sábado, abril 22, 2006

Miscelánea

A estas horas, José Luis Sánchez, nuestro querido Josefáin, ha de encontrarse ya en Buenos Aires. Como escribí en la entrega pasada, todos estaremos pendientes y esperando noticias sobre la salud de su hermano. Sabemos, además, que allá -como nos lo hizo ver Nachuito en su mensaje- hay amigos y familia que estarán a su lado. Un abrazo, Jose.

Llegandito de Ixtapa (¡ah, porque estuve en Ixtapa, con Santiago Espósito y Rafael Martínez!), me encuentro con Gerardo, mi hermano, entusiasta cazador de rocanrol y maestro de tintas, crayolas y lápices (si no han visitado Tlacuiloco, su blog de viñetas, tienen que hacerlo ya).

Me dice Gerardo:

-Escucha a Frank Black y dime si en esta fotografía no se parece a...

Alguien ha de acordarse de Frank Black, el líder de The Pixies. Confieso, sin embargo, que nunca escuché a la banda de Boston formada en 1986. ¿O sí? ¡No me acuerdo! De cualquier manera, lo que me hace escuchar mi gemelo (Frank Black and The Catholics) me gusta... y mucho. ¡Y no es tan nuevo! Dog in the sand es un disco de 2000. Aprieten la estufa color de rosa y díganme qué piensan de Bullet.

Acerca de Frank Black, transcribo la opinión de Toni Castarnado, un buen crítico:

Uno de los tipos con más sentido innovador en los noventa ha entrado en este nuevo siglo con distinto calzado (...), con las ideas muy claras sobre que es lo que quiere y cómo lo quiere (...).
En esta ocasión volvemos a toparnos con el músico básico y directo de sus últimos trabajos (no olviden que graban casi en directo con la única ayuda de un dos pistas), pero con mucha más riqueza musical. ”Blast Off” es la canción que deberían haber firmado este año los Rolling Stones y la que nos revela que Bob Dylan se ha tomado una temporada de vacaciones, sabiendo perfectamente que nuestro entrañable protagonista iba a recoger el testigo de sus mejores trabajos. Por lo general, el resto del disco nos presentará piezas de rock con raíces, fuertemente influenciado por el folk y el blues. Así pues, desde los tiempos de Trompe Le Monde, el trabajo más coherente con el otrora Black Francis como protagonista.

Pero esto viene a cuento, decía, porque Gerardo me hizo ver el asombroso parecido entre Frank Black y uno de nuestros más queridos y apreciados músicos de Ruta 61.

miércoles, abril 19, 2006

¡Josefáin!


ESTAMOS CONTIGO.
ESTAMOS CON TU HERMANO.
ESTAMOS CON TU FAMILIA.
TE QUEREMOS Y TE VAMOS A EXTRAÑAR.
P.D. UN SALUDO ESPECIAL DE TOMY, AGUS Y RAFA.
IXTAPA, ABRIL 2006.

viernes, abril 14, 2006

Carta a Hugo García Michel

Salió ya el número 13 (abril) de La Mosca, publicación que diriges. Dentro de ella aparece, en las páginas 30 y 31, un reportaje hecho a la mejor banda de rocanrol con que cuenta hoy la Ciudad de México.

No me gustó, Hugo. Definitivamente, no me gustó. Desaprovechaste la oportunidad de hacer un buen trabajo periodístico. ¿Por qué? ¡No sé! Aprecio mucho lo que haces, pero así como el lunes 21 de noviembre del año pasado comenté mi incomodidad por las inconsistencias y la falta de objetividad en la entrevista que le hiciste a Male Rouge en tu número 98, hoy vuelvo a expresarte -con afecto y admiración- mi enojo.

Si con Male te excediste de manera deplorable en tus halagos, ahora, con Vieja Estación, te vas al otro extremo, a no decir esta boca es mía. Parece que hiciste el reportaje con una inmensa flojera y sólo por cumplir con un compromiso: te limitaste a transcribir, casi en crudo, las palabras de cada uno de los miembros, sin composición alguna, sin relieves, sin crítica (a favor o en contra de su trabajo, eso no importa), sin pasión por la música.

¿Qué pasa, Hugo?

Mira el título que pusiste: Por los rumbos de la vieja estación. ¡Miles de veces has escuchado a la banda, miles de veces han dicho sus miembros que el nombre no lleva artículo! ¡La Vieja Estación, por favor, a estas alturas del curso de buena música no puedes cometer un error de ese tamaño! ¿O acaso te gustaría que alguien presentara a tu banda como Esos pechos privilegiados?

Si bien sabías que el nombre de la banda es Vieja Estación, pudiste, en el peor de los casos, elegir el artículo indeterminado: Por los rumbos de una vieja estación.

