martes, noviembre 20, 2007

¡Canned Heat en Ruta 61!

Boogie da cámera y Boogie da chiesa

Ya se cumplieron 31 años desde aquel día en que, con apenas veinte o veintún años de edad, hambrientos de música viva y héroes galáticos, asistimos al Teatro del Ferrocarrilero para escuchar a Canned Heat (dos años antes, en ese mismo recinto, vimos y escuchamos a Chuck Berry divertirse con sus propias canciones, que ya entonces eran para nosotros modelos rítmicos y melódicos, himnos paradigmáticos: Roll over Beethoven, Sweet Little Sixteen, Carol, Memphis, Rock ‘n roll Music, Maybellene, Johnny B. Goode; vivimos a un Chuck Berry de 48 años, ataviado con camisa floreada y pantalón color amarillo canario, enorme y en plenitud de facultades: descuidado, irresponsable, encantador, juguetón, momentáneamente desafinado, fuera de ritmo a veces).

Con Canned Heat quisimos acercarnos a otra de las formas rústicas del rock ‘n roll, y quienes asistimos quedamos satisfechos y complacidos por la fuerza rítmica de la banda, entonces aún conformada por Bob Hite, Fito de la Parra y Henry Vestine (no logro acordarme, pero si me fío de la formación de 1973, debieron haber estado, además de los mencionados, James Shine, Ed Beyer y Richard Hite, este último hermano de Bob).

¡Cómo no estar presentes ese 26 de octubre de 1976, si nuestra adolescencia, entonces inconclusa, olía a Delicados Ovalados, sabía a piel de colegiala y sonaba a Boogie Refrito!

En 1976, algunos iniciábamos ya nuestra tercera década en este planeta, y viendo brotar en nuestra conciencia el interés por la historia en curso, así como la indignación y la rabia por la injusticia, la barbarie y el terrorismo de estado; por la desigualdad y la aberrante concentración de la riqueza en manos de unos cuantos; por el cinismo y la hipocresía de los poderosos. Ese año, por ejemplo, el gobierno de Estados Unidos -asesino y cobarde, como casi siempre- hizo explotar en el aire un Douglas DC-8, correspondiente al vuelo 455 de Cubana de Aviación (el atentado provocó la muerte de 73 pasajeros). Unos meses antes, los militares argentinos instauraron una dictadura que duraría siete años y que, con la dictadura chilena, se convertiría en uno de los rostros más visibles del enemigo a vencer (quienes comenzábamos la universidad no desconocíamos lo que sucedía en Brasil, en Nicaragua y en otras partes de Latinoamérica; sin embargo, Chile y Argentina ocupaban el punto central de nuestra atención).

Ese mismo año, aparece uno de los mejores discos que he escuchado en mi corta vida, Wired, de Jeff Beck, con el Jan Hammer Group. Asimismo, llegan a nuestras colecciones de elepés Zoot Allures (Zappa), Radio Ethiopia (Patti Smith), el excelentísimo 801 en vivo (Phil Manzanera, Brian Eno et al) y Tales of Mistery and Imagination, el único álbum que me gusta de The Alan Parson Project.

En esos días murió gente a la que ya comenzábamos a admirar profundamente: Luchino Visconti, José Lezama Lima y Raymond Queneau (de este último, es indispensable leer Las flores azules), y Chico Buarque lanzó Meus caros amigos, álbum cimero que contiene, entre otras joyas, Olhos nos olhos (esta canción me serviría, veintiséis años después, para sobrellevar el dolor del abandono -la reiteración de la huella del abandono, como diría mi querida amiga y terapeuta Cecilia García-Robles). Al mismo año pertenecen dos acontecimientos más: la separación definitiva de Ike y Tina Turner, y el concierto de despedida de The Band, filmado espléndidamente por Martin Scorsese (The Last Waltz).

Sean los recuerdos que sean, venga a nuestra memoria lo que venga, lo cierto es que, si en 1976 gozamos el boogie en teatro de grandes dimensiones (el Ferrocarrilero), esta vez (jueves 22 y domingo 25 de noviembre) sabremos lo que es en realidad el calor enlatado, Boogie de Cámara en Ruta 61, con un verdadero ícono: Canned Heat.
Semblanza de una leyenda

Fue en 1966 cuando, inspirados en una canción de Tommy Jonhson (Canned Heat Blues), Alan Blind Owl Wilson y Bob The Bear Hite fundaron la hoy legendaria agrupación Canned Heat. Tanto Wilson como Hite eran devotos coleccionistas de blues, y a ellos se unieron Larry La Mole Taylor (experimentado músico de sesión que había tocado con Jerry Lee Lewis), Adolfo Fito de la Parra (quien venía de haber tocado con músicos de la talla de T-Bone Walker y Etta James) y Henry The Sunflower Vestine, otro ferviente coleccionista del género. La participación en el segundo día del Monterey Pop Festival (sábado 17 de junio de 1967) y en el segundo día del primer Woodstock (sábado 16 de agosto de 1969) dio a la banda, de manera casi inmediatamente, un número considerable de seguidores, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero (de cualquier manera, Al Wilson ya era conocido como el armonicista de Father of Folk Blues, el disco que Son House grabó en 1965).

La singular mezcla de blues eléctrico, rock y boggie ha convertido a Canned Heat en una banda de culto, y varias de sus piezas (On the road again y Let’s work together, entre otras) se convirtieron en su momento en himnos de una generación. Por otro lado, son memorables sus colaboraciones con John Mayall, Little Richard y John Lee Hooker (cómo olvidar el álbum doble Hooker 'n Heat de 1971).

La muerte de Alan Wilson en 1970 provocó la necesaria recomposición de la banda, cuyos cambios de formación fueron una constante durante los siguientes veinte años (Bob Hite muere en 1981, y en 1997 fallece Henry Vestine). Pero Canned Heat sobrevive y cuenta con el aliento de toda una vida. De hecho, la crítica especializada y el público mismo aseguran que la alineación actual no sólo ha sabido mantener la gracia de los orígenes sino que, además, cuenta con la fuerza indispensable como para que todos afirmemos, sin lugar a dudas, que estamos ante el mejor Canned Heat que podría escucharse en la historia.

Las entradas para ver y escuchar el jueves 22 de noviembre a Canned Heat en Ruta 61, están agotadas. Sin embargo y por eso mismo, se ha abierto una segunda fecha: domingo 25 de noviembre.

¿El Festival de Blues en Ruta 61?

