lunes, marzo 19, 2007

La locura adicional de marzo (primera parte)

Jueves 15 de marzo

Después de merendar en el Jac´s (deliciosos huevos rancheros y café con leche), llego a Ruta 61 y me encuentro con una grata sorpresa: la entrada al recinto ha sido remozada. Ya no tiene la espantosa puerta de metal, tan fea ella, cosa truculenta que a todos nos disgustaba, sino dos lindas hojas de madera con pequeñas ventanas, que dan a quien llega mejores sensaciones, más cercanas a lo que en el interior del Hoochie Coochie Bar siempre ha sido un hecho: la afabilidad y la cordialidad de Lalo Serrano y su gente.

Y los cambios aún no terminan: pronto veremos nuevos detalles y un mejor aspecto.

Ésta es la primera noche de Luis Robinson, y Eduardo Serrano me pide que lo acompañe al lugar donde se hospeda el armonicista argentino, porque ya falta poco para iniciar la velada.

Camino al hotel, Lalo aprovecha para regalarme un sabroso y detallado resumen de su vertiginosa vida. Al mismo tiempo, con una habilidad asombrosa para dejarme en suspenso, responde su celular.

-Pérame, ahorita te sigo contando. ¡Ángel, cómo estás! Sí, mira, llega a Ruta y que te atienda Pepe con todo lo que necesites. Yo llego en veinte minutos.

Es Ángel Dehesa, conductor del programa La noche es joven (canal 40), quien le recuerda que hoy irá con su equipo técnico a hacer un reportaje sobre Ruta 61.

Una hora más tarde, ya estamos debidamente instalados y listos para conocer la armónica de Robinson y disfrutar de un rico y variado repertorio. Como dicta la tradición y el compromiso de calidad, Luis será acompañado por la destreza y la pulcritud de Vieja Estación.

Para comenzar, la banda se suelta con la potencia de Smells like Bar-B-Q, pieza del jovencísimo Kevin McKendree aparecida en Laying´in the Alley, el disco que Big Joe Maher grabó en 1994, con su grupo The Dynaflows (McKendree es el pianista). Y de ahí pa´l real: la deliciosa Grape Jerry, de Clarence Gatemouth Brown; la doliente Tore Down, de Freddie King y Sonny Thompson; y la funkísima Chitlins con carne, de Kenny Burrell. También están presentes B.B. King (Woke up this morning) y Johnny Otis (Hand Jive)...

-¿Sabían que el hijo de Johnny Otis toca el bajo en la primera grabación de Peaches in Regalía? Shuggie Otis es su nombre...

Condescendientes, durante sus pocos minutos de descanso, Luis Robinson y Santiago Espósito me escuchan y agradecen en silencio la información; pero prefieren no darme cuerda con el tema de Frank Zappa, porque intuyen que, de hacerlo, no podrán hacerme callar.

Creo que comienzo a hartar a la gente con mis frecuentes declaraciones de amor a la música del baltimoreano.

-¡Hot Rats, 1969! Lo sorprendente es saber que Shuggy tenía entonces dieciséis años. Bueno, bueno, cambiemos de tema, pues. Salud.

Justo es que Robinson nos muestre su propio material y algo de su amigo Norberto Napolitano, que en paz descanse. Escuchamos entonces la ternura de Nelly (canción del mismo Luis), y de Pappo dos divertidas crónicas de viaje: Fiesta Cervezal y Sube a mi voiture. De esta última, dos de los versos no hacen sonreír por su fingida mansedumbre y por ser fiel retrato de un lenguaje vivo (en ello, el hipérbaton forzado cumple una tarea fundamental):

Desde mi punto de vista,
Jenny lo que hace está mal.


Otros espíritus de la noche son Willie McTell (Statesboro Blues, que tan bien conocen los miembros de Vieja Estación, vía los Allman Brothers), Muddy Waters (Walking thru the park y The blues had a baby), Albert Collins (If trouble was money) y J.B. Lenoir (Mojo Boogie, a través de Johnny Winter).
Continuará.

lunes, marzo 12, 2007

Luis Robinson en Ruta 61

Como ya lo hace con Chicago, el Hoochie Coochie Bar tiende un puente entre México y Argentina, y trae a escena a uno de los armonicistas más prestigiados del blues internacional.

Llega, pues, Luis Robinson, miembro fundador de la Mississippi Blues Band, eterno integrante de Pappo’s Blues y músico invitado de muchas otras bandas legendarias.

Luis Robinson, quien ha compartido escenario con figuras de la estatura de Albert Collins, a la vez que ha abierto en Argentina nueve conciertos de B.B. King y uno de los Rolling Stones (1995), se presentará por primera vez en nuestro país, los días 15, 16 y 17 de marzo.

A partir de las 21:00 horas, Robinson ofrecerá, en el ya famoso Ruta 61, un espectáculo de boogie, blues y rocanrol pocas veces oído en la Ciudad de México.

Con el propósito de garantizar la calidad original de Luis Robinson, el armonicista será acompañado por Vieja Estación, banda argentina que ha demostrado no sólo talento y calidad, sino, además, una sorprendente capacidad para sostener el alto nivel de los músicos de Chicago que se han presentando en Ruta 61 en los últimos dos años: Deitra Farr, John Markiss, Peaches Staten, Carlos Johnson, Grana’ Louise, Dave Specter y Billy Branch.

En la siguiente fotografía, vemos a Vieja Estación y a Laryfer en alegre solaz (Lari Ruiz, Mauro Bonamico, Ezequiel Espósito, José Luis Sánchez, Santiago Espósito, Ignacio Espósito y Fernando Ruiz).


Es conveniente hacer reservaciones anticipadas para cualquiera de los tres días, llamando a los teléfonos de Ruta 61: 5256-0667 y 5211-7602 (o escribiendo a eduardo@ruta61.com). El cover es de 200 pesos.

Ruta 61, Avenida Baja California 281, Colonia Hipódromo Condesa, entre Culiacán y Nuevo León, a dos cuadras del Metro Chilpancingo.

Encuentro en la bitácora de Gonzalo, joven de Salta (provincia ubicada en el extremo noroeste de Argentina), la siguiente referencia a Luis Robinson, a quien escuchó recientemente:

Luis Robinson trabajó con gente grossa como Pappo (o las Blacanblus, o Botafogo; incluso, me parece que hizo las armónicas de un par de temas de los Redondos), y para mí es el mejor tocador de armónica, al menos el mejor que haya escuchado.

Lo único malo fueron las amargas de mis amigas, a quienes sólo les gusta la música de moda (mientras está de moda), así que se fueron despues de comer la pizza.

Pero fue una gran noche de blues, llena de solos heroicos de armónica (como no podría ser de otra manera, viniendo de Luis Robinson).

La sección de espectáculos de La Jornada (miércoles 14 de marzo) publica una nota sobre la visita de Luis Robinson. Para leerla, lector insatisfecho, aprieta la palabra Tania.

Cierro esta entrega con una imagen de 2006, perteneciente a uno de los conciertos ofrecidos por Dave Specter en Ruta 61: Kellie McAvoy y Yo Merengues, en un momento en que mi amigo Dave la descuidó.

