jueves, abril 17, 2008

En memoria de Iván Lombardo

Para Gabriela y Miranda

Ya me voy, antes de que me vayan.
Iván Lombardo


A principios de esta semana, murió Iván Lombardo, amigo entrañable de muchos lectores de La Estufa y de muchos asiduos a Ruta 61. No conozco la fecha exacta en la que nació el ex-armonicista de Las Señoritas de Aviñón, pero creo que andaba por los 44 años de edad, y al pensar en su juventud sólo me queda mover la cabeza lentamente, de un lado a otro, en silencio, y respirar profundo mientras contemplo la devastación que ocurre a mi alrededor y que poco a poco diluye lo que consideraba hasta hace poco realidad permanente.

¿Cuándo fue la última vez que tuve la oportunidad de abrazar a Iván y conversar con él? Sé el lugar (Ruta 61) y supongo que habrá sido a mediados del año pasado. Trato de imaginar con la memoria ese momento, y al intentar hacerlo me encuentro con un mensaje de Marugenia Sámano, la mujer de Nuestro Señor Gerardo: Tal vez es cierto eso de que el corazón de las personas se muere cuando perdemos a alguien, y mientras más amado es más lo que se nos muere. Sólo nos queda un pedazo, y con ese pedazo hay que acercarnos a nuestra gente y decirle cuánto la amamos, para no arrepentirnos después.

Iván y yo no fuimos amigos íntimos, pero siempre hubo en nuestros encuentros pruebas de simpatía y admiración mutuas, adobadas con apacibles conversaciones sobre música y literatura. Más que muchos de nosotros, él fue un melómano ecléctico, así que cuando me tocaba abrazarlo -o intentar abrazarlo en su voluminosa delicia- reconocía en su apretón cariñoso -absolutamente cierto, absolutamente sincero- cuál era mi porvenir inmediato: enterarme de una nueva producción discográfica o de un libro recién editado.

Vaya como ejemplo de lo anterior la transcripción de textos que publiqué en febrero de 2006 en este espacio.

7 de febrero de 2006

Me escribe nuestro amigo Iván Lombardo, como respuesta a lo puesto junto a una foto donde aparezco con él (no es la que aquí pongo, donde Iván conversa con Octavio Soto, el Charro, sino una de las que aparecen en otro parte...).

Transcribo las palabras de Iván.

Mi querido Agustín, me alegran tus comentarios bloggeros. Te saludo, con una cruda de desveladas verdaderamente mortales: la condición física es precaria, y este tipo de eventos marca sus cicatrices de forma cruel e inexorable.

Me parece que has confundido y llevado más allá lo del blues y el buen sexo, y quiero aclarar que yo, en lo particular, conocedor de limitaciones como músico (de lo que me siento bastante conforme –e insisto que la base armónica de mi I’m a man es la correcta), he decidido dejar mi legado en otros ámbitos. Para muestra, un botón: la pequeña Miranda es la obra maestra de mi vida, quien ha logrado arrancar verdaderos furores y que fue hecha con todo el rigor de una pieza magistral (como siempre digo ante los elogios: ¡imagínate lo que fue hacerla…!).

Dices:

-Aunque, claro, al sexo le pasa lo que a la armónica: todos nos creemos Billy Branch.

Aquí estás llevando de manera extraña un concepto que ya habíamos resuelto. Una cosa es creerse Billy Branch y otra cosa es que Billy Branch te lleve a estados de placer iguales o más allá que lo que un orgasmo te puede llevar. Lo mismo puede sucederte una noche en la ópera o en una película; pero no sales del cine sintiéndote Kurosawa o de la ópera sintiéndote Joan Sutherland.

Si lo dices por el asunto de las cucarachas, creo que estás llevando un asunto viejo y pasado al presente de forma innecesaria. Aprovecho y aclaro: yo ya no estoy en el negocio de hacerme figura de la música; yo sólo la disfruto.

Más bien –y como lo decía-, creo que mi época de músico fue por rapaz e irresponsablemente correcta; y, como en las más cursis descripciones de glorias pasadas, te diría, mi querido Agustín, que si yo hubiera (y no pienso entrar al asunto del hubiera), si yo hubiera sido constante y disciplinado, imagínate qué clase de músico habría sido.

También dices:

-Sin embargo, yo no quedé muy seguro de unirme a esa observación antropológica.

¡Maestro, no es antropología! Entonces, ¿dónde queda la sensibilidad, dónde queda la capacidad de maravillarse? ¿Qué, acaso se han cerrado las puertas de la percepción y se han abierto sólo ventanillas antropológico-sociológico-psicológico-histórico-ilógicas? Pentiti celerato.

Querido Agustín, te mando un abrazo, todavía con el furor de la magistral cátedra que nos dio el maestro Branch.

8 de febrero de 2006

Hoy, por segunda vez, Iván Lombardo nos regala sus pensamientos.

Querido Agustín:

Hablé anoche con el Rey Abejorro (Lalo Serrano), quien me comentó algunos incidentes que se han desarrollado con las cucarachas y que tienen a la comunidad ruteña algo (muy) molesta.

Aquí sí quisiera encontrar la coda para entrar en una polémica y expresar mis observaciones ante tal conducta (y dejo mi primera brisnada), puesto que consiente de lo que un instrumento, aparentemente tan inofensivo puede causar.

