martes, junio 19, 2007

Jaime Holcombe, una señorita que se va.

…pero en aquella hora
gris de las estaciones
sus palabras mojadas se me echaron al cuello,
y una locomotora
sedienta de kilómetros la arrancó de mis brazos.
Manuel Maples Arce


El pasado viernes 15 de junio, antes del penúltimo concierto de Billy Branch en Ruta 61, se despidió, ahora sí definitivamente, quien fuera guitarrista de Las Señoritas de Aviñón durante ocho años (es decir, desde la fundación de la banda en 1999): Jaime Holcombe, una de las mejores voces que he tenido la fortuna de escuchar en vivo, no sólo en los tiempos del Hoochie Coochie Bar sino a lo largo de mi corta vida.

Ese viernes, whisky en mano, me dispuse a resumir en una sola noche todas las experiencias vividas al escuchar a Jaime Holcombe una y otra vez, una y otra vez, ora junto a la cava, ora tras la barra, ora en la mesa más cercana a la orquesta, a las diez de la noche o a los dos de la mañana, con el whisky enésimo o con el primer café con leche de la madrugada. De cualquier manera y en cualquier sitio, escuchar a Jaime siempre fue una oportunidad de aliviar mis oídos con la belleza de una voz verdadera, la voz de alguien que sabe lo que está cantando. Un bálsamo.

Al centro del escenario, flanqueado por Octavio Herrero, Xavier Gaona y Stanislaw Raczcinsky, y con Javier García de guardaespaldas, Jaime me hizo entender lo que alguna vez dijo Iannis Xenakis: el tiempo no existe sino que es sólo una noción epifenoménica de una realidad mucho más profunda.

Quien alguna vez, en Ruta 61, se haya clavado más allá de la medianoche en la música de Las Señoritas de Aviñón y en la voz de Jaime Holcombe, sabe a qué se refiere el autor de La Légende d’Eer: el tiempo no existe. Y no digo esto como para traducir el aparente estado de ataraxia que los noctívagos reflejamos a esas horas, sino que con la música bien hecha en verdad uno entra a una dimensión paralela, inexplicable, fantástica.

La de Jaime es voz que rescata la mejor tradición del canto universal, voz que de veras hace de las palabras y de las frases elementos internos de la melodía y el ritmo, voz dramática capaz de representar diversas y distintas situaciones sin caer ni por asomo en imitaciones groseras. Porque copiar es fácil (y copiar mal es sencillísimo, como podemos comprobarlo a diario), mientras que rescatar esencias es faena de virtuosos.

Jaime está entre los virtuosos, quiero decir, es uno de ellos: Jaime recupera espíritus y recrea emociones.

Pero no se trata sólo de virtudes y gracias otorgadas sin costo alguno por los dioses y la naturaleza, sino de cultura, es decir, de un trabajo de tiempo completo, de un lento cultivo del oído para que éste conozca, reconozca y, luego, ayude a la voz a reproducir no las voces de otros sino la esencia del canto y de la creación, sea blues, sea rocanrol, sea flamenco, sea son jarocho, sea lo que sea que nazca del alma colectiva. Para cantar como Jaime es necesario poseer una cultura musical profunda, tan honda como el placer que producen los géneros elegidos y los compositores predilectos.

Y si a la voz de Jaime añadimos el encanto de su guitarra discreta, nos encontramos entonces con la figura de un músico que supo desde el principio y hasta su última función adaptarse y fortalecer las exploraciones estéticas y los descubrimientos sonoros de Octavio Herrero, tanto en los territorios del blues como en los horizontes del jazz, a la vez que valerse del respetuoso e igualmente sobrio trabajo de Javier García, Javier Gaona y Stanislaw Raczinsky.

Al escuchar los últimos acordes de la última canción, miré a Jaime y pensé en Johnny Carter, el personaje central de El Perseguidor que, de pronto, en un arrebato de atemporalidad (o ante el descubrimiento de la eternidad, o por el vértigo de entender el tiempo), detiene su música y suelta categórico: ¡Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana!

Eso mismo sentí y pensé al ver a Jaime Holcombe por última vez en escena con Las Señoritas de Aviñón. Supe que eso, la música, estaba sucediendo fuera del tiempo.

Estoy escuchando algo que no ha sucedido, escucho a un Jaime que todavía no suelta la primera nota, vivo un deja vu al revés, los sonidos que salen de su voz son premoniciones, reverberaciones que nos llegan de un futuro lejano.

Una situación de locura absoluta, lo admito. ¿Pero por qué? ¿Qué me produjo esa descoyuntura del tiempo, esa experiencia semejante a la que vive el Dr. Dave Bowman (Keir Dullea) al final de 2001, Odisea en el espacio, cuando se encuentra consigo mismo? ¿Es acaso que la música en sí es, para algunos de nosotros, una Hal 9000? ¿Es la música una especie de computadora de algoritmos heurísticos capaz de pensar por sí misma e incluso de crear una nueva conciencia empotrada en nuestra noción de tiempo?

Joachim E. Berendt dice que la música puede producirse en dos dimensiones diferentes del tiempo. Stravinski les da los nombres de tiempo psicológico y tiempo ontológico. Rudolf Kassner habla de un tiempo vivido y un tiempo medido. Las dos especies de tiempo no pueden cubrirse en las fases de nuestra existencia que tienen verdadera importancia, particularmente en el arte: un segundo se convierte, en un momento de dolor, en toda una eternidad; y una hora se transforma, en el sentimiento de felicidad, en un instante que pasa volando. Esto es significativo para la música (…). Pero si la música es arte en el tiempo, debemos preguntarnos en qué tiempo, si en el psicológico o en el ontológico, el relativo o el absoluto, el vivido o el medido.
Borges, como Stravinsky, también se refiere a la música como una abstracción del tiempo, un pliegue único, un pozo de temporalidad singular.

Parafraseo dos confesiones de Johnny Carter:

Jaime Holcombe me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que Jaime me metía en el tiempo. Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con... bueno, con nosotros, por decirlo así.

Esto del tiempo es complicado, me agarra por todos lados. Me empiezo a dar cuenta poco a poco de que el tiempo no es como una bolsa que se rellena. Quiero decir que aunque cambie el relleno, en la bolsa no cabe más que una cantidad y se acabó. ¿Ves mi valija, Bruno? Caben dos trajes, y dos pares de zapatos. Bueno, ahora imagínate que la vacías y después vas a poner de nuevo los dos trajes y los dos pares de zapatos, y entonces te das cuenta de que solamente caben un traje y un par de zapatos. Pero lo mejor no es eso. Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la valija, cientos y cientos de trajes, como Jaime mete la música en el tiempo cuando está cantando, a veces…


El cuento de Julio Cortázar es, entre muchas otras cosas, un homenaje a Charlie Parker y una reflexión sobre el tiempo y las artes, aunque también es un breve tratado sobre la locura. Johnny, el saxofonista de la historia, padece (o goza) de dislocamientos o iluminaciones del tiempo, que lo hacen afirmar que la música ayuda siempre a comprender un poco este asunto.