A propósito, pronto publicaré mis escritos acerca de este sensacional guitarrista de Chicago, quien me envió por paquetería dos discos de regalo, hermosos, producidos por él: Fortune tellin' man (de Jesse Fortune) y West Side Baby (de Floyd McDaniel). El mismo Specter participa con su guitarra en ambos álbumes.

miércoles, marzo 07, 2007

Las cinco etapas de Las Señoritas de Aviñón VI

Anoche, en Ruta 61 y por la ausencia de Octavio Herrero, quien se encuentra en São Paulo, Las Señoritas de Aviñón incluyeron de nuevo en su alineación a Santiago Espósito, el extraordinario guitarrista argentino cuyo conocimiento de los entresijos y mesenterios de la banda picassiana le permite adoptar como suyo y con absoluta naturalidad el repertorio aviñense.

Perdón por entresijos y mesenterios, pero es que ambas palabras son tan bonitas que busqué –y ahora encontré- el momento de usarlas.

Sigamos.

Así, escuchamos a Jaime vivir con tranquilidad Stormy Monday, Moondance, T-Bone Shuffle, Mistery Train, Sumertime y Hoochie Coochie Man, entre otras piezas clásicas. De la misma manera, lo vimos adueñarse de Magdalena, canción compuesta por Octavio hace ya más de tres lustros, e invitar animadamente a Claudia de la Concha para las versiones de The spider and the fly y Mustang Sally. Por su parte y como siempre, Javier García y Xavier Gaona instalaron una buena base rítmica para el lucimiento de Stanislaw Rascinsky y los mismos Jaime y Santiago.

Mientras escuchaba a Las Señoritas de Aviñón, pensaba en la pregunta que vengo haciéndome desde hace una semana: ¿Cuál es la importancia de J.J. Cale en el ánimo estético de Jaime Holcombe, y qué otras influencias puedo detectar en su voz y en sus gustos?

De su guitarra aún no hablaré, porque Jaime se niega a mostrar lo que verdaderamente podría hacer con el instrumento. En este sentido, él mismo se ha impuesto un papel secundario, acaso semejante al del autor de After Midnight, quien no parece interesado más que en la expresividad de la canción por sí misma, es decir, como composición lírica que basa su fuerza en el hallazgo melódico y en el poder dramático de la voz. ¡Y esto es absolutamente legítimo, totalmente válido! De hecho y por eso mismo, Jaime es considerado una de las mejores voces de Ruta 61 (aquí, los vemos entrelazado amorosamente a Lalo Serrano, dueño del Hoochie Coochie Bar).

Recordemos que Jaime Holcombe proviene, como casi todos nosotros, de una determinada formación musical: el rock. Y el rock es un arma de doble filo: en casos excepcionales y muy particulares, abre puertas y caminos hacia conceptos mucho más amplios y enriquecedores de la música; pero, en general, es sólo un producto industrializado que atrofia gravemente la sensibilidad de las personas e impide a los más jóvenes su necesaria transición hacia la madurez de los sentidos.

Estoy convencido de que Jaime pertenece al grupo de casos excepcionales.

A principios de los ochenta, todavía adolescente, Jaime Holcombe descubrió a Robert Cray. Probablemente, escuchó Who’s been talking, el primer álbum del músico georgiano. O tal vez ya había salido Bad Influence, que apareció cuando la voz principal de Las Señoritas andaba por cumplir sus dulces dieciséis (yo no supe de Cray hasta que Octavio Herrero me mostró, entusiasmado, Strong Persuader).

Cuenta Jaime que este descubrimiento lo hizo interesarse por el blues, donde encontró, como diría él mismo más tarde, una música capaz de contar historias.

Si recordamos el ambiente de aquella época (entre 1982 y 1983), resulta sorprendente que un muchacho de 16 años se haya fijado en Robert Cray, porque la mayoría de sus coetáneos sólo tenía ojos para MTV y oídos para el new wave, etiqueta que la industria del rock supo encontrar frente a la tumba del punk.

Hago una digresión…

A diferencia del rock de los sesenta (protagonista central de su propia época), el new wave no pasó de ser el soundtrack de sí mismo. Sin capacidad de enarbolar una nueva revolución cultural –ni siquiera en el plano musical- (cosa que, a propósito, no era su intención), el rock de los ochenta sólo existió como fondo musical de un encuentro previsible: el de la alegre inocencia de los cincuenta con los frutos de la liberación sexual de los sesenta.

Y si nos fijamos bien, notaremos que esa concurrencia permitió conocer las fantasías secretas de la nueva generación.

Ante la unisexualidad psicodélica de los sesenta y el travestismo de los setenta, los ochenta ofrecieron una cosa cercana a la paidofilia. El infantilismo se convirtió en la conducta sexual más celebrada: Madonna, Cindy Lauper, Michael Jackson, Nina Hagen, Boy George, el mismo Elvis Costello, todos con movimientos de discapacidad y fingidas voces de puericia, parecían invitarnos a no crecer.

Con excepción de Madonna, a quien nunca le he encontrado atractivo alguno, confieso que aún hoy hallo cierta gracia en Girls just want to have fun, Time after time, She bop, Thriller, Beat it, Billie Jean, I’ll tumble, Do you really want to hurt me?, acaso porque en esas piezas percibo rasgos cercanos a mi idea de rocanrol, manera de expresión que siempre evita el estilo melismático pero que sabe dónde cabe una inflexión, dónde encaja un falsete, a qué horas debe sorprendernos con una modulación (por eso mismo, todavía puedo disfrutar de The Reflex y The Union of the snake, dos buenas canciones aparecidas en Seven and the Ragged Tiger, el tercer disco de Duran Duran).

Apartemos a quienes, habiendo participado de los vicios de entonces (el sampleo de la batería, por ejemplo), quedaron a salvo del estancamiento que produce el ceder a los gustos del momento: Talking Heads, Dire Straits, Pretenders

Igualmente, hagamos a un lado y considerémoslos atemporales a quienes ya se encontraban en aquellos días en los territorios de la historia universal: Stevie Ray Vaughan, Van Morrison, Prince, Los Lobos, Frank Zappa... Aquí, lector indignado, coloca el nombre del músico o la banda que consideres fuera de serie y que yo, por descuido y premura, no haya mencionado. Pero evita, por favor, que la nostalgia dicte sobre tus valores.

Para fortuna de la música y del rocanrol (que no es lo mismo), los ochenta sólo fueron una modita y ya sólo suspiran por ella las treintañeras feas que organizan la fiesta de su cumpleaños con los discos de Flans y que aún gritan en sueños por Simon Le Bon y Jon Bon Jovi.

Aquí termina la digresión. Vuelvo a Jaime Holcombe y el blues.

Contar historias está en la naturaleza del blues, afirmación de Jaime que coincide con algo que escribí hace poco: mientras que el jazz piensa y el rocanrol brama, el blues dice, y lo que dice parece estar siempre inspirado en el deseo de curación a través del canto mismo, canto que no pinta paisajes sino que cuenta sucesos, y que no lo hace como el corrido mexicano (desde la posición del testigo ocular o del rumor vuelto leyenda), sino que lo practica desde el drama de la experiencia personal, tan simple y cotidiano que se vuelve conocimiento colectivo.

Cierta noche de 1900, en un barrio de Saltillo, Rosita Alvírez fue baleada por Hipólito, uno de sus pretendientes. El joven enamorado sacó su pistola y metió tres balazos en el cuerpo de la altiva muchacha, que lo había desairado al negarse a bailar con él.

Esa historia se vuelve corrido, y como tal la conocemos.

Con gracia, el cantor suelta la humorada: la noche de su asesinato, Rosita estaba de suerte: de tres tiros que le dieron, nomás uno era de muerte.

Humor negro que anula la posibilidad de compasión (es decir, no podemos participar de la pasión, simplemente estamos leyendo la nota roja de un periódico). Pero, ¿y si Hipólito, desde la cárcel, contara la misma historia y nos explicara el suceso y el terrible desenlace?

