jueves, febrero 22, 2007

Intermedio II

El swing y la nada

La noche del jueves 21 de febrero, en su programa
Los imprescindibles, TV UNAM transmitió un capítulo más de La Historia del Jazz. Esta vez, el tema fue la génesis del swing. Una delicia: Coleman Hawkins, Lester Young, Billie Holiday, Count Basie y sus Barones del Ritmo, Ella Fitzgerald.

Casi al final, antes de referirse al momento en que Hawkins entra al estudio para grabar la bellísima Body and Soul, pasan aquella legendaria escena en que toda la orquesta de Benny Goodman, apenas comenzado su concierto de 1938 en el Carnegie Hall, sufre un ataque de pánico y ejecuta la primera pieza sin el menor atisbo de swing.

El concierto comenzó con amenazas de fracaso, porque los músicos no se hallaban (Me sentía como prostituta en el templo, dijo más tarde alguno de ellos, al recordar un hecho: fue la primera incursión del swing en ese recinto). Pero el gran Gene Krupa, con un profundo sentido teatral, salvó la situación: llegado el momento propicio, Krupa aporreó su batería con toda el alma... y despertó así al público y a la misma orquesta.

Terminado el programa, me fui al Canal 22 para ver qué estaba sucediendo en el Zinco Jazz Club, desde donde se transmite un programa semanal, previamente grabado. Esta vez, me encontré con un grupo de músicos franceses que hacían ruido para una audiencia complaciente.

El público de todos los bares es por naturaleza complaciente, predispuesto a la diversión, rara vez dispuesto a exigir música. Eso sucede en todas partes, tampoco debo hacer un escándalo. Lo que pasa es que no me gusta que me den gato por liebre.

No vi el programa, sólo el final, así que sería injusto establecer un juicio definitorio. Sin embargo, después de escuchar a Coleman Hawkins y a Lester Young (¡en grabaciones de hace más de cincuenta años!), el oído y el espíritu ya no pueden regresar a ciertas expresiones artísticas (una extraña batucada con tambor, contrabajo y violín) en las que la música pasa a segundo plano y ya sólo importa fingir alegría sobre un ritmo tonto, carente de gracia alguna. Y mira, lector, que no venía de escuchar música supuestamente seria como para ponerme de exquisito, sino el swing, el swing, primo hermano (o tío) del mambo, qué rico mambo, música sensacional, para mover los pies, las piernas, la cintura, el swing de los años treinta. Claro, pasa que venía de escuchar swing y las siempre luminosas notas a pie de página de Wynton Marsalis. Cosas mundanas, pues.

Ese café te acaba

En nuestra ciudad, viajar en taxi es relativamente barato. Yo pago entre 25 y 30 pesos si me llevan de la Escandón a la Fuente de Petróleos. Me parece un precio razonable, decente incluso, apenas diez veces más de lo que me cuesta hacer el mismo viaje en Metro. Soy capaz de pagar esa cantidad con tal de evitarme el tormento que significa escuchar en formato MP3 la música que ofrecen los piratas dueños del comercio en los vagones del tren: el álbum completo de la música grupera, la antología de cumbias y quebraditas, las predilectas de Café Tacuba o los grandes éxitos de Julieta Venegas, cantante con la que los estreñidos pueden dejar de usar supositorios de bisacodilo.

En el colmo de la desgracia, hay que escuchar las románticas de ayer y hoy, con Leonardo Favio incluido…

Hoy corté una flor
(y llovía llovía),
esperando a mi amor
(y llovía llovía).
Presurosa, la gente
pasaba y corría.
Y desierta quedó
la ciudad, pues llovía.


Devuélveme mis manitas

Entre una estación y la siguiente, algún pirata puede arrojarnos a todo volumen Devuélveme mis manitas, una de las historias contenidas en Reflexiones Volumen 5 de Mariano Osorio, donde el joven locutor de Stereo Joya narra el cuento del niño al que le amputan las manitas después de la golpiza que le propina su padre por haber rayado con marcador los asiento del coche nuevo. Y mientras nos vemos obligados a escuchar la trágica historia, un sordomudo coloca en nuestros regazos pequeñas bolsas de contenido vario: chicles Canels, un calendario diminuto con la imagen del Niño Jesús, una paleta sabor mango cubierta de chile piquín. Todo por cinco pesos.