Pero olvídate de eso, e incluso del casi oxímoron, absolutamente involuntario (me extraña: si eres lector de Juan Ruiz de Alarcón, seguro sientes un respeto semejante por Francisco de Quevedo, maestro de la paradoja y la bella monstruosidad en la unión de conceptos contrarios), y explícame por qué, en vez de exprimir aquí tu conocimiento y manifestar tu punto de vista, preferiste reducir tu intervención a acotaciones distantes (habla, interviene, retoma la palabra, a decir de fulanito, refiere que, dice, comenta, explica).

Para acabarla de amolar, le das tu portada a Kurt Cobain. Yo te insistí, entre broma y veras, que corrieras la aventura de colocar ahí una buena foto de Vieja Estación. Entiendo por qué no lo hiciste: la mercadotecnia manda en estos asuntos, y seguro que muchos de tus consumidores sueltan los treinta pesos con más facilidad si la portada presenta al cantante de Nirvana. ¡Está bien, no te lo critico! Sin embargo –y te lo digo con el corazón en la mano-, bien harías en ser un empresario que corre riesgos, que es capaz de apostar a la construcción de un público, en vez de repetir la fórmula gastada de ser la enésima revista que habla sobre Cobain. ¿Y para qué lo hiciste? ¡Para publicar una aburrida entrevista con un chamaquito de 25 años que habla de su novia y de sus pleitos con un retrasado mental de treinta años (Axl Roses)… ¿Qué diferencia hay, entonces, entre La Mosca y TVNotas?

Si en el número anterior, La Mosca afirmó que Todo perro tiene su día es un disco excelente, ¿por qué no avalar esa afirmación con un reportaje sobre la música de Vieja Estación, entreverado -ahora sí- con la experiencia de sus miembros en la Ciudad de México?

Oye, Hugo, no percibas en mis palabras asomo alguno de desprecio hacia tu trabajo. Al contrario, recibe mi quejumbrosa voz como la de un amigo que te conoce y te reconoce.

Te mando un abrazo.

miércoles, abril 12, 2006

El Charro y sus Moonhowlers II

La última vez que tuve la oportunidad de disfrutar la música del Charro y sus Moonhowlers, fue el jueves 19 de enero. De hecho, ya hice la crónica de ese día en este blog.

Octavio Soto, el Charro, es un excelente guitarrista, con gran sentido del espectáculo y con una singular manera de hacer blues. A ver si mañana, viernes, la banda sigue compuesta por quienes le están dando a Octavio la fuerza indispensable para que él se desarrolle con toda tranquilidad en el escenario: José Luis Sánchez, de Vieja Estación; Federico Luna, de la banda de Memo Briseño; Rafael Herrera, de Los Calcetines; y el baterista, de quien sigo sin saber más que su apellido: García.

¡Nos vemos, entonces, el viernes santo, después de acompañar a Nuestro Señor Jesucristo durante su calvario! Para cuando el Charro esté tocando, al maestro Jesús sólo le faltarán algunas horas para resucitar, y tenemos que estar listos para el sábado de gloria.
¿Nos vemos en Ruta 61? Seguro se aparecen por ahí Santiago Espósito, Octavio Herrero y Jaime Holcombe, y el Charro, que los quiere mucho y los respeta como músicos, los subirá al escenario. ¡Y, entonces, tendremos la fortuna de ver cómo florece por todas partes la belleza del blues y el rocanrol! En una de ésas, hasta el Polaco y Mauro Bonamico terminarán arriba.

A Javier García y a Ignacio Espósito, por favor, déjenlos disfrutar de su asueto. Los bateristas están más contentos en la barra, ya me he dado cuenta.

domingo, abril 09, 2006

Jueves 6 de abril (segunda parte)

El viernes 31 de marzo, Lalo Serrano (dueño de Ruta 61) y Vieja Estación aparecieron en la tele. Al martes siguiente, Tania Molina Ramírez publicó en La Jornada una entrevista con la banda. El viernes de esa semana, fue transmitida por radio la conversación que el grupo bonaerense sostuvo con un joven reportero (prometo recordar su nombre, para mencionarlo debidamente). Hoy, domingo 9 de abril, Verónica Maza Bustamante difunde a través de Milenio El arte de reivindicar a los héroes, que recoge las palabras de Ezequiel, José Luis, Santiago, Ignacio y Mauro dichas durante una reunión con la periodista, la noche del pasado lunes. ¡Y está por salir el nuevo número de La Mosca, que contiene la plática entre Hugo García Michel y los autores del mejor álbum de rocanrol que se ha hecho en México desde que esta música existe como tal!

El interés que Vieja Estación ha despertado en diversos medios de comunicación y, claro, entre los parroquianos de Ruta 61 (así como entre el público de otros sitios, como el Wicklow Irish Pub de Querétaro y el Festival de Blues de Aguascalientes, por ejemplo), no se debe a una casualidad sino a la siembra constante y esforzada de música hecha con talento, honestidad y amor.