Entre las artes temporales están, precisamente, la música y la literatura, cuyo disfrute requiere inexorablemente del paso del tiempo: no podemos recibir de sopetón una pieza musical, la que ahora escucho, digamos: Los ojos de La Alhambra, bellísima cosa que viene en Ciudad de las Ideas, disco de Vicente Amigo que me regaló Sabina León Huacuja, mi querida y hermosa amiga, quien ha de estar leyendo esto en Turquía (porque por allá anda de paseo la pobre niña), y quien durante estos días será nuestra corresponsal en Europa.

Para disfrutar la canción de Vicente Amigo y la canciones interpretadas por Jaime Holcombe, hay que acompañarlas en su suceder, hay que suceder con ella.

Y esa noche, aquella en la que se despidió Jaime Holcombe, la afirmación de Johnny me llegó como un nonsense de Lewis Carroll y una ilustración sonora de la teoría de la relatividad de Albert Einstein.

¡No te vayas, James!, gritaban (gritan) después de cada canción los seguidores incondicionales del músico, a quien conocí en casa de Eric List cierta noche de 1996.

¿O era el hogar del abuelo? Sí, ha de haber sido la casa de Germán List Arzubide, el estridentista, porque ahí estaba el viejo rebelde, en medio de la penumbra, sentado en una silla de madera -silla rústica, incómoda, descarada, insolente, irreverente, silla de nadie.

No estoy seguro. Tal vez el poeta casi centenario se encontraba en la comodidad de un desvencijado sillón de cuero raído, el sillón de siempre, verde mosca, gris rata, hermoso como su dueño, con olor a tabaco rancio.

Pero sí lo vi, claro que lo vi. Lo vi cuando pasamos de una recámara a otra (era una de esas casas cuyos cuartos se comunican entre sí con puertas de dos hojas). Y Octavio nos recordó, un segundo después, que en su casa él conservaba algo tan valioso como un abuelo vivo: el sombrero de Manuel Maples Arce.

De lo que estoy seguro es de haber visto al viejo divino, encorvado y con la mirada lacrimosa perdida en las sombras de una fiesta que era suya (porque se celebraba su cumpleaños noventaitantos), pero en la que ya no podía reconocer a sus amigos y a sus compañeros de aventuras. La noche se llenó de la música hecha por la banda de rock de Jaime Holcombe, un muchacho delgado, un jovencito de pelo largo, casi al estilo glam de Dave Hill.

No volvería a ver a Jaime hasta tres años después, cuando se unió a Octavio Herrero, Iván Lombardo, Javier García, Jorge Escalante y Eduardo Escalante para formar Las Señoritas de Aviñón. Desde entonces, quedé convencido de que Octavio, mi amigo eterno, había encontrado por fin una voz a la altura de sus necesidades.
Hoy, Las Señoritas de Aviñón experimentan la obligación estética de refundar al grupo. Ahora tendrá que surgir otro concepto, otra manera de decir las cosas, una nueva música. Porque nadie podrá sustituir a Jaime Holcombe: con él desaparece una banda. Nace otra. ¡Adiós, Jaime! ¡Bienvenidas, Señoritas de Aviñón!

lunes, junio 11, 2007

¡Vuelve Billy Branch!

Fue hace un año y cuatro meses, en febrero de 2006, cuando Billy Branch se presentó por vez primera en Ruta 61. Dije entonces que Lalo Serrano no es sólo el inteligente dueño del Hoochie Coochie Bar sino que, además, se ha convertido en un excelente promotor cultural, capaz de convencer a figuras de primera línea para que vivan la experiencia de tocar en nuestra ciudad: John Markiss, Deitra Far, Luis Robinson, Graná Louise, Dave Specter, Carlos Johnson, Peaches Staten, Billy Branch. Y a la calidad tangible de estas visitas hay que añadir, claro, la que nos ofrece un buen número de bandas locales como Pangea, Vieja Estación, Las Señoritas de Aviñón, Betsy Pecanins, El Charro y los Moonhowlers, Memo Briseño, La Dalia Negra y Larifer, entre otras.

¿Quieres, lector ansioso, saber cómo van a estar las cosas este fin de semana? Escucha esta belleza: Crazy Mixed Up World, de Willie Dixon, un himno a la música, un canto de amor la vida en medio de este mundo loco. ¡Contigo, Billy Branch y Vieja Estación!

En este preciso instante, recibo la llamada telefónica de Lalo desde el Aeropuerto Internacional O’Hare de Chicago (a ver qué día le quitan ese nombre tan feo y lo rebautizan como el Wang Dang Doodle International Airport).

-¡Hola, Agus!
-¡Lalo! ¿Ya estás en México?
-No, estoy en el aeropuerto de Chicago…
-¡Ah!
-Oye, te hablo para… ¡Uy, espérame! Hubieras visto lo que acaba de pasar…
-¿Qué?
-¡No, no, no! Dios mío. Bueno, te decía…
-Lalo, ¿estás en Chicago o en Zipolite?
-¡En Chicago! Mira, te quiero pedir un favor…


Eduardo viajó a Chicago para estar presente en la reciente edición del Festival de Blues de esa ciudad. Ya nos contará cómo le fue. Quiero suponer que, entre gozo y gozo, Lalo trabajó en la afinación de detalles administrativos para la inminente presentación de Billy Branch en Ruta 61 (jueves 14, viernes 15 y sábado 16 de junio). Porque Vieja Estación, la banda que acompañará al armonicista, está ya más que lista.

A fe de múltiples notas periodísticas, el gran momento del segundo día del Festival de Blues de Chicago fue, precisamente, la celebración de los treinta años de The Sons of Blues, en el Grant Park. Durante más de dos horas, Billy Branch y sus compañeros de banda (entre ellos, dos conocidos de Ruta 61: Lurrie Bell y Carlos Johnson) tocaron como lo que son, ya por sangre, ya por causas de honor: los hijos directos del blues, segunda generación que ha sabido mantener el espíritu de sus padres y de sus tutores (otro amigo, Raúl de la Rosa, también estuvo en Chicago, y de él podemos leer ya su primera crónica sobre el festival en La Jornada de ayer).

Recordemos lo que sucedió hace casi un año y medio.

El jueves 2 de febrero de 2006, durante el primer concierto de Billy Branch en Ruta 61, comprobé lo que he sabido desde siempre (y así lo escribí en esta bitácora): que Vieja Estación está a la altura del compromiso que significa acompañar como banda a un músico formado en la mejor escuela del blues. En aquella primera ocasión, el armonicista de Chicago y la banda argentina mostraron cómo la belleza del blues siempre pende del talento y la capacidad expresiva de los músicos. Billy pudo decir su discurso gracias, en gran parte, a que Ignacio Espósito, José Luis Sánchez, Mauro Bonamico y Santiago Espósito ejecutaron con sorprendente acierto las piezas que apenas si habían ensayando uno o dos días antes: Bring it on home, Grown mery, The blues follow me around, Crazy mixed up world, Everysight to the blind, Crank it up sckecht my beck, Boom Boom, Crazy mixed world, Got my mojo working, Key to the Highway y otras.

Ezequiel Espósito, voz principal de Vieja Estación, también fue llamado por Branch, y pudimos entonces escuchar dos voces sin otra geografía que la isla del blues. También subieron Betsy Pecanins y Male Rouge, descritas por el visitante como my princess y a sexy girl.

