martes, febrero 13, 2007

Las cinco épocas de Las Señoritas de Aviñón II

El 30 de marzo de 2001, en un periódico de La Piedad, Michoacán, fue reseñado el primer concierto de Las Señoritas de Aviñón ofrecido en esta histórica ciudad, la Zula de los aztecas, la Aramutaro Tzicuirin de los tarascos, el San Sebastián de Nuño de Guzmán, el Non Plus Ultra de Javier García.

El artículo, firmado por Teresa Soto Martínez, es muestra de una triste realidad: carecemos de un periodismo cultural que esté a la altura de las circunstancias, y vivimos en una pavorosa escasez de medios que difundan con decoro la diversidad de nuestras expresiones artísticas, de nuestras labores científicas y de nuestra vida cotidiana.

Hay, es cierto, honrosas excepciones; pero en general no existe un periodismo responsable, dispuesto a la investigación y al análisis crítico; un periodismo que establezca diálogos serios con los artistas y los científicos; un periodismo que permita a la gente contar con luces de referencia , encendidas con conocimiento de causa, para formarse una opinión propia y para interesarse por lo que sucede aquí y ahora.

No reproduciré todo el texto de Teresa Soto, sólo el último párrafo, botón de muestra de cierto periodismo cultural en México:

El concierto (…) fue único y especial, en el que se apreciaron personas de todas las edades, y la mayoría de ellos de un solo estrato social.

Meses más tarde, en diciembre del mismo año, cuando Las Señoritas regresaron a La Piedad, Teresa y su sintaxis recibieron a la banda con singular entusiasmo:

Las Señoritas de Aviñón, en cada una de sus presentaciones, causan una gran espectación (sic), y es que con el nombre que llevan siempre se espera ver a señoritas.

Regresemos un rato al presente.

El viernes 9 de febrero, una corriente de humedad proveniente del Océano Pacífico generó fuertes vientos y tormentas intermitentes. Sin embargo, ese día todas las mesas de Ruta 61 estuvieron ocupadas desde las diez de la noche y hasta las dos de la madrugada.

Ahí estuve entonces.

Con ganas de concentrar mi atención en la música, decidí guarecerme tras la barra, dentro de la jurisdicción de Lluvia, nuestra linda bartender, para escribir en mi cuaderno de notas un capítulo más de Las cinco épocas de las Señoritas de Aviñón.

Pero, antes de seguir con la historia, describo ahora lo que sucedió el viernes que acaba de pasar, porque en este vago retrato caben algunas reflexiones personales acerca de Las Señoritas

La primera hora y media estuvo a cargo de Larifer.

Blues, soul, jazz, funk, música bien hecha, música acertada, sostenida por el talento y la destreza de los hermanos Ruiz (Fernando y Lari), quienes esta vez estuvieron acompañados de Hernán Hecht (Buenos Aires, 1975), baterista fundador de X-Pression Quartet, extraordinario grupo –mezcla de hard bop, free jazz, jazz tradicional, música aleatoria y música electrónica- que ha tocado una sola vez en Ruta 61, hace ya más de dos años y medio, el jueves 5 de agosto de 2004. Lástima que Hernán Hecht y Lalo Serrano no hayan logrado acuerdos posteriores (siempre me quedé con ganas de más).

La segunda hora y media fue cubierta por otra de las bandas que hacen de Ruta 61 un espacio idóneo para escuchar buena música: Las Señoritas de Aviñón, esta vez con Santiago Espósito en lugar de Octavio Herrero, quien se encontraba ese día en Suiza (así de planetarios son mis amigos).

José Luis, capitán del Hoochie Coochie Bar (Pepe, le decimos), llevó hasta mi guarida un vaso de whisky y unas tostadas de cangrejo, las que preferí comer fuera de la barra y en compañía de Ignacio Espósito, baterista de Vieja Estación al que acabo de adoptar como segundo hijo argentino (el primero es Mauro Bonamico, quien acaba de regresar de Italia –así de planetarios son mis hijos).

¿Qué pasó esa noche con Las Señoritas de Aviñón?

Santiago se sabe casi de memoria a Octavio, por quien siente una admiración especial y una afinidad intensa, así es que la banda sonó natural, sin prótesis de difícil acomodo sino con ese juego de espejos que se alcanza cuando dos guitarristas se respetan mutuamente y se retroalimentan a través de sus respectivos lenguajes.

El guitarrista argentino supo añadir su estilo personal a las necesidades de la orquesta, y lo hizo de manera sutil, discreta, sin alterar nunca la estética del grupo.

