martes, mayo 29, 2007

Lurrie Bell en Ruta 61 (cuarta parte)

Estamos escuchando el Lamento a la memoria de Raúl Lavista, integrada al álbum Cuaderno de viaje, que reúne piezas compuestas por Mario Lavista durante la década de los ochenta del siglo pasado (ésta, en particular, fue compuesta y estrenada en 1981). La ejecución corre a cargo de Marielena Arizpe.

Afirma una leyenda japonesa que el sonido de la flauta es el único que los muertos pueden escuchar, y Mario está convencido de que cada vez que se ejecuta el Lamento, su tío se deleita con la música pensada para él.

Antes de seguir leyendo, nervioso lector, escucha.

Si puedes, cierra los ojos e imagínate en un templo del siglo XVI, acaso el de San Andrés Sacam’chen, que lleva el nombre del apóstol proclete. Has llegado al lugar después de caminar por un sendero nemoroso. Ahora te hincas, más por agotamiento que por devoción. Hundes el rostro en tus manos y dormitas, sin dejar de escuchar al sacerdote que oficia el rito fúnebre. Su voz se convierte en flauta.

Escucha. No confundas a tu oído leyendo en silencio (eso no existe, no existe la lectura en silencio, siempre que lees la mente se encarga de dar sonido a las palabras, a eso llamamos lectura en voz baja). Y cuando termines, sigue leyendo. Por ahora, escucha.

Después de escuchar

Esta entrega es un alambique literario dividido en filtros de estilo. El propósito es averiguar cuál es su capacidad de trasiego y decantación, es decir, se trata de saber cuántos visitantes resisten la destilación y llegan hasta el punto final.

Tu tarea, lector voluntario, es detener la lectura y salir de la bitácora apenas experimentes hastío, enojo, confusión o indolencia (por ejemplo, en este preciso instante). ¿Vas a seguir? Bueno, veamos qué tan delgado es tu espíritu, por cuántas mallas eres capaz de filtrarte.


Filtro 1

Mi relación con Internet está basada en la desconfianza. Para comenzar, la frase navegar por la red es un despropósito metafórico. Se navega por el mar de la información, eso sí. Pero a la red se trepa uno como araña, y eso en el mejor de los casos, porque también podemos imaginar un como tejido orgánico, y entonces nos convertimos en bacilos insignificantes, enmarañados en la tela inmaterial de nuestra propia naturaleza procarionte, dicho esto último en sentido figurado: las células procariontes (procariotas es el término correcto) no tienen núcleo celular diferenciado, es decir, su ADN no se encuentra confinado dentro de un compartimento limitado por membranas sino libremente en el citoplasma.

Filtro 2

¿Y sabes, a propósito, lector enfadado, dónde obtuve este conocimiento biológico? ¡En Wikipedia! Así es que no me hagas mucho caso, que es como si me lo hubiera contado el muchacho de los tamales oaxaqueños, cuyo sonsonete se ha vuelto más cierto que todo el conocimiento almacenado en la entelequia que llamamos Internet.

Filtro 3

Sea como sea, cada vez que me interno en las oscuras oquedades de este laberinto (tenebroso e irresponsable) la desconfianza me invade: pienso que la riqueza enciclopédica atesorada por la humanidad durante siglos, al volverse lava digital (nadie sabe de qué volcán misterioso), se ha transformado en una hirviente sarta de mentiras y vaguedades, peor aun, en un amasijo fogoso de imprecisiones que repetimos todos sin el menor rigor intelectual.

Filtro 4
Y, sin embargo, ando por la red feliz de la vida, porque asumo con alegre desenfado, despreocupado, mi inclinación por las mentiras universales, incluso por las que se han convertido en iglesias milenarias (aunque éstas se cuecen aparte, porque sus embustes pasados y presentes han causado y causan sufrimientos, muertes, desazón espiritual, enfermedades mentales y pobreza extrema, entre muchos otros males). La autoría colectiva hace de Internet (y de la misma Biblia –que esto que digo no es un asunto de avances tecnológicos-) un caldo sabroso de fantasía y reinvención del mundo.

Filtro 5

El problema es mi desconfianza.

Filtro 6

Soy de la vieja escuela, y de algo estoy convencido: en cuestiones de historia, de ciencia y de crítica, los buenos libros (los buenos libros, subrayo) son más confiables que la mejor página de Internet, no por naturaleza sino porque sus autores están obligados a dar la cara, a dar su nombre, a guiarnos hasta sus fuentes. La fama de muchos depende de la veracidad y de la honestidad con la que se escribe un libro.