La noche del viernes 3 de febrero de 2006 fue extraordinaria en muchos sentidos: abarrotado el bar, Lalo Serrano tuvo que dar instrucciones para bajar la cortina y, así, evitarse la pena de decir a los rezagados que ya no cabía ni un alfiler. Billy Branch se dio entero, sin condiciones, incluso sobrepasando los límites de la bondad y la complacencia: no sólo tocó blues como los grandes (porque él es un grande), sino que, además, se dio tiempo para dictar cátedra y expandir la idea de que el blues es más que un género musical: es un gesto humano, una sudoración, un brote universal del alma.

Algo semejante sucedió al día siguiente, el sábado 4 de febrero de 2006. Y el fin de semana amarró bien, porque a las ocho de la noche del domingo se transmitió por radio la primera parte de la entrevista al armonicista, con la presencia en cabina de Octavio Herrero, Lalo Serrano, Cecilia García-Robles y, por supuesto Raúl de la Rosa, conductor del programa Por los senderos del blues.

En realidad, ésta será la cuarta visita de Billy a México, pues a la presentación de febrero de 2006 en Ruta 61 hay que añadir su participación en uno de los festivales de blues organizados por Raúl de la Rosa a fines de los setenta y principios de los ochenta (seguro lo vi, pero no recuerdo con exactitud la edición), así como su reciente intervención en el X Festival de Blues organizado también por Raúl, en noviembre del año pasado, en el Teatro de la Ciudad y el Monumento a la Revolución. Asimismo, queda en la memoria de todos nosotros la escapada que en esos días se dieron Branch y una docena de músicos divinos para improvisar una fiesta histórica en Ruta 61, donde doña Marie, viuda de Willie Dixon, nos dio la bendición y nos regaló su sonrisa permanente.

Termino esta entrega con la transcripción del boletín de prensa que preparé para esta semana. Tengo la ligera sospecha de que el texto no es enteramente de mi propia inspiración. Es probable que haya traducido varios artículos encontrados en la red, y con ellos haya pergeñado una ensalada sin mucho estilo.

La sangre y las virtudes de una segunda generación
El mejor armonicista de Chicago ofrecerá tres funciones en Ruta 61
14, 15 y 16 de junio

Ruta 61 vuelve a tender el puente que desde hace tres años lo une con Chicago, y trae a escena por segunda vez al mejor armonicista de la Ciudad de los Vientos, Billy Branch, aquel joven que en los setenta sustituyó al legendario Carey Bell, recientemente fallecido, en la banda de Willie Dixon.

Para la armónica y para el blues hay, sin duda, horizontes amplios y promisorios; y en ellos se percibe la figura de Billy Branch como protagonista indispensable.

Billy Branch creció en Los Ángeles, y regresó a su natal Chicago en 1969. Fue entonces cuando, inspirado por la maestría de Big Walter Horton y Junior Wells, decidió labrarse un nombre y una carrera. Con ese ánimo a flor de piel, tuvo la oportunidad de sustituir a Carey Bell en la Chicago Blues All-Stars de Willie Dixon y de codearse con la crema y nata del blues, además de desarrollar una personalidad propia y de tejerla con la influencia directa de leyendas vivas y talentos extraordinarios.

Maestro y músico -excelente en ambos oficios-, Branch no sólo es, como armonicista, la primera persona en la que piensa una banda para una sesión de grabación en Chicago, sino que, además, dirige desde finales de los setenta el trabajo de The Sons of Blues, acopladísimo cuarteto que, a pesar de sus numerosos cambios de personal, ha sabido mantener el espíritu original del blues de Chicago.

En sus inicios, The Sons of Blues contó con el guitarrista Lurrie Bell (hijo de Carey) y el bajista Freddie Dixon (descendiente de Willie), quienes contribuyeron con su destreza personal y con la fuerza de su propia sangre. Más tarde, la banda quedó constituida por el guitarrista Carlos Johnson, el bajista J.W. Williams, el baterista Moses Rutues y el propio Billy Branch, y con esta formación grabó, en 1983, Where’s my money?, álbum en el que también participaron Pete Crawford, Rufus Foreman, Kurt Berg y Jimmy Walker. Apenas lanzado el disco, se unió el guitarrista Carl Weathersby, y J.W. Williams fue sustituido por Nick Charles.

Hoy, Ruta 61 puede decir con orgullo que un porcentaje importante de The Sons of Blues ha pisado su escenario: Billy Branch, Lurrie Bell, Carlos Johnson, Moses Rutues y Nick Charles.

A pesar de tener una agenda repleta de grabaciones y conciertos, Billy Branch siempre encuentra tiempo para contribuir en la formación musical y cultural de los jóvenes de su país, sobre todo entre los sectores más pobres de Estados Unidos.

Con el propósito de garantizar la calidad original de Billy Branch, el armonicista estará acompañado por Vieja Estación, banda argentina que ha demostrado no sólo talento y calidad, sino, además, una sorprendente capacidad para sostener el alto nivel de los músicos de Chicago que se han presentando en Ruta 61 en los últimos dos años (de hecho, Billy Branch afirma: Vieja Estación es mi banda en México).

Es conveniente hacer reservaciones anticipadas para cualquiera de los tres días, llamando a los teléfonos de Ruta 61: 5256-0667 Y 5211-7602 (o escribiendo a eduardo@ruta61.com).

viernes, junio 08, 2007

José Cruz (primera parte)

Conocimos a José Cruz a principios de los ochenta, cuando él y otros jovencísimos escritores de canciones ofrecían recitales en el Foro Tlalpan. Nos sentábamos a escucharlos en tablones de madera, frente a un escenario a ras de suelo y sin decoración, con el aire frío que se colaba de la calle hasta nuestros pies y con las ganas de encontrar la crónica de nuestros veintitantos en historias bien contadas, en versos ciertos y acertados, capaces de flotar sobre la sencillez de una música fresca, sin pretensiones, rudimentaria, transparente, respirable.

Más tarde, a partir de 1986, nos convertimos en público frecuente de Real de Catorce, grupo fundado por Fernando Ábrego, Severo Viñas, José Iglesias (q.p.d.) y el mismo José Cruz. Ya entonces la banda se distinguía por la calidad de su música y porque, junto con Guillermo Briseño, Jaime López, Armando Rosas y Francisco Barrios, ofrecía una lírica atractiva, innovadora, cercana a la poesía aunque no necesariamente inmersa en ella.

Gerardo, mi hermano, recuerda con mucho cariño aquella época:

No sé cuántas veces habremos alternado con Real, pero siento como si hubiéramos compartido el escenario una vez a la semana durante dos años. No fue así, por supuesto; pero es que una sola vez con Real se convertía en muchas veces con Real.

Al poco tiempo de conocer a José, descubrí en él a un hombre con mucho cariño para dar y regalar. Recuerdo bien su manera de saludar y de conversar: siempre con la mirada puesta en los ojos de su interlocutor, sin distraerse.

En 1988, en su casa, se nos ocurrió crear un colectivo para grabar algo y participar así, de alguna manera, en las definiciones políticas de aquellos días. Me acuerdo que estabamos
Jaime López, Choluis, Gerardo Encizo, Rodrigo de Oryazabal, yo mero y el mismo José, por supuesto; pero tal vez olvido a alguien. Nada se logró, sin embargo. Por más que José intentaba organizarnos, eso se convirtió en un verdadero desmadre. No sé si alguien grabó la sesión. Espero que no.