Esta semana, como muchas de las anteriores, será bondadosa en Ruta 61. Si el jueves y el domingo te damos un platillo fuereño (Canned Heat), el viernes se cocina en casa y comes igual de caliente: Vieja Estación y Las Señoritas de Aviñón, nuestro clásico de clásicos, nuestra noche materna, nuestra velada interior, nuestra garantía de calidad y buen blues.

Pero la cosa no termina ahí, porque el sábado -después de disfrutar de Claudia de la Concha y El Perro Andablues- podría darse, como por arte de magia, una festín de estrellas (como aquellos dos opíparos banquetes vividos en noviembre del año pasado): es muy probable que, terminada su presentación en el XI Festival de Blues, los músicos decidan viajar de Puebla a la Ciudad de México, para encontrarse en Ruta 61 y terminar la noche en una jam session memorable. ¿Puedes imaginarlo? Juntos, cerca de ti, listos para el blues sin condiciones: Peaches Staten, Mud Morganfield (primogénito de Muddy Waters), Guitar Shorty, Dave Specter, Sharon Lewis, Katherine Davis, Willie Big Eyes Smith, Mojo Buford...

Tú sabrás...

Ruta 61, Baja California 281, Colonia Hipódromo Condesa, entre Culiacán y Nuevo León, a dos cuadras del Metro Chilpancingo. Reservaciones: 5256 0667 y 5211 7602, eduardo@ruta61.com (cover de jueves y domingo: 400 pesos; viernes: 60 pesos; sábado: 100 pesos).

viernes, noviembre 09, 2007

Florilegio de alborotos VIII (primera parte)

Cuando los sueños se vuelven música...
Claudia de la Coquille y El Perro Andablues
Jueves 15 de noviembre
Ruta 61


Esta semana se celebra en Ruta 61 la Segunda Muestra Pentafónica de Blues Local, con la participación de cinco bandas despampanantes: Claudia de la Concha y El Perro Andablues, en versión acústica (jueves 15); Vieja Estación y Las Señoritas de Aviñón, nuestro clásico de clásicos (viernes 16); Larifer y Ruta 61 Blues Band (sábado 17). Y si añadimos el Miércoles de Jam Session, pues entonces resulta que tenemos una semana rica. En mi caso, la cosa se pone mejor porque el jueves ceno con Maricarmen González Tavira, hecho que promete viandas de rechupete, vino tinto y risa sin freno; pero como Maricarmen y yo nos aburrimos muy fácilmente el uno del otro, después del postre nos iremos a lugar de Lalo Serrano para escuchar a nuestra adorada Pelo de Fuego, a quien no le gusta que la llame así (pero esta vez se aguanta).

Es muy probable, a propósito, que el jueves Claudia de la Coquille se eche Mastercard Blues, canción compuesta por dos miembros de Las Blusas (banda de culto) y por la misma ex-Matera. Y si no, pues ya la pediremos un miércoles de paloma zapada.

El Blues de la Estafa Divina

Tiempo soy entre dos eternidades.
Antes de mí la eternidad y luego
de mí, la eternidad…
Carlos Pellicer

Tantos son los hechos y tantas las noticias, que más vale hacer de este nuevo Florilegio de Alborotos un inmenso rosario de misterios. Sin embargo y para tu tranquilidad, lector de corto aliento, déjame decirte que no estás obligado a soplarte toda la entrega de una sola sentada: hazlo en distintas ocasiones y de acuerdo a tu capacidad de concentración, que nada hay en este mundo que merezca consumirse con apuro y con desgano.

Si cuentas con internet en tu dispositivo móvil (un teléfono aerodinámico, una palma posturopédica, una computadora portátil Remington con pilas Ray-O-Vac), te sugiero aprovechar los minutos que ocupas en hacer del cuerpo, porque hay en esta bitácora leguminosa propiedades de laxante y emoliente (eso dicen algunos amigos de corazón sencillo, quienes aseguran que con ciertos pasajes de El Blues de la Estopa Divina se cagan de la risa).

Ilusiones ópticas y milodones

He aquí a Ángel DMayo, guitarrista de Ruta 61 Blues Band, trío al que puedes escuchar, lector sin memoria, el jueves 14 y el sábado 17 de noviembre.

Pero si estás leyendo esto el mero miércoles 14 de noviembre, te aviso que aún tienes tiempo de disfrutar de su música esta misma noche, y gozar, además, de otro música necesaria para el cuerpo y para el alma, la que hacen Las Señoritas de Aviñón, cuyo baterista, Javier García, nos envía un mensaje acerca del gallardete que encabeza esta bitácora.

Traducción a lingua franca:
El drummer Javier García nos postea un mail
acerca del banner de este blog.


Agustín, a nombre de una de las minorías más marginales e ignoradas en este país, la de los abstemios asistentes consuetudinarios al Bar Ruta 61 (que debemos de ser como dos, cuando mucho), evitados por José Luis y su equipo de meseros, al momento de cerrar la cuenta personal (al no colaborar en sus objetivos de venta), vilipendiados por Erick –ahora, por Susana- (al no permitir sumar cantidades significativas), subestimados por Lalo, a la hora de hacer la cuenta del día (por no implicar facturación honrosa), despreciados por la auditoría externa (por no pesar en el asiento contable de activo circulante), utilizados únicamente como elemento decorativo para implicar que el lugar está lleno y con mucho ambiente (no somos borrachos, pero pocos se han dado cuenta), objeto de la conmiseración de los auténticos borrachos y otros géneros similares y conexos; de la incredulidad de los argentinos; y de la desconfianza de todos los demás, rindo un homenaje al autor de la columna El Blues de Estufa Divina por el irrestricto valor, virilidad, personalidad, seguridad en sí mismo y desdén a las críticas, mofas, befas, burlas, escarnios bochinches y pitorreos -de los que seguramente será víctima- al encabezar el blog con una foto tomando refresco, ignorando olímpicamente el whiskey que aparece junto (o, al menos, aparentándolo) y dando, con desdén taurino, la espalda al selecto bar del Ruta-. ¡Eso es tener la mano firme y solidarizarse con las minorías sedientas! (CON CORO DE MARIACHI ABSTEMIO) ¡Sí señor!

Hasta ahí, la Señorita de los Tambores. Ahora, mi respuesta.

Voy a defraudarte, mi querido Javier. La fotografía fue tomada por nuestro bienamado Santiago Espósito, guitarrista de Vieja Estación, y lo que retrata no es más que el breve instante en que tu servilleta prepara a Lalo Serrano su antepenúltima cuba. El Vodka Tomik que le he servido a Santiago no aparece, porque ya está en manos de Su Santidad Tomás II, el Papa del Blues. Por lo que atañe al vaso de whisky, debo confesar que es mío, oh desilusión, mío de mí, un Chivas Regal 12 (lo delata su color ambarino): reposa adormilado, como el mastín de Las Meninas, sin saber que pronto yo seré su Nicolasito Pertusato.

