jueves, octubre 19, 2006

Rostros del 61 (segunda parte)

¿Cuándo terminó el pasado y cuándo comienza el presente?
¿A qué horas comenzaremos a vivir el futuro?
Tercera parte

Damos sentido a la existencia con hitos elegidos de acuerdo a un criterio subjetivo de trascendencia personal. A veces, sin embargo y por desliz egocéntrico, suponemos que esas indicaciones autobiográficas son universales.

Para nadie, más que para mí, tiene historicidad el día en recibí mi primer reloj, con manecillas y números fosforescentes. Quedé atónito al descubrir que podía leer la hora bajo las sábanas, en la más completa de las oscuridades.

¿Cómo es esto? –me pregunté, sin conocer aún la palabra fosforescencia; y ensayé una explicación- Este reloj ha sido pintado con alguna sustancia que almacena raíz de luz, semilla de luz, médula de luz... y luego la convierte en una luz verdosa, luz que se percibe en las penumbras, como los fuegos fatuos y los cocuyos que aparecen en los cuentos de miedo.

Más tarde, mucho más tarde, casi ayer, supe que ese meollo de luz que no supe nombrar se llama energía. Mi ignorancia se consuela con una sospecha: esta palabra -energía- es tan vaga como las mías, y sirve para hablar de algo que no se comprende a ciencia cierta. Vean ustedes, crédulos lectores, la definición que encuentro en internet:

La energía es una magnitud física abstracta, ligada al estado dinámico de un sistema cerrado y que permanece invariable con el tiempo. La energía no es un ente físico real ni una "sustancia intangible", sino sólo un número escalar que se le asigna al estado del sistema físico, es decir, la energía es una herramienta
o abstracción matemática de una propiedad de los sistemas físicos
.


En esa definición cabe Dios, el amor, la muerte, el blues y el maullido del gato en el jinjolero. Al leerla, hay que hacerlo entre penumbras y con el botafumeiro de Compostela.

Vuelvo a mi primer reloj.

El asombro se transformó esa misma noche en una delectación física e intelectual: descubrí, gracias al regalo de mi padre, que en la más densa tiniebla el tiempo también transcurría…

Si el tiempo transcurre en la oscuridad –pensé a mis ocho años, cuando la oscuridad significaba la nada absoluta-, entonces el tiempo existe como un fenómeno libre de los hechos que parecen determinarlo.

Cierto o falso mi razonamiento, he ahí un capítulo de la historia mucho más importante que la muerte de Giuseppe Roncalli y el asesinato de John F. Kennedy.

En el caso de mi biografía personal, divido la historia con banderines color rojo carmín, cada uno de los cuales representa un acontecimiento específico. Así, he reunido sucesos de índole varia. Son eventos que nos avisan, cada cierto tiempo, que las cosas cambian, al menos en el interior de nuestras almas:

1963

Es la madrugada. Mi madre entra a nuestro cuarto y nos despierta, nos descobija y nos dice, orgullosa: ¡Arriba, jovencitos, ya son hombres adultos, hoy entran a Primero de Primaria!

Ha de ser enero, porque todo está en penumbras y el invierno se cuela por las narices: un frío delicioso, un frío color verde pistache. Desayunamos Choco-Milk -con huevo incluido- y un pan dulce untado de mantequilla.

-Mamá, ¿puedo meter en la lonchera mi Yo-Yo?
-No, déjalo, luego lo pierdes. En la tarde juegas con él.

Gerardo, más astuto, no pregunta: guarda su Yo-Yo en la bolsa del pantalón corto. Su Yo-Yo es Plasti-Max, comprado por mi papá en un almacén que estaba en la esquina de Puebla e Insurgentes (El Reloj Chino, creo que se llamaba); el mío, en cambio, es más barato pero es una joya: es el Yo-Yo oficial de la Coca-Cola, rojo, con borde blanco; y tengo otro, el Satélite, azul marino, con borde rojo, que acaba de comprarme mi tía abuela (Ma) el sábado en la tienda de la esquina.

Si quiero llevar mi Yo-Yo a la escuela no es para jugar, sólo es para olerlo. Me gusta cómo huele. ¡Bueno, no importa! Me pondré a oler el forro de mis cuadernos, mi pluma fuente Pelikan, mi lonchera. Nada más delicioso que la mezcla de aromas: abrir la lonchera y aspirar el aroma a plástico, jamaica, mandarina, jamón y bolillo aguado.

Mamá coloca en nuestras loncheras la cantimplora. Antes de enroscar su tapa, hay que colocar un pedacito de plástico para impedir que el agua busque escaparse a gotas y humedezca la torta hasta volverla roja.

