jueves, agosto 03, 2006

¡Carlos Johnson en Ruta 61!

Creibas que no había de hallar amor como el que perdí. Tan al pelo lo jallé, que ni me acuerdo de ti. Una sota y un caballo burlarse querían de mí. ¡Ay, malhaya! ¿Quién dijo miedo? ¡Si para morir nací!

Amigos, les contaré una acción particular: si me queren, sé querer; si me olvidan, sé olvidar. Y sólo un orgullo tengo, que a nadien le sé rogar. ¡Ay, que la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar!

Vaya esta entrega dedicada a Antonio Miranda Duarte,
acompañada de un abrazo y de todo mi agradecimiento.


Entre las buenas noticias que me llegan, está la de la inminente visita de Carlos Johnson a la Ciudad de México.

El músico de Chicago (1948) se presenta en Ruta 61 los días 17, 18 y 19 de agosto. Habrá, pues, que estar preparados para disfrutarlo cómodamente y en todo su esplendor.

Recordemos, a propósito, que Eduardo Serrano, dueño del Hoochie Coochie Bar, nunca se equivoca cuando de traer buen blues se trata: basta pensar en John Markiss, Billy Branch y Grana’ Louise para contar con tres argumentos de mucho peso y afirmar, con ellos, que nuestro querido Lalo es el genio de los aciertos.

Admirador en su juventud de Jimmy Hendrix y de Led Zeppelin, Carlos Johnson trae en su sonido la influencia de Otis Rush, Albert King, Elmore James y T-Bone Walker, hecho con el que se vislumbra una serie de veladas memorables.

Además, habrá que escucharlo entonces tocar Key to the highway, de Big Bill Broonzy (1893-1958), obra maestra que merece un monumento tanto en los terrenos de la música como en los estrechos pasillos de la poesía.

Me refiero a la misma canción con la que Jaime Holcombe nos deleita a veces, ciertas noches, cuando Las Señoritas de Aviñón acuerdan el repertorio a tiempo y cuando la dulzura invade a Yeims... Entonces, somos tratados con mucho amor y untados con ese lamento insolente, esa historia por tantos vivida.

Apenas escucho decir a Jaime el primer verso, muevo mi vaso de whisky… y los hielos aplauden sin distraer.

Key to the highway es una canción de voluntad liberadora nacida del demasiado dolor, el dolor del desamor, el dolor que significa la expulsión del paraíso y al que no le queda más que masticarse a sí mismo.

¿Cómo freír espárragos?

Big Bill Broonzy nos sugiere una retirada digna y altanera, con mucha suficiencia: salir corriendo pero en cámara lenta, como sin prisa, con la débil esperanza de escuchar una retracción; comenzar a andar esa vieja carretera asegurando a los cuatro vientos que el camino nos llevará a donde nos conocen mejor, mujer, donde mejor nos tratan, carajo; advertir, además, como lo hace la sabiduría popular, que las chanclas que se tiran nunca se levantan; deleitarse, incluso, con esa fingida manera de soltarse las amarras.

Ya luego, muy a solas, cuando nos hemos convertido en un punto en el horizonte, ponernos a llorar a moco tendido.

Cantar Key to the highway no ha de ser fácil. Vivirla es un acto heroico. Escuchársela a Jaime Holcombe es un placer indescriptible. Nos falta saber qué sucede con ella en la garganta de Carlos Johnson.

Y mientras llega Carlos, platiquemos de un artista mucho más joven: Nicolás Martínez Marentes (Ciudad de México, 1987).

De las tantas concomitancias diarias y de sus efectos devastadores
en la defensa teórica del libre albedrío

Primera Parte


No me lo van a creer, pero acaba de sucederme una de esas combinaciones de hechos que me dejan cariacontecido, patidifuso, anonadado, meditabundo e inmensamente hiperbólico. Juzguen ustedes.

Con el propósito de no olvidarlo, escribí en mi cuaderno de notas el siguiente pensamiento, garabateado sin mucha reflexión pero con sensación de acierto y de feliz hallazgo estético:

Leer la Suite de los Manifestantes es como escuchar a Satie.

La afirmación nació de mi más reciente visita a El Pingüino Rosa, el blog donde Nicodemus Martimar, fundador y líder de la Orquesta del Iris, acaba de publicar un cuento espléndido y cautivador, cuya forma evoca eso que en música llaman suite.

Con atrevimiento y con ganas de ser el André Salmon de Nicodemus, doy al cuento el nombre de Suite de los Manifestantes, porque es una narración modular en la que se reúnen trece piezas, cada una de las cuales tiene cierta independencia y mucha vida propia, a la vez que representa un momento de la historia general.