De algo no me cabe duda: más pronto que tarde, Vieja Estación contará con el reconocimiento general de quienes están hartos de consumir gato, cuando lo que desean es comer liebre, la liebre auténtica que sabe a historia.

¿Recuerdan, muchachos, cuando escuchar rock significaba una declaración de principios, tanto estéticos como morales?

Hoy, las cosas han cambiado, al menos en mi caso. Los héroes de mi adolescencia (John Lennon, Keith Richards, Ray Davies y Pete Townshend) ya no dictan sobre mi conciencia; ni siquiera tomo muy en serio sus mensajes, más que para entender el espíritu de una época. A ninguno de ellos lo considero modelo a seguir ni lo confundo con pensadores profundos. Y, sin embargo, su música conserva en mi vida presente un valor inconmensurable: Plastic Ono Band, el primer disco de Lennon como solista (descarto como tales Toronto 69, Life with the lions, Wedding Album y Two Virgins) es una obra maestra, y también lo son Exile on Main Street, Imagine, Sticky Fingers, Lola vs. Powerman, Arthur, Preservation, Soap Opera, Low Budget, One for the road, Tommy, Who's Next, Quadrophenia y Who are you. Puedo vivir cada uno de estos discos -de preferencia en la pacífica soledad- con el mismo placer con el que leo un buen libro, veo una gran película, bebo un whisky caro, escucho a Miles Davis o cometo un pecado inconfesable (casi siempre relacionado con el sexto mandamiento de los judíos -Éxodo 20, 14- y con las palabras sobre el asunto que Nuestro Señor Jesucristo pronunció en alguna parte del Sermón de la Montaña -Mateo 5, 27-28).

Es en ese terreno (el de la música sin adjetivos, el del placer estético en sí y para sí) desde donde ofrezco una garantía: al escuchar a Vieja Estación -en vivo o en Todo perro tiene su día (aunque también es posible adquirir ahora un disco paralelo: Blanco y Negro, que contiene versiones de clásicos del blues y el rock)-, no tendrás que hacerlo a escondidas ni avergonzado, sino con el mismo orgullo con el que uno salía de la tienda de discos -Hip 70 o Yoko Quadrasonic (época pre-Mix Up), después de comprar, por ejemplo, Starless and Bible Black, de King Crimson; The Psychomodo, de Steve Harley; Wired, de Jeff Beck... y The Last Puff, de Spooky Tooth.

¿Por qué menciono discos maravillosos y entrañables que, aparentemente, nada tienen que ver con Vieja Estación? Porque quiero dejar claro un punto: Todo perro tiene su día es un disco hecho y pensado -como los álbumes citados- para quienes buscan música y no un producto urdido a la medida de la temporada. Por eso, esta joya del rocanrol logrará atravesar el tiempo y volverse inmortal. Estoy absolutamente convencido.

Termino esta entrega con las palabras que Marie acaba de enviarme, desde Playa del Carmen, porque creo que resumen el encantamiento que en muchos ha generado la música de Vieja Estación:

Hoy, a las 5:30 de la mañana, me fui a pescar. Un botecito, tres pescadores, algunas varas, una red... y yo (¡y muchas lombrices!). Quise cantar, a esas horas, flotando, 61 poemas borrachos. Pero los pescadores no me dejaron cantar. Dicen que tan temprano, si cantas, los peces se confunden. No me entienden, no entienden que, si cantas algo de Vieja Estación, puede pasarte cualquier cosa, menos confundirte.

¡Vuelve pronto, Marie!

viernes, abril 07, 2006

Jueves 6 de abril (primera parte)

No hubo diseños exclusivos ni realizaciones en shantung; no hubo sedas naturales ni encaje de chantilly; no hubo drapeados en color oro viejo ni bordados a mano con pedrería y canutillos de cristal tornasolado; nadie lució creaciones dignas de reinas, infantas y princesas. Nada, pues, de boato: no hubo pompas, terciopelos ni oropeles, aunque sí el glamour de las mujeres que visitan seguido el bar (mujeres cuya belleza empieza a ser proverbial).

Pero, entonces… ¿qué hubo?

¡Hubo rocanrol! Y, alrededor de él, las actividades múltiples, las conversaciones simultáneas y los insólitos personajes que hacen de Ruta 61 el Jockey Club del siglo XXI. Habremos perdido la elegancia y el gusto por la música de salterios, es cierto; pero, a cambio, contamos con un bar para escuchar buen blues y platicar con los amigos.

Anoche, hervía la vida en Ruta 61, por la presentación de Todo perro tiene su día, el más reciente álbum de Vieja Estación.

Dos Señoritas de Aviñón se ensartaban con la Tía Juanita en una discusión sobre política nacional, mientras Mariana Dávila, a medio vestir y muy dark, hacía malabarismos de fuego en la calle, a la entrada, para invitar a los transeúntes a pasar y vivir buen rocanrol.