Ese mismo año, muere Juan XXIII y asesinan a John F. Kennedy. Descubro la muerte como algo que sucede lejos, muy lejos de mí, algo que le sucede a otras personas. Se muere la gente importante. Los pobres no se mueren.

-Papá, ¿nosotros somos pobres?
-Sí. No tanto como antes, pero sí. Cuando yo tenía tu edad, a veces sólo comíamos pinole. Todavía somos pobres.
-¡Qué bueno!
-Hay que dar gracias a Dios de lo que tenemos, Tino. Con esto es más que suficiente.
-Ojalá nunca seamos ricos, papá, porque los ricos se mueren y les disparan y se les sale todo por la cabeza. ¿Por qué se murió el papa? ¿Era muy rico?
-No, el papa no era rico. Los papas no son ricos, son pobres como nosotros.
-¿Entonces, por qué se murió Juan XXIII?
-Porque estaba viejito.
-¿Y tú ve vas a morir cuando seas viejito?
-Nadie se muere de verdad, mijito. Sólo nos quedamos dormidos, esperando a que Papadiós nos lleve a un lugar mejor.
-Este lugar es el mejor, papá. Yo no me quiero ir.
-¿No te gusta ir a Puebla?
-Sí, a Puebla sí, porque están mis primos y mis tíos de Puebla. ¿Los que se mueren se van a Puebla?

¡Pobre de mi padre! No era yo el único preguntón de 1963. Entonces éramos siete.

Empiezo a interesarme en las lagartijas y en los caracoles que pueblan el patio: quiero ser como esas criaturas silenciosas. Corto una hoja de la enredadera y hago que un caracol se trepe en ella. Lo llamo Silver. Un caracol que tiene el nombre del caballo del Llanero Solitario. Vamos Silver. Intento acercarlo a la lagartija que hace lagartijas mientras toma el sol. Le doy nombre a la lagartija: Aurora, como la princesa de Teatro Fantástico. ¿Qué pasa si Aurora y Silver se juntan? Aurora huye apenas descubre mi presencia.

1964

Llega a mi casa el disco Conozca a The Beatles. No puedo olvidar lo que consideré entonces un código secreto: Musart D 892. ¡Musart D 892! No fue difícil pensar en esa clave, porque fue el año en que también tuve que aprenderme el teléfono de la casa: 156863, quince sesenta y ocho sesenta y tres, quince sesenta y ocho sesenta y tres, Musart D ochocientos noventa y dos, Musart D ochocientos noventa y dos, quince sesenta y ocho sesenta y tres. Algún día entenderé qué es eso, pensaba, a mis ocho años, sin comprender siquiera por qué ese disco en particular me atraía de forma tan poderosa.

Fue tanto el encanto, que empecé a olvidar mis tres discos preferidos: Los Rufino, Corazón de melón y El último cuplé.

Para refrescar mi memoria, llamo por teléfono a Gerardo, mi hermano gemelo.

-Oye, ¿te acuerdas de ese disco que traía Clavelitos?
-¡Cómo no, Sarita Montiel! Con esa portada maravillosa… El disco se llama El último cuplé y reúne las canciones de la película de 1957.
-¿Y cómo te acuerdas?
-¡Quién puede olvidar esa portada!

Así era la casa a principios de los sesenta: en las tardes lánguidas del otoño, las canciones de Sarita Montiel flotaban entre luz fragmentada por las persianas, sobre la duela de la sala. El relicario, Madelón, Ven y ven, Fumando espero…
Cómpreme usted este ramito,
cómpreme usted este ramito,
pa’ lucirlo en el ojal.


Ahora, busco en internet y compruebo que he guardado durante 42 años parte de la clave de catálogo del primer disco de los Beatles que salió en México. El código completo es Musart D 892, Capitol SLEM 007. El álbum contiene I saw her standing there, I want to hold your hand, She loves you, I’ll get you, From me to you, Thank you girl, I wanna be your man, Not a second time, Don’t bother me, Little Child, Hold me tight y This boy.

En mi historia personal, este disco (colección de singles exitosos, muy al estilo de la época) es es el quinto evangelio.

Conozca a The Beatles
es palabra de Dios.

8 comentarios:

Ícaro dijo...

Carambas, qué post tan bello Agus!!!

Me imagino que cuando recuerdas se te viene (sin mayor trabajo) a la cabeza el sabor del chocomilk y el pan con mantequilla, la textura de la ropa, el lugar donde estaba tu madre, tu hermano, tú mismo... el aroma del yoyo, el camino a la escuela, etc, etc, etc...