Las letras de José son a veces decorosas, en momentos dignas y en ocasiones geniales. Su encanto se alimenta de una evidencia: el deseo de crear atmósferas nuevas y escenarios inéditos en la teatralidad de los ochenta. Sin embargo, o tal vez por ello, aún hoy, después de nueve discos, sigo quedándome con los tres primeros ábumes (Real de Catorce, Tiempos oscuros y Mis amigos muertos), no porque los considere superiores al resto sino porque en ellos se fija mi nostalgia y con ellos confirmo siempre la belleza de sus melodías (y creo, aunque no estoy seguro, que la melodía es la substancia que permite a una canción perpetuarse en la memoria de la gente).

Por otro lado, recordemos que Real de Catorce tuvo que resistir la condena de quienes, en esos días, se enfadaban y se rasgaban las vestiduras si alguien, al escribir una canción, no mencionaba el nombre de su colonia o si su historia de amor no sucedía en algún vagón del Metro.

-¿Qué es eso de humos bohemios y cigarrillos morados de la vieja Persia? ¡No, ‘ijo, cámbiale! Humos de Ruta 100 y cigarrillos ovalados de la vieja Portales. Además, esa colonia rima con carnales, ‘ijo, entieeeende, ‘ijoooo.

Cada generación tiene sus dictadores y sus sacerdotes, cuyo trabajo consiste en supervisar el cumplimiento de normas y preceptos del Comité de la Canción Comprometida (CCC).

A finales de los setenta, el CCC distribuyó entre los hacedores de canciones quenas, charangos, cajas, violines chamulas y flautas tucumanas... y ay de aquel que no gritara ¡adentro! después de describir la muerte de un obrero o un campesino, y ay de aquel que no le pusiera Violeta a su hija recién nacida, y ay de aquel que no cantara Alfonsina y el Mar para dormir a Violetita.

A partir de los ochenta, el mismo comité se vio obligado a admitir que el rock no era necesariamente un arma del imperialismo yanqui para someter la conciencia de Latinoamérica. Pero...

-Bueno, compañeros, está bien, dejemos que surja el rock, pero de algún modo habrá que insertar al género dentro del marco teórico de la lucha de clases. Levanten la mano quienes estén de acuerdo.

¿Qué pasó? Que el CCC empezó a pontificar de nuevo...

-¡Eso no es rock, eso no es blues, eso no es progresista, eso es comercial, eso es reaccionario, eso impide el avance del movimiento, compañero, y agrieta la frágil unidad de la clase trabajadora, con la que los artistas debemos caminar la historia, no se vale hacerle el juego a la burguesía, a ver, todos, levanten sus guitarras y sus armónicas, el canto nuevo vive y vive, la lucha sigue y sigue, el mes próximo, compañeros, todas las canciones surgidas de este comité deben decir sin ambajes que Ramón Aguirre es un pendejo, aquí les paso la lista de rimas: conejo, pellejo, reviejo, este… Bueno, ahí ya le cambian a verbos en infinitivo.

martes, mayo 29, 2007

Lurrie Bell en Ruta 61 (cuarta parte)

Estamos escuchando el Lamento a la memoria de Raúl Lavista, integrada al álbum Cuaderno de viaje, que reúne piezas compuestas por Mario Lavista durante la década de los ochenta del siglo pasado (ésta, en particular, fue compuesta y estrenada en 1981). La ejecución corre a cargo de Marielena Arizpe.

Afirma una leyenda japonesa que el sonido de la flauta es el único que los muertos pueden escuchar, y Mario está convencido de que cada vez que se ejecuta el Lamento, su tío se deleita con la música pensada para él.

Antes de seguir leyendo, nervioso lector, escucha.

Si puedes, cierra los ojos e imagínate en un templo del siglo XVI, acaso el de San Andrés Sacam’chen, que lleva el nombre del apóstol proclete. Has llegado al lugar después de caminar por un sendero nemoroso. Ahora te hincas, más por agotamiento que por devoción. Hundes el rostro en tus manos y dormitas, sin dejar de escuchar al sacerdote que oficia el rito fúnebre. Su voz se convierte en flauta.

Escucha. No confundas a tu oído leyendo en silencio (eso no existe, no existe la lectura en silencio, siempre que lees la mente se encarga de dar sonido a las palabras, a eso llamamos lectura en voz baja). Y cuando termines, sigue leyendo. Por ahora, escucha.

Después de escuchar

Esta entrega es un alambique literario dividido en filtros de estilo. El propósito es averiguar cuál es su capacidad de trasiego y decantación, es decir, se trata de saber cuántos visitantes resisten la destilación y llegan hasta el punto final.

Tu tarea, lector voluntario, es detener la lectura y salir de la bitácora apenas experimentes hastío, enojo, confusión o indolencia (por ejemplo, en este preciso instante). ¿Vas a seguir? Bueno, veamos qué tan delgado es tu espíritu, por cuántas mallas eres capaz de filtrarte.


Filtro 1

Mi relación con Internet está basada en la desconfianza. Para comenzar, la frase navegar por la red es un despropósito metafórico. Se navega por el mar de la información, eso sí. Pero a la red se trepa uno como araña, y eso en el mejor de los casos, porque también podemos imaginar un como tejido orgánico, y entonces nos convertimos en bacilos insignificantes, enmarañados en la tela inmaterial de nuestra propia naturaleza procarionte, dicho esto último en sentido figurado: las células procariontes (procariotas es el término correcto) no tienen núcleo celular diferenciado, es decir, su ADN no se encuentra confinado dentro de un compartimento limitado por membranas sino libremente en el citoplasma.

Filtro 2

¿Y sabes, a propósito, lector enfadado, dónde obtuve este conocimiento biológico? ¡En Wikipedia! Así es que no me hagas mucho caso, que es como si me lo hubiera contado el muchacho de los tamales oaxaqueños, cuyo sonsonete se ha vuelto más cierto que todo el conocimiento almacenado en la entelequia que llamamos Internet.

Filtro 3

Sea como sea, cada vez que me interno en las oscuras oquedades de este laberinto (tenebroso e irresponsable) la desconfianza me invade: pienso que la riqueza enciclopédica atesorada por la humanidad durante siglos, al volverse lava digital (nadie sabe de qué volcán misterioso), se ha transformado en una hirviente sarta de mentiras y vaguedades, peor aun, en un amasijo fogoso de imprecisiones que repetimos todos sin el menor rigor intelectual.

Filtro 4
Y, sin embargo, ando por la red feliz de la vida, porque asumo con alegre desenfado, despreocupado, mi inclinación por las mentiras universales, incluso por las que se han convertido en iglesias milenarias (aunque éstas se cuecen aparte, porque sus embustes pasados y presentes han causado y causan sufrimientos, muertes, desazón espiritual, enfermedades mentales y pobreza extrema, entre muchos otros males). La autoría colectiva hace de Internet (y de la misma Biblia –que esto que digo no es un asunto de avances tecnológicos-) un caldo sabroso de fantasía y reinvención del mundo.

Filtro 5

El problema es mi desconfianza.

Filtro 6

Soy de la vieja escuela, y de algo estoy convencido: en cuestiones de historia, de ciencia y de crítica, los buenos libros (los buenos libros, subrayo) son más confiables que la mejor página de Internet, no por naturaleza sino porque sus autores están obligados a dar la cara, a dar su nombre, a guiarnos hasta sus fuentes. La fama de muchos depende de la veracidad y de la honestidad con la que se escribe un libro.