Nota bene
No debe confundirse el Vodka Tomik con el Vodka and Tonic.
El primero es un antiquísimo elíxir que los antiguos mapuches de Chubut bebían
después de cazar milodones. Su nombre alude a Papac Tomik, personaje mítico
en quien se mezclan la personalidad del dios creador
y el carácter del fundador primigenio de la vida
en el territorio que hoy conocemos como Argentina.


Dios los hace y ellos se juntan
Spaghetti Western

Miércoles 19 de septiembre. Querido diario, acabo de conocer a Javier Corona, Ángel D’Mayo, Machy Madco y María Mordoj. Todo el día ha llovido a cántaros, y los cuatro llegaron hechos una sopa a Ruta 61, como salidos de una película de Sergio Leone: jorongos, sombreros de paja, rostros abstraídos y acentos de evidente raíz italiana (con excepción de Javier, de oficio baterista, chilango de nacimiento y con una mezcla de Charlie Watts y Klauss Voorman en su rostro). Coincide su visita con la llegada de Charles Mack, espléndido músico de Chicago, quien esta noche repasó -con José Luis Sánchez, Ignacio Espósito, Mauro Bonamico y Santiago Espósito- el repertorio de canciones que presenta en Ruta 61 mañana, pasado mañana y el sábado.

Déjame, diario querido, contar las cosas en presente, como si estuvieran sucediendo en este preciso instante (me siento más cómodo).

Todos me presentan, en distintos momentos, a Ángel D´Mayo, guitarrista certero y alegre. En cada presentación, tenemos, él y yo, el buen gusto y la fineza de ser espontáneos y expresar nuestro mucho gusto con divertida parsimonia:

-Mucho gusto, señor.
-Mucho gusto.
-¿Cómo dijo usted que se llama, señor?
-Agustín, señor, mucho gusto.
-Ángel es mi nombre. Mucho, gusto señor.
-Mucho gusto.


Y mientras Ángel y yo representamos el papel de payasos de circo, Ezequiel Espósito (El Polaco) revienta por enésima vez ante el hedonismo irremediable de Lalo Serrano:

-¡No me rompas las pelotas, sibarita irresponsable! ¡Todo lo atás con alhambre, pelotudo! ¡Epicuro de las mil mierdas!

Lo anterior, dicho con mucho respeto.

Ante los merecidos exabruptos del Polaco, blindados con el más sólido de los cariños, Lalo nomás se queda como borrego lampareado: el regaño de Ezequiel es simple agua para el Pato Serrano, quien no deja de chupar medio limón y hacer como que la Virgen le habla. Y junto a él, Ignacio, Santiago y José Luis hacen de tripas corazón para no echar más leña al fuego. Pero en la media docena de ojos encendidos puede leerse un pensamiento tripartito:

-¡Ay, Lalo irremediable!
-¡Motor de penurias!
-¡Andá a la concha de tu madre!

Entretanto, María Mordoj conversa con Pancha la Estentórea.

Pancha la Estentórea es la señorita María Francisca Sierra, novia casi núbil del Maestro Víctor Lastra, excelente armonicista chileno. Ambas, asidas a sendas y sabrosas León recién sacadas del refrigerador, lucen despreocupadas del mundo, con ese brillo de contento que uno percibe en los espíritus luminosos.

Y abajo, tres bajistas (Charles Mack, Mauro Bonamico y Machy Madco) se congregan en un espacio reducido del bar. Machy saca su bajo de seis cuerdas para mostrarlo a Mauro y a Charles, quienes miran el instrumento con disimulada devoción, como si contemplaran a una mujer dormida.

Miércoles de Jam Session, sin los faralaes de las feas…

Escribí lo anterior antes de escuchar a Javier, Ángel y Machy. Tuvo que pasar casi un mes para que, a mediados de octubre, el trío aceptara la invitación de Lalo Serrano a instituir los Miércoles de Jam Session en Ruta 61. Ahora, con la feliz experiencia de tres noches, debo decir que estoy encantado con la música de Mayo, Corona y Madco, encantado con su disposición y con su bonhomía: se trata de tres hombres con la fuerza y la destreza suficientes como para proteger a los espontáneos y, a la vez, hacer lucir a los viejos lobos de bar, a los avezados que nos regalan un momento de música fuera de su propio espectáculo. Y ahí es, entonces, cuando sabemos de qué lado masca la iguana y de qué cuero salen más correas.

No falta el músico que nos coyotea, ese que agarra muy humildito su instrumento, pone cara de uy a ver si me acuerdo, solicita una vuelta de blues sin complicaciones, y ya que cuajó la orquesta se quita los tirantes y se transforma en el Paganini del barrio.

Es muy divertido. Deberías, lector rejego, visitar Ruta 61 en miércoles. Se pone sabrosa la cosa: no hay multitudes, no hay mujeres obligadas (esas aberraciones de la naturaleza que intentan esconder su deformidad con chillidos y con fingida alegría, cuando en realidad viven una vida gris en cama color de rosa, desierta y con holanes), no hay oficinistas aventureros: hay músicos, hay melómanos, hay borrachos pacíficos. Y casi siempre somos tres gatos, así que la velada se vuelve rincón de amigos. Zapada, palomazo o jam session, siempre es saludable soltar las riendas, dejar que la vida suceda sin tanto control.

Machy Madco
Un bajista para Chuchas Cuereras

En verdad os digo que si no os volvéis y os hacéis como los niños,
jamás entraréis en el reino de los cielos.

Mateo 18, 3

Machy comenzó a tocar el bajo eléctrico a los once años de edad, y lo hizo en diversos aunque colindantes campos: rock, jazz, fusión, funk, soul y blues. Con sencillez y a medio tono, con humildad atípica, Machy asegura que hoy toca el bajo igual que como lo tocaba hace treintaicinco años…

-¡Pues entonces fuiste un escuincle índigo!
-Prefiero el viejo concepto de la genialidad.
-¡Pero no te creo eso de que no haya habido progreso!
-Y, mirá, ¿qué te digo? Tal vez ayer fui un niño genio, y acaso ahora soy un retrasado mental.