Buen fin de semana.

El Blues de la Estufa Divina dijo...

Gracias, Ícaro. En cuanto a los olores, te platico que parece ser que el olfato es el sentido con mayor capacidad para almacer recuerdos. Sin embargo, el otro día vi un programa sobre la vista... y me enteré de algo que parece obvio pero que es sorprendente: los colores que hoy vemos como adultos no son los mismos que vimos de niños: las intensidades cambian, los matices, los tonos... Por eso -dicen en el programa-, a veces uno recuerda su infancia con cierta tonalidad... y piensa: ¡Bah, el color de mis recuerdos ha sido afectado por las fotografías de la época, cuya calidad de impresión y de fidelidad siempre dejaron mucho que desear (me refiero a quienes fuimos la primera generación de niños fotografiados a color) . ¡Pues no, Ícaro! Resulta que los niveles de color (lo que para los impresores es lla cuatricromía) se modifican con el paso del tiempo, por razones puramente orgánicas. En mi caso, el
color de mi infancia es un rojo suave, como infusión de te. No he vuelto a ver la realidad en esa atmósfera ambarina desde hace muchos años.

Ícaro dijo...

Pos sí mi querido Agus, la evocación no es completa (creo que ni siquiera en el caso de los olores), aunque no sabía este asunto de los colores. Ahora que lo dices, mi infancia es como amarilla...

Es curioso que las evocaciones más fieles sean las olfativas, sobre todo porque se supone que en la mayoría de los simios (gibones, orangutan, gorila, chimpancé, bonobo, hombre) el olfato se encuentra muy atrofiado. Cosas de la evolución.

Abrazo.

Jerry Damage!! dijo...

Ahora que mencionas a las lagartijas, recuerdo perfectamente, que durante varios años de mi vida les tuve un miedo terrible, unicamente comparado con el miedo que le tenía a las arañas de plástico que se pegaban a la pared. (Las fotos están fantásticas)

El Blues de la Estufa Divina dijo...

No me hagas mucho caso, Ícaro, mis fuentes de informción son muy pobres: no paso de los libros, los canales y las páginas de divulgación científica.

Y tú, Ger, sobrino amado, ¿miedo a las lagartijas en tu remota infancia? ¿Y cómo entonces hiciste para vivir entre alacranes y cuijas? Para mí, dormir en alguna de tus casas siempre fue sentirme en un programa de Mundo Salvaje...

Tlacuiloco dijo...

Pues no estaba yo enterado de la fobia de mi hijo. Pero ¿como sospecharlo?:
Este chamaco, a los dos años, se dedicaba a atrapar moscas mientras miraba por la ventana la calle de Tokio en la Colonia Juarez. Despues, ya viviendo en Metepec, en complicidad con su hermana Alejandra, le dió por cazar insectos vivos y guardarlos en el cajón de su buró.
Me extraña saber lo de las arañas de plastico, siempre lo vi jugando con ellas, igual que esas hormigas de plastico que le regaló su tía Beti y que metia en el refrigerador junto a sus odiadas cebollas.
En la casa de cuernavaca siempre estuvimos rodeados por alacranes, no jugaba con ellos, pero asi que digamos "dormir angustiado" pues no. Ya viviendo en Acapulco, fue cuando sufrió su primera (y única, hasta el momento), picadura de alacran...y se le veia muy tranquilo.
Sus últimos 17 años a dormido rodeado de cuijas. Le chiflan, le sonrien...son sus hermanas....No se, tal vez las ve güeritas y no le parecen parientes de las lagartijas...
quiensabe...nunca deja uno de conocer a sus hijos.
Estoy seguro que sería mas facil ver a Gerardo con una araña en la mano, que con cebolla en su huevo revuelto.
Perdona Agus por usar tu espacio para escribir sobre esa parte de mi que es la mejor...mis hijos.

Deux ex machina dijo...

reminiscencias..
el olor del kinder no se me olvida, exactamente como tu lo describes y claro el pedazo de plastikito de una bolsa del burger boy para que no se derrame mi vaso con popote loco..

este relato es la prueba como muchos otros de que la gente sigue guardando cosas maravillosas, basta con acercarse a una y veremos que hilar historias nos es nato..

yo recuerdo mucho una frase de un peridico que no recuerdo el nombre,"comprelo que se acaba" decia una voz elegante y sugerente.

relato bello el que puso aki.
saludos.

Jerry Damage!! dijo...

Jajajajaja, supongo que esas fobias no me duraron mucho, si recuerdo que despues si me gusto jugar con las arañas de plastico. Y lo de las lagartijas tambien fue temporal.