martes, marzo 27, 2007

Las mujeres necesarias


Francisco de Terrazas
, poeta novohispano de la segunda mitad del siglo XVI (mencionado por Cervantes en el Canto de Calíope, de La Galatea), es autor, entre otras obras, de dos prodigios inmortales, dos sonetos cuya precisión y cuya belleza han de servirnos siempre a quienes intentamos juntar palabras, ya para hacer una canción, ya para decir en verso o en prosa algo que explique las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema (César Vallejo)

Con el primero soneto, gocemos del ingenio erótico de Terrazas y de su gracia para hablar de las piernas de una mujer necesaria. Porque el poeta alcanza a decir, en elegante y decoroso homenaje, lo que entonces había que callar (y aún ahora, cuando hay que soportar los mugidos de la jerarquía católica contra el placer).

Si te resistes a la poesía, lector prosaico, te pido que esta vez hagas una excepción y un esfuerzo. Lee pausadamente, moviendo los labios (como hacen los niños al enfrentarse a sus primeras letras); si te hace bien, susurra; sigue la métrica (endecasílabos) y atendiende la puntuación. Descubrirás la sencillez y la luz de un texto que se halla todavía dentro de la atmósfera naturalista del Renacimiento. Piensa en algún par de piernas adoradas y en lo que entre ellas se esconde.

¡Ay, basas de marfil, vivo edificio
obrado del artífice del cielo,
columnas de alabastro que en el suelo
nos dais del bien supremo claro indicio!

¡Hermosos capiteles y artificio
del arco que aun de mí me pone celo!
¡Altar donde el tirano dios mozuelo
hiciera de sí mismo sacrificio!

¡Ay, puerta de la gloria de Cupido
y guarda de la flor más estimada
de cuantas en el mundo son ni han sido!

Sepamos hasta cuándo estáis cerrada
y el cristalino cielo es defendido
a quien jamás gustó fruta vedada.

Pero, a veces (mejor dicho, casi siempre), las mujeres necesarias son como el mercurio.

Malas conductoras del calor pero buenas para la electricidad, las mujeres necesarias son solubles en ácido nítrico, y cuando aumentan su temperatura producen vapores tóxicos y corrosivos, lo que las hace dañinas al ingerirlas, inhalarlas o tocarlas.

Irritantes para la piel, los ojos y las vías respiratorias, son muy buenas para la confección de espejos y para elaborar con ellas instrumentos de medición (más de una vez, una mujer necesaria me ha servido para fabricar hermosas lámparas fluorescentes). La industria de los explosivos, por su parte, tiene departamentos dedicados a la caza de mujeres necesarias (con fuerte presencia en Buenos Aires, Guadalajara, Barcelona, Río de Janeiro, La Habana y los países africanos).

La caza de mujeres necesarias es, por supuesto, una actividad prohibida en la mayoría de los países; sin embargo, hay indicios de que la práctica es más común de lo que suponen las autoridades.

Hasta no hace mucho, estas criaturas fueron utilizadas como compuesto principal en los empastes de muelas, pero ya han sido sustituidas por el bismuto, metal ligeramente menos tóxico que las mujeres necesarias.

Si has de almacenar a una mujer necesaria, hazlo en áreas frías, secas, bien ventiladas, alejadas de la radiación solar y de fuentes de calor e ignición. Aléjala también del ácido nítrico. Guárdala en recipiente irrompible y hermético (esto último es muy importante, si tus amigos conocen el escondite donde guardas tu tesoro- veneno).

Francisco de Terrazas fue víctima de una mujer necesaria, a la que inhaló sin cuidado (tuvo escozor de garganta, dolor de cabeza, náuseas, pérdida de apetito y debilidad muscular). Para colmo, la mujer necesaria se metió en sus ojos y en su piel, lo que produjo al poeta petrarquista enrojecimiento e irritación. A pesar de tan evidentes peligros, el vate tuvo también la osadía de comérsela, hecho que le produjo vómitos y diarrea.

Los estudiosos han concluido que de esta experiencia surgió el siguiente poema, cuya belleza se funda en el resentimiento que siempre deja en los hombres de bien una mujer necesaria (te ruego, lector, que repitas el ejercicio de concentración en la lectura):

Dejad las hebras de oro ensortijado
que el ánima me tienen enlazada,
y volved a la nieve no pisada
lo blanco de esas rosas matizado.

Dejad las perlas y el coral preciado
de que esa boca está tan adornada,
y al cielo, de quien sois tan codiciada,
volved los soles que le habéis robado.

La gracia y discreción, que muestra ha sido
del gran saber del celestial maestro,
volvédselo a la angélica natura,

y todo aquesto así restituido,
veréis que lo que os queda es propio vuestro:
ser áspera, cruel, ingrata y dura.

1 comentario:

Ícaro dijo...

Querido Agus:

Ambos poemas son memorables, aunque el último me gusta más por colérico.

Gracias por lo de la credencial, en cuanto pueda me daré una vueltecita por la mítica Ruta 61, previo aviso por su pollo.

Abrazo pues.