Filtro 7

Traigo todo lo anterior a cuento porque para escribir esta entrega hubiera querido encerrarme una semana en la Biblioteca Nacional, que está en el Centro Cultural Universitario, y otra semana en la Biblioteca Ernesto de la Torre Villar, del Instituto José María Luis Mora, atrás del Parque Hundido (que no es la sede donde trabaja nuestro querido Iván Lombardo Huerta, ex-armonicista de Las Señoritas de Aviñón, pues él despacha en Coyoacán).

En ambos recintos, hermosos, pacíficos, luminosos, de acervos inconmensurables, éstos sí verdaderamente renacentistas (no como la medieval Internet), viví momentos que me marcaron para siempre. Sus libros me formaron, a la vez que dieron un poco de orden a mis ideas y a mi necesidad de saber y de entender el mundo. No digo que lo hayan logrado enteramente -eso sería afirmar una tontería-, sino que sin ellos hoy no podría evocar en mi memoria el placer que produce el descubrimiento de un mundo más amplio y el gozo de la lectura silenciosa, el encuentro con inteligencias descomunales –como el mismo doctor Mora- y de autores minuciosos y deliciosos, como Justo Sierra O´Rielly, autor de una novela injustamente olvidada, La Hija del Judío.

Filtro 8
Muchas grandes novelas del siglo XIX duermen hoy -y se empolvan- en los estantes desvencijados de lugares diversos, sin que a nadie se le ocurra siquiera hojearlas, siquiera ojearlas (huye la gente de los libros, como si éstos la fueran a aojar y a ahogar). Y los lectores de Arturo Pérez Reverte –excelente en todos sentidos, hasta donde puedo decir, pues me quedé sólo con La Tabla de Flandes, El maestro de esgrima y El Club Dumas; ya luego se me quitó la euforia de leerlo-. Los lectores del novelista español, digo, bien harían en abrir Martín Garatuza y Monja y Casada, Virgen y Mártir, por ejemplo, ambas novelas sabrosísimas de Vicente Riva Palacio, quien pudo escribirlas porque, al triunfo de la República, Juárez encargó al futuro fundador de El Ahuizote los archivos de la Inquisición, y don Vicente se tardó mucho en regresarlos. Don Benito le mandaba decir que ya devolviera esos papeles, carambas, que no eran suyos, que pertenecían a la nación. Y don Vicente mandaba decir que sí, que ya voy, que me aguante el señor presidente, que ya nomás tomo algunas notitas y restituyo los folios y los portafolios.

Filtro 9

Si has llegado hasta este filtro, valiente amigo, amiga esforzada, pasa por favor al Salón de Lectores Rapelistas del Club de la Estufa Divina, para que medio descanses y poses tus ojos agotados sobre una saliente de la roca que hasta ahora has tenido que escalar.

Filtro 10

Mientras mi agotado lector se desembaraza de fisureros y anclajes, platicaré contigo, Lurrie Bell. Déjame explicarte por qué decía yo que para esta entrega me hubiera gustado investigar más… ¡Pero en los libros y no en la red! A eso me refiero. No sé si hubiera encontrado la bibliografía necesaria en el Instituto Mora, pero al menos me hubiera podido servir una taza de su exquisito café (¿todavía será gratuito?).

Filtro 11

Pasa que, cuando quiero saber un poco más sobre las cosas de las que hablo en esta bitácora, las premuras de este nuevo siglo me llevan a conformarme con breves recorridos por Internet. Ni modo. No es mi idea de un buena investigación, pero no hay bibliotecas que abran a las dos de la madrugada (a estas horas escribo, y no a las horas del trabajo, como creen algunos).

Regresemos, pues, a las noches que pasaste con nosotros en Ruta 61. Hagámoslo, Lurrie, con esa sensación de presente perpétuo que nos dejan los buenos sueños.

Filtro 12

No me amenaces,
no me amenaces...
José Alfredo Jiménez

Después de iniciar tu concierto con la hipocondríaca Born under a bad sign, nos entregas, sobre la bien aceitada máquina de Vieja Estación, la clásica I´m your Hoochie Coochie Man, de Willia Dixon, y muestras con ella que en el blues es fácil pasar de la depresión más profunda al colmo del regocijo, del complejo de inferioridad al delirio de grandeza, sentimientos los dos generados, curiosamente, por la objetividad de un mismo hecho: el abandono, el desamor, la pérdida de la mujer que hasta hace unas horas se encontraba en nuestra cama (son dos actos reflejos: te enseño mis heridas abiertas o las cubro con mi soberbia, pero en ambos casos lo que quiero decirte es que tengo el alma rota, y me duele).

Imaginemos a un hombre golpeado en su orgullo y con el corazón destrozado.

Baja lentamente las escaleras del viejo edificio donde vive la mujer que ahora lo desprecia y que no quiere saber nada de él. Antes, hace muy poco, lo amó en el desenfreno y en la pasión desbordada; antes, apenas hace unos días, le ofreció su propia eternidad sin condiciones; ahora, simplemente lo echa a la calle. ¿Por qué? ¡Porque a ella le cambió el humor, así de sencillo! ¿O cuándo has visto, Lurrie, a una mujer qué dé razones de sus actos?

El hombre llega al final de la escalera y sale a la calle. Respira con dolor. De pronto, algo le tensa el rostro (un arrebato de dignidad, tal vez). Da media vuelta y entra al umbroso edificio. Sube a zancadas los escalones y golpea la puerta. La mujer abre. Él se mete hasta la cocina y le advierte: ¡Tú no sabes a quién estás mandando a freír espárragos, mujer!


-¿Y quién eres tú, si se puede saber?, pregunta la mujer desde el fastidio.
-Ahora te lo digo…
-Suénate primero.
-Has de saber que, cuando nací, una gitana le dijo a mi santa madre...
-Mmmmta...

Minutos más tarde

-Bueno, ya me dijiste quién eres. Regresa por donde llegaste y no me busques más.
-Don´t mess with me...
-¿Qué?
-Que no me amenaces, no me amenaces.
-No te amanezco. Haz de cuenta que ya me fui. De hecho, tú eres el que te vas.
-Pero, mujer –solloza el Hoochie Coochie Man-, ¿qué voy a hacer sin ti?
-Ve con tu madre y que te cuente otra vez lo que le dijo la gitana. Tal vez hay una parte que no entendiste.

¿Sabes, Lurrie? Al escuchar The Hoochie Coochie Man, recuerdo la conversación que alguna vez tuvieron el poeta Bacilio Macedonio Ruiz y la hermosa Desdémona Peniche, mujer que vive desde hace muchos años en Key Biscayne, Florida, preguntándose qué hace ella afuera de la cama de Bacilio, su verdadero amor (Desdémona no sabe que Bacilio ya murió, y yo pienso, Lurrie, que no tiene por qué enterarse).

-Pues he de decirte, Bacilio, que a las mujeres que han pasado de los cuarenta y que se visten como negando su edad... aquí las llamamos hoochie coochie mamma.



-Pero eso es otra cosa, Desdémona –advirtió el poeta-, eso es una deformación sarcástica del sentido original…

-¿Y cuál es el sentido original, mi amor?

