viernes, agosto 18, 2006

Carlos Johnson en vivo I

¡No, ‘ijo, yo no voté! Pero es que este cuate, manito, no sabe ni hablar. ¿Me entiendes, cabrón? Pus yo creo que no fue ni a la escuela el güey, manito. Qué mal pedo. Yo soy de izquierda, chido, ¿eh? Pero esto, o sea, tú me entiendes, ¿no, manito? El güey quiere a huevo ser presidente, manito, y pus como que no, o sea, no.
(Guitarrista de famoso grupo de rock, en cuya camisa aparece en psicodélicos colores la imagen del Che Guevara)

Me rindo. La más densa de las soledades me envuelve.

Éste no es mi sueño. Miro hacia todos lados y me siento como dentro de una tienda departamental. Descubro a mi alrededor un mundo al que no pertenezco, un sistema de pensamiento que me rebasa por todos lados, un planeta donde la plataforma ideológica general es la respuesta mezquina ante cualquier acción de resistencia contra la imposición (me incomodas, luego entonces estás equivocado), un enorme campo donde no se siembra ni se cosecha la generosidad social, la adherencia comunitaria, la solidaridad de clase…

-¿Cuál clase, Agustín, cuál clase? Lo que tú tienes es un profundo resentimiento (nacido acaso por tu viudez o porque algo te faltó de niño) y una inoperante identificación con las causas populares, cuando ya te hemos dicho miles de veces que el pueblo no existe, tampoco la patria: existen los ciudadanos y la aldea global. Estás muerto, Agustín, estás absolutamente muerto, perdón, espérame, está sonando mi celular.

Hace más de treinta años, cuando leí Fahrenheit 451, pensé ingenuamente que la historia de Bradbury nunca podría suceder en la realidad. Ahora, tengo que esconderme, tengo que huir, soy el iluso, el renegado, el obstinado, el necio, uno de los perseguidos por las fuerzas incendiarias de la Sensatez y el Orden.

El otro día vi por segunda vez la versión de El Mercader de Venecia (en ella, un genial Al Pacino hace el papel de Shylock), y no pude evitar la analogía entre la obra de Shakespeare y nuestras actuales discusiones sobre la aplicación de la ley.

¿Por qué, me pregunto, se llama así la obra, cuando es el prestamista el verdadero héroe/anti-héroe?

Lo entiendo: mi lectura está contaminada por el tiempo, y en la época isabelina se habrá visto claro que Shylock era, por su condición de judío, un personaje antagónico, una figura de naturaleza malévola, un ser perverso cuyos actos, por tanto, siempre serán perversos: la mayor de sus virtudes (la justicia) es, por ser suya, un acto malévolo; y aunque pudiera estar en posesión de una verdad, ésta se vuelve mentira por el simple hecho de estar en sus manos.

Sin embargo –y esto me lo hizo notar Octavio Herrero (de los pocos buenos lectores de Shakespeare que conozco)-, el público de hoy (el que va a ver la película) aún se ensaña contra Shylock: se ríe de su dolor, se burla de sus pasiones, se mofa de su progresiva humillación, dibujada en su propio cuerpo cada vez más encorvado.

Antonio, el mercader, me parece un personaje vil. Ni su melancolía ni el hecho de ser representado magistralmente por Jeremy Irons me llevan a pensar que estoy ante un buen hombre, mal tratado por el legítimo odio de Shylock.

Antonio es un moralista, y como tal desprecia a los judíos que hacen de la usura su modus vivendi; pero él es un mercader de los mares que especula con la posibilidad de ganancias pingües. Antonio es, desde mi muy particular punto de vista, una de las tantas estampas de la doble moral (¡y ya no hablemos del cinismo de Bassanio y de la deslealtad de Jessica!).

El mundo que me rodea ya condenó, ab ovo, a Andrés Manuel López Obrador. Lo que él haga es una prueba más de su peligrosidad y de su locura. Y quienes lo seguimos... ¡No, no, un momento, no lo seguimos, lo acompañamos! ¿Pero conocen acaso sus detractores el valor de la palabra acompañar? Digo, los que estamos con él en su lucha –afirman nuestros implacables jueces- somos Launcelot Gobbo, seres frágiles y hambrientos que sólo estamos buscando un padre que nos cuide y nos alimente, porque el nuestro es un anciano débil y ciego.

Tengo un nudo en la garganta. Tengo tan escaldado el ánimo, que hasta las nimiedades me arden en la piel. Las letras de Octavio Soto, por ejemplo, excelente músico, llegan a mis oídos sin sentido, ajenas, ripiosas.

Yo nací con la luna de plata
y nací con alma de charro y de pirata.

¿Qué es esto? ¿Una canción de blues o la melodía de un película de dibujos animados de Walt Disney?

No es culpa del líder de Los Moonhowlers (su compromiso artístico es con la música, no con la poesía, así es que no tengo nada que reclamarle), sino que en él se repite la proverbial tendencia de nuestros rockeros (el rock mexicano se da entre blues y buenas noches) a buscar condescendientemente la ovación del respetable público, cuya mayoría ha consumido el alcohol necesario como para que le dé lo mismo escuchar un blues o una hermosa canción de los Bee Gees, muy sentida, a propósito, aunque siempre fuera de lugar.

You don’t know what is like…
You don’t know what is like…
To love somebody, to love somebody.

Con Carlos Johnson, todo bien, excelente. Vieja Estación, como siempre, demostró por qué afirmo categóricamente que se trata de la mejor banda de rocanrol que tiene nuestra renegada ciudad.
El miércoles, Carlos Johnson llegó a México y esa misma noche se citó con Mauro Bonamico, José Luis Sánchez e Ignacio Espósito para ensayar. Lalo Serrano, con su eterna hospitalidad, me invitó a estar presente. Y ahí estuve, no sin antes pasar al Sac’s a merendar unos deliciosos huevos rancheros que me supieron a gloria.

Antes del ensayo, Mauro Bonamico (bajista de Vieja Estación) se comprometió a dar lo mejor de la banda, para cumplir las expectativas de Carlos. El músico de Chicago respondió con graciosa picardía:

-Mi única expectativa es una cerveza, buena música y una linda puchita.

Personalmente, no disfruto los ensayos de ninguna banda… y menos cuando se realizan la mera víspera de la primera presentación. Así es que me fui pronto, un poco después de que Ezequiel Espósito e Ingrid Schwamberger hicieran lo mismo.

Y anoche... todo bien, digo, excelente, con la calidad y la fuerza a la que ya nos tienen acostumbrados todos y cada uno de los miembros de Vieja Estación. Pasamos, sin duda, una muy buena velada, con la presencia de Memo Briseño, Santiago Espósito, Betsy Pecanins, Octavio Soto, Antonio Miranda, Rafael Herrera, Federico Luna, Claudia Ostos, Tania Molina, Javier García, Lalo Chico…

Todo bien, hasta que Alex Lora se subió al escenario.

No sé qué habrá pasado, porque en ese momento me fui. No encuentro ningún placer en escuchar a un buen hombre gritar que a ver, cabroneeeees, esas pinches palmas, que se oigan los aplausoooos, hijos de la chingada!

Es otra razón para sentirme solo. Pero les juro, queridos lectores, que ese tipo de situaciones finales rara vez sucede en Ruta 61. Lo frecuente es la buena música, lo frecuente es la certidumbre de que estamos en un lugar que sabe cobijarnos, que sabe querernos. Porque si alguien conoce de veras las artes hospitalarias de la noche, ése es Lalo Serrano, Lalo el Espléndido.

2 comentarios:

Tlacuiloco dijo...
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Tlacuiloco dijo...
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