Anoche, en Ruta 61 y por la ausencia de Octavio Herrero, quien se encuentra en São Paulo, Las Señoritas de Aviñón incluyeron de nuevo en su alineación a Santiago Espósito, el extraordinario guitarrista argentino cuyo conocimiento de los entresijos y mesenterios de la banda picassiana le permite adoptar como suyo y con absoluta naturalidad el repertorio aviñense.Perdón por entresijos y mesenterios, pero es que ambas palabras son tan bonitas que busqué –y ahora encontré- el momento de usarlas.
Sigamos.
Así, escuchamos a Jaime vivir con tranquilidad Stormy Monday, Moondance, T-Bone Shuffle, Mistery Train, Sumertime y Hoochie Coochie Man, entre otras piezas clásicas. De la misma manera, lo vimos adueñarse de Magdalena, canción compuesta por Octavio hace ya más de tres lustros, e invitar animadamente a Claudia de la Concha para las versiones de The spider and the fly y Mustang Sally. Por su parte y como siempre, Javier García y Xavier Gaona instalaron una buena base rítmica para el lucimiento de Stanislaw Rascinsky y los mismos Jaime y Santiago.
Mientras escuchaba a Las Señoritas de Aviñón, pensaba en la pregunta que vengo haciéndome desde hace una semana: ¿Cuál es la importancia de J.J. Cale en el ánimo estético de Jaime Holcombe, y qué otras influencias puedo detectar en su voz y en sus gustos?
De su guitarra aún no hablaré, porque Jaime se niega a mostrar lo que verdaderamente podría hacer con el instrumento. En este sentido, él mismo se ha impuesto un papel secundario, acaso semejante al del autor de After Midnight, quien no parece interesado más que en la expresividad de la canción por sí misma, es decir, como composición lírica que basa su fuerza en el hallazgo melódico y en el poder dramático de la voz. ¡Y esto es absolutamente legítimo, totalmente válido! De hecho y por eso mismo, Jaime es considerado una de las mejores voces de Ruta 61 (aquí, los vemos entrelazado amorosamente a Lalo Serrano, dueño del Hoochie Coochie Bar).
Recordemos que Jaime Holcombe proviene, como casi todos nosotros, de una determinada formación musical: el rock. Y el rock es un arma de doble filo: en casos excepcionales y muy particulares, abre puertas y caminos hacia conceptos mucho más amplios y enriquecedores de la música; pero, en general, es sólo un producto industrializado que atrofia gravemente la sensibilidad de las personas e impide a los más jóvenes su necesaria transición hacia la madurez de los sentidos.
Estoy convencido de que Jaime pertenece al grupo de casos excepcionales.
A principios de los ochenta, todavía adolescente, Jaime Holcombe descubrió a Robert Cray. Probablemente, escuchó Who’s been talking, el primer álbum del músico georgiano. O tal vez ya había salido Bad Influence, que apareció cuando la voz principal de Las Señoritas andaba por cumplir sus dulces dieciséis (yo no supe de Cray hasta que Octavio Herrero me mostró, entusiasmado, Strong Persuader).
Cuenta Jaime que este descubrimiento lo hizo interesarse por el blues, donde encontró, como diría él mismo más tarde, una música capaz de contar historias.

Si recordamos el ambiente de aquella época (entre 1982 y 1983), resulta sorprendente que un muchacho de 16 años se haya fijado en Robert Cray, porque la mayoría de sus coetáneos sólo tenía ojos para MTV y oídos para el new wave, etiqueta que la industria del rock supo encontrar frente a la tumba del punk.
Hago una digresión…
A diferencia del rock de los sesenta (protagonista central de su propia época), el new wave no pasó de ser el soundtrack de sí mismo. Sin capacidad de enarbolar una nueva revolución cultural –ni siquiera en el plano musical- (cosa que, a propósito, no era su intención), el rock de los ochenta sólo existió como fondo musical de un encuentro previsible: el de la alegre inocencia de los cincuenta con los frutos de la liberación sexual de los sesenta.