-Ahora te digo, espérame. Déjame terminar: esa desviación es producida por una sociedad que acaso se avergüenza de sus propios valores, valores que a su vez se manifiestan en la ridiculez de un mundo que concibe a la juventud no como divino tesoro sino como razón única de la vida…

-Te entiendo, chiquito: esas mujeres y esos hombres sólo existen si se mantienen física y mentalmente jóvenes, si adoptan en su madurez los gestos, las ropas y las actitudes de la nueva generación, sus modas (sus modos), y sin saberlo se convierten en el hazmerreír del vecindario.

-Exacto, escuincla babosa.
-Tienes razón, Bacilio. No seamos así. Tú y yo, volvámonos viejos, vayamos al encuentro de la Laguna Estigia, corramos presurosos hacia el Hades. Antes, nos escapamos a Venecia y hacemos el amor en el Palazzo Ducale, ¿te late, latita de besos?

-¿Y cómo sabes de esos mitos, tímida? ¿Te pusiste a leer a Hesíodo, a Pausanias, a Dante... o qué?

-
¡No, no! Un wikipediazo y listo. Andaba buscando páginas sobre lagunas, porque me vuelan las lagunas, Chapala, Pátzcuaro, qué te digo. ¡Y que encuentro la Estigia! Primero en el cuadro de Joachim Patinir, luego en el de Doré, y así llegué al artículo sobre esa monada de laguna. Si quieres, leemos juntos el Infierno mientras hacemos el amor vía correo electrónico, como el 22 de agosto de 2005, ¿te acuerdas, yimeilito? Yo me encerré en el baño de la casa, con la lap top y una toalla por único vestido. Me senté en el suelo, bajo el lavabo, con el cerrojo puesto. Mis hijas, en sus recámaras; mi marido, tirado en la cama, babeando entre sueños de hombre aburrido. Y yo... sin mouse y con una mano libre.

-¡No me digas! Mis manos te miran por dentro.

-Vas a esperar hasta que te lo pida a gritos...

-Dame tu mano. Necesito que sepas qué está pasando.

-Sí, lo sé. No dejes de besarme.

-Quiero verte...

-¿Necesitas ayuda?

-Quédate un ratito y después te bajas...

-Me encanta estar sentada encima de ti. ¿Pero, dime, juguito de tomate, cuál es el sentido original del Hoochie Coochie Man?

-Te cuento, loca mía. Había una vez…


Filtro 13

Déjame repetir, Lurrie, lo que Bacilio contó a Desdémona.

Filtro 14

El hoochie coochie fue un danza femenina de fines del siglo XIX, cuyos sensuales movimientos aludían al placer del sexo. Eran, por supuesto, invitaciones explícitas que despertaban la fantasía de los hombres, quienes aullaban y aplaudían para responder al llamado.

Con el éxito del baile, el término se pluralizó (los hoochie coochies) para referirse a aquellos establecimientos donde las mujeres se contoneaban de manera impúdica.

Más tarde, ya en los años treinta y cuarenta del siglo XX, la creciente popularidad del cine revivió el gusto por bailar o ver bailar hoochie coochie, y, claro, las actrices que se atrevían a interpretar la danza eran admiradas por los espíritus liberales (de moral dormida, como diría Octavio Herrero) o abominadas por las buenas conciencias: en 1942, casi diez años después de haberse filmado Wine, women and song, un jurado concluyó que el hoochie coochie era un baile indecente, y los productores de dicha película (dirigida por Herbert Brenon y estelarizada por Lilyan Tashman) fueron condenados por presentar un espectáculo a todas luces inmoral. Ese mismo año, Paul Whiteman y Gracie Allen se mofaron de Mussolini a través de un un boogie-woogie titulado Hoochie Coochie Duce. Pero no sería hasta 1954, al grabar Muddy Waters I’m your Hoochie Coochie Man, que nacería el concepto del Hoochie Coochie Man.
Filtro 15 / Epílogo

¿Sabes? -dice la mujer ya en la puerta, empujando al hombre herido en su orgullo, conminándolo a salir-, tú te has creído que tienes un poder sexual capaz de hacer conmigo lo que quieras. No, mijito, estás pero equivocadísimo: la que baila el hoochie coochie soy yo.
-Bailas porque yo quiero que bailes.
-Bailo porque se me antoja, papanatas.

NOTA
Si llegaste hasta aquí, titánico lector, házmelo saber
con un mensaje a bastaturostro@gmail.com

sábado, mayo 26, 2007

Intermedio

Tengo en el tintero un titipuchal de textos que han de salir y encontrar lugar en esta bitácora. Pero es que la vida no me alcanza para todo lo que quiero hacer.

Me falta terminar mis reseñas sobre Todo perro tiene su diálisis, el más reciente álbum de Vieja Estación. Me falta terminar la biografía de Las Señoritas de Aviñón. Me falta explicarle al Foca por qué hablo tanto de esas dos bandas y me olvido de otras. Me falta reseñar el concierto de Claudia Ostos y su banda. Me falta hablar de LABA, el exquisito álbum de Alonso Arreola. Me falta hablar de Jaime Holcombe, quien se nos va en cualquier momento. Me falta hablar de Jazmín Tenorio, lindísima amiga y creadora de las credenciales del Club de la Estufa Divina (no me dejó fotografiarla, porque los dos andábamos montados en Chivas Regal, y Jazz sabe cuidarse de paparazzis como yo). Me falta describir mi entusiasmo por Bergman, por Guy Maddin y por Lars von Trier. Me falta terminar mi reseña de la visita de Lurrie Bell. Me falta tiempo, carajo.

Y si a esto añadimos el estar del tingo al tango. Y si a esto añadimos la existencia de las mujeres, a quienes nos la pasamos dándoles roll over de muchas maneras, hasta que se dan cuenta y eligen una de dos: amarnos o volverse nuestras amigas (el segundo caso es tan triste y deprimente como la música de salterios). Y si a esto le añadimos los libros que esperan ser leídos.

Esta mañana, a propósito, decidí leer más páginas del Ulises, de James Joyce. Lo hice hasta que me dolió la cabeza. Voy lento, muy lento. Lo comencé hace veinticino años, cuando Octavio Herrero, amigo y hermano eterno, me propuso que lo leyéramos juntos. Yo no sé si él ya terminó. Yo voy lento, muy lento. Todavía no aparece Leopoldo Bloom, con eso digo todo. Todavía está fluyendo, como diarrea, la conciencia de Stephen Dédalus. Todavía anda por ahí el pesado de Buck Mulligan. Y apenas lo termine, ya me hice la promesa de terminar En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust (lo comencé en 1979). Y si Dios me da licencia, quiero dedicar un año completo a escuchar con audífonos la música de Frank Zappa (Frankie, como lo llama cariñosamente Josefáin, baterista de Vieja Estación: ¡Frankie, qué gran jugador!), desde Freak Out! hasta Trance-Fusion.

Anoche no fui a Ruta 61, porque me dio vacío cósmico: de pronto tuve la sensación de que nada tenía sentido y que, como dijo, Ciorán, si no me suicido es porque aún tengo tiempo de decepcionar a más personas. Claro, hay otros motivos para no suicidarse: hasta donde sabemos, los muertos no hacen el amor, no escuchan música, no se sirven vasos de whisky, no leen obras de teatro escritas por mujeres disfrazadas de alcachofa, no terminan su colección de Frank Zappa...

