viernes, junio 19, 2015

Ruta 61, sólo eso y nada más...


Hace once años, mis caminos eran otros. La música había perdido en mi vida su protagonismo filosófico y había dejado de ser sacerdotisa y alcahueta. De pronto, con el arrebato de una lluvia primaveral, la música volvió a ser simplemente sonido, se desnudó ante mí y se liberó de lo que yo mismo la había forzado a ser (o la había forzado a hacer): una diosa que me revelaba entre melodías, armonías y ritmos el sentido del universo. ¡Pobre música! Ella, que sólo deseaba conmover, fue convertida en sibila por un adolescente hambriento de indicios y significados.

Agotada mi búsqueda de sentido del universo, la música dejó de ser su escritura. El cuervo de los signos desapareció y la música recobró su naturaleza, en la lobreguez de la noche y sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones. La música se liberó de mí, se desnudó ante mí y volvió a ser la jerigonza de los pájaros y el murmullo de los árboles, el gemido del sueño y el borboteo del agua en la lumbre, la algarabía de los niños, el tintinar del hielo en el whisky y la combustión del tabaco… Only this and nothing more.

En 2004, aún goteaba en mi ánimo el dolor por la muerte de mi madre –ocurrida siete años antes-. Hoy ese dolor ya no es una exudación pertinaz, sino que se ha empozado dulcemente en mi alma vallejiana. Y ahí está. Pero entonces el pling pling de la orfandad hacía del atardecer la fragua de mis pensamientos y mis emociones. ¡Qué dulce y tierno eres, crepúsculo!, canta el poeta desde el esplín, y su alabanza enciende mi recuerdo de aquel jueves 27 de mayo de 2004, cuando Ruta 61 abrió sus puertas por primera vez.

Ruta 61 es para mí un momento de amor a la música descarnada y una posibilidad de abrazar y besar a los amigos. Con más de una década, el lugar de Eduardo es ya parte de las noches de nuestra ciudad y parte incluso de la historia del blues en México. La lista de músicos que se han presentado en el bar es evidencia innegable de su aportación a la cultura citadina.

Ruta 61 apostó a un concepto cuyo éxito ha sido comprobado en otras latitudes: dar al blues un recinto propio, una casa particular, una dirección; ofrecer a los amantes de esta música universal el espacio necesario para su deleite; regalar a las nuevas generaciones la posibilidad de un nuevo cultivo. Y dichos propósitos corrieron parejos con una idea absolutamente digna y justa: ser, en todos sentidos, un buen negocio. Lo es, a pesar de la crisis, porque buen negocio no significa necesariamente el enriquecimiento inexplicable sino la instalación y la permanencia de un sueño.

Hace siete años, al final de 2008, Ruta 61 abrió sus puertas y ofreció su foro a otras maneras y a otras expresiones musicales, con la idea de anunciar desde entonces lo que estaría sucediendo a partir de entonces: el foro se convirtió en un espacio plural donde la diversidad de géneros es la pauta a seguir. Se sigue con el blues de Chicago, por supuesto, y con las diversas maneras de abordar la historia de esta música; pero igualmente se da cabida a toda propuesta musical que merezca ser escuchada.

En Ruta 61 cabe toda la música y todos los corazones. Con esta segunda declaración de principios, el lugar rescató uno de sus propósitos originales: contribuir a que las noches de la ciudad sean de veras memorables, y que el recuerdo tenga como raíz la sensación de placer que produce la belleza inagotable de la música.


Hace once años, vagaba yo alrededor de mí mismo, sin el menor deseo de vivir la noche. Fue entonces cuando, a punto de caer la penumbra de aquel jueves de mayo, la sonrisa de Eduardo Serrano Jasso me atrapó con su encanto y su alegría de vivir. Ayudó, por supuesto y mucho, la música de mis amigos y el brotar de nuevos amigos; pero la esencia que explica mi larga permanencia en Ruta 61 ha sido esa lumbre de vida que sale de Eduardo a través de sus ojos, de sus abrazos y de su sonrisa incontenible. Ya no voy tan seguido, pero esta distancia se debe a una serie de motivos personales que nada tienen que ver con la belleza del lugar. Si pienso en vivir la noche, pienso en Ruta 61 y pienso en Eduardo. Y si llego al bar y no está su dueño, su ausencia me duele.

3 comentarios:

Pingüino Elemental dijo...

Admirado Agustín, qué enorme gusto es que vuelvan tus palabras mágicas y arropadoras, que tanto enriquecen a cualquiera que tenga la más mínima sensibilidad ante la belleza (incluyendo la de la digna fealdad, por supuesto) y la inteligencia. Respeté y sigo respetando la decisión de tu cibersilencio (aunque lo lamente a solas y callado), pero saberte bien y enchulando siempre la vida, me alegra absolutamente.
Te mando un gran abrazo, y aunque sé que muchas veces no se alcanza a sentir, nunca estará solo quien vive en la admiración de otro, y tú estás en la mía y en la de muchos, te lo aseguro.

Bugalú Peniche dijo...

¡Pingüino Elemental!, que honor! Bueno, eso del silencio... ¿Y cómo crees que me siento yo ayuno de entregas en Radio Pingüino Elemental? En fin, que me pasa algo semejante a lo tuyo: no faltan ganas, sino tiempo y un buen mecenas. De cualquier manera, te comento que ya estoy trabajando en la publicación de mi "libro definitivo", es decir, el libro que concentre lo que creo que soy y lo que quiero dejar a los nietos. Ya te avisaré cuando esté publicado (calculo que eso sucederá en 2016). Mientras, va mi abrazo, mi afecto (no mi afectación) y mi admiración.

Pingüino Elemental dijo...

Estupendo, estimado Agustín, esperaré el libro con mucho interés, a ver si coincide con una escapada al DF que espero darme pronto. En cuanto a lo del silencio, lo dicho es porque había entendido (parece que mal) que era una decisión tuya, porque ya te había dejado de interesar esto del blogueo, y no producto de la falta de tiempo... En mi caso, sí es sólo lo último, porque las ganas al menos por ahora siguen intactas... En todo caso, y como he reiterado, todo honor comunicativo será siempre mío, ante un músico de tu talento e inteligencia, desde este sencillo papel mío de puente crítico entre ustedes y el público que los aprecie.
Reitero el abrazo, y suerte con el libro y la vida toda.