Creo que entonces estaríamos muy cerca del blues.

Continuará.

martes, marzo 06, 2007

Las cinco épocas de Las Señoritas de Aviñón V

En 1973, María de la Luz supo intuir que uno de sus ocho hijos corría el peligro de convertirse en una calamidad sin posibilidades de corrección. La música, las maneras de vestir, los amigos, todo anunciaba que Gerardo María sería, durante los próximos años, fuente de las angustias maternas. Para colmo, el autismo de otro de sus hijos amenazaba con agravarse: Agustín (gemelo de Gerardo) no salía del dormitorio y dedicaba sus tardes a escuchar el disco blanco de los Beatles, leer a Edgar A. Poe, deleitarse con la extravagante recreación de instrumentos insólitos hallados en la vieja enciclopedia inglesa de su tío abuelo (el pirófano, por ejemplo) y escribir extrañas historias sobre ogros alados que se alimentaban de niños… o juegos de palabras que él se atrevía a llamar poemas.

Entonces, las amistades de Gerardo eran Billy Nagle, Fernando Ojeda y un muchacho delgado al que apodaban Tiroloco. Con ellos formó un simpático cuarteto de adolescentes dedicados al dolce far niente.

Sin embargo, los cuatro nunca se aislaron del mundo y tuvieron el suficiente talento como para participar en reuniones familiares de las hermanas, cantar canciones de Óscar Chávez o los Bee Gees (Por ti y I started a joke), y demostrar así que también podían comportarse como terrícolas.

María de la Luz sonreía complacida ante esa peregrina reintegración social de su primogénito varón.

La realidad, sin embargo, era otra.

En la morosidad psicodélica de Gerardo María, la música que se escuchaba en su entorno era la de los Rolling Stones y Led Zeppelin. Aunque ya había salido Goats Head Soap, los discos que se tocaban a todas horas en la tornamesa portátil o, incluso, en el Philips monoaural, eran Sticky Fingers y Exile on Main Street, además de Led Zeppelin I, Led Zeppelin II, Led Zeppelin III, el cuarto de Led Zeppelin (el del viejito) y el reciente House of the Holy. Agustín, por su parte, aportaba Preservation Act I, de los Kinks, los siete primeros discos de Jethro Tull e Imagine de John Lennon.

Distanciado ya de las juventudes católicas formadas por los Misioneros del Espíritu Santo y los padres dominicos, Gerardo había sido expulsado del Centro Universitario México (CUM), la preparatoria de los Hermanos Maristas, y recorría la colonia Roma en busca de un antro pseudo-académico que resistiera su irritante comportamiento (mofarse de los maestros, traer el pelo hasta los hombros, usar pantalones color mamey o rojo carmín, de terciopelo y a la cadera). ¡Y lo encontró! Se inscribió en El Instituto América Latina, donde conoció a un tipo con el que se avino inmediatamente, hasta el punto de olvidar a Billy, Fernando y Tiroloco. El entendimiento tuvo razones simples: a ambos les gustaba el rocanrol de los años cincuenta y las cosas pesadas que empezaban a salir en los setenta.

-Acabo de conocer a un maestro sensacional.

-Si es como tus otros amigos, no me interesa que me cuentes.

-No, éste te va a caer bien.

-¿Fuma Delicados? ¡Siempre que vienen tus amigos, la recámara apesta a Delicados!

-Sí, sí fuma Delicados, sin filtro. Pero te va a caer bien. Le gusta el rock pesado: tiene todos los discos de Deep Purple y de Black Sabath…

-¿Tiene ese donde vienen We can work it out y River Deep, Mountain High?

-Book of Taliesyn. Sí, lo tiene. Ya me dijo que me lo presta mañana. A mí me gusta Hush…

-Ese disco lo tuvimos, Shades of Deep Purple, ¿te acuerdas? ¿Qué pasó con él? Me lo saqué de regalo en un Gansito, junto con el primer disco de Wishbone Ash… Oye, ¿y este cuate tendrá la de Paranoico, la que pasan en Vibraciones?

-¡Tiene todo! Y tienes que conocer su casa. Vive en la Roma, en Oaxaca 37, pisos 3 y 4, y el edificio tiene un elevador de esos como antiguos. ¡Y a su mamá no le dice mamá, le dice Car!

-¿Por qué?

-No sé. Son como hippies.


Luego entenderíamos que la familia de ese nuevo amigo no estaba compuesta por hippies, sino por personas ajenas al conservadurismo de nuestra propia familia. ¡Y salirse de la moral familiar fue, sin lugar a dudas, como respirar aire fresco y seductor después de vivir encerrados en las tenebrosas catacumbas de la Iglesia Católica! Años más tarde, mis propios padres, prisioneros de la intolerancia religiosa dentro de la que fueron educados y de la que fueron víctimas inocentes, pudieron respirar, aceptar y disfrutar las ventajas de la libertad de conciencia, sin necesidad de renunciar a su fe. ¿Y la Iglesia Católica? Ésa sigue igual, no tiene remedio. Lo malo es que su hipocresía y su doble moral vuelve hoy a regir los destinos de la República. Hoy somos gobernados por jóvenes católicos, turbios e hipócritas como sus antepasados. Pero eso… eso a mí ya no me importa: he renunciado a participar de una democracia donde prelados, militares, guanabíes y engominados (todos, analfabetas funcionales) forman una sola archicofradía... y siempre se salen con la suya.

Digo que mi madre supo en aquellos días vislumbrar los riesgos que corría Gerardo, y entrever al mismo tiempo que esos peligros contrastaban misteriosamente con la aparente serenidad dentro de la que yo me apartaba del mundo. A esa mujer de inteligencia prodigiosa, los dos extremos le resultaban inquietantes e incómodos.

Decidió, entonces, construirnos un cuarto especial al fondo de la casa de Ma, nuestra amantísima tía abuela (Luz Elena Osorio Mondragón); una habitación para reunir ahí a nuestros amigos. ¡Estábamos que no cabíamos de gusto!

Construido el cuarto, había ahora que conseguir amigos. Y yo no estaba dispuesto a aceptar como tales a Billy, Fernando y Tiroloco.

Una tarde, al salir de la casa y a punto de irme a la Facultad de Filosofía y Letras (a donde iba de oyente, porque ya me urgía volverme universitario), vi llegar a Gerardo con un cuate de lentes, despeinado, encorvado, de ojos azules y definitivamente encantador, de mirada inteligente y conversación sabrosa…

-Mira, él es Octavio.

-Ah, mucho gusto. ¿Te apellidas?


Preguntar por los apellidos era una costumbre que había adoptado de mi madre.

-Martínez Herrero, Octavio Martínez Herrero.

-¿Y de dónde vienen?

-De la Casa de la Paz. Fuimos a ver Go, Johnny go! Sale Chuck Berry y toda la cosa.

Se referían a la legendaria película de 1959.

-Uh, qué padre. Bueno, los dejo, me voy a la universidad. Mucho gusto, Octavio.

-Me dice Gerardo que tú escribes canciones. A ver cuándo nos juntamos a tocar algo.

-¡Sale! ¿Ya le contaste del cuarto que tenemos?

-Podemos convertirlo en cuarto de ensayos.