El misterio se desvanece cuando lo escuchamos tocar: estamos ante un músico impecable, soberano del ritmo y la armonía, con un profundo conocimiento del valor de los silencios y de la pausa repentina; estamos ante alguien que de veras sabe timonear, es decir, no es un bajista que se esconde y cubre las apariencias con simples marcas de tiempo, sino alguien que, con la pericia de los sabios, asume el compromiso de llevar a la banda de una orilla a la otra, sin grietas, sin naufragios, sin hacer agua, y aun se da tiempo de recrearse en la melodía, esa bendita conciencia plástica de la música. Ante esta realidad comprobable (la maestría de Madco), entiendo mejor su afirmación (Toco el bajo igual que como lo tocaba hace treintaicinco años): no se refiere a una estancación de las facultades sino a una milagrosa conservación de los asombros infantiles y los atrevimientos de la pubertad, aquellos que nos sirven para inventarnos a nosotros mismos y, a la vez, reinventar el mundo. En eso estaba pensado Nuestro Señor Jesucristo cuando dijo que había que asumir una infancia permanente, inviolable, para entrar al reino de los cielos: En verdad os digo que si no os volvéis y os hacéis como los niños, jamás tocaréis el bajo como Machy Madco, jamás haréis música, jamás escribiréis una buena novela, jamás pintaréis Las Señoritas de Aviñón, jamás seréis Miles Davis, Keith Richards, Thelonius Monk, Frank Zappa o Gustav Mahler.

Doy un ejemplo, para explicarme mejor o confundirte más, lector lento: la noción que Machy tiene de la velocidad es la misma que los niños de once años descubren emocionados y con la que fijan la relación entre espacio y tiempo. Y esta noción es la que vuelve a Madco un bajista exquisito, preciso, contundente, atractivo y emocionante.

¿Street Marketing?

El Street Marketing es ambulantaje. La única diferencia entre toreros y edecanes está en que las segundas son, a veces, calipigias (detalle que se agradece).

Ella es una perra
Camafeo para un amigo

Ella saca pasear a Fiodor M. Blacksmith. Mascota de la familia, Ella es una hermosa Airedale Terrier con apenas un año y tres meses de edad, inquieta, extrovertida, impulsiva, confiada, incontenible, intrépida, loca, imprudente. Parece un buscapiés. Hay que reprimirla con la correa, para que medio se comporte.

Bajandito de la casa de Fiodor, está el Parque México, uno de los jardines más hermosos de la ciudad. Quienes hemos vivido toda la vida por el rumbo, consideramos este parterre como nuestro, absolutamente nuestro. Nuestros son sus corredores, nuestros sus árboles y su estanque. Y nuestra es la frescura permanente, el techo de hojas que nos miran enternecidas.

Esa media hora es para Fiodor un remanso de tiempo, tan fino, tan delicado, que le permite contemplar la inocente yerba que crece entre los adoquines, contemplarla y recordar que él es simplemente un hombre que ha vivido lo suficiente como para encontrar el placer profundo de pasear sin prisas a su perra Ella.

Es entonces cuando Fiodor decide lanzar por la borda los fardos que le estaban quitando ligereza. La imagen es insólita: Ella se pasea por el Parque México, y su correa se levanta hacia el cielo. Al otro extremo de la correa, a tres metros del suelo, Fiodor flota como globo de domingo.

Eduardo Serrano, dueño de Ruta 61.
Yo digo que este ángel dislocado se merece un monumento.
Nos devolvió a muchos el placer de salir de noche.


Sonata para un hombre bueno


Hace seis noches noches cené pechuga de pollo asada y pan tostado untado de aguacate, una y otro rociados con aceite de olivo y acompañados de un vaso de Emiliana (vino tinto del Valle del Maipo). Para el amarre y ya tirado en la cama, entretuve mi paladar con dos vasos de whisky, al tiempo que me dejaba atrapar por La vida de los otros (Das leben der anderen), película dirigida y escrita por Florian Henckel von Donnersmarck, y sostenida por la magistral actuación de Ulrich Mühe (1953-2007), cuyo personaje experimenta una conmovedora transformación moral a partir del encuentro con tres eventos profundamente humanos y de belleza desnuda (no la que Rimbaud encuentra amarga, sino la que Brecht recuerda efímera, blanca, evanescente).

Continuará.

miércoles, septiembre 19, 2007

¡Ya llegó Charles Mack!

Blues con las ventanas abiertas

Chicago vuelve a estar en México, y Ruta 61 es de nuevo el escenario del blues vivo y actuante. En esta ocasión, se trata del extraordinario bajista Charles Mack, cuya voz fresca muestra enseñanzas que van desde James Brown hasta Robert Cray (sin imitaciones, con asimilaciones), y cuyo talento evidente está avalado -por si fuera necesario- por los nombres de quienes lo acompañan en su más reciente álbum (Next Generation Blues), que acaba de entregarme personalmente: Billy Branch, Maurice John Vaughn, Darek Jackson, Sumito-Ariyo Ariyoshi y Brian James, por mencionar a algunos de ellos.

Con su mezcla de funk, soul y rock, Charles Mack trae a escena un blues ecléctico y ventilado que combina los estilos de Luther Allison, Jimmy Hendrix, George Clinton y Eric Clapton, entre otros.

Con más de veinte años de experiencia como artista independiente, Charles Mack ha transitado por diversos géneros musicales, desde el jazz clásico y contemporáneo hasta el blues y el hip-hop, demostrando en cada una de sus ejecuciones un sorprendente virtuosismo y una singular excelencia.

Para colmo de placeres, la banda que acompañará a Charles Mack es Vieja Estación, agrupación argentino-mexicana que ha demostrado no sólo talento y calidad sino, además, una sorprendente capacidad para sostener el alto nivel de los músicos de Chicago que han visitado Ruta 61 desde su fundación.

El nombre de Charles Mack se suma a nuestros anteriores y siempre satisfactorios encuentros con el blues de Chicago.

Para ver y escuchar en vivo a Charles Mack, no olvides hacer tu reservación hoy mismo. Llama a los teléfonos de Ruta 61: 5211-7602 y 5256-0667 (o escribe a eduardo@ruta61.com). El cover es de 200 pesos el jueves, y 250 pesos el viernes y el sábado.

jueves, septiembre 06, 2007

Mi madre, Diosa Omniscia I

María de la Luz Tagle Osorio
1926-1997



El sábado 15 de septiembre, María de la Luz Tagle Osorio, mi Madre, cumple diez años de haberse vuelto Diosa Omniscia y Eterna. Y si sus cálculos teológicos hechos en vida terrenal fueron acertados, Ella está ahora en el más dulce solaz, flotando sobre el mar condensado de sus propios sueños, es decir, en el tercer Cielo del que habla san Pablo en la segunda epístola a los corintos; un vergel, decía mi Señora, salpicado de robles pequeños y naranjos en flor donde Ella misma, ahora Gitana de Luz, aguarda la resurrección de la carne.