Y si nos fijamos bien, notaremos que esa concurrencia permitió conocer las fantasías secretas de la nueva generación.
Ante la unisexualidad psicodélica de los sesenta y el travestismo de los setenta, los ochenta ofrecieron una cosa cercana a la paidofilia. El infantilismo se convirtió en la conducta sexual más celebrada: Madonna, Cindy Lauper, Michael Jackson, Nina Hagen, Boy George, el mismo Elvis Costello, todos con movimientos de discapacidad y fingidas voces de puericia, parecían invitarnos a no crecer.
Con excepción de Madonna, a quien nunca le he encontrado atractivo alguno, confieso que aún hoy hallo cierta gracia en Girls just want to have fun, Time after time, She bop, Thriller, Beat it, Billie Jean, I’ll tumble, Do you really want to hurt me?, acaso porque en esas piezas percibo rasgos cercanos a mi idea de rocanrol, manera de expresión que siempre evita el estilo melismático pero que sabe dónde cabe una inflexión, dónde encaja un falsete, a qué horas debe sorprendernos con una modulación (por eso mismo, todavía puedo disfrutar de The Reflex y The Union of the snake, dos buenas canciones aparecidas en Seven and the Ragged Tiger, el tercer disco de Duran Duran).
Apartemos a quienes, habiendo participado de los vicios de entonces (el sampleo de la batería, por ejemplo), quedaron a salvo del estancamiento que produce el ceder a los gustos del momento: Talking Heads, Dire Straits, Pretenders…
Igualmente, hagamos a un lado y considerémoslos atemporales a quienes ya se encontraban en aquellos días en los territorios de la historia universal: Stevie Ray Vaughan, Van Morrison, Prince, Los Lobos, Frank Zappa... Aquí, lector indignado, coloca el nombre del músico o la banda que consideres fuera de serie y que yo, por descuido y premura, no haya mencionado. Pero evita, por favor, que la nostalgia dicte sobre tus valores.
Para fortuna de la música y del rocanrol (que no es lo mismo), los ochenta sólo fueron una modita y ya sólo suspiran por ella las treintañeras feas que organizan la fiesta de su cumpleaños con los discos de Flans y que aún gritan en sueños por Simon Le Bon y Jon Bon Jovi.
Aquí termina la digresión. Vuelvo a Jaime Holcombe y el blues.
Contar historias está en la naturaleza del blues, afirmación de Jaime que coincide con algo que escribí hace poco: mientras que el jazz piensa y el rocanrol brama, el blues dice, y lo que dice parece estar siempre inspirado en el deseo de curación a través del canto mismo, canto que no pinta paisajes sino que cuenta sucesos, y que no lo hace como el corrido mexicano (desde la posición del testigo ocular o del rumor vuelto leyenda), sino que lo practica desde el drama de la experiencia personal, tan simple y cotidiano que se vuelve conocimiento colectivo.
Cierta noche de 1900, en un barrio de Saltillo, Rosita Alvírez fue baleada por Hipólito, uno de sus pretendientes. El joven enamorado sacó su pistola y metió tres balazos en el cuerpo de la altiva muchacha, que lo había desairado al negarse a bailar con él.
Esa historia se vuelve corrido, y como tal la conocemos.
Con gracia, el cantor suelta la humorada: la noche de su asesinato, Rosita estaba de suerte: de tres tiros que le dieron, nomás uno era de muerte.
Humor negro que anula la posibilidad de compasión (es decir, no podemos participar de la pasión, simplemente estamos leyendo la nota roja de un periódico). Pero, ¿y si Hipólito, desde la cárcel, contara la misma historia y nos explicara el suceso y el terrible desenlace?
Creo que entonces estaríamos muy cerca del blues.
Continuará.

