Ante la ausencia de Octavio, Jaime Holcombe asumió la dirección de la noche. No sólo diseñó el repertorio, sino que condujo al resto de las Señoritas en cada una de las canciones.

Y yo, muy atento.

Anoté en mi cuaderno:

Las Señoritas arrancan con T-Bone Shuffle, de T-Bone Walker. El público agradece con aplausos la alegría de esta pieza. Javier García (batería y coros en love to sing, love to sing, love to siiing, have a ball, have a ball, have a baaaall) y Xavier Gaona (el nuevo bajista) cumplen con su trabajo rítmico y, así, permiten que los respectivos solos de Stanislaw Raczynski y Santiago Espósito fluyan sin adversidades. Jaime Holcombe, por su parte y protegido por su guitarra, canta como sólo él sabe hacerlo; al mismo tiempo, dirige con los ojos bien abiertos el comportamiento de la banda.

Me cuenta Jaime que a veces le gusta modificar el coro y cantar love to swing, love to swing, love to swiiing.

Vino después Hoochie Coochie Man, donde Tomy frotó las cuerdas con su tubo de cristal (bottleneck), y el slide sacó brillo al blues (pienso en la técnica del slide como una manera de hacer comentarios a pie de página, una voz trágica a la vera de la voz principal).

Las Señoritas de Aviñón no es un grupo espectacular, es decir, no desenvuelve en el escenario rutinas corporales ni crea personajes. Las canciones que interpreta no son abordadas como piezas teatrales, y la comunicación verbal con su público es apenas la necesaria, amable pero mínima, medida. La figura central, casi única, es la música, que se desarrolla como ente puro y abstracto mediante códigos del arte temporal (que sucede en el tiempo, no en el espacio).

Para aclarar el párrafo anterior, se me ocurre un adjetivo: música ensimismada, música que se mira a sí misma, música que construye su propia dimensión.

Música, para acabar pronto.

Y esto es raro, porque el blues no es un género que invite a la circunspección ni a la atención muda, como si lo hizo el jazz desde los años cuarenta y cincuenta, con Charlie Parker, Dizzy Gillespie y Miles Davis, entre otros, no por petulancia sino por genuino deseo de ir cada vez más allá en la forma de expresión.

Ir Más Allá significa para un artista arriesgarse a quedarse solo, con muy escaso público. Porque a la gente no le gusta la oscuridad y la incertidumbre, prefiere los parajes conocidos, las formas reconocibles.

Tal vez por eso, Las Señoritas de Aviñón caminan hacia Más Allá con tiento, quitándose los zapatos para no hacer ruido, deteniéndose cuando alguien percibe su movimiento. Creo, incluso, que algunos miembros de la banda tampoco se han dado cuenta de la transformación en cámara lenta.
Si pensamos en nombres legendarios, descubriremos que el blues es música y danza, sonido y movimiento, ritmo y drama. Lo único que mina la expresividad extra musical de las vacas sagradas del blues es la edad o la salud, porque hemos de reconocer que la boca de Buddy Guy, los ojos de B.B. King y las piernas de Albert King juegan un papel importante en la credibilidad que logran sus respectivas maneras de hacer música. Ellos y otros, vivos y muertos (Willie Dixon, Howlin’ Wolf, Muddy Waters), son en el escenario gesticuladores continuos, bailarines inquietos, conversadores permanentes, ministros del culto a sí mismos.

Admitámoslo, parte del encanto del blues no es estrictamente musical sino estrictamente erótico. Y el erotismo es cuerpo, carne, grito, saliva, gemido.

¿Cómo, entonces, entender la sobriedad de Las Señoritas de Aviñon?

Tengo dos respuestas, no sé qué tan atinadas.

a) Desde su fundación, Las Señoritas de Aviñón han querido transitar del blues hacia el jazz, sin abandonar el primero y sin asaltar definitivamente el segundo, y en ese ejercicio de acrobacia conceptual sale sobrando el circo entero, la maroma permanente, el teatro a mansalva, ese teatro al que nos tienen acostumbrados los músicos de blues.

b) Escuchar a Las Señoritas de Aviñón es como observar a Helen Swedin mientras se baña. Ella sabe que estamos ahí, pero se hace la desentendida. Es parte de su bendita perversión.
Encuentra, lector detallista, cinco diferencias entre las respectivas imágenes de B.B. King y Helen Swedin.

Sin embargo, la música no es algo que interese a todos.