María, también llamada Gema de los Dolores, es el Camino, la Verdad y la Vida, y se encuentra en índole gloriosa mas no por ello ausente de sí misma y de sus lazos con nosotras, sus pequeñas criaturas, sus hijos y sus hijas, sus nietos y sus nietas, porque somos Ella y vamos hacia Ella, hacia la Unigénita, la Ungida por Sí Misma.

Tú, María de la Luz, que pasaste por este valle de lágrimas entre 1926 y 1997, bendita eres entre todas las mujeres y benditos somos los frutos de tu vientre. Pero debo decirte, ay, que tu ausencia física me mantiene, sin embargo, en una enorme aunque escondida tristeza, en una melancolía inagotable que a veces me hace caer en abusos de evación. Pero me amarro a la realidad, como Ulises al mástil. ¿Y sabes quién es esa realidad única, verdadera, ese robusto mástil? ¡Mi padre, tu Esposo, tu compañero de vida y de creación! Con él me siento a comer, en el más placentero de los silencios.

Pasan nuestros minutos en un sosiego sólo interrumpido por la única pregunta que pueden hacerse dos hombres solos, dos hombres mayores entre cuyas edades hay menos años que los acumulados en el lapso transcurrido desde sus respectivos nacimientos hasta el presente. Parecemos personajes de Samuel Beckett.

Sí, somos Mercier y Camier…

-¿Qué día es hoy?
-Martes. ¿Por qué?
-No, por nada.
-Martes…
-¿Y mi galleta?
-La tienes a tu lado.
-¿Qué día dices que es hoy?
-Martes, creo. ¿Por qué?
-No, por nada.
-Martes…


Y volvemos al deleite del silencio tejido por un viudo y su hijo huérfano, reposo de voces que ya se han dicho todo y que ahora simplemente celebran, juntos, la presencia universal de Nuestra Señora Nené, esposa y madre.

Son las nueve de la noche. La luz de la cocina -tenue, débil, callada- entra a la jarra azul y da al agua sus destellos dorados. La jarra azul se vuelve lámpara votiva, y la mesa es altar en el presbiterio de nuestras meditaciones. Después de bendecir la mesa, nos sentamos y cenamos rodajas de manzana, betabel, plátano y jitomate, un pan tostado untado de aguacate, un vaso de agua, sopa de champiñones y un filete de pescado Blanco de Nilo con guarnición de zanahorias cocidas. A veces, nos volvemos Vladimir y Estragón... y aparece una segunda pregunta.

Esperando a Mamá

Agus Gogo:
¿Y mañana qué día es?
Agus Didí: Miércoles. ¿Por qué?
Agus Gogo: No, por nada.
Agus Didi: Miércoles…

viernes, agosto 31, 2007

Steve Tallis en Ruta 61

No me queda muy claro el concepto de blues tribal utilizado por Steve Tallis para definir lo que hace, así que entro a su página para conocer y escuchar a este australiano cincuentón (admito que ser del tostón le otorga a Steve el primero de mis créditos, y lo vuelve un ser confiable a mis oídos).

Lo primero que me sorprende es la frescura de su voz, que no delata edades ni agotamientos físicos (nació en 1952). A ello se suma su aspecto jovial y picaresco, mágico y atemporal.

Me encuentro con varias piezas de los álbumes Jezebel Spirit (2006) y Loko (2004). ¡Deliciosos ambos, sensacionales, maravillosos, necesarios! Entre ellos hay coherencia, pero también diferencias significativas. Hablemos, por ahora, de los aspectos unitarios.

La personalidad musical de este hombre nacido en Maylands (acordes abiertos, rasgueo violento y desenfadado, voz gangosa y callejera, destreza melódica y acertado fraseo), hacen de sus canciones joyas que bien podrían confundirse con la juglaresca de los sesenta, a la vez que ligarse fácilmente con la Patti Smith de los setenta (es decir, de Horses a Wave) y con ciertos gestos del grunge de fin de siècle.

¿Grunge en un quinceañero de 1967?

Sí, sí, a veces pasa. The soul of man es una canción que podría servir de ejemplo. Pero no me refiero al teen spirit de Kurt Covain, sino a las maneras destempladas de Eddie Vedder, aunque sin su gravedad, sin sus desgarramientos y sin la marca de la almohada en el desordenado cabello. ¡Pues claro que no, porque Tallis no pertenece ni física ni emocionalmente a la Generación X! La del australiano es una música eminentemente luminosa, y no huele a espíritu adolescente.

Es cierto, en Tallis encuentro a un atento melómano del blues (I wonder will my mother be on that train es un exquisito y primitivo canto a capella que parece un mantra, una invocatio pagana ejecutada en un sórdido cruce de caminos; por otro lado, las formas selváticas de Willie Dixon aparecen en Grinning in your face); y hallo también a un hombre capaz de reconocer los valores de generaciones posteriores a la suya. Pero hay más: Al escuchar a Steve, veo en él a un compositor con fuertes raíces en los géneros seminales del rocanrol. That suits me, por ejemplo, primera canción del Jezebel Spirit, me recuerda a Lonnie Donegan, aunque supongo que el skiffle llega a Tallis a través de The Worried Men. Y con Leave you in the hands of my God no es difícil pensar en Woody Guthrie (sobre todo porque también bostezamos a la mitad de la canción).

Son las tres de la tarde del viernes, y me urge salir de la ciudad. Tengo que llegar a Acapulco a medianoche, para estar junto a la cama 606 de Gerardo Aguilar Tagle, leyenda viva del rocanrol, quien permanece aún en el Hospital General Regional Vicente Guerrero. Tendré que dejar a medias este artículo y terminarlo en una segunda entrega. Para colmo, no podré asistir mañana, sábado 1 de septiembre, a Ruta 61, cuando se presenta Steve Tallis, acompañado de una excelente percusionista, mi querida amiga Montse Revah.

Te pido, lector explorador, que vayas mañana a Ruta 61, para que luego me cuentes y me des tus impresiones. Llegandito al bar, acércate a Lalo Serrano y hazle saber que vas de mi parte y que yo te invito una cerveza (que la ponga en mi cuenta).

Cierro esta entrega con los hermosos versos que Pedro Miguel escribió hace unos días para mi gemelo precioso (has de saber, vate inmediato, que Gerardo pudo escuchar por teléfono estos amorosos cuartetos, y gracias a ellos desaguó una bolsa más de ocre bilirrubina).

Nota lector, que Pedro Miguel habla de la cama 605. No es un error, sino que ésa fue la primera alcoba que tuvo el ex guitarrista de Mamá-Z en el piso 6 del hospital.

Puesto que vuelve a postear,
y aunque le duela el ombligo,
me doy cuenta que mi amigo
El Tlacuiloco se va a curar.