José Luis Sánchez y Octavio Herrero describían emocionados la participación de Anita Ekberg en Bocaccio 70, mientras Octavio Soto, el Charro, miraba en silencio a la concurrencia, preguntándose cuántos de ellos desobedecerán a Benedicto XVI y asistirán, el viernes 14 de abril, a escuchar su delicioso blues (el del Charro, no el del Sumo Pontífice).

Ingrid Ojos de Mar
saludaba de prisa y con besos casi al aire (ni tiempo daba de chulearle sus preciosos cuasi-caireles), porque ya tenía mesa apartada, con dos amigas, las señoritas Yanina y Romina (al cotilleo entre argentinas se unía, a veces, Gabriela Brontese, inesperadamente platicadora).

Alejandro y Néstor
, dueños del Wicklow de Querétaro, amarraban acuerdos con el Polaco (Ezequiel Espósito) para la presentación del disco en ese hermoso pub estilo irlandés, mañana, sábado 8 de abril, mientras Tomy (Santiago Espósito) saludaba de abrazo y beso al Negro García López, extraordinario músico que alguna vez salvó a cierto baterista de liarse a golpes con un marido celoso; lo salvó, invitándolo al indispensable palomazo, aunque no me acuerdo si don Juan de los Tambores subió al escenario, porque en realidad estaba que hervía y con ganas de medir sus fuerzas (ya podrán ustedes entender quién es el maestro de la Tía Juanita cuando le sale su Inspector Gadget dispuesto a aniquilar cucarachas).

Mauro Bonamico
conversaba con Catire y la chula Solana –vestida como para una buena película francesa-, mientras Silvia Flores y José prometían a la Tía Juanita abrir con ella un Jack Daniel’s que anda rezagado en su casa. Y Marie, que no podía faltar, nos contaba que estaba a punto de irse a Playa del Carmen (ya ha de estar allá), mientras Malena Rouge dejaba su voz entusiasmada en la grabadora de un joven periodista (ese mismo reportero realizaría después una larga entrevista con Vieja Estación, que sería transmitida horas después por radio).

Raúl de la Rosa se paseaba, montado en la eterna sabiduría de quien ha vivido -y creado- los grandes momentos del blues en México, mientras Tania Molina era felicitada por la excelente nota sobre Vieja Estación publicada hace unos días en La Jornada.

Ruta 61 tuvo, además, el honor de contar con la presencia de doña María del Carmen Herrera, madre de nuestro querido Rafael Martínez, ingeniero de sonido del bar y, también, miembro prominente del equipo de producción de Todo perro tiene su día. Doña MariCarmen tuvo el buen tino de ocupar el lugar donde acostumbra sentarse doña Alba Criscuolo, cuando viene a México a visitar a sus hijos, de quienes se siente orgullosa y por quienes experimenta la amorosa alegría de una madre que sabe que sus muchachos están en buenas manos.

Y Betsy, la única Betsy que puede aparecer en nuestra mente, la única Betsy de la que tiene caso hablar, la Pecanins, acompañada de otro grande: Enrique Abrahamson (no sé si su apellido se escribe así, ya investigaré). Ambos, discretos pero contentos, avalando con su presencia el buen rocnarol de Vieja Estación.
Escribo esto en Ruta 61, mientras la pantalla del bar proyecta blues de primera línea. Ya estoy en mi friday night fever, y como en cualquier momento comenzará el espectáculo (Vieja Estación, de nuevo, y Las Señoritas de Aviñón), seguiré más tarde con esta crónica.

miércoles, abril 05, 2006

Toda mesa tiene su pero...

Aquí vemos a Yumiko Yoshika, coreógrafa y bailarina de danza butho, al momento de enterarse –por Lalo Serrano- que había conseguido una mesa en Ruta 61, para disfrutar, este jueves 6 de abril, de la presentación de TODO PERRO TIENE SU DÍA, el más reciente álbum de VIEJA ESTACIÓN.

Yumiko supo apartar a tiempo su mesa.
¿Y tú, querido lector?
3096-3021 y 5211-7602

martes, abril 04, 2006

¡Todo perro tiene su jueves!


No olviden, amigos, que este jueves 6 de abril, Vieja Estación -la mejor banda de rocanrol de la ciudad- presenta TODO PERRO TIENE SU DÍA, el mejor álbum de rocanrol que se ha hecho en este país en los últimos cincuenta años.

domingo, abril 02, 2006

Escapan varios reclusos...

Sigue la muerte haciendo de las suyas, y no hay quien le gane la partida de ajedrez (todos somos Antonius Block). Había mencionado, en otras entregas, las mudanzas definitivas de Ludwik Margules y Alí Farka Touré. Luego, apenas en febrero, se fue Juan Soriano (Guadalajara, Jalisco, 1920). Ahora, se escapan dos artistas fundamentales del siglo XX: Stanislaw Lem (Lwów, entonces de Polonia, 1921) y Salvador Elizondo (México, 1932).