Filtro 7

Traigo todo lo anterior a cuento porque para escribir esta entrega hubiera querido encerrarme una semana en la Biblioteca Nacional, que está en el Centro Cultural Universitario, y otra semana en la Biblioteca Ernesto de la Torre Villar, del Instituto José María Luis Mora, atrás del Parque Hundido (que no es la sede donde trabaja nuestro querido Iván Lombardo Huerta, ex-armonicista de Las Señoritas de Aviñón, pues él despacha en Coyoacán).

En ambos recintos, hermosos, pacíficos, luminosos, de acervos inconmensurables, éstos sí verdaderamente renacentistas (no como la medieval Internet), viví momentos que me marcaron para siempre. Sus libros me formaron, a la vez que dieron un poco de orden a mis ideas y a mi necesidad de saber y de entender el mundo. No digo que lo hayan logrado enteramente -eso sería afirmar una tontería-, sino que sin ellos hoy no podría evocar en mi memoria el placer que produce el descubrimiento de un mundo más amplio y el gozo de la lectura silenciosa, el encuentro con inteligencias descomunales –como el mismo doctor Mora- y de autores minuciosos y deliciosos, como Justo Sierra O´Rielly, autor de una novela injustamente olvidada, La Hija del Judío.

Filtro 8
Muchas grandes novelas del siglo XIX duermen hoy -y se empolvan- en los estantes desvencijados de lugares diversos, sin que a nadie se le ocurra siquiera hojearlas, siquiera ojearlas (huye la gente de los libros, como si éstos la fueran a aojar y a ahogar). Y los lectores de Arturo Pérez Reverte –excelente en todos sentidos, hasta donde puedo decir, pues me quedé sólo con La Tabla de Flandes, El maestro de esgrima y El Club Dumas; ya luego se me quitó la euforia de leerlo-. Los lectores del novelista español, digo, bien harían en abrir Martín Garatuza y Monja y Casada, Virgen y Mártir, por ejemplo, ambas novelas sabrosísimas de Vicente Riva Palacio, quien pudo escribirlas porque, al triunfo de la República, Juárez encargó al futuro fundador de El Ahuizote los archivos de la Inquisición, y don Vicente se tardó mucho en regresarlos. Don Benito le mandaba decir que ya devolviera esos papeles, carambas, que no eran suyos, que pertenecían a la nación. Y don Vicente mandaba decir que sí, que ya voy, que me aguante el señor presidente, que ya nomás tomo algunas notitas y restituyo los folios y los portafolios.

Filtro 9

Si has llegado hasta este filtro, valiente amigo, amiga esforzada, pasa por favor al Salón de Lectores Rapelistas del Club de la Estufa Divina, para que medio descanses y poses tus ojos agotados sobre una saliente de la roca que hasta ahora has tenido que escalar.

Filtro 10

Mientras mi agotado lector se desembaraza de fisureros y anclajes, platicaré contigo, Lurrie Bell. Déjame explicarte por qué decía yo que para esta entrega me hubiera gustado investigar más… ¡Pero en los libros y no en la red! A eso me refiero. No sé si hubiera encontrado la bibliografía necesaria en el Instituto Mora, pero al menos me hubiera podido servir una taza de su exquisito café (¿todavía será gratuito?).

Filtro 11

Pasa que, cuando quiero saber un poco más sobre las cosas de las que hablo en esta bitácora, las premuras de este nuevo siglo me llevan a conformarme con breves recorridos por Internet. Ni modo. No es mi idea de un buena investigación, pero no hay bibliotecas que abran a las dos de la madrugada (a estas horas escribo, y no a las horas del trabajo, como creen algunos).

Regresemos, pues, a las noches que pasaste con nosotros en Ruta 61. Hagámoslo, Lurrie, con esa sensación de presente perpétuo que nos dejan los buenos sueños.

Filtro 12

No me amenaces,
no me amenaces...
José Alfredo Jiménez

Después de iniciar tu concierto con la hipocondríaca Born under a bad sign, nos entregas, sobre la bien aceitada máquina de Vieja Estación, la clásica I´m your Hoochie Coochie Man, de Willia Dixon, y muestras con ella que en el blues es fácil pasar de la depresión más profunda al colmo del regocijo, del complejo de inferioridad al delirio de grandeza, sentimientos los dos generados, curiosamente, por la objetividad de un mismo hecho: el abandono, el desamor, la pérdida de la mujer que hasta hace unas horas se encontraba en nuestra cama (son dos actos reflejos: te enseño mis heridas abiertas o las cubro con mi soberbia, pero en ambos casos lo que quiero decirte es que tengo el alma rota, y me duele).