Ya nos vuelve a jorobar
y aunque sea un crucigrama
lo que sale de su cama,
El Tlacuiloco se va a curar.

Cantinero, hay que cuidar
la cama 605
que alguien ahí pegó un brinco
y que el paciente se va sin pagar.


Todo eso me hace pensar
que este paciente tozudo
ya pasó por lo más rudo
y el Tlacuiloco se va a curar.

sábado, agosto 25, 2007

All you need is love

Gerardo Aguilar Tagle y Octavio Herrero
Leyendas vivas del rocanrol
Ya pronto amanece, Gerardo, ya pronto.
En este momento salgo a Acapulco...

lunes, agosto 20, 2007

Phil-o-sofía de la música como fenómeno sexy (primera parte)

Jueves 17 de agosto. Su rostro mofletudo y su pelo ensortijado de tinte azabache, dan a Phil Guy un aspecto gracioso, casi caricaturesco, a la vez que rejuvenecen a este hombre de sesenta y siete años de edad nacido en Lettsworth, Lousiana.

Parece un niño grandote que acaba de lanzar ajolotes de Pátzcuaro al baño de las niñas. Sin embargo, se trata de un hombre afable, sereno, poco expresivo fuera de escena. Podemos incluso quedarnos con una idea equivocada de su humor, si olvidamos que no habla una gota de español.

Nos dejan solos, en la parte superior del bar, cerca de la cava. Mientras, en la pantalla se proyecta un viejo concierto de Big Mama Thornton (1926-1984), deliciosa, juguetona, también infantil (percibo en muchos músicos de blues un espíritu de dulce puericia, como si todo en la vida fuera un juego). Nos dejan solos, digo, y no me queda más que brindar con Phil: choco mi vaso de whisky con su vaso de jugo de frutas, en el momento en que Ignacio Espósito revisa el sonido de sus tambores. La batería esconde el tilín de nuestros vidrios, y Phil resume el instante con un aforismo:

-Drummer is always the noise man
, me dice casi en secreto.

Pero su sentencia no es queja, sino que con ella intenta disculpar a su baterista. Un árbol es un árbol, y su comportamiento no es discutible. Hay en el universo naturalezas fijas, y endemias irreparables en toda banda de blues. Al ajustar su parafernalia, el baterista es una enfermedad intolerable; luego, como por arte de magia, ese mismo barbaján se convierte en el corazón de la música, y es hasta entonces cuando perdonamos su manía por el redoble prematuro y agradecemos con creces el control que asume de ese flujo de movimiento puro que es la música orquestada, portento y confabulación de sonidos artificiales.

Además, ahora que ya se ha soltado Vieja Estación con un buen rocanrol para introducir el concierto, Phil pela los ojos y hace un gesto de aprobación: A great band! –dice como para sí mismo-, a great band!

Terminan las tres piezas preliminares, y Santiago Espósito anuncia la presencia de Guy en el lugar. ¡Sí, ahí baja, por las legendarias escaleras de Ruta 61!

Con una mezcla de parsimonia y sorpresa, el guitarrista sube al escenario entre los aplausos de la gente, que se pone de pie y da la bienvenida muy a la mexicana: divinización inmediata, veneración desbordada, amor del bueno, sin condiciones (no te conozco, pero ya eres mi héroe, mi cuate, mi carnal), manifestaciones propias de un pueblo diestro en fingir sentimientos y en desplegar una hospitalidad casi enfermiza. ¿Por qué? ¡Pocos saben quién es, pocos lo han escuchado, sólo unos cuantos lo ubican, apenas algunos saben de su hermano George! ¡Pero los chilangos somos pródigos en zalamerías! Nada nos preocupa más que el bienestar del Otro.

¿Por qué nos desvivimos por el fuereño? ¿Acaso es por la nobleza de nuestros corazones, por una bonhomía natural, por sabiduría y munificencia? ¡No, qué va a ser eso! Nuestra hospitalidad nace de un pensamiento perverso: un ser contento se vuelve manso, deja de ser peligroso, se adormece, se vuelve Polifemo borracho; se queda a nuestro lado, adormecido, y entonces es fácil sacar provecho de su feliz letargo. ¿Y nosotros, quienes somos? Nadie, señor, somos Nadie, sombras que algo pueden conseguir asombrados, ensombrecidos y entre sombras, a fin de cuentas.

¿Y qué provecho podemos sacarle a Phil Guy que no sea su música? ¡Ninguno! Ninguno es otro de nuestros nombres, y nuestro aplauso no es el reconocimiento entusiasta del melómano sino un simple acto reflejo: estamos ante el tlatoani de la noche, él es ahora el que habla, hagámoslo sentir que lo escuchamos.

sábado, agosto 18, 2007

In memoriam

Max Roach
1925-2007

Driva´ Man es la primera pieza del álbum We insist! Freedom Now Suite, de 1960, con Abbey Lincon (voz), Coleman Hawkins (sax), Booker Little (trompeta), Michael Olatunji (percusiones) y Max Roach (batería). Sólo Abbey vive aún, con 77 años de edad.

La maravillosa portada merece ser reproducida...

miércoles, agosto 15, 2007

) ¡Ya llegó Phil Guy!

Algún día escucharás la voz de un adolescente cerca de ti:

¿Es cierto, abuelo, que tu viste y escuchaste a Phil Guy en vivo,
una noche de agosto de 2007?

¿Es cierto, abuela, que Phil Guy te miraba a los ojos
mientras cantaba Say what you mean?

No decepciones a tus nietos:
nos vemos esta noche en Ruta 61.

Si estás interesado, lector voyeur, en asomarte a la primeras dos noches de Phil Guy en México, apachurra Este, que ves, engaño colorido o la vieja camarita que aparece en la barra de enlaces ubicada a tu derecha.

Si no ves dicha barra desde el principio, es probable que se encuentre muy abajo. En ese caso, jala la cápsula mueble (haz scrolling, pues) hasta topar con la parte inferior de la bitácora. En el camino encontrarás la mentada cámara.


Elvis has not left the building

Gerardo María Aguilar Tagle, leyenda viva del rocanrol, gemelo precioso y extraordinario dibujante, está bien. Ayer, martes, ingresó de nuevo a un hospital, esta vez del Seguro Social, en Acapulco, porque hoy le harán una tomografía. Todavía no quiero cantar victoria, pero creo que esto no pasará de un susto. Dios es grande, a pesar de su incierta existencia.