Fue así como conocí a Octavio Herrero. Y durante tres décadas y media he tenido la fortuna de verlo crecer como músico y convertirse en uno de los mejores guitarristas de la ciudad. Hoy, 34 años después de nuestra adolescencia, Gerardo es amantísimo esposo de Marugenia Sámano, y espléndido padre de dos jóvenes brillantes (Gerardo y Alejandra).
María de la Luz, mi madre, puede estar tranquila en el Cielo. Le salimos inútiles para los negocios, pobres hasta la pared de enfrente, pero muy contentos de la vida, alegres espejos de mi padre, don Agustín Aguilar Rodríguez, que el próximo 20 de marzo cumple 83 años... y que ahora no puede irse a dormir si su hijo Gerardo no le pone encima las cobijas.

¿Y qué tiene que ver todo lo anterior con Las Señoritas de Aviñón?

¡Mucho, mucho! Al menos para mí. Porque el objetivo último de esta bitácora es convertirse algún día, cuando ya estemos bien muertos y casi olvidados, en libro de consulta de los bisnietos. Quiero que sepan esos hijos lejanos cómo vivieron y qué vivieron los hombres y las mujeres que aparecen en viejas fotografías o en videograbaciones mal hechas. Ellos percibirán los hechos del pasado (nuestros hechos) como una serie de sucesos íntimamente ligados entre sí, donde todo tiene explicación, razón de ser. Ellos estarán afuera de nuestro bosque de tiempos, así que podrán verlo en toda su magnitud y entendernos mejor de lo que nosotros podemos entendernos.

Porque el presente es un muro que nos impide ver la historia. Sin embargo, hay una solución: la consciencia del tiempo. Octavio Paz dice (no me acuerdo dónde, así que lo cito de memoria): Aquel que se sabe parte de la historia, está irremediablemente fuera de ella.

Creo que es en Los hijos del limo.

Y estar fuera de la historia es estar aquí, allá y en todas partes, en todos los días, en todos los siglos, ser inmortal. La omnisciencia se basa en la omnipresencia.

Entonces, queridos hijos lejanos, sepan que este abuelo suyo encontraba dobles placeres al escuchar a Las Señoritas de Aviñón. Por un lado, el gozo estético, el gozo puro de la música (ritmos, melodías, modulaciones, armonías, fuegos fatuos que revolotean en alguna parte del cuerpo, quién sabe dónde, a veces en el estómago, a veces en la garganta, a veces en los ojos, a veces en los preparativos del sueño); y por otra parte, el asombro de saber que ese tipo que toca tan bien el blues y ama tanto la música es el mismo que, durante las noches de los años setenta, no soltaba la guitarra ni para dormir...

Encuentro en uno de mis diarios una nota escrita el 14 de febrero de 1979: Octavio y yo acabamos de componer un rocanrol. Se llama You were my queen. Esa canción ha quedado enterrada en el más oscuro olvido, seguramente para fortuna de la humanidad. Sin embargo, la nota es apenas una pequeña muestra de lo que venía sucediendo desde principios de los setenta: el intenso deseo de decir cosas a través de la música. Ahora, al escuchar al Octavio de Las Señoritas de Aviñón, descubro que ese prurito cuasi mesiánico (propio de la primera juventud) dejó paso a algo mucho mejor: el intenso deseo de hacer música, para que la música diga cosas por sí misma.

Con este antecedente, vuelvo ahora al primer disco de Las Señoritas de Aviñón, para hablar de Sensitive kind y de la manera en que Jaime Holcombe nos contagió su gusto por J.J. Cale.

lunes, febrero 26, 2007

Las cinco épocas de Las Señoritas de Aviñón IV

¿Pero cómo? –preguntará alguien. Si dices que, en tiempos de Claudia Ostos, el repertorio de Las Señoritas de Aviñón pareció dividirse en dos rostros (el de la crudeza melodramática y el del desenfado festivo), ¿cómo explicas, entonces, que el primer disco de la banda inicie con la misma Claudia cantando la deprimentísima Stormy Monday?

Recordemos, primero, que T-Bone Walker no es un compositor de blues desgarrador, es decir, el eje de sus canciones no es la expresión abierta del dolor. Al contrario, el humor está siempre presente, así sea en un solo verso, en una frase musical, en un simple acorde, cosas estas dos últimas que tan bien ha recogido Octavio Herrero para su propia guitarra, y que, antes, marcaron el camino de B.B. King y del mismo Chuck Berry, reyes ambos no de la melancolía sin remedio sino del remedio para la melancolía, cada uno en su respectivo territorio.

El humor de T-Bone Walker es el de quien se burla de sí mismo en el desconsuelo, incluso en lamentos como Stormy Monday, o en la gracia que se saca del bolsillo para soportar los malos momentos. Pensemos, por ejemplo, en la letra de T-Bone Shuffle, canción que también se encuentra en el repertorio de Las Señoritas, para comprender que a su autor le gustaba el relajo y reconocía las delicias de la vida.

Hay, es cierto, una lectura histórica de Stormy Monday (el impacto que produjo en 1947, al reflejar la cruda depresión de la posguerra); pero su universalidad se da al reconocer en unos cuantos versos la experiencia del amante abandonado. Y la tristeza colectiva se vuelve alivio individual, lo que a fin de cuentas es una luz de esperanza: si un sentimiento puede retratarse, significa entonces que tiene fin, que es momentáneo, que no es para toda la vida.

Para mí, Stormy Monday es la canción de un tipo alegre a quien le irrita mucho no estar alegre: Quiero, Señor, que me devuelvas a esa mujer no tanto porque la ame... sino porque con ella estaba muy contento.

El diablo susurra: Eso es el amor, mentecato, ¿o qué otra cosa...? ¿No reconoces mis sazonadores?
T-Bone Walker: ¡Ah, bueno! La cosa es que sin ella nada soy, nada me sabe.
El diablo susurra: ¡Tienes el blues, hijo mío!
T-Bone Walker: Sí. ¿Qué hago, qué hago? No soporto estar así.
El diablo susurra: Canta.
T-Bone Walker: ¿Estoy hablando con el diablo o con Mary Poppins?
El diablo susurra:
Canta. Yo sé lo que te digo.

Veamos al autor, escuchemos el blues (creo que el documento data de mediados de los sesenta) y descubramos uno de los estilos que más huellas han dejado en la guitarra de Octavio Herrero. Y que sirva esto para entender, de una vez por todas, que en Ruta 61 tenemos la fortuna de contar con maestros reales, herederos y sustentadores de una tradición y de un tesoro. Porque cuando Las Señoritas hacen Stormy Monday, T-Bone Walker baja del Cielo e ilumina el escenario.

El blues en Stormy Monday

Quien haya sido víctima pasional del desamor, entiende claramente la profunda tristeza de la que habla T-Bone Walker en su Stormy Monday.

Una mujer lo ha abandonado, y todo adquiere entonces el color de la muerte y la desolación. ¿Y ahora qué hago? ¡Tan bien que me la estaba pasando!

¿Cómo son las tardes de domingo? ¿A qué tormentas se refiere la canción?

A la muda tormenta de una alma mal tratada que se descubre vacía, inútil, agotada, sin vida.

Domingo. Por la ventana se cuela la luz de un sol tibio, desganado, luz ambarina que lenta se unta en el suelo y en la pared del pasillo, y deja en el aire una franja de polvo que flota y titila en silencio. Sólo se escucha el motor del viejo refrigerador, y no sucede nada. Sólo sucede el tiempo, indolente y definitivo.

Y el domingo es lunes, martes, miércoles, jueves…

El tiempo se vuelve pastoso, y cada uno de sus minutos son gotas pesadas de nostalgia y melancolía. El tiempo es lodo, y el lodo permanece por efecto de una pertinaz lluvia de aflicciones y desconsuelos apenas apaciguada por la paga del viernes (the eagle flies on friday) y la música del sábado (saturday I go out to play).

