
Pensaba acompañar las fotografías con un poema de Dylan Thomas, pero el autor de Under milk wood (un bellísimo concierto para voces, muy cercano a Harold Pinter) no es precisamente el invitado más oportuno, y tampoco lo es Bob Dylan, el santo patrono del recién nacido, aunque no faltarán los parientes y los amigos originales que retaquen a la familia de discos y libros del poeta de Minessota.
Creo que no conviene caer en lugares comunes ni en conductas pavlovianas. Dylan huele a leche y a paraíso, y su oídos todavía quieren escuchar el roce de las nubes y el corazón de su madre. ¡Mantengamos esa paz a su alrededor!
Ya tendrá tiempo Dylan, durante toda su adolescencia, de escuchar The Freewheelin' Bob Dylan hasta hartar a sus padres. Ya tendrá tiempo de asaltar el librero de su hermano para azotarse con algún poeta amargo. Por ahora...

Elijo a Rubén Darío, poeta de la vida y de la esperanza, poeta que asume la modernidad como el encuentro de pasado y futuro en un presente perpetuo en el que la humanidad crece hacia sus afueras y hacia sus adentros.
¡Vaya para Dylan este canto de bienvenida!
Pegaso
Cuando iba yo a montar ese caballo rudo
y tembloroso, dije ¡La vida es pura y bella!
Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella.
El cielo estaba azul y yo estaba desnudo.
Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo
y de Belerofonte logré seguir la huella.
Toda cima es ilustre si Pegaso la sella,
y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo.
¡Yo soy el caballero de la humana energía,
yo soy el que presenta su cabeza triunfante
coronada con el laurel del Rey del día;
domador del corcel de cascos de diamante,
voy en un gran volar, con la aurora por guía,
adelante en el vasto azur, siempre adelante!