Rebeca meets Zappa

Rebeca Alvarado, nuestra hermosa corresponsal en Tulsa, Oklahoma, asistió la noche del pasado lunes al concierto que en esa ciudad ofreció Dweezil Zappa, el segundo hijo del Genio de Baltimore (Moon Unit es dos años mayor; le siguen Ahmet y Diva), y nos envía fotos frescas tomadas al calor del entusiasmo y el placer de una música inmortal. Leamos el primer mensaje de Rebeca:

¡Agus, buenos dias! Tuvimos suerte: estuvimos casi arriba del escenario, tomando fotos. Te las mando por correo. Además, grabé un poco del concierto (en cuanto lo baje a la computadora, también te lo mando).

¿Como va tu hermano? Todo va salir bien en la operación. Un monton de besitos para ambos.


A continuación, salidita del horno, la crónica completa del concierto Zappa plays Zappa en Tulsa...


Las puertas del Cain’s Ballroom abren a las siete de la noche, y los madrugadores entramos de manera ordenada y con las mariposas de Macondo en el estómago. A las ocho en punto, la sala se oscurece y el escenario se ilumina: ¡Comienza el concierto en homenaje a Frank Zappa! Comienza la música insólita y casi inaudita de uno de los más grandes compositores del siglo XX (él prefería definirse de manera sencilla pero tajante: an american composer).

El concierto es para toda la familia, así que sólo venden hotdogs y cervezas. ¡Bueno, bueno, no hay problema, podemos comportarnos, trajimos a nuestros hijos, demostremos que somos gente civilizada! Todos guardamos compostura. Pero a las diez de la noche, la gente ya no puede más: se suelta las amarras, baila, brinca, aplaude, aúlla, gime de placer. Aprovecho la confusión y me voy hasta adelante para tomar las fotos (traigo un permiso especial, porque a este tipo de espectáculos no está permitido introducir cámaras fotográficas).
El concierto, Agus, me parece fabuloso, lleno de sonidos y colores que se entrelazan armónicamente entre sí y con la euforia de quienes presenciamos y sentimos la música.

Tuve la oportunidad de escuchar, antes de estar aquí, en el concierto, un par de piezas de Frank Zappa interpretadas por él mismo, digo, como para poder comparar. ¿Qué te digo, qué te digo? Dweezil hace justicia a su padre, tanto en la destreza interpretativa, genial por sí misma, como en la locura sin amarras (depende de cómo se vea). La banda hace aproximadamente cincuenta canciones, muchas de ellas no pensadas originalmente para guitarra; pero parece que Dweezil lleva años estudiando la música de su padre, así que su guitarra suena natural, muy ad hoc.

El invitado de la noche, Ray White, exvocalista de Frank Zappa, tiene como tarea interpretar y recrear el ambiente de un concierto original de la manera más fidedigna posible.

Ray White entró en la banda de Zappa en 1976, y al año siguiente la abandonó (al parecer por motivos religiosos). Volvió a la banda en 1980 para quedarse hasta 1987. Para la gira de 1988, Ray no apareció en los ensayos, así que su puesto fue ocupado por Mike Keneally. A juzgar por la emoción de la gente, puedo decir que Ray cumple con la faena de recreación de manera espléndida.

Y llega acaso la parte más emotiva del concierto: cuando la banda anuncia las dos siguientes piezas, Cosmik Debris (del álbum Apostrophe, de 1974) y Montana (del álbum Over-Nite Sensation, de 1973), sube al escenario el mismísimo Frank Zappa (de manera virtual, gracias a la magia de la tecnología).

¿ Y mi hijo, cómo toma lo que está escuchando? Carlos Alberto tiene 12 años de edad y una gran admiración por los Beatles (en particular, por John Lennon). Le pregunto qué piensa de lo que escucha ahora: es bueno, me dice, me gusta la música, aunque no entiendo las letras.

Agus, que bueno que Gerardo está mejor. Verás que todo sale bien en la tomografía y que de aquí en adelante todo estará muy bien. Te mando un besote y un abrazo.

Rebeca


Y para colmo de alegrías, Phil Guy en Ruta 61…

El sábado 26 de septiembre de 1992, aproximadamente dos años después de que los arquitectos Teodoro González de León y Abraham Zabludowsky remodelaran el Auditorio Nacional, se celebró en ese recinto un maratónico concierto de blues, con la presencia de Robben Ford, Robert Cray, B.B. King, Albert King y Buddy Guy.


La música comenzó a las ocho de la noche, con Robben Ford y su banda (¡Ai' la llevas, güero!, recuerda Octavio que alguien entre el público gritó entusiasmado al escuchar uno de los solos del guitarrista), y cuatro horas más tarde aún seguíamos ahí, entre el público, con excelentes lugares y con Buddy Guy, su guitarra moteada y su sonrisa de Gato de Cheshire.

Sí, asistimos en bola, Octavio Herrero, Cecilia García-Robles, Jorge Escalante, Lupita –su novia-, José Hernández, Guadalupe González, Alejandra Ortiz Canseco y el que esto escribe, encantados con el nuevo estilo del lugar, muy primer mundo, muy postmoderno. Con servicio de cantina, por ejemplo. Ya podrán imaginarse: en los intermedios, Jorge y Lupita consumieron ron como si les hubieran confirmado la inminente extinción de la caña de azúcar, y fueron durante unas horas Richard Burton y Elizabeth Taylor en Quién le teme a Virginia Woolf? Yo no. Yo casi no tomé (dos vasitos de whisky, apenas), porque para mi fortuna Alejandra siempre supo controlarme la manía esa que tengo de excederme en todo. El sistema de control era muy simple, aunque se extendió durante tres lustros: mi difunta esposa tenía en sus manos el dinero de la casa, las tarjetas, la chequera, las llaves del carro, los billetes, las monedas, el dominio de la lavadora, el mejor baño del departamento, la soberanía de mi vida (hasta para comprar cigarros tenía yo que hacer una solicitud con doce horas de anticipación). Así que esa noche, en el Auditorio, bastó una de sus miradas para hacerme entender que acababa ella de decretar ley seca en su jurisdicción (y yo era el único habitante de ese territorio macabro llamado amor). Pero como me vio con ganas de algo, sacó de su bolsa lo que había metido de contrabando a la sala…

-¿Se te antoja una jícama?
-¿Qué?
-Traigo un toper con jícama cortadita, mira…
-Jícama…
-Mmm, qué rica… A ver, no te enojes, mi amor.


Me puso en la boca una rebanada de jícama con chile piquín, y la empujo con un beso tipo Stalin. Así era mi mujer, mi amor, mi cruz, mi cielo, mi dios, mi demonio, que en paz descanse.