El jueves pasado, a propósito y por los buenos oficios del eterno Octavio, me llegaron a su oficina dos paquetes con música del Genio de Baltimore. De todo es necesario hablar: de The Mofo Project, de las interpretaciones de Colin Towns y su NDR Big Band (Frank Zappa Hot Lick´s), de las de The Ed Palermo Big Band (Take your clothes off when you dance), de las barrocas de Ensemble Ambrosius, del DVD documental sobre Apostrophe y Over-Nite Sensation, de Trance-Fusion (oficialmente, el más reciente álbum póstumo de Zappa), y de la invaluable joya Imaginary Diseases, que me arrancó literalmente las lágrimas.

Ya hablaré de todo esto, ya hablaré. Mientras, querido lector, te comento lo siguiente: lo que estás escuchando (si es que lo escuchas, porque a veces se desactiva el sonido de mi bitácora) es el adagietto con el que inicia la tercera parte de la Sinfonía #5 de Gustav Mahler, una delicia que puedes usar para envolver el silencio el día que se te rompa el alma en pedacitos, como a Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia.

jueves, mayo 24, 2007

In memoriam

CARLOS SÁNCHEZ
9 DE JUNIO DE 1954
24 DE MAYO DE 2006


CARLOS, HACE UN AÑO COMENZÓ TU INMORTALIDAD.
PRONTO ESTAREMOS CONTIGO.
VA PARA TI Y LOS TUYOS LA CANCIÓN
QUE ESTÁS ESCUCHANDO:
Llegando a ti
José Alfredo Jiménez
RUTA 61
P.D. Aquí, en México, estamos cuidando
y queriendo a tu hermano Jose.

lunes, mayo 21, 2007

Bufones Dementes en vivo

Estamos escuchando el segundo movimiento (adagio affettuoso) de la Sonata para Violonchelo y Piano #2 en Fa mayor, Opus 99, del genial Johannes Brahms, interpretado por Jacqueline du Prés (1945-1987) y Daniel Barenboim. Dura siete minutos y 46 segundos. Te propongo una travesura, lector responsable y ocupadísimo en la productividad y la generación de riqueza. Es una travesura inocente, nadie va a salir lastimado. Deja todo, incluso no leas el siguiente párrafo todavía. Sólo escucha, simplemente escucha. Recárgate en el melodrama del adagio, déjate llevar por su elocuencia, sigue su andar desvanecido, su casi estarse quieto, entiende sus minúsculos arrebatos de enojo. Toca, si te sirve, esa herida que no cicatriza. Visita tu propia oscuridad. Para ello, cierra los ojos, observa los pliegues de la cortina o mírate las manos. Al terminar, entonces sí, lee con la sonrisa de quien viajó hacia sí mismo y ya regresó.

Transcribo a continuación el más reciente reporte de Carlos Carabba, nuestro corresponsal en Argentina, cuya banda, a propósito se presenta a fin de mes en Jet-Set Retro (Eugenia Tapia de Cruz 771, casi esquina con Colón), lugar frecuentado por adolescentes y jóvenes de Escobar. Si alguno de mis lectores se encuentra por esos rumbos, tiene que escuchar a Bufones Dementes. De algo estoy seguro: que experimentará algo semejante a lo que yo viví al descubrir su música, hace apenas unos meses: la alegría de saber que todavía puede hacerse buen rocanrol.

Con ustedes, Carlos Carabba...

Acá, después de la tragedia de Cromañón, todo cerró. Y cuando digo que cerró todo, es así: los lugares chicos, estilo bar o pub, para una banda como la nuestra casi desaparecieron. Quedamos varados entre la burocracia para habilitar un lugar por parte del gobierno de la ciudad, y el excesivo deseo de lucro de los dueños de los bares (que te cobran hasta el aire que respiras).

Para tocar en la capital federal, hay dos posibilidades: una es si llevas mucha gente (a partir de 500 personas), y la otra –como en cualquier parte del mundo- es por contactos y conexiones. Hay, sin embargo, lugares relativamente más accesibles, pero es difícil encontrar fechas disponibles.

Las bandas de rock under se quedaron casi sin posibilidades dentro de la capital federal. Los Bufones Dementes tenemos domicilio oficial en Escobar, ubicado a 50 kilómetros de la capital (sin embargo, mi hermano y yo vivimos en la Provincia de Buenos Aires). En Escobar, la cosa es al revés: hay lugares para tocar, no te cobran una fortuna para hacerlo (aunque están avivándose un poco).

A pesar de este panorama, no bajamos los brazos (ni las piernas). La banda se dedica a ensayar, ensayar y ensayar, y ya tenemos trece temas propios terminados (nueve del primer demo, más cuatro nuevitos), y ahora estamos en vísperas de tocar un acústico en un bar de la zona, donde mezclaremos temas nuestros y clásicos del rock.

Creo que en cualquier parte de latinoamérica (incluidos México y Argentina), el ambiente del rock y del blues es cruel: generalmente, se reconoce una banda una vez que sus miembros envejecen, no durante su apogeo musical. Acá hay muy buenas bandas en el under, con ideas y música nuevas; pero los de arriba (los vejetes) no quieren dejar lugar a las nuevas generaciones.

Visto desde este lado del mundo y vía e-mail, Ruta 61 es lo que para mí fue, en Argentina, Antiguo Zanatta. Me genera distintas emociones, pero todas lindas. Y me da un poco de bronca no poder estar allí compartiendo música con amigos, y también me da bronca que acá no haya un lugar así (y dudo mucho que pueda armarse algo así).

Notas

1. Al mencionar la tragedia de Cromañón, nuestro corresponsal se refiere al incendio de la discoteca bonaerense ocurrido el 30 de diciembre de 2004, durante un recital de la banda Callejeros. El incendio causó la muerte de 194 personas y dejó 700 heridos.

2. Antiguo Zanatta (Corrientes 5005, Almagro)

Lurrie en La Jornada

Sigo escribiendo sobre Lurrie Bell, pero no he tenido tiempo de redondear algunas ideas. Prometo a mis lectores impacientes subir el miércoles la última entrega sobre Lurrie. Mientras, dejo aquí una fotografía que me salió bien.

Hoy apareció en La Jornada la crónica de Pablo Espinosa sobre el concierto del sábado.

Por su parte, nuestra querida Tania Molina avisó de la presencia de Lurrie Bell en la ciudad. Sin embargo y tristemente, Tania no se apareció por el Hoochie Coochie Bar. Es probable que Fabrizio la haya enviado a cubrir otros espectáculos. Por esta vez, Tania, te perdonamos; pero el próximo sábado, día en que festejaremos el tercer aniversario de Ruta 61, estás obligada a darte una vuelta.

El periódico La Crónica de Hoy también hizo referencia a la visita de Lurrie.

sábado, mayo 19, 2007

Lurrie Bell en Ruta 61 (tercera parte)

If you're down and out and you feel real hurt,
come on over to the place where I live,
And all your loneliness I'll try to soothe.
I'll play the blues for you.

Albert King

No es necesario anunciarte, Lurrie. Al bajar las escaleras del Hoochie Coochie Bar, el público te recibe con aplausos y expresiones de admiración. Y tú caminas con timidez y modestia, como si no fueras Lurrie Bell, como si no fueras uno de los guitarristas más talentosos de tu generación, como si no fueras lo que ahora me consta: un titán de tierra negra.