Para quien vive el abandono, toda la semana se vuelve un eterna tarde de domingo sin quehacer, mejor dicho, sin capacidad de hacer.

Es el blues.

Y, sin embargo, con el blues siempre hay algo que hacer. Porque no estamos ante el spleen europeo, ante el hastío burgués fruto del pensamiento romántico. El blues, este blues, no es aburrimiento o hartazgo de clase, es dolor llevado al extremo, un estado del alma que lastima el cuerpo pero no lo inmoviliza. Es la infelicidad, el abatimiento, el casi desánimo; se trata, a la vez y solamente, de un sentimiento transitorio de tristeza y desilusión, adecuado y proporcional al estímulo que lo origina, con una duración breve que no afecta a la esfera somática (¡T-Bone Walker va a cobrar su salario, va a tocar el sábado... y el domingo se presenta en el templo!).

El spleen es burgués, y por eso causa modorra, ganas de opio (Baudelaire en el infierno de Rimbaud). El blues, en cambio, pertenece a la clase trabajadora, que no conoce otras formas de curarse más que el trabajo y la diversión.

En 1862, a sus 41 años, Charles Baudelaire escribe El spleen de París, pequeños poemas en prosa que definen su alma fatigada de ser. Leamos, para ejemplo, El puerto...

Un puerto es un lugar encantador para el alma fatigada de luchar por la vida. (...). Además, y sobre todo, para el que no tiene ya ni curiosidad ni ambición, hay una especie de placer misterioso y aristocrático en contemplar, tendido en un mirador o acodado en el muelle, toda esa agitación de los que parten y de los que regresan, de los que tienen aún fuerzas para querer, deseos de enriquecerse o de viajar.

Aaron Thibeaux Walker tiene 37 años cuando lanza su Stormy Monday...

Se habla del lunes tormentoso, pero el martes y el miércoles son peores, y el jueves no se diga: dolorosamente triste. Voy a cobrar el viernes, y el sábado salgo a tocar. El domingo voy a misa, me arrodillo y rezo: ¡Señor, ten misericordia de mí! Busco a mi niña, ¡regrésamela, por favor!

Insisto, una cosa es el spleen y otra el blues, dos estados del alma harto diferentes pero igualmente capaces de producir belleza desde el corazón de músicos y poetas verdaderos. Sin embargo, más vale no confundirlos. El blues se vive en la cama, en la calle y en el trabajo (o en el desempleo). El spleen se ahoga en el Sena o se apoltrona en el diván del psicoanálisis.

Reconsidero la distancia entre el blues y el spleen. Hay un lugar que los convoca y los acerca: el burdel. El burdel es el cruce de caminos donde alguna vez podrían encontrarse Robert Johnson y Charles Baudelaire.
¿Y qué hacen las Señoritas de Aviñón con Stormy Monday, cómo la enfrenta Claudia Ostos, qué dibujan Jaime Holcombe y Octavio Herrero con sus guitarras, cómo reman Javier García y Jorge Escalante de una orilla a otra de la canción, dónde se instala Eduardo Escalante?

Coloca, lector, el primer disco de Las Señoritas de Aviñón en el aparato, ponte los audífonos, sube todo el volumen y escucha. Descubrirás, entonces, que la banda logró una bellísima versión, lenta, lenta, lenta, sentidísima, donde cada uno de los músicos buscó (y encontró) el estado de ánimo correcto para que Claudia describiera con voz tersa y sincera el cold turkey del desamor.

De este disco se habla poco, cosa que me parece injusta. Las mismas Señoritas de Aviñón parecen querer olvidarlo. Yo no pienso hacerlo. Grabado el 7 de julio de 2001, el álbum contiene apenas cuatro canciones, suficientes para recordar cómo sonaba la banda hace seis años.

Continuará.

jueves, febrero 22, 2007

Intermedio II

El swing y la nada

La noche del jueves 21 de febrero, en su programa
Los imprescindibles, TV UNAM transmitió un capítulo más de La Historia del Jazz. Esta vez, el tema fue la génesis del swing. Una delicia: Coleman Hawkins, Lester Young, Billie Holiday, Count Basie y sus Barones del Ritmo, Ella Fitzgerald.

Casi al final, antes de referirse al momento en que Hawkins entra al estudio para grabar la bellísima Body and Soul, pasan aquella legendaria escena en que toda la orquesta de Benny Goodman, apenas comenzado su concierto de 1938 en el Carnegie Hall, sufre un ataque de pánico y ejecuta la primera pieza sin el menor atisbo de swing.

El concierto comenzó con amenazas de fracaso, porque los músicos no se hallaban (Me sentía como prostituta en el templo, dijo más tarde alguno de ellos, al recordar un hecho: fue la primera incursión del swing en ese recinto). Pero el gran Gene Krupa, con un profundo sentido teatral, salvó la situación: llegado el momento propicio, Krupa aporreó su batería con toda el alma... y despertó así al público y a la misma orquesta.

Terminado el programa, me fui al Canal 22 para ver qué estaba sucediendo en el Zinco Jazz Club, desde donde se transmite un programa semanal, previamente grabado. Esta vez, me encontré con un grupo de músicos franceses que hacían ruido para una audiencia complaciente.

El público de todos los bares es por naturaleza complaciente, predispuesto a la diversión, rara vez dispuesto a exigir música. Eso sucede en todas partes, tampoco debo hacer un escándalo. Lo que pasa es que no me gusta que me den gato por liebre.

No vi el programa, sólo el final, así que sería injusto establecer un juicio definitorio. Sin embargo, después de escuchar a Coleman Hawkins y a Lester Young (¡en grabaciones de hace más de cincuenta años!), el oído y el espíritu ya no pueden regresar a ciertas expresiones artísticas (una extraña batucada con tambor, contrabajo y violín) en las que la música pasa a segundo plano y ya sólo importa fingir alegría sobre un ritmo tonto, carente de gracia alguna. Y mira, lector, que no venía de escuchar música supuestamente seria como para ponerme de exquisito, sino el swing, el swing, primo hermano (o tío) del mambo, qué rico mambo, música sensacional, para mover los pies, las piernas, la cintura, el swing de los años treinta. Claro, pasa que venía de escuchar swing y las siempre luminosas notas a pie de página de Wynton Marsalis. Cosas mundanas, pues.

Ese café te acaba

En nuestra ciudad, viajar en taxi es relativamente barato. Yo pago entre 25 y 30 pesos si me llevan de la Escandón a la Fuente de Petróleos. Me parece un precio razonable, decente incluso, apenas diez veces más de lo que me cuesta hacer el mismo viaje en Metro. Soy capaz de pagar esa cantidad con tal de evitarme el tormento que significa escuchar en formato MP3 la música que ofrecen los piratas dueños del comercio en los vagones del tren: el álbum completo de la música grupera, la antología de cumbias y quebraditas, las predilectas de Café Tacuba o los grandes éxitos de Julieta Venegas, cantante con la que los estreñidos pueden dejar de usar supositorios de bisacodilo.

En el colmo de la desgracia, hay que escuchar las románticas de ayer y hoy, con Leonardo Favio incluido…

Hoy corté una flor
(y llovía llovía),
esperando a mi amor
(y llovía llovía).
Presurosa, la gente
pasaba y corría.
Y desierta quedó
la ciudad, pues llovía.