El concierto fue parte del llamado Mexico City Jazz & Blues Festival II Edition, que consistió, si bien me acuerdo, en tres veladas espectaculares. La página electrónica del Auditorio registra los hechos de entonces con errores crasos: afirma que en uno de los conciertos participó Chuck Berry. ¡No es cierto, me niego a admitirlo! La única vez que Berry dio un concierto en México fue en agosto de 1974 (creo que fueron dos presentaciones), en el Teatro del Ferrocarrilero. Si Berry hubiera estado en 1992 en el Auditorio Nacional… ¡yo me hubiera enterado, no hubiera faltado y hoy recordaría perfectamente esa noche! Sí, sé que Ray Charles estuvo una noche anterior o posterior a la que nosotros asistimos (porque luego Octavio me confesó que él y Cecilia habían comprado boletos para todas las veladas, y que pudieron ver y escuchar al pianista); pero Berry no estuvo.

La cosa es que Buddy Guy se llevó la noche de ese sábado de septiembre de 1992: su destreza, su blues delicioso, su carisma y su muy particular manera de entender la música como un espacio lúdico, nos hicieron sonreír y aplaudir agradecidos, así como gozar cada instante.

Y si traigo a colación un concierto sucedido hace quince años, se debe a que esta semana tendremos la fortuna de escuchar a Phil Guy, hermano de Buddy.

La música en la sangre

De familia pobre y numerosa, Phil Guy (1940) creció en la pizca de algodón, dentro de una plantación de Louisiana y en un ambiente de escasez absoluta: sin electricidad, sin agua corriente, sin contacto con el mundo exterior. Con el paso del tiempo y con mucho esfuerzo, su padre logró llevar a casa un poco de luz, y así conectar un radio y encender un viejo fonógrafo, aparatos en los que los hermanos Guy (Buddy y Phil, principalmente) conocieron a quienes se convertirían en sus ídolos y en sus influencia: Muddy Waters, Jimmy Reed, Little Walter, Howlin’ Wolf y John Lee Hooker, entre otros.

La pobreza de la familia puede ilustrarse con la siguiente anécdota, contada por el mismo Phil:

Fue mi hermano el primero en tener una guitarra, hecha con lata y alambres. Más tarde, Buddy ahorró dos dólares y consiguió una guitarra vieja y destartalada. Y aunque las condiciones de este instrumento dejaban mucho que desear, yo tenía prohibido acercarme a ella. Para mi fortuna, Buddy se fue a vivir a Baton Roug
e (capital de Louisiana) a estudiar la secundaria, así que yo me quedé con ese tesoro y aprendí a sacarle sonidos. El problema es que sólo me sabía una canción, es decir, la parte de una canción de Jimmy Reed; pero lo que salía de la guitarra me hechizaba tanto que no paraba de tocar ese fragmento, una y otra vez, una y otra vez…


Buddy Guy tiene el blues, y su hermano Phil tiene
el blues, el funk y el rocanrol…

James Brown

Cierta tarde, cuando Phil andaba por los quince años de edad, Lightnin’ Slim llegó a un club cercano, y el muchacho fue a escucharlo. Le llamó la atención el amplificador del músico, no por lo pequeño del aparato sino porque Phil nunca había visto un amplificador. Al verlo tan interesado, Lightnin’ Slim le dio la oportunidad de tocar su propia guitarra eléctrica, hecho que Phil recuerda con enorme orgullo y con admiración profunda.

En la segunda mitad de los cincuenta, su hermano Buddy –quien entonces tocaba en la banda del armonicista Raful Neal- dejó Baton Rouge para irse a residir a Chicago y vivir de cerca el blues de sus ídolos. No lo hizo sin antes recomendar a su hermano con el mismo Raful, de tal manera que éste lo integrara a su banda. Y así fue: Phil permaneció con Raful Neal durante un buen tiempo, hasta que, en 1969, Buddy lo invitó a ir a Chicago para tocar con él (lo hicieron juntos en muchas ocasiones: los viejos aún recuerdan la presencia de Phil y Buddy Guy en el Theresa’s Lounge).

Sin embargo, los estilos de Phil y Buddy son distintos. Mientras que Buddy Guy pertenece a la escuela de Muddy Waters, Phil Guy eligió un sonido que oscila entre Jimmy Reed y James Brown.

Phil se ha convertido en uno de los más sólidos músicos de blues de Chicago, con su mezcla de rocanrol, rhytm and blues, hip hop… Los noventa ya se fueron –afirma el guitarrista-. La gente quiere bailar de nuevo.

Phil siempre está listo para el boogie y para dar a su público lo que quiere, desde un blues de Louisiana hasta una pieza de los Rolling Stones, pasando por Sweet Home Chicago.

¡Aparta tu mesa!


Estamos listos, pues, para vivir la experiencia y gozar de la música de Phil Guy, quien estará acompañado de los irrepetibles miembros de Vieja Estación, banda argentina que ha demostrado no sólo talento y calidad sino, además, una sorprendente capacidad para sostener el alto nivel de músicos de Chicago de la estatura de John Markiss, Billy Branch, Peaches Staten, Grana’ Louise, Dave Specter, Lurrie Bell, Carlos Johnson y Deitra Farr, entre otros (de hecho, el armonicista Billy Branch afirma sonriente: Vieja Estación es mi banda en México).

¡Quedan pocos lugares! Mejor haz tu reservación hoy mismo, para cualquiera de los tres días. Llama a los teléfonos de Ruta 61: 5211-7602 y 5256-0667 (o escribe a eduardo@ruta61.com). El cover es de 200 pesos el jueves, y 250 pesos el viernes y el sábado.

Ruta 61, Avenida Baja California 281, Colonia Hipódromo Condesa, entre Culiacán y Nuevo León, a dos cuadras del Metro Chilpancingo.

Jueves 16 de agosto
200 pesos

Viernes 17 de agosto
250 pesos
Abre la noche Las Señoritas de Aviñón

Sábado 18 de agosto
250 pesos
Abre la noche Vieja Estación

domingo, agosto 05, 2007

¡Te quiero de vuelta y bien!



Gerardo Aguilar Tagle,
leyenda viva del rocanrol,
se encuentra en una situación delicada de salud.
Entre este domingo y mañana lunes será hospitalizado de nuevo
para que los médicos determinen la estrategia a seguir
y actúen en consecuencia.

El Blues de la Estufa Divina abre un paréntesis,
que no se cerrará hasta que mi gemelo precioso regrese a casa
absolutamente curado.
La canción que aparece en esta entrega es Ausencia,
compuesta por la Agustín Aguilar Tagle en 1987,
y arreglada y grabada en 1989 por Las Moscas de Metepec
-Gerardo Aguilar Tagle y Octavio Herrero...