domingo, agosto 06, 2006

Carta de un renegado

Estimado Agustín:

La verdad, ayer no te ubiqué; lo hago ahora, que reviso las noticias sobre todo esto del plantón: de pronto, que veo unas fotos y me digo:
¡Caray, pues si es el que estaba en la Ruta 61!

Ya había leído la carta donde no se consideraba una buena medida el plantón, y después leí algunas críticas que se hicieron a esa carta. Sin embargo, después leí una nota tuya donde de alguna manera reconsiderabas tu posición al ver la actitