martes, octubre 03, 2006

Ganas de ti (novela inconclusa, capítulo VII)

Vivimos la infancia instalados en la comodidad de un mundo sin angustias. A juzgar por las imágenes que conservamos de la prehistoria, nuestros padres supieron llevar a la práctica sus sueños, al menos en la apariencia. Jugaron a ser decentes y a no perder la compostura, sobre todo durante esa juventud suya que los hizo adultos muy temprano. Ya luego vendría el mal gusto, a partir de los setenta: la ropa deportiva, la televisión a colores, las patillas de chuleta, las corbatas, el Metro anaranjado, el Pacer y el Le Barón, el Vocho achaparrado rojo carmín, los aromas dulces y dizque lujuriosos de Jovan Musk y Charlie (mi lucha personal contra esas marcas tuvo tales grados de fundamentalismo proletario que fue, a la postre, motivo de burla permanente por parte de Octavio y Óscar: siempre olí a flor de naranjas, gracias a mi predilección por el Agua de Colonia Sanborns y, los domingos, a Monsieur Lanvin, que mi mamá adquiría en la Farmacia Pasteur).

Estudiemos las fotografías de nuestros padres. ¿Quién puede explicarme por qué ellos se vestían mejor, por qué nuestras madres tenían tan buen gusto y siempre estaban hermosas? ¿Cómo perdimos el estilo y las buenas maneras? Son muchas las posibles respuestas. La cosa es que siempre he envidiado la buena estampa de la generación anterior. Nosotros, en cambio, desconocemos el orden y el cuidado. Claro, tal vez quiero hacer de un defecto personal un signo de los tiempos. Sin embargo, juzguen ustedes y díganme si estoy lejos del acierto.

En tiempos de nuestros padres, quiero decir, de su juventud, la fotografía era un acontecimiento de peso histórico, un asunto ceremonial ligado a la idea de un futuro promisorio, un verdadero puente hacia la posteridad sostenido en circunstancias rituales. Todos conservamos esos retratos con veneración. En cambio, pocas de nuestras fotos soportarían, por su vulgaridad, ser enmarcadas y puestas sobre un mueble de caoba, porque, además de su discapacidad escénica, el registro del presente es eventual y pocas veces comunitario.

...Gerardo María y yo fui el tercer hijo. Lo digo así porque me tardé un buen rato en entender que éramos dos, que mi gemelo no somos síntoma crónico de apendicitis, un tentáculo rebelde que nos hacía quedar mal a mí en todas partes, como el gallo que se nos paraba cuando mi mamá me peinaba a los dos con limón.

La demora fue larga y estuvo fortalecida por mis padres, mis hermanos y el mundo entero: a ver pónganse ahí juntitos ay pero si están igualitos quién es quien no sé si eres tú o tu hermano cómo que no has comido si te acabaste toda la sopa son como dos gotas de agua por atrás también.

Esa relación con el mundo exterior me llevó a una conclusión: ¡Pues claro que soy yo y nadie más! ¿Por qué no colocan a cualquiera de mis hermanos y comparan sus dos orejas, sus dos ojos, sus dos piernas, sus dos brazos? ¿Por qué les llama la atención que yo tenga cuatro de todo? ¡Así soy y es muy divertido! Puedo platicar conmigo mismo sin sentir que estoy loco. Y cuando no encontraba a Gerardo María, me sentaba frente al espejo de mi madre y todo arreglado.

Una de mis primeras mañanas de angustia existencial, al despertar e ir a lavarnos la cara, me miré en el espejo y, al vernos su cicatriz en mi cara, reafirmé que él era nosotros y quedamos tranquilo, aunque me asustamos, pues hasta ese momento sólo el tentáculo Gerardo María había presentado la marca de un golpe de palo de escoba que un niño idiota no supo dirigir a la piñata. Es decir, el asombro surgió de un extraño proceso de mimecoatlismo (acabo de inventar el término: el griego mimetos y el náhuatl coatl, juntos, forman la idea de un ser doble que, poco a poco, va multiplicando sus semejanzas hasta volverse un monstruo con el don de la ubicuidad, lo que, a propósito, nunca explotamos en los circuitos del delito: mi mayor crimen fue, en secundaria, entregar dos veces el mismo examen de Biología).

2 comentarios:

Marco dijo...

No se por que este post me recordo algo, algo que no vivi pero hubiera deseado, algo que extraño sin haber vivido, esa nostalgia por lo que no pase, no se como es eso, pero asi me pasa.

Saludos.

El Blues de la Estufa Divina dijo...

¡Marco, Marco! Veamos:

1. Tienes 24 años (es decir, naciste en 1982).
2. Entre tus gustos están Marx Ernst, Kubrick, el jazz, El Ciudadano Kane, Henry James y Juan Rulfo.
3. Te defines personalmente con la letra de I'm the walrus.

Algo me hace pensar, Marco, que espiritualmente te doblas la edad a ti mismo. Tu nostalgia es un capítulo de Dimensión Desconocida.

Nada más falta que me digas que, al ver La ilusión viaja en tranvía, experimentas la misma nostalgia.

¡Un abrazo!