Devuélveme mis manitas

Entre una estación y la siguiente, algún pirata puede arrojarnos a todo volumen Devuélveme mis manitas, una de las historias contenidas en Reflexiones Volumen 5 de Mariano Osorio, donde el joven locutor de Stereo Joya narra el cuento del niño al que le amputan las manitas después de la golpiza que le propina su padre por haber rayado con marcador los asiento del coche nuevo. Y mientras nos vemos obligados a escuchar la trágica historia, un sordomudo coloca en nuestros regazos pequeñas bolsas de contenido vario: chicles Canels, un calendario diminuto con la imagen del Niño Jesús, una paleta sabor mango cubierta de chile piquín. Todo por cinco pesos.

I feel a draft, diría Lester Young

Pero en taxi las cosas no necesariamente son mejores. Puedo toparme con el infortunio de escuchar durante veinte minutos a alguno de los tantos retrasados mentales dueños del espectro radiofónico matutino (con ellos no pienso ser políticamente correcto), o a los nazis que cagan toda su mierda por el culo que tienen por boca (Nino Canún, Eduardo Ruiz Healy y Pedro Ferriz de Con, por citar a los más boquiflojos, los más turbios, los bigotes de la oligarquía).

Zappiencias

Frank Zappa escribió en alguna edición del Chicago Tribune, a finales de los setenta, que gran parte del periodismo musical (él se refería al rock, en particular) está hecho por personas que no saben escribir y que, sin embargo, garabatean artículos sobre personas que no saben hablar, para gente que no sabe leer.

Zappa no utiliza el verbo saber sino el verbo poder, pero el sentido es el mismo.

Podemos parafrasear al Genio de Baltimore y decir que, en México y salvo honrosas excepciones, el periodismo de blues no existe. Aunque Raúl de la Rosa sí ha hecho veranos, lo cierto es que él no es golondrina sino una isla en el mar de la desinformación.

Y es este largo segundo intermedio el que me da pie para hablar de nuevo de Las Señoritas de Aviñón, lo que haré el domingo, porque ya van a dar las dos de la madrugada... y tengo que levantarme dentro de cuatro horas. Mientras, aquí va una fotografía inédita de Octavio Herrero (1986), mucho años antes de convertirse en el Dandy del Blues.

Nos vemos esta noche en Ruta 61, con Las Señoritas de Aviñón (que celebrará el cumpleaños de Nina Simone tocando My baby just cares for me) y Vieja Estación (que celebrará el cumpleaños de Johnny Winter tocando One step at a time).

Nota bene (a posteriori). Ambos grupos nos regalaron una noche espléndida, llena de música... y de pasión por la música. Y eso que Ezequiel Espósito se encontraba delicado de salud, adolororido, con injustos malestares físicos (desde aquí le deseamos una pronta recuperación).

Para cerrar la primera parte y permitir que Ezequiel se retirara a sus aposentos, Santiago Espósito invitó a Jaime Holcombe a cantar las dos penúltimas canciones, cosa que hizo la señorita con esa voz bien puesta y llena de carácter a la que nos tiene acostumbrados. Y al final, al notar la presencia de Nicolás Salado Castro, la banda decidió dedicar a este viejo amigo Mi música y mi fe, canción emblemática en cuyo coro Jaime bordó una segunda voz discreta, respetuosa, casi como no queriendo.

En cuanto a Las Señoritas de Aviñón, éstas subieron también a sus propias cimas, con un bien encanchado Xavier Gaona, un refinadísimo Javier García, un Stanislaw Raczynski que flota con suavidad sobre la banda, un Jaime Holcombe seguro de su capacidad de encantamiento... y un Octavio Herrero que ha convertido su guitarra en vitrina polisémica de citas, homenajes, descubrimientos, reencuentros e invenciones.

En medio, al notar la presencia de Lari Ruiz, la banda decidió invitarlo al escenario e interpretar con él Magdalena, blues de Octavio Herrero que se ha convertido en laboratorio químico para mezcla de sustancias y creación de nuevos colores.

La banda no interpretó My baby just cares for me para celebrar el cumpleaños de Nina Simone (1933-2003), sino que eligió otra pieza, acaso mucho más cercana al blues y al alma atormentada de Nina: I put a spell on you, de Screamin´ Jay Hawkins (de hecho, la biografía autorizada de Nina, publicada en 1992, lleva el mismo título de esta canción sangrante que todos, alguna vez, hemos querido cantar de rodillas).

lunes, febrero 19, 2007

Intermedio

Aquel pájaro que quiere aprender
los secretos del vuelo en la nube,
termina por llover.

Bacilio Macedonio Ruiz

Éstos son mis principios.
Si no le gustan, tengo otros.
Groucho Marx

Pero...
¿qué tiene de malo la inutilidad?

Paul Auster

La credencial del Club de la Estufa Divina es signo de elegancia y distinción, y garantiza a sus portadores una imagen de refinamiento y buen gusto.

Pero su verdadero valor está en que no sirve para nada.

30 orgullosos lectores de El Blues de la Estufa Divina recibirán su credencial el viernes 23 de febrero, durante el concierto de Las Señoritas de Aviñón y Vieja Estación.

Leamos, por ejemplo, lo que recién ha escrito nuestro queridísimo doctor Miranda (dueño de la credencial 009): Antes de leer lo referente a la entrega de las credenciales, estaba planeando ir a Ruta 61, el sábado 3 de marzo, con un contingente de ALUMNAS y uno que otro alumno (ni modo, estos últimos se colaron), para festejar que terminamos el curso y para mostrarles que hay otras cosas fuera de las aulas y de lo que oyen habitualmente en el radio. Entonces, mi querido Agus, no puedo ir el viernes para recoger mi credencial de socio. Espero me la guardes, porque yo también quiero el poder y la gloria por siempre. Recibe un abrazo.

Si embargo y a pesar de que esta credencial es absolutamente inútil (y que, por eso mismo, con ella se obtiene el poder y la gloria), adviértase que en Ruta 61 siempre puede suceder algo a favor de los socios de El Club de la Estufa Divina, porque Lalo Serrano, dueño del Hoochie Coochie Bar, nos quiere bien. Por ejemplo...

EN SU PRÓXIMA VISITA A RUTA 61, MUESTRE SU CREDENCIAL DEL CLUB DE LA ESTUFA DIVINA Y RECIBA UNA CERVEZA GRATIS.
Promoción válida durante el mes de marzo.

El costo de producción de cada credencial fue de 35 pesos. Su diseñadora, Jazmín Tenorio Llamas (intgak@gmail.com), no cobró por su trabajo. Octavio Herrero, autor del dibujo original (1974) del que pende nuestro logotipo, cedió sus derechos.

A ambos, nuestro más profundo agradecimiento.

Muestre su credencial en los establecimientos de lujo, en los restaurantes de postín y en el templo de su fe, y compruebe todos los días que nadie la reconoce, y que con ella no obtiene usted descuentos especiales, regalos ni indulgencias.

Si usted aún no cuenta con su credencial, envíe un mensaje a bastaturostro@gmail.com y solicítela.

Costo de la inscripción: $70.00 (como las 30 primeras credenciales fueron gratuitas, alguien tiene que pagar por ellas).

jueves, febrero 15, 2007

Las cinco épocas de Las Señoritas de Aviñón III

Si de Roma nos llegan tonterías vergonzosas y del Tibet asombrosas perogrulladas, si los océanos de sabiduría y los máximos constructores de puentes metafísicos se dan el lujo de mostrar al mundo su torpeza intelectual, creo que yo no debo sentirme tan mal cuando llego a conclusiones equivocadas.

Digo lo anterior porque, al releer las dos entregas anteriores, algo en ellas me incomoda, algo me deja insatisfecho. Dudo, entonces y por método, de cada una de mis afirmaciones acerca de Las Señoritas de Aviñón y acerca de la misma música.