Habrá sido entre 1972 y 1974 que vi, veinte veces o más, Solaris, de Andrei Tarkovsky (con el excelente Donatas Banionis y la bellísima Natalia Bondarchuck, de quien me enamoré inmediatamente).

Solaris es una película de ciencia ficción basada en la novela que Stanislaw Lem publicó en 1961. ¡Cuidado! La pieza de Tarkovsky no debe confundirse con el desafortunado intento de Steven Soderbergh (1992), y aunque muchos consideran que la versión del director ruso es de lo menos valioso que hizo en su vida, yo insisto que se trata de una obra maestra, a la altura de La Infancia de Iván (Ivanovo detstvo, 1962).

Vi la película en un pequeño cine que estaba a cierta altura del Periférico (pero no logro acordarme de su nombre). Luego, la pasaron al Gabriel Figueroa, que estaba en Avenida Yucatán, a una cuadra de Insurgentes. He aquí la crónica de un día en la vida de un adolescente obsesivo: Entro a la primera función, salgo a respirar un poco de aire fresco, me meto a la segunda función, salgo a respirar… y allá voy, a la tercera función. Sólo hice una borrachera semejante en 1979, con Manhattan, de Woody Allen, y esto porque hubo en ambas películas la urgente necesidad de registrar todas las imágenes, todas las palabras, todos los gestos, todo.

Cuento esto, porque a partir de la película decidí que tenía que leer la novela original. Lo hice, y luego llegué a El congreso de futurología. Ahora, Stanislaw Lem ya no escribirá más, lo que me permitirá agotar su obra sin sentir que es interminable.

La primera foto de esta entrega fue publicada por La Jornada el viernes pasado, y me llama mucho la atención. Es Salvador Elizondo a los cuarenta y dos años, creo que en La Casa del Lago. Y digo que me sorprende, porque es una imagen de 1976. ¡Yo recuerdo que Salvador Elizondo se veía ya, entonces, en persona, mucho más viejo! ¿O fue mi propia lozanía la responsable de tal ilusión óptica? ¿O es que la actitud física del maestro explicaba, ya en aquellos años, el cariñoso mote que Octavio Paz le impuso: niño de mil años?

Durante todo 1977, inscrito ya en la Facultad de Filosofía y Letras, asistí a las clases vespertinas del autor de El Grafógrafo. No era propiamente una clase, sino un taller o un seminario, algo así. La cátedra se centraba en la poesía francesa del siglo XIX: Mallarmé, Verlaine, Rimbaud, Baudelaire, Edgar A. Poe (¡sí, el bostoniano Poe es tan francés, como inglés es T.S. Eliot, nacido éste en Saint Louis, Missouri!). Y todos ellos, leídos a la luz de su admirado Paul Valery, quien, gracias a Elizondo –su traductor en México-, se volvió también mi objetivo intelectual y estético (no lo he alcanzado, como tampoco creo alcanzar nunca a Beckett, a quien descubrí por Octavio Herrero, el hoy guitarrista de Las Señoritas de Aviñón).

Ahora, se me aparece la imagen que grabé de esas sesiones en la Facultad: Salvador Elizondo era un hombre pequeño, muy pequeño, de apariencia frágil, con saco de tweed color gris, pantalones de mezclilla y zapatos de gamuza. Impartía su clase sentado y encorvado, acercando sus ojos a un enorme libro, cuyas hojas pasaba con delicadeza y entusiasmo: leía y comentaba, comentaba y leía, hacia digresiones, elucubraciones, viajes a otros mundos de la poesía y del pensamiento, volaba… para luego regresar al libro, como un experto paracaidista que sabe muy bien dónde aterrizar. Su voz, chillona como la de Jerry Lewis en The Nutty Profesor, nos mantenía hechizados durante dos horas. Y, al final, sin capacidad para decir algo, los estudiantes lo veíamos como si se nos hubiera aparecido Buddy Love, el gran hacedor de cocteles explosivos.

¿Quién de los simbolistas imaginó un piano del paladar? No me acuerdo. Recuerdo, eso sí, la explicación de don Salvador. El maestro Elizondo nos contaba, divertido, que dentro del mueble habría una serie de recipientes con diferentes líquidos, cada uno de distintos sabores. Los líquidos serían enviados, por medio de tubos, a la boca del ejecutante, quien podría, entonces, conocer a qué sabe, por ejemplo, el segundo movimiento del Concierto para Piano #2, de Beethoven… ¡o el duetino de Papagueno y Papaguena, de Mozart! (es fácil saber a qué pieza me refiero, si recuerdan la linda interpretación de Simon Callow –el genial Simon Callow- y Lizabeth Bartlett en la película Amadeus –cuando Wolfie acepta componer la música de La Flauta Mágica, con el libreto de su amigo Emanuel Schikaneder).

Fueron sus clases las que me llevaron, naturalmente, a sus libros: El Grafógrafo, El Retrato de Zoe, Farebauf o la crónica de un instante, Miscast, Camera Lucida, El hipogeo secreto. Creo que de este último es de donde Octavio Herrero se inspiró para su canción Fíltrate en mí, en permanente estado de composición.