Una parte de los asistentes considera que lo que pasa en el escenario es secundario e intrascendente, y dedica su noche a la conversación, predecible pero muy animada. Risas, abrazos, choque de vasos, mujeres gritonas (mientras más feas, más estentóreas; mientras más urgidas más estrepitosas), hombres de reducidísimo vocabulario que apenas si miran de soslayo a los músicos. A veces, sospecho que daría lo mismo tocar un sentido blues que una polka pegajosa o un alegre cuplé (muy sicalíptico, eso sí). Pero, bueno, estamos en un bar y no en una sala de conciertos, así que todos tienen derecho a elegir entre la música y la urgente necesidad de existir para los otros.

Por eso, porque estamos en un bar, es probable que en más de una ocasión Las Señoritas de Aviñón se hayan salido de su propio esquema (la música ensimismada), en busca de la inmediatez y de la atención que siempre se obtiene en la fábrica de ilusiones.

Vuelvo a mis notas (por favor, pío lector, no te distraigas, sigue leyendo mis profundas reflexiones y mis interesantes semblanzas) .

Para condescender con el público masculino, que busca emociones más fuertes, Las Señoritas llaman a Claudia de la Concha para interpretar The Spider and The Fly. Entre los versos ocho y catorce, Jaime hace una hermosa segunda voz, que teje notas altas a la gravedad de Claudia, y es así como la canción, por fin -¡por fin!-, cobra vida.

Más a gusto en esa compañía de voz, Claudia logró dar a la segunda estrofa un nuevo fraseo, con ligeras intenciones de anacrusa; y Tomy mostró en el rostro la sonrisa del apóstol que aprueba la manera de interpretar los evangelios rodantes. Al final, sin embargo, alguien perdió el control y la canción de desconchinfló, hizo agua, estuvo a punto de hundirse: hubo que llevarla a la orilla del lago discretamente, sin aspavientos.

La gente aplaudió. ¡Bah, no pasa nada! El único que siempre padece estos desajustes es Jaime Holcombe, cuyo sentido del ridículo raya en la paranoia.

Es lo bueno de Ruta 61: cuando tocan los grupos de casa, hasta los errores en el escenario se vuelven experiencias colectivas, como cuando hacemos el amor y, por andar experimentando, se nos cae encima la cortina del baño, con todo y el tubo.

Después de recuperar el universo con Moondance, una de las más hermosas melodías en la historia de la humanidad, llegó la segunda invitada de la noche, Male Rouge, quien fue recibida con el cariño de siempre.

Male inició con Rock me, baby, del octogenario Blues Boy King, y se siguió con muchas otras canciones, porque el público no la dejaba bajar del escenario. Después, cuando la menuda argentina pudo al fin despedirse, Las Señoritas aún tocaron un rato más, con un público prendido, satisfecho y agradecido. No puedo asegurar qué es lo que escuché (porque dejé de anotar en mi cuaderno y porque la plática con Ignacio Espósito se había puesto tan interesante como La Crucifixión Rosada de Henry Miller), pero creo recordar a George Gershwin, Albert King, Stevie Ray Vaughan, J.B. Lenoir… y Octavio Herrero.

Sí. Porque, a punto de cerrar la noche, la banda se soltó con una exquisita versión de Magdalena, en la que Jaime jugó con la letra, la alteró y la actualizó para el público presente. Santiago Espósito, Javier García, Xavier Gaona y el mismo Stan Raczynski sonreían divertidos al descubrir a un Holcombe sin grilletes.

Al final, ya sólo quedábamos los necios de siempre.

A sabiendas de mi debilidad por la cursilería, Jaime decidió dedicarme Sea of love, de Phil Philips. Y ahí nos tienen a todos, cantando a coro, do you remember when we met, that’s the day I knew you were my pet, I want to tell you how much I love. ¡Recórcholis! Y yo, criticando Ven, devórame otra vez.

Mejor, volvamos al pasado. Hablemos de la tercera etapa de Las Señoritas de Aviñón, cuyo principio marcaremos con la llegada de Claudia Ostos, Eduardo Serrano y Rafael Martínez, y cuyo final señalaremos con la salida de Eduardo Escalante e Iván Lombardo. Mientras, contemplemos esta tierna imagen de músicos de blues disfrazados de gente de bien.

3 comentarios:

Jaime dijo...

Por acá en mi chamba piden más de Helen Swedin...

¿Tienes más fotos de la boda? Luego te las pido...

El Blues de la Estufa Divina dijo...

La fotografía de tu boda, Jaime, pertenece a Javier. Si me hubieras invitado, ya tendrías un álbum especial.

¿Más fotos de Helen? Voy a intentarlo. Pasa que estoy saliendo más temprano que ella, porque siempre se acaba el shampoo.

Ismael dijo...

Me encantó el texto y las fotos de Helen. Voy a tratar de pasar frecuentemente por aquí.
Saludos.