¿Qué babosada es esa de Ir Más Allá?

Con esa forma de pensar, acabaré escribiendo un tratado sobre La Música como Camino hacia la Perfección Cósmica y el Encuentro con el Ser Genital.

¿Ir Más Allá? ¿Qué diantres es eso? ¿Acaso estoy diciendo que la complejidad del jazz es superior a la sencillez del blues? No, al menos no es eso lo que quise decir.

De cualquier manera, es un hecho que los discursos musicales se enriquecen conforme el lenguaje se multiplica. Y el diccionario de Las Señoritas de Aviñón es cada vez más voluminoso.

El blues dice algo, el jazz piensa algo y el rocanrol brama algo. En los tres casos, no repruebo ni ensalzo, sólo describo lo que percibo. Entonces, siento que Las Señoritas de Aviñón están entre el decir la música y el pensar la música. Por eso, han explorado en los terrenos del jazz (Miles Davis y Thelonius Monk) caminos alternos de satisfacerse como banda y de mostrar al público que su música parte del blues y se abre hacia otros horizontes.

Tercera Época

Cuando Claudia Ostos entró a Las Señoritas de Aviñón y se quedó como voz principal, el grupo pareció dividir su repertorio entre el blues apasionado, visceral, melodramático (Robert Johnson) y la música desenfadada, alegre, festiva (Louis Jordan). En medio, como puente por el que transitaban, Claudia hacia un lado y el resto de la banda hacia el otro, aparecía el blues de Chicago, que a fin de cuentas es el que más peso tiene en la memoria de los amantes del blues en México (gloria e infortunio del blues en México). Exactamente en el punto medio de ese puente de personalidades, Las Señoritas se encontraban verdaderamente juntas al interpretar Wang Dang Doodle, no a la manera de Koko Taylor sino con un estilo que aún no sé definir, conforme a los registros vocales de Claudia, que imprimió a la banda un sello característico durante el período de su estancia.

Continuará.

martes, febrero 13, 2007

Las cinco épocas de Las Señoritas de Aviñón II

El 30 de marzo de 2001, en un periódico de La Piedad, Michoacán, fue reseñado el primer concierto de Las Señoritas de Aviñón ofrecido en esta histórica ciudad, la Zula de los aztecas, la Aramutaro Tzicuirin de los tarascos, el San Sebastián de Nuño de Guzmán, el Non Plus Ultra de Javier García.

El artículo, firmado por Teresa Soto Martínez, es muestra de una triste realidad: carecemos de un periodismo cultural que esté a la altura de las circunstancias, y vivimos en una pavorosa escasez de medios que difundan con decoro la diversidad de nuestras expresiones artísticas, de nuestras labores científicas y de nuestra vida cotidiana.

Hay, es cierto, honrosas excepciones; pero en general no existe un periodismo responsable, dispuesto a la investigación y al análisis crítico; un periodismo que establezca diálogos serios con los artistas y los científicos; un periodismo que permita a la gente contar con luces de referencia , encendidas con conocimiento de causa, para formarse una opinión propia y para interesarse por lo que sucede aquí y ahora.

No reproduciré todo el texto de Teresa Soto, sólo el último párrafo, botón de muestra de cierto periodismo cultural en México:

El concierto (…) fue único y especial, en el que se apreciaron personas de todas las edades, y la mayoría de ellos de un solo estrato social.

Meses más tarde, en diciembre del mismo año, cuando Las Señoritas regresaron a La Piedad, Teresa y su sintaxis recibieron a la banda con singular entusiasmo:

Las Señoritas de Aviñón, en cada una de sus presentaciones, causan una gran espectación (sic), y es que con el nombre que llevan siempre se espera ver a señoritas.

Regresemos un rato al presente.

El viernes 9 de febrero, una corriente de humedad proveniente del Océano Pacífico generó fuertes vientos y tormentas intermitentes. Sin embargo, ese día todas las mesas de Ruta 61 estuvieron ocupadas desde las diez de la noche y hasta las dos de la madrugada.

Ahí estuve entonces.

Con ganas de concentrar mi atención en la música, decidí guarecerme tras la barra, dentro de la jurisdicción de Lluvia, nuestra linda bartender, para escribir en mi cuaderno de notas un capítulo más de Las cinco épocas de las Señoritas de Aviñón.

Pero, antes de seguir con la historia, describo ahora lo que sucedió el viernes que acaba de pasar, porque en este vago retrato caben algunas reflexiones personales acerca de Las Señoritas

La primera hora y media estuvo a cargo de Larifer.

Blues, soul, jazz, funk, música bien hecha, música acertada, sostenida por el talento y la destreza de los hermanos Ruiz (Fernando y Lari), quienes esta vez estuvieron acompañados de Hernán Hecht (Buenos Aires, 1975), baterista fundador de X-Pression Quartet, extraordinario grupo –mezcla de hard bop, free jazz, jazz tradicional, música aleatoria y música electrónica- que ha tocado una sola vez en Ruta 61, hace ya más de dos años y medio, el jueves 5 de agosto de 2004. Lástima que Hernán Hecht y Lalo Serrano no hayan logrado acuerdos posteriores (siempre me quedé con ganas de más).

La segunda hora y media fue cubierta por otra de las bandas que hacen de Ruta 61 un espacio idóneo para escuchar buena música: Las Señoritas de Aviñón, esta vez con Santiago Espósito en lugar de Octavio Herrero, quien se encontraba ese día en Suiza (así de planetarios son mis amigos).

José Luis, capitán del Hoochie Coochie Bar (Pepe, le decimos), llevó hasta mi guarida un vaso de whisky y unas tostadas de cangrejo, las que preferí comer fuera de la barra y en compañía de Ignacio Espósito, baterista de Vieja Estación al que acabo de adoptar como segundo hijo argentino (el primero es Mauro Bonamico, quien acaba de regresar de Italia –así de planetarios son mis hijos).

¿Qué pasó esa noche con Las Señoritas de Aviñón?

Santiago se sabe casi de memoria a Octavio, por quien siente una admiración especial y una afinidad intensa, así es que la banda sonó natural, sin prótesis de difícil acomodo sino con ese juego de espejos que se alcanza cuando dos guitarristas se respetan mutuamente y se retroalimentan a través de sus respectivos lenguajes.

El guitarrista argentino supo añadir su estilo personal a las necesidades de la orquesta, y lo hizo de manera sutil, discreta, sin alterar nunca la estética del grupo.

Ante la ausencia de Octavio, Jaime Holcombe asumió la dirección de la noche. No sólo diseñó el repertorio, sino que condujo al resto de las Señoritas en cada una de las canciones.

Y yo, muy atento.

Anoté en mi cuaderno:

Las Señoritas arrancan con T-Bone Shuffle, de T-Bone Walker. El público agradece con aplausos la alegría de esta pieza. Javier García (batería y coros en love to sing, love to sing, love to siiing, have a ball, have a ball, have a baaaall) y Xavier Gaona (el nuevo bajista) cumplen con su trabajo rítmico y, así, permiten que los respectivos solos de Stanislaw Raczynski y Santiago Espósito fluyan sin adversidades. Jaime Holcombe, por su parte y protegido por su guitarra, canta como sólo él sabe hacerlo; al mismo tiempo, dirige con los ojos bien abiertos el comportamiento de la banda.

Me cuenta Jaime que a veces le gusta modificar el coro y cantar love to swing, love to swing, love to swiiing.