¡Estaba yo en lo cierto cuando, hace cinco meses,
dije que había visto un pavorreal disfrazado de pingüino!


Si en El sentimiento en el estómago (13 de marzo), Martimar desarrolla la idea del abismo como un concepto espacial que parece atraerlo (es símbolo de la grandeza espiritual), ahora, en su Suite de los Manifestantes, vuelve a dividir el mundo en arriba y abajo; y mientras que sus héroes viven abajo –como ángeles caídos-, los personajes antagónicos habitan las alturas, están arriba, son pobladores del aire, son criaturas leves e insubstanciales que flotan ligeras (sus alas las mantienen en su pasmo).

Esta dicotomía se manifiesta desde la segunda sala (Sonrisas), donde Martimar escribe:

Los demás están arriba de las nubes, donde está la luz. Se pasan la vida sonriendo y volando de un lado a otro, como si supieran a dónde ir. Yo solía ser uno de ellos hasta que, cierto día, decidí detenerme. Traté de recargar mis alas en las nubes, pero fue imposible. No retomé el vuelo, me dejé caer.

¿Es desprecio o es nostalgia? Digo, porque la primera oración parece dicha –o pensada, o escrita- por un habitante de Comala (el cielo de los abismados). Recordemos el lamento de Pedro Páramo ante la ausencia de Susana San Juan:

A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, están escondida tú, Susana. Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde ya no puedo alcanzarte ni verte y donde no llegan mis palabras.

Las sonrisas de la Suite son de los alados, no las de los personajes principales (Mérede Sofía, Espiegel el Ciego, Esveglio, Amilia Dértoma, Brenlo Tiérez), que se parecen más al melancólico niño Pedro Páramo, en su conciencia de la soledad y en el lugar que habitan, la noche eterna.

Continuará.
Nicodemus Martimar y Grana' Louise
(dos criaturas de Abajo)

15 comentarios:

Ícaro dijo...

Y habrá forma de que suba la canción (Key to the highway), Don Agus???

Saludos.

El Blues de la Estufa Divina dijo...

¡Por supuesto que sí, Ícaro! Mañana mismo la tienes en la estufa rosa.

Ícaro dijo...

Ok. La espero con ansiedad.
Gracias.

El Blues de la Estufa Divina dijo...

Ya estufas, Ícaro: Key to the highway.
Aprieta la estufa rosa y entonces podrás escucharla.
Es la versión grabada por Buddy Guy y Junior Well en 1993, durante una sesión en el club del primero en Chicago.

Tlacuiloco dijo...

A proposito de nada y de todo:

“Ahí está apuntando un líder nuevo en México: [Andrés Manuel López Obrador] es un tipo serio sin ser solemne, un tipo que habla claro y comunica bien, sin retóricas y sin rebuscamientos. Es un hombre evidentemente honesto, derecho, y que representa para la izquierda una alternativa muy importante de renovación. Me parece que él representa el embrión de una izquierda nueva que México necesita muchísimo.”
Enrique Krauze (2000)

“[Andrés Manuel López Obrador] es el huevo de la serpiente dictatorial. Un hombre impermeable a la verdad objetiva, un Mesías que se ha proclamado ‘indestructible’, pretende secuestrar la democracia mexicana y, de no obtener el rescate exigido, incendiar al país.”
Enrique Krauze (2006)

Navegaciones.

El Blues de la Estufa Divina dijo...

No sólo es sabio sino legítimo cambiar de opinión.

Sin embargo, desde mi muy buena memoria puedo afirmar que el Peje de hace seis años es el mismo Peje de hoy, con sus virtudes y con sus defectos.

Tlacuiloco dijo...
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Tlacuiloco dijo...

desde tu buena memoria, y me consta que la tienes.
Pero la opinión de un Historiador con mala memoria o cambios bruscos de humor en una profesión que requiere estar entrenado para recordar y un caracter prudente, fuerte, justo y templado, ademas de una estricta imparcialidad, resulta no ser la mas confiable.
pero ¿de que nos asombramos? estamos hablando de Enrique Krauze.
Y ahora si, mi querido Agus, si quieres todo esto lo terminamos de platicar en otro lado. Nomas para no abusar de este espacio, en donde estabamos atentos a lo que nos tenias que decir de Carlos Johnson.

Ícaro dijo...

Gracias por la complacencia, mi querido Agus.

