloense…

-¡Hay que votar por Maquío, decía la gente de mi entorno, Maquío, Maquío, eso es lo decente, mijita! ¡Es un empresario, no un político, los políticos son gente que estudió en escuelas de gobierno… ¡y se sienten orgullos de ello, Dios mío! ¡O vota por quién sea, mijita, pero no por Cárdenas, que es hijo del comunista Lázaro Cárdenas y que todos los michoacanos odian… y que es un peligro para México! ¡Sólo mírale la cara de amargado que tiene, mijita! Tiene la tristeza que se le ve a todos los que han ido a Cuba. ¡Si Cárdenas llega al gobierno, nos van a quitar la casa… y la economía del país va a quedar hecha pedazos! ¡De veras, Cuauhtémoc es un peligro para México!

Perdimos, por supuesto. Quiero decir, nos arrebataron el triunfo (los que votaron por Maquío creyeron que a ellos también los habían robado).

Nació entonces el Partido de la Revolución Democrática, que en 1994 se presentó a la contienda electoral con Cuauhtémoc Cárdenas como candidato. ¡Y otra vez llenamos el Zócalo!

El PAN se decidió por Diego Fernández de Cevallos, y Salinas de Gortari impuso a Luis Donaldo Colosio.

Dos eventos cimbraron al país: la aparición pública del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el asesinato de Colosio, quien fue sustituido por Ernesto Zedillo. En ese ambiente de miedo –y con el sospechoso mutis de Fernández de Cevallos-, resultaba imposible que Cuauhtémoc obtuviera el voto mayoritario.

Perdimos, por supuesto.

Sin embargo, en 1997, con Andrés Manuel López Obrador como presidente del PRD, Cuauhtémoc volvió a llenar el Zócalo. ¡Ahí estaba yo –con Alejandra en mis hombros-, flotando sobre un mar amarillo de gente dispuesta a ganar la ciudad, ahora sí!

Nos quedamos con la ciudad.

Pero en 2000, volvimos a perder. Los panistas se multiplicaron y llevaron a Vicente Fox a la presidencia de la República.

Perdimos, por supuesto.

Ahora, aquí estamos de nuevo. Y aunque varias de las personas a las que admiro ya expresaron públicamente su decisión de votar por el señor Andrés Manuel López Obrador (Adolfo Sánchez Vázquez, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Luis Villoro, Lorenzo Meyer, Juan Villoro, Helena Beristáin, Héctor Bonilla, Juan Bañuelos, Miguel Ángel Granados Chapa, Emilio Carballido, Luis de la Peña, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, Vicente Rojo, Bárbara Jácobs, Raquel Tibol, Federico Campbell, Ignacio Solares y Arnoldo Kraus, entre otros), algo me dice que otra vez nos vamos a quedar con las ganas de tomar el mando de la República.

Por esas mismas fechas, otras personas manifestaron públicamente su decisión de votar por el el candidato del PAN: Eduardo Manzano (el Polivoz), Benny Ibarra, María del Sol, los Hermanos Castro, Roberto Gómez Bolaños (Chespirito) y Juan José Origel.

Nota escrita seis años después: Como en 88, volvieron a robarnos.

miércoles, junio 07, 2006