Pues bien, las cosas son así... y no hay remedio. Apenas en enero recordábamos que hace veinte años desapareció Juan Rulfo, y ahora desaparecen otros. Desaparecer, ésta es la palabra exacta, pues en ella se subraya el necesario suspenso de la vida misma. Así deberían anunciarse las muertes en el periódico: Desaparecieron Stanislaw Lem y Salvador Elizondo. Se ignora su paradero.

lunes, marzo 27, 2006

Notas escritas en el Metro

¿Qué es bloguesía?, dices mientras clavas
en my complete profile tu pupila azul.
¿Qué es bloguesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Bloguesía eres tú.

I

¡Se nos fue la Jessi, hace quince días! Quiero decir, se nos fue de la barra de Ruta 61. La tuvimos poco tiempo, y esos días fueron lindos (al menos para mí, que agradezco profundamente cuando alguien sabe servir un whisky con la exactitud del sabio y la delicadeza de los ángeles). Gracias, mujer, por tu presencia y tu sonrisa. Carambas, qué tristeza. Pero, bueno, desde aquí te mandamos nuestros besos y nuestros abrazos. ¡Y date una vuelta, niña, como ciudadana que eres de Ruta 61! Si Pablo me da permiso, te saco a bailar apenas se nos suban las copas.

II

Creo que voy a publicar esta vez mi serie Ignacio el Furtivo: fotos que hace poco tomé a Ignacio Espósito, uno de mis bateristas de rocanrol favoritos (junto con Charlie Watts y Terry Bozzio). Con precisión de relojería, Nacho garantiza siempre el desarrollo expresivo de Vieja Estación. Pero no sólo eso: quienes lo hemos visto proteger el ritmo de John Markiss, Billy Branch, Max Cabello, Alejandro Marcovich y las mismas Señoritas de Aviñón (cuando Javier García ha tenido que ausentarse), sabemos que Ignacio es algo así como el Jefe del Departamento de Continuidad de Radio Rock and Roll, donde un mal paso o un viento colado inoportunamente pueden tirar la antena que con tanta esfuerzo se levanta para una recepción clara y fidedigna, y donde los ajustes de frecuencia determinada sólo pueden realizarse desde una mente atenta y concentrada en las fibras imperceptibles de la música.

III

¿Quién será Elsinamigos? No sé, pero le mando saludos y le agradezco su lectura. Siempre es bueno saber que hay otras islas, otros náufragos, otras voces. Porque todo blog es eso: un cerillo que se enciende en las oscuras oquedades del silencio colectivo, una botella lanzada al mar de las soledades, una mirada perdida en lontananza, una colección de cursilerías como las que ahora me salen en este párrafo. ¿Qué es un blog? Un frenesí. ¿Qué es un blog? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor blog es pequeño, que todo blog es un sueño, y los sueños… sueños son.

IV

Quiero explicar mejor la dificultad que padezco para controlar mis enojos, y lo voy a hacer con un ejemplo de la actualidad.

Antes, advierto que muy probablemente acuda a las urnas para anular mi voto.

Un conocido mío, abogado él, me confiesa que dio dinero para que, dentro de la cárcel, fuera golpeado cierto individuo acusado de estupro.

No digo nada. No estoy de humor para levantarme y decir que, Juárez dixit, aquí no rige el Código de Hammurabi. Tampoco tengo ganas de organizar en este momento un Simposio acerca de la Constitución Mexicana y la Ley Mosaica. Mejor, doy un sorbo a mi whisky y dejo pasar el asunto. Minutos más tarde, apenas llegamos al recurrente tema de las próximas elecciones, el mismo abogado expresa su repudio por uno de los candidatos…

-¡Es que es un corrupto y un demagogo! ¡El país se hundirá si ese tipo llega a la presidencia!

Escucho a la inefable clase media, tan decente, tan moderna, tan leída, tan culta (¡Ya leí el Código Da Vinci, güey!) La escucho llamar al mismo candidato un peligro para la nación. Al mismo tiempo, los miembros de esa clase media (que le echa la culpa al Gobierno de la Ciudad… ¡porque ya no tengo dónde estacionar mi BMW, güey, no mames!), me dicen que han conseguido muy buenos programas para su computadora a través de la piratería.

Son las mismas personas que me dijeron, en 1997, que cuidado con votar por Cuauhtémoc Cárdenas, porque era una amenaza para la ciudad, y que, además, corrían fuertes rumores de que el hijo de Lázaro Cárdenas era antropófago y que su mamá, doña Amalia, lo alimentaba con niños de Morelia batidos en huevo.