Creo que existe una muy mala educación (de entrada) de parte de los que como yo en algún momento deciden que su camino va por la armónica. Bien dicen los críticos que con la armónica, con tres notas, puedes impresionar al respetable. Sí, efectivamente, tienen razón; pero creo que el punto va más allá, y entonces hay que remontar hasta grados de inconciencia tal que nos obligan necesariamente a reprender a la comunidad armoniquera en su totalidad (¡viva Stalin!).

El asunto no es tocar la armónica, cualquiera puede hacer un rif, toda una escala, un trémolo (hoy y aquí, me refiero al estilo nacional) abusado de sobremanera, algunos chuncks y algo de snorring; eso es relativamente fácil (hasta yo pude). El problema es cómo y cuándo tocarlos, cómo entrar y cuando salir.

Un armoniquista nunca debe tocar durante el solo de requinto. La mayoría de los compas lo hace. No se debe solicitar permiso para subir al escenario, a menos de que se tenga un mínimo de relación con la banda que toca, y se debe estar consiente del tipo de concierto al que se asiste (ahí aplica a cualquier instrumento). De la banda o el músico de que se trate, dependerá la respuesta. No hay que ofenderse si lo mandan a uno por un tubo. Y más importante sobre este punto hay que entender cuándo hay que bajarse, ¡Coño, hay que bajarse!

Las vueltas, a menos de que se tenga una condición reconocida de virtuoso, sólo deben hacerse en su mínima expresión. O sea: una y ya; la segunda, en general solicitada por los mismos músicos, es generalmente un fiasco (ni modo los he visto casi con todos).

¡Ah! Y en eso de lanzarse al ruedo, aquí no aplican los mismos criterios de American Idol (mi mamá me dijo o mi novia dice o mis cuates, que son un chin…) pa' la armónica.

Y quisiera cerrar esta primera disertación con algunas premisas (ya me cansé y me batí)

La armónica se toca en la justa relación precio-instumento: cuesta poco, es un instrumento modesto; se debe tocar poco, pero bien (bueno, hay que aclara que hay que practicar mucho más, por lo mismo; eso es inversamente proporcional).

La armónica se debe tocar con gusto, así sea un blues más triste (ya'know wath I mean); si no, pasa de triste a patético. Y debe provocar lo mismo (sobretodo a los de la banda).

Si seguimos bien la lección, obra magistral a cargo de La Vieja Estación, haciendo de grupo de backup (cosa muy difícil que habrá que abundar en siguiente disertaciones), diré para cerrar, que la armónica es un instrumento (curiosamente) de backup y sólo debe ceñirse a ello. Acompañar en momentos (sólo momentos muy precisos), adornar, colorear con un mínimo elemento la interpretación de otros. Si no es así, entonces estamos hablando de Billy Branch (bueno hay dos o tres glorias nacionales que hacen la excepción).

Mi querido Agustín, ya me voy antes de que me vayan en esta oficina, no sin antes abrazarte y mandarte desde la lejanía del retiro que como ex-armoniquista me autoimpuse (mucho debido a las razones mencionadas) un saludo muy bluesero y muy séntido, lleno de camaradería.

atte.

Iván
a.k.a
Middlewalter Lombardo (eso me lo puso el bate de La Piedad)

1 comentario:

Jaime dijo...

Iván Lombardo Huerta, pariente cercano de la familia de poetas Efraín y David Huerta, fue desde el primer día que lo conocí, una persona real y sencilla, con la que te sientes a gusto y conversas de todo sin importar que lo acabas de conocer.

Diseñador gráfico de cabellera prematuramente canosa, tocaba su armónica sobre la música que sonaba desde su escritorio en el Departamento de Comunicación de SEDESOL (por ahí de 1992, si mal no recuerdo). Siempre con un excelente gusto por la música y la literatura, compartimos de inmediato el gusto por el blues. Recuerdo que de la nada, me regaló una caja de CD's de FREE, grupo inglés que comandaba Paul Rodgers por la misma época que los Yardbirds, y quería que me llevara su colección completa de Billie Holiday porque no podía soportar la tristeza que le invadía su enorme corpulencia cada que la escuchaba cantar.

Nuestra amistad se construyó de manera muy lenta, ya que nos separaban dos pisos y mucho trabajo en el edificio en el que laborábamos en el Eje 8 e Insurgentes, muy cerca del cine Manacar. Las pocas veces que pude ir a su casa, siempre le envidié su gran colección de música, videos, radios antiguos, armónicas y máquinas de escribir de principios del siglo pasado.

Y cuando Octavio Herrero me sugirió formar un grupo de blues, no me entró la menor duda de que Iván sería un gran integrante, no por su tamaño ni su habilidad musical, sino por su calidad como ser humano. Al final, su timidez pudo más que sus ganas por pertenecer al grupo de las Señoritas y aunque ya no volvió a tocar más con nosotros, nunca dejó de estar cerca apoyándonos.

Tengo tanto que decir y la verdad es que se me escapan las palabras. Para los que no lo conocieron, no hay manera de explicarles el enorme hueco que deja, y la gran tristeza en mi corazón, tanta como la que me imagino que Iván sentía cada que la voz de Billie se le escapaba sin querer una de esas tardes melancólicas en su depa de San Borja. Nos deja una hermosa esposa en Gaby y la niña más linda que he visto en Miranda. Iván ojalá que ahora que estás con Billie, su voz no sea más un tormento, sino tanto un consuelo como un recordatorio de todo el amor y la amistad que dejaste en este mundo. Te voy a echar de menos mi querido amigo.
Siempre,

Jaime