Vestido como para tu primera comunión (camisa blanca y pantalón gris), subes al escenario y tomas tu Gibson colorada. En ese instante, algo me dice que estoy frente al origen mismo de la Creación. Así ha de haber comenzado todo...

Y conectó Dios su Gibson y dijo: ¡Que haya Blues! Y hubo Blues. Y oyó Dios que el Blues era bueno, y separó Dios el Blues de las tinieblas. Llamó Dios al Blues día, y a las tinieblas también. Y hubo tarde y hubo mañana… (Génesis, 1, 3-5)

Las sonrisas de Vieja Estación, banda bendita, te dan el reporte metereológico:

-Hace buen tiempo, Lurrie, podemos volar.
-Right!, dices en voz alta, como niño que sale a la calle a jugar con los amigos (Lalo Serrano imita muy bien tus escandalosas muestras de contento, a propósito).

Comienzas con Born under a bad sign, de Boker T. Jones y William Bell (aunque hecha famosa por Albert King en 1967).

Lamento, desaucio y autoflagelación. Este blues dibuja en primera persona a la víctima conciente de su propio infortunio, y el mismo protagonista resume en un solo verso la causa de su humor: cierta mujer está llevándolo directamente a la tumba, y la agonía le provoca sensaciones de haber nacido con mal sino. Es, así se siente, la viva encarnación de la calamidad: su vida es siempre un contratiempo, que podría, sin embargo, aliviarse temporalmente con vino y mujeres, gozos que anhela y que resumen su idea de la felicidad.

Te escucho, Lurrie, y cuando llegas a la parte de la mujer de piernas largas (A big legged woman is
 gonna carry me to my grave), sonrío y reconozco las raíces de Octavio Herrero y las musas que lo rondaron al componer Magdalena. El dice que no. Yo digo que sí, porque me interesa dar a la estrofa la alcurnia que se merece, y porque, al hacerlo lograré quitar de la mente de mi amigo la intención de modificar esta parte de la canción. Es una gran estrofa y está a la altura de la anterior (aquella en donde nos enteramos de la infidelidad de Magdalena)…

Voy a buscar una mujer de piernas largas
y moral dormida
Voy a buscar una mujer de piernas largas
y moral dormida
que dé saltos muy largos
y me ame todo el día.

No quiero cansarte, Lurrie, así que seguiré hablando de estas noches en la siguiente entrega. Mientras, déjame presentarte a mi nueva banda: Las Blusas. Todavía no nos presentamos en vivo, porque apenas estamos montando el repertorio. Ya luego te platico de lo que estamos haciendo (te advierto que vamos a ser la sensación del siglo).

jueves, mayo 17, 2007

Lurrie Bell en Ruta 61 (segunda parte)

Pues ya estás aquí, Lurrie Bell, listo para esta noche y para las dos siguientes: tu blues para nuestra ciudad, tu blues en Ruta 61, tu blues con Vieja Estación, esa banda de argentinos y mexicanos que vuelve a maravillarme con su extraordinaria destreza para garantizar a los músicos visitantes la precisión orquestal y la fuerza rítmica y armónica necesarias para ofrecer un espectáculo a la altura de las circunstancias. Anoche, ensayaron contigo por primera vez y con tus discos como único antecedente. Y, de nuevo, se dio la magia. Transcribo un fragmento de mis notas:

Cada vez que Vieja Estación ensaya con un músico invitado, yo me pongo muy nervioso, no porque dude de la capacidad de la banda sino porque proyecto en la circunstancia mi incapacidad mental para entender cómo se hace la música. Es un misterio: el artista (el verdadero) es un ser de otro mundo, y aquí hay varios.

Los cuatro gatos que tuvimos permiso de entrar a la zona VIP (Lalo Serrano, Fernando Lara, Ezequiel Espósito y yo) compartimos el anonadamiento que nos produjo comprobar cómo el grupo atrapa inmediatamente tu estilo, tu sonido y tus objetivos.

Te imaginaba serio, Lurrie, hosco, distante, lacónico, al menos agotado por el viaje de Chicago a la Ciudad de México. Me equivoqué: tienes la fuerza, el entusiasmo y el buen humor de las personas sencillas que alimentan su alma con belleza: sonriente, desgarbado, escandaloso al hablar. Nos ganaste desde un principio, Lurrie, campana que se tañe a sí misma y nos tiñe el corazón de rojo blues, el de la sangre que corre por tus venas, la sangre de Carry Bell, a quien nos mostraste al final del ensayo, en un video grabado en el Rosa’s Lounge, en el Theresa’s Lounge (que ya no existe) y en la casa de tu propio padre, supongo. Ahí estás, con él, hijo de tigre pintito, tocando como los grandes. Y ahora estás entre nosotros, dispuesto a regalarnos tres noches eternas.

Hace exactamente un año llegó Grana’ Louise (tengo sus palabras manuscritas en mi cuaderno de notas), y entonces escribí también acerca del ensayo a puerta cerrada: Ignacio Espósito, en la batería; Mauro Bonamico, en el bajo; Octavio Herrero y Santiago Espósito, en las guitarras. Ahora, como siempre, la formación se repite, con excepción de Octavio, no por falta de ganas sino por exceso de cuerdas, y esto no es rondalla (por lo mismo, Las Blusas, trío de triángulos compuesto por Saso de la Serranía, la Tía Juanita y Nando Magic Touch Lara, difícilmente subirán algún día al escenario de Ruta 61).

Quienes tuvimos la fortuna de escuchar en vivo a Grana’ Louise –escribí en mayo del 2006-, fuimos testigos de lo que el blues puede hacer a nuestros corazones cuando lo interpreta una banda de excelentes músicos y una voz llena de gracia. Esta vez, Lurrie, puedo decir algo semejante en la víspera de tu primer concierto, añadiendo a mi entusiasmo el milagro rojo de tu Gibson deliciosa.

Por otro lado, creo que los tacos en el Tizón nos cayeron muy bien, Lurrie, porque barriga llena ensayo contento. Atrapé, a propósito, tu primera impresión de Ruta 61: This is the real blues club, man!, le dijiste a Eduardo, quien además te pidió tu opinión acerca de la banda...

Ya conocía a los muchachos de oídas –respondiste-, porque en Chicago todo el mundo habla de ellos.

Soy cursi, Lurrie, y muy dado al melodrama. Además, me emociono fácilmente con las historias de abandono, cuchillo de doble filo que bien conocemos los amantes obstinados e irredentos. Por eso, casi lloro entre los sorbos de whisky y tu interpretación de Bring it on home to me. Espero estar preparado esta noche, con dos pañuelos limpios, para escuchar la canción de Sam Cook. Pero si, después de recrear esa composición de 1961 (pieza germinal del soul), se te ocurre soltar una de tus propias melodías, aquella en la que le dices a la mujer amada que parece que estoy bebiendo gasolina, pásame un cerillo encendido para explotar de una vez por todas, hija de la rechintola... Si haces eso, Lurrie, me obligarás a plagiarte la imagen para decírsela a cierta mujer que me trae de un ala.

Y mientras llega la noche, ¿qué te parece si visitamos la galería de Ruta 61? Ahí se encuentra la serie completa de fotos que tomé ayer. Para entrar, sólo tienes que apretar la vieja cámara fotográfica que se encuentra a tu derecha.