El único que, hasta ahora, me ha dado razones para no votar por un candidato en particular, es Octavio (sí, mi amigo Octavio Herrero). Digo razones, no pretextos ni coartadas, razones, aquellas que son el resultado de un trabajo mental que anda sobre líneas de pensamiento que corren, a su vez, sobre la muy estricta carretera de la lógica formal, donde hay conceptos, determinados por su comprensión y limitados en su extensión, conceptos comprendidos a partir de juicios verdaderos.

Pero es uno entre muchos. A la mayoría, me gustaría provocarle con mi voto retortijones en el estómago.

Otra persona a la que escucho (leo) con atención es a Adolfo Gilly, cuyo reciente artículo (Carta a un viejo compañero) es de veras devastador, doloroso y contundente.

viernes, marzo 17, 2006

Todo perro tiene su día VI

Directo hacia el infierno
Exile on Campeche Street
Uta Madre Level: Cinco estrellas

Just as long as the guitar plays,
let it steal your heart away.
(Torn and frayed)

Le digo a Gerardo, mi hermano –leyenda viva del rocanrol-, que escuche Directo hacia el infierno y que me dé referencias del pasado, porque hay algo en la canción que me lleva a los días en que colocábamos vinilos en un tocadiscos Philips monoaural, con tornamesa de fieltro y brazo de hueso color crema para la aguja de diamante. Mi gemelo suelta lo que escucha su mente…

-Ventilator Blues, Exile on Main Street, pues. Quiero decir, el espíritu de ese exilio voluntario en Francia. Es otra cosa, pero es lo mismo.

En 1971, año de Sticky Fingers, Keith Richards se juntaba mucho con Gram Parsons, quien había grabado, antes incluso que los mismos Stones- Wild Horses, con Flying Burrito Brothers (en Burrito de Luxe, con Leon Russell al piano). Más tarde, en 1972, los Stones decidieron recluirse en Francia –para evitar los excesivos impuestos británicos-, y ahí, en la mansión que Richards y Anita Pallemberg alquilaron en la Riviera Francesa- crearon uno de los más exquisitos álbumes en la historia de la música.

Quienes entonces andábamos por los dulces dieciséis, soñábamos con formar una banda y tocar en alguna azotea de San Juan de Letrán. Yo quería un abrigo como el de Lennon, unos pantalones verdes como los de Harrison y un impermeable rojo como el de Ringo. Nada de eso pude adquirir, porque mi economía y mi pudor no pasaban de Chiconcuac. Gerardo, en cambio, ya comenzaba a comportarse como Keith Richards: pantalones de terciopelo rojo carmesí, a la cadera, y el pelo escandalosamente largo. Fue así como lo conoció Octavio, el hoy guitarrista de Las Señoritas de Aviñón. Al ver a Gerardo, Octavio pensó:

-Este tipo tiene que ser mi amigo.


Otro sueño era grabar un disco en una casa colmada de sexo y drogas, como los Stones en Exile on Main Street.

Ahora, treinta y tantos años después, ya no quiero tocar en una azotea ni drogarme en casa de ricos. De hecho, escucho muy poco rock, casi nada, a menos que suceda un milagro como Vieja Estación. Entonces, puedo pasarme horas y horas ante, por ejemplo, Directo hacia el infierno, donde el amor apasionado se mira en el espejo y descubre su único horizonte posible, el de la decadencia y la devastación (toda pasión es de naturaleza diabólica).

Directo hacia el infierno es una declaración que adivina el infierno en la espalda de una súcubo –yo conozco al monstruo, viví en sus entrañas-. Pero esa revelación nos pone la carne de gallina gracias a la guitarra de Santiago, que inventa un riff de antología y se sostiene de manera espeluznante por la fuerza de Mauro, en el bajo, e Ignacio en la batería, mientras José Luis juega sobre sus teclas como si hubiera sido contratado para amenizar una orgía en Villa Nellcôte.

¿Qué tiene Vieja Estación que me ha devuelto el gusto por el rock and roll? ¡Pues eso, precisamente, rock and roll! Algunos, desde la inopia que produce tanta basura y tanta mierda, pueden no entender lo que digo; otros, arrogantes y temerosos de saberse rebasados, se harán los sordos. ¡Bah, qué importa! Basta escuchar Directo hacia el infierno para comprobar que Vieja Estación es una banda con raíces profundas y ramas que tocan el espíritu de un dios inmortal: la música.

Nota importe: Para tu disfrute, aprieta la estufa color de rosa y escucha Ventilator Blues, con los Stones; y Wild Horses, con Flying Burrito Brothers. Esto es una cortesía de Gerardo Aguilar Tagle, quien ahora afirma que Juanita, de FBB, se parece a Dear Doctor, de los Stones. Ya estudiaremos el caso.

miércoles, marzo 08, 2006

lunes, marzo 06, 2006

Miscelánea entre paréntesis

Pangea I

Como comenté en la entrega pasada, el jueves 2 de marzo tuve la suerte de escuchar a Pangea en Ruta 61. Gabriel González (bajo), Sergio Galván (sax alto), Gus Andrews (trompeta), Edgar de la Torre (guitarra) y Marco Castro (batería), hicieron de la velada una hermosa tela de funk y jazz.