Por cierto: ¿No fue Foucault quien al ser cuestionado por un periodista, respecto a su cambio de opinión sobre cierto tema, respodió algo así como "si yo siguiese opinando lo mismo después de tantos años, signficaría que mi pensamiento se ha quedado atascado"?

Abrazo para ambos.

El Blues de la Estufa Divina dijo...

Gracias, Gerardo, por tus comentarios. ¡Y no te preocupes si este espacio de comentarios es mezcla de temas! Está bien.

Y en cuanto a tu cita de Foucalt, mi estimadísimo Ícaro, absolutamente la comparto y la aplaudo.

Sin embargo, la pregunta que me surge es: En la expresión de un juicio de valor que contradice otro juicio de valor hecho por la misma persona seis años antes, ¿quién es el que cambia, el juzgado o el juez, el observado o el observador?

Insisto, Ícaro, que -desde mi punto de vista- el Peje es el mismito de hace seis años (ya dije, con sus defectos y con sus virtudes).

Ergo: Qué bueno que el pensamiento de Krauze no se atasca: hace seis años veía honestidad donde hoy ve perversidad.

Creo que ante la comparación de citas del historiador -con seis años de distancia- nada aprendemos de la personalidad del Peje, pero sí tenemos muchos elementos para definir el tour mental de Enrique Krauze, viaje mágico y misterioso al que cada vez me acostumbro más: hoy habla maravillas de Cuauhtémoc Cárdenas, cuando en 88 lo consideraba (cito de memoria, porque lo escuché por televisión, en una de esas mesas redondas de la época, en las que se juntaban los pontífices de la verdad histórica), lo consideraba, digo, una mezcla de testarudez y tibieza... ¡y demasiado impermeable a la verdad objetiva! (¡sí, la misma frase que ahora le adjudica a López Obrador! Bueno, en este sentido, Krauze es fiel a sus metáforas).

Termino con una pequeña historia -repetida seguramente en muchas vidas-: una mujer a la que amé, me dijo al abandonarme, entre otras de las frases de cajón que utilizan quienes buscan no lastimar (y terminan lastimando más, con sus circunloquios):

-¡Es que ya no eres el mismo!

Sonreí, porque sabía que en su afirmación se escondía algo muy doloroso: Es que ya no soy la misma, ya amo a otro (lo que comprobé con el tiempo).

Ya veremos, con el tiempo, a quién abremos de dedicar el aria de Verdi (con letra de Francesco María Pave) que canta el padre de Gilda y que corona el último acto de Rigoletto:

La donna è mobile
qual piuma al vento,
muta d' accento - e di pensier

Ícaro dijo...

Mi querido Agus, no me extrañaría que el sr. Krauze volviese a tener una comparación favorable para AMLO, si en algún tiempo alguna otra figura encabeza un movimiento con un programa más ambicioso y con posibilidades de triunfo. Krauze siempre ha acomodado sus opiniones de la manera que más conviene al establishment. No era mi intención abogar por Krauze, que además ni santo de mi devoción es, sino tratar de apoyar el punto de que el mundo se modifica con el tiempo (si no en sus categorías estructurales, sí en la composición de estas) y que eso modifica por lo tanto, las opiniones del observador (y al observador mismo).

Por otra parte, creo que AMLO si ha cambiado en estos 6 años; no sólo él, sino todos nosotros. En su caso y en el caso de todos aquellos que ejercen alguna modalidad de poder público, este los modifica bajo su lógica (general y particular) día a día, minuto a minuto. No digo que sea mejor o peor ahora, sino que necesariamente no puede ser el mismo.

Abrazo.

El Blues de la Estufa Divina dijo...

Como siempre, Ícaro, me ayudas a pensar mejor.
¿Sabes? Eso es lo que me gusta de ciertas personas. Te cuento que una de las virtudes de mi mejor amigo es que siempre que hablo con él... logro ver mejor las cosas. ¡Y conste que rara vez estamos de acuerdo en algo!

Te mereces una estrellita: en un rato, subo a mi estufa una canción, a ver si te gusta. Ella se llama Cassie Taylor, y es la hija de Otis Taylor, un compositor que me gusta mucho.

La canción se llama Working for the Pullman Company, y su sencilla letra es la memoria de Cassie, que recuerda cuando su padre se iba a la chamba.

Nicolás Martínez dijo...

Chequen esto, se merece una visita:

http://www.desktopblues.lichtlabor.ch/

El Blues de la Estufa Divina dijo...

¡Ey, sensacional! Ya entré. Gracias, Nicolás.

Ícaro dijo...

Qué amable Agus y qué linda estrellita!!!

Salud.