Imaginemos a un hombre golpeado en su orgullo y con el corazón destrozado.

Baja lentamente las escaleras del viejo edificio donde vive la mujer que ahora lo desprecia y que no quiere saber nada de él. Antes, hace muy poco, lo amó en el desenfreno y en la pasión desbordada; antes, apenas hace unos días, le ofreció su propia eternidad sin condiciones; ahora, simplemente lo echa a la calle. ¿Por qué? ¡Porque a ella le cambió el humor, así de sencillo! ¿O cuándo has visto, Lurrie, a una mujer qué dé razones de sus actos?

El hombre llega al final de la escalera y sale a la calle. Respira con dolor. De pronto, algo le tensa el rostro (un arrebato de dignidad, tal vez). Da media vuelta y entra al umbroso edificio. Sube a zancadas los escalones y golpea la puerta. La mujer abre. Él se mete hasta la cocina y le advierte: ¡Tú no sabes a quién estás mandando a freír espárragos, mujer!


-¿Y quién eres tú, si se puede saber?, pregunta la mujer desde el fastidio.
-Ahora te lo digo…
-Suénate primero.
-Has de saber que, cuando nací, una gitana le dijo a mi santa madre...
-Mmmmta...

Minutos más tarde

-Bueno, ya me dijiste quién eres. Regresa por donde llegaste y no me busques más.
-Don´t mess with me...
-¿Qué?
-Que no me amenaces, no me amenaces.
-No te amanezco. Haz de cuenta que ya me fui. De hecho, tú eres el que te vas.
-Pero, mujer –solloza el Hoochie Coochie Man-, ¿qué voy a hacer sin ti?
-Ve con tu madre y que te cuente otra vez lo que le dijo la gitana. Tal vez hay una parte que no entendiste.

¿Sabes, Lurrie? Al escuchar The Hoochie Coochie Man, recuerdo la conversación que alguna vez tuvieron el poeta Bacilio Macedonio Ruiz y la hermosa Desdémona Peniche, mujer que vive desde hace muchos años en Key Biscayne, Florida, preguntándose qué hace ella afuera de la cama de Bacilio, su verdadero amor (Desdémona no sabe que Bacilio ya murió, y yo pienso, Lurrie, que no tiene por qué enterarse).

-Pues he de decirte, Bacilio, que a las mujeres que han pasado de los cuarenta y que se visten como negando su edad... aquí las llamamos hoochie coochie mamma.



-Pero eso es otra cosa, Desdémona –advirtió el poeta-, eso es una deformación sarcástica del sentido original…

-¿Y cuál es el sentido original, mi amor?

-Ahora te digo, espérame. Déjame terminar: esa desviación es producida por una sociedad que acaso se avergüenza de sus propios valores, valores que a su vez se manifiestan en la ridiculez de un mundo que concibe a la juventud no como divino tesoro sino como razón única de la vida…

-Te entiendo, chiquito: esas mujeres y esos hombres sólo existen si se mantienen física y mentalmente jóvenes, si adoptan en su madurez los gestos, las ropas y las actitudes de la nueva generación, sus modas (sus modos), y sin saberlo se convierten en el hazmerreír del vecindario.

-Exacto, escuincla babosa.
-Tienes razón, Bacilio. No seamos así. Tú y yo, volvámonos viejos, vayamos al encuentro de la Laguna Estigia, corramos presurosos hacia el Hades. Antes, nos escapamos a Venecia y hacemos el amor en el Palazzo Ducale, ¿te late, latita de besos?

-¿Y cómo sabes de esos mitos, tímida? ¿Te pusiste a leer a Hesíodo, a Pausanias, a Dante... o qué?

-
¡No, no! Un wikipediazo y listo. Andaba buscando páginas sobre lagunas, porque me vuelan las lagunas, Chapala, Pátzcuaro, qué te digo. ¡Y que encuentro la Estigia! Primero en el cuadro de Joachim Patinir, luego en el de Doré, y así llegué al artículo sobre esa monada de laguna. Si quieres, leemos juntos el Infierno mientras hacemos el amor vía correo electrónico, como el 22 de agosto de 2005, ¿te acuerdas, yimeilito? Yo me encerré en el baño de la casa, con la lap top y una toalla por único vestido. Me senté en el suelo, bajo el lavabo, con el cerrojo puesto. Mis hijas, en sus recámaras; mi marido, tirado en la cama, babeando entre sueños de hombre aburrido. Y yo... sin mouse y con una mano libre.