Vino después Hoochie Coochie Man, donde Tomy frotó las cuerdas con su tubo de cristal (bottleneck), y el slide sacó brillo al blues (pienso en la técnica del slide como una manera de hacer comentarios a pie de página, una voz trágica a la vera de la voz principal).

Las Señoritas de Aviñón no es un grupo espectacular, es decir, no desenvuelve en el escenario rutinas corporales ni crea personajes. Las canciones que interpreta no son abordadas como piezas teatrales, y la comunicación verbal con su público es apenas la necesaria, amable pero mínima, medida. La figura central, casi única, es la música, que se desarrolla como ente puro y abstracto mediante códigos del arte temporal (que sucede en el tiempo, no en el espacio).

Para aclarar el párrafo anterior, se me ocurre un adjetivo: música ensimismada, música que se mira a sí misma, música que construye su propia dimensión.

Música, para acabar pronto.

Y esto es raro, porque el blues no es un género que invite a la circunspección ni a la atención muda, como si lo hizo el jazz desde los años cuarenta y cincuenta, con Charlie Parker, Dizzy Gillespie y Miles Davis, entre otros, no por petulancia sino por genuino deseo de ir cada vez más allá en la forma de expresión.

Ir Más Allá significa para un artista arriesgarse a quedarse solo, con muy escaso público. Porque a la gente no le gusta la oscuridad y la incertidumbre, prefiere los parajes conocidos, las formas reconocibles.

Tal vez por eso, Las Señoritas de Aviñón caminan hacia Más Allá con tiento, quitándose los zapatos para no hacer ruido, deteniéndose cuando alguien percibe su movimiento. Creo, incluso, que algunos miembros de la banda tampoco se han dado cuenta de la transformación en cámara lenta.
Si pensamos en nombres legendarios, descubriremos que el blues es música y danza, sonido y movimiento, ritmo y drama. Lo único que mina la expresividad extra musical de las vacas sagradas del blues es la edad o la salud, porque hemos de reconocer que la boca de Buddy Guy, los ojos de B.B. King y las piernas de Albert King juegan un papel importante en la credibilidad que logran sus respectivas maneras de hacer música. Ellos y otros, vivos y muertos (Willie Dixon, Howlin’ Wolf, Muddy Waters), son en el escenario gesticuladores continuos, bailarines inquietos, conversadores permanentes, ministros del culto a sí mismos.

Admitámoslo, parte del encanto del blues no es estrictamente musical sino estrictamente erótico. Y el erotismo es cuerpo, carne, grito, saliva, gemido.

¿Cómo, entonces, entender la sobriedad de Las Señoritas de Aviñon?

Tengo dos respuestas, no sé qué tan atinadas.

a) Desde su fundación, Las Señoritas de Aviñón han querido transitar del blues hacia el jazz, sin abandonar el primero y sin asaltar definitivamente el segundo, y en ese ejercicio de acrobacia conceptual sale sobrando el circo entero, la maroma permanente, el teatro a mansalva, ese teatro al que nos tienen acostumbrados los músicos de blues.

b) Escuchar a Las Señoritas de Aviñón es como observar a Helen Swedin mientras se baña. Ella sabe que estamos ahí, pero se hace la desentendida. Es parte de su bendita perversión.
Encuentra, lector detallista, cinco diferencias entre las respectivas imágenes de B.B. King y Helen Swedin.

Sin embargo, la música no es algo que interese a todos.


Una parte de los asistentes considera que lo que pasa en el escenario es secundario e intrascendente, y dedica su noche a la conversación, predecible pero muy animada. Risas, abrazos, choque de vasos, mujeres gritonas (mientras más feas, más estentóreas; mientras más urgidas más estrepitosas), hombres de reducidísimo vocabulario que apenas si miran de soslayo a los músicos. A veces, sospecho que daría lo mismo tocar un sentido blues que una polka pegajosa o un alegre cuplé (muy sicalíptico, eso sí). Pero, bueno, estamos en un bar y no en una sala de conciertos, así que todos tienen derecho a elegir entre la música y la urgente necesidad de existir para los otros.

Por eso, porque estamos en un bar, es probable que en más de una ocasión Las Señoritas de Aviñón se hayan salido de su propio esquema (la música ensimismada), en busca de la inmediatez y de la atención que siempre se obtiene en la fábrica de ilusiones.

Vuelvo a mis notas (por favor, pío lector, no te distraigas, sigue leyendo mis profundas reflexiones y mis interesantes semblanzas) .

Para condescender con el público masculino, que busca emociones más fuertes, Las Señoritas llaman a Claudia de la Concha para interpretar The Spider and The Fly. Entre los versos ocho y catorce, Jaime hace una hermosa segunda voz, que teje notas altas a la gravedad de Claudia, y es así como la canción, por fin -¡por fin!-, cobra vida.

Más a gusto en esa compañía de voz, Claudia logró dar a la segunda estrofa un nuevo fraseo, con ligeras intenciones de anacrusa; y Tomy mostró en el rostro la sonrisa del apóstol que aprueba la manera de interpretar los evangelios rodantes. Al final, sin embargo, alguien perdió el control y la canción de desconchinfló, hizo agua, estuvo a punto de hundirse: hubo que llevarla a la orilla del lago discretamente, sin aspavientos.

La gente aplaudió. ¡Bah, no pasa nada! El único que siempre padece estos desajustes es Jaime Holcombe, cuyo sentido del ridículo raya en la paranoia.

Es lo bueno de Ruta 61: cuando tocan los grupos de casa, hasta los errores en el escenario se vuelven experiencias colectivas, como cuando hacemos el amor y, por andar experimentando, se nos cae encima la cortina del baño, con todo y el tubo.

Después de recuperar el universo con Moondance, una de las más hermosas melodías en la historia de la humanidad, llegó la segunda invitada de la noche, Male Rouge, quien fue recibida con el cariño de siempre.

Male inició con Rock me, baby, del octogenario Blues Boy King, y se siguió con muchas otras canciones, porque el público no la dejaba bajar del escenario. Después, cuando la menuda argentina pudo al fin despedirse, Las Señoritas aún tocaron un rato más, con un público prendido, satisfecho y agradecido. No puedo asegurar qué es lo que escuché (porque dejé de anotar en mi cuaderno y porque la plática con Ignacio Espósito se había puesto tan interesante como La Crucifixión Rosada de Henry Miller), pero creo recordar a George Gershwin, Albert King, Stevie Ray Vaughan, J.B. Lenoir… y Octavio Herrero.

Sí. Porque, a punto de cerrar la noche, la banda se soltó con una exquisita versión de Magdalena, en la que Jaime jugó con la letra, la alteró y la actualizó para el público presente. Santiago Espósito, Javier García, Xavier Gaona y el mismo Stan Raczynski sonreían divertidos al descubrir a un Holcombe sin grilletes.

Al final, ya sólo quedábamos los necios de siempre.

A sabiendas de mi debilidad por la cursilería, Jaime decidió dedicarme Sea of love, de Phil Philips. Y ahí nos tienen a todos, cantando a coro, do you remember when we met, that’s the day I knew you were my pet, I want to tell you how much I love. ¡Recórcholis! Y yo, criticando Ven, devórame otra vez.

Mejor, volvamos al pasado. Hablemos de la tercera etapa de Las Señoritas de Aviñón, cuyo principio marcaremos con la llegada de Claudia Ostos, Eduardo Serrano y Rafael Martínez, y cuyo final señalaremos con la salida de Eduardo Escalante e Iván Lombardo. Mientras, contemplemos esta tierna imagen de músicos de blues disfrazados de gente de bien.