I feel a draft, diría Lester Young

Pero en taxi las cosas no necesariamente son mejores. Puedo toparme con el infortunio de escuchar durante veinte minutos a alguno de los tantos retrasados mentales dueños del espectro radiofónico matutino (con ellos no pienso ser políticamente correcto), o a los nazis que cagan toda su mierda por el culo que tienen por boca (Nino Canún, Eduardo Ruiz Healy y Pedro Ferriz de Con, por citar a los más boquiflojos, los más turbios, los bigotes de la oligarquía).

Zappiencias

Frank Zappa escribió en alguna edición del Chicago Tribune, a finales de los setenta, que gran parte del periodismo musical (él se refería al rock, en particular) está hecho por personas que no saben escribir y que, sin embargo, garabatean artículos sobre personas que no saben hablar, para gente que no sabe leer.

Zappa no utiliza el verbo saber sino el verbo poder, pero el sentido es el mismo.

Podemos parafrasear al Genio de Baltimore y decir que, en México y salvo honrosas excepciones, el periodismo de blues no existe. Aunque Raúl de la Rosa sí ha hecho veranos, lo cierto es que él no es golondrina sino una isla en el mar de la desinformación.

Y es este largo segundo intermedio el que me da pie para hablar de nuevo de Las Señoritas de Aviñón, lo que haré el domingo, porque ya van a dar las dos de la madrugada... y tengo que levantarme dentro de cuatro horas. Mientras, aquí va una fotografía inédita de Octavio Herrero (1986), mucho años antes de convertirse en el Dandy del Blues.

Nos vemos esta noche en Ruta 61, con Las Señoritas de Aviñón (que celebrará el cumpleaños de Nina Simone tocando My baby just cares for me) y Vieja Estación (que celebrará el cumpleaños de Johnny Winter tocando One step at a time).

Nota bene (a posteriori). Ambos grupos nos regalaron una noche espléndida, llena de música... y de pasión por la música. Y eso que Ezequiel Espósito se encontraba delicado de salud, adolororido, con injustos malestares físicos (desde aquí le deseamos una pronta recuperación).

Para cerrar la primera parte y permitir que Ezequiel se retirara a sus aposentos, Santiago Espósito invitó a Jaime Holcombe a cantar las dos penúltimas canciones, cosa que hizo la señorita con esa voz bien puesta y llena de carácter a la que nos tiene acostumbrados. Y al final, al notar la presencia de Nicolás Salado Castro, la banda decidió dedicar a este viejo amigo Mi música y mi fe, canción emblemática en cuyo coro Jaime bordó una segunda voz discreta, respetuosa, casi como no queriendo.

En cuanto a Las Señoritas de Aviñón, éstas subieron también a sus propias cimas, con un bien encanchado Xavier Gaona, un refinadísimo Javier García, un Stanislaw Raczynski que flota con suavidad sobre la banda, un Jaime Holcombe seguro de su capacidad de encantamiento... y un Octavio Herrero que ha convertido su guitarra en vitrina polisémica de citas, homenajes, descubrimientos, reencuentros e invenciones.

En medio, al notar la presencia de Lari Ruiz, la banda decidió invitarlo al escenario e interpretar con él Magdalena, blues de Octavio Herrero que se ha convertido en laboratorio químico para mezcla de sustancias y creación de nuevos colores.

La banda no interpretó My baby just cares for me para celebrar el cumpleaños de Nina Simone (1933-2003), sino que eligió otra pieza, acaso mucho más cercana al blues y al alma atormentada de Nina: I put a spell on you, de Screamin´ Jay Hawkins (de hecho, la biografía autorizada de Nina, publicada en 1992, lleva el mismo título de esta canción sangrante que todos, alguna vez, hemos querido cantar de rodillas).

2 comentarios:

María dijo...

regresando a la parte de viajar en metro, se te olvido mencionar la fantastica música duranguense con exitos de Lupillo Rivera y de la arrolladora. Ahhhh y mi favorito capaz de la sierra. Esto es lo unico que hace mi viaje en metro mas placentero (no se lo menciones a mi padre, hombre de buenos gustos muscicales....mas o menos)

El Blues de la Estufa Divina dijo...

Simplemente, María, te lo digo: tu credencial es un hecho desde antes de que el mismo helicóptero sucumbiera a tu belleza.

Pero, ¿de veras pasó eso?

Lupillo Rivera, Lupillo Rivera. Tendré que escucharlo. Y si son buenos, puedo asegurarte que tu padre sabrá reconocerlo.

Te mando un beso, María, no más.

P.D. Por alguna extraña razón, no veo el primero de tus mensajes. Ya le di Visto Bueno... ¡Qué raro!