Así, sin mayores trámites ni condiciones, Pangea entra directamente al departamento de bandas que nutren con belleza la singularidad de Ruta 61, cuyo interés primero es el blues, pero que bien sabe cobijar a la parentela mayor y sus géneros aledaños.

Una muy buena noche de música verdadera, donde la precisión técnica no veló el gozo estético, ni el recreo musical impidió las muestras de un virtuosismo sin arrogancia y una sabia discreción en la profundidad de los conocimientos.

¡Uf! Qué manera tan engolada de decir que los grandes artistas son aquellos cuya obra parece un juego de niños, como surgida de la naturaleza. Y Pangea es así: una conjunto de magos que sacan flores, conejos y listones de sus instrumentos y de su asombrosa orquestación.

Ruta 61 en televisión

Coincidió la presentación de Pangea con la visita de las cámaras y micrófonos de Ricardo Rocha, cuyos productores se interesaron en realizar un reportaje acerca de Ruta 61, en general, y de Vieja Estación en particular. Por ahí andaban, además, Miguel Valdez –percusionista cubano- y nuestra adorada Marie, ella acompañada de su hija Marifer y su sobrina María José de Diego, hermosas señoritas que iluminaron la noche con danzas y sonrisas.

Pangea II

Pangea es un acto heroico, y la heroicidad radica en su decisión de entregar belleza en una ciudad cuya constante es la fealdad de la música que consume. ¿Música, dije? ¡Bah! Llamar música a lo que se escucha en las calles del Distrito Federal (en taxis, microbuses, camiones, puestos ambulantes, pasillos del Metro, centros comerciales, fondas y restaurantes) es tan desproporcionado como sugerir que Color Life de Comex tiene derecho a exhibir su propuesta en el Hermitage.

De otra clase de héroes

Si aprietas, lector curioso, la estufa color de rosa, podrás disfrutar de un pasaje memorable de Harry el Sucio. El audio me lo envió nuestro amigo Luis David, desde Santa Ana Chautempan, Tlaxcala. De él, a propósito, recomiendo su blog La página de Contreras, donde acaba de publicar un delicioso soneto.

Pangea III

Digo, pues, que Pangea entra a mi muy personal lista de bandas excelentes en Ruta 61, junto con Vieja Estación, Las Señoritas de Aviñón, AKA, El Charro y sus Moonhowlers, Memo Briseño, Betsy Pecanins y... también, por qué no, La Dalia Negra, que si trabaja su repertorio con un criterio más riguroso puede, entonces, convertirse en una gran agrupación.

Breviario cultural

Pangea (de los griegos pan y gea, es decir, todas las tierras) es el nombre dado por Alfred Lothar Wegener (1880-1930) al supercontinente primigenio, aquel que estaba rodeado por el mar Panthalassa. ¿Cuándo? ¡Ah, pues antes de muchos antes, en la era mesozoica! Desde entonces y durante la era paleozoica inferior, Pangea comenzó a fragmentarse, y en el paleozoico superior volvió a ser un solo continente. Sin embargo, más tarde, Pangea se dividió de nuevo en dos masas continentales: Gondwana y Laurasia (¡Laurasia, qué bonito, evoca el nombre de pila de mi adorada Desdémona Peniche!).

Casi fin de esta entrega

Volviendo a Todo perro tiene su día, y antes de pasar a la tercera canción del disco, tengo que señalar que es en Sin tratos, la segunda pieza, donde se encuentra el verso que da nombre al álbum. Y, a propósito, lector mío, ¿ya tienes tu ejemplar? Vas a darte de topes en la pared cuando se acabe la primera edición y te des cuenta de que cometiste un error al no atender mi sugerencia de adquirirlo ya. Con el tiempo, una primera edición se vuelve tesoro invaluable. Pregúntaselo a quien tiene entre sus viejos LP's la edición original de Their Satanies Majesties, con la portada en tercera dimensión... o el Stand up de Jethro Tull, con un pop up interior que mostraba a Ian Anderson, Martin Barre, Clive Bunker y Glenn Cornick, los músicos, con los brazos abiertos. Pero no sólo hablo de portadas memorables, sino de grabaciones formidables, y es en éstas donde incluyo Todo perro tiene su día, que además cuenta con una hermosa envoltura diseñada por Octavio Herrero, el productor del disco. Y si vas un viernes a Ruta 61, ansioso lector, no sólo podrás disfrutar de una excelente velada de blues, sino que, además, la banda escribirá en tu ejemplar una dedicatoria.

Camel Bonamico

He incluido en esta entrega la fotografía de una cajetilla que me encontré en Ruta 61. La alteración del dibujo se la debemos a Mauro Bonamico, bajista de Vieja Estación y amado hijo en quien he puesto todas mis complacencias.