-¡No me digas! Mis manos te miran por dentro.

-Vas a esperar hasta que te lo pida a gritos...

-Dame tu mano. Necesito que sepas qué está pasando.

-Sí, lo sé. No dejes de besarme.

-Quiero verte...

-¿Necesitas ayuda?

-Quédate un ratito y después te bajas...

-Me encanta estar sentada encima de ti. ¿Pero, dime, juguito de tomate, cuál es el sentido original del Hoochie Coochie Man?

-Te cuento, loca mía. Había una vez…


Filtro 13

Déjame repetir, Lurrie, lo que Bacilio contó a Desdémona.

Filtro 14

El hoochie coochie fue un danza femenina de fines del siglo XIX, cuyos sensuales movimientos aludían al placer del sexo. Eran, por supuesto, invitaciones explícitas que despertaban la fantasía de los hombres, quienes aullaban y aplaudían para responder al llamado.

Con el éxito del baile, el término se pluralizó (los hoochie coochies) para referirse a aquellos establecimientos donde las mujeres se contoneaban de manera impúdica.

Más tarde, ya en los años treinta y cuarenta del siglo XX, la creciente popularidad del cine revivió el gusto por bailar o ver bailar hoochie coochie, y, claro, las actrices que se atrevían a interpretar la danza eran admiradas por los espíritus liberales (de moral dormida, como diría Octavio Herrero) o abominadas por las buenas conciencias: en 1942, casi diez años después de haberse filmado Wine, women and song, un jurado concluyó que el hoochie coochie era un baile indecente, y los productores de dicha película (dirigida por Herbert Brenon y estelarizada por Lilyan Tashman) fueron condenados por presentar un espectáculo a todas luces inmoral. Ese mismo año, Paul Whiteman y Gracie Allen se mofaron de Mussolini a través de un un boogie-woogie titulado Hoochie Coochie Duce. Pero no sería hasta 1954, al grabar Muddy Waters I’m your Hoochie Coochie Man, que nacería el concepto del Hoochie Coochie Man.
Filtro 15 / Epílogo

¿Sabes? -dice la mujer ya en la puerta, empujando al hombre herido en su orgullo, conminándolo a salir-, tú te has creído que tienes un poder sexual capaz de hacer conmigo lo que quieras. No, mijito, estás pero equivocadísimo: la que baila el hoochie coochie soy yo.
-Bailas porque yo quiero que bailes.
-Bailo porque se me antoja, papanatas.

NOTA
Si llegaste hasta aquí, titánico lector, házmelo saber
con un mensaje a bastaturostro@gmail.com

2 comentarios:

Colibrí dijo...

llegué!!!
vencí todos los filtros!!! (alzando los brazos juntando las manos y agitándolos a manera de victoria pírrica)

imagina si vas a creer en los escritores que dan la cara, con un libro escrito citando fuentes inventadas por ellos mismos (como solía borges)

y me imagino que las andanzas de bacilio macedonio no son producto de un wikipediazo, aunque no falle...el google de tu hemisferio cerebral izquierdo puede suplir cualquier carencia y contarl cuentos (asiáticos o no) de una manera que no se va a encontrar ni en la biblioteca del Mora (y mira que ahí se dan un quien vive cuando de historia oral se trata)

llegue´...y no supe ni como!
después de esto, me cae que ora si me trepo al bungee (que es -hasta hoy- una certeza de lo que no haré en mi vida)

besos y mas besos

pd. aunque si es requisito avisar al correo electrónico...voy pa allá

El Blues de la Estufa Divina dijo...

Mi querida Colibrí, cómo me has hecho reír con tu llegada a la meta. Bien, muy bien. Eres la tercera persona que lo logra, así que te has ganado las dos primeras copas que te tomes la próxima vez que vayas a Ruta 61. Ahí sí te voy a pedir que me mandes un mensaje a bastaturostro@gmail.com, para saber qué día irías (cuando quieras). Intentaré estar presente. Y si no puedo, dejaré instrucciones.

Por otro lado, tienes toda la razón: en realidad, no podemos confiar ni siquiera en lo que nos dijeron de chiquitos. Mi mamá me dijo alguna vez que si me miraba demasiado tiempo en el espejo, se me iba a aparecer Juan Diego.

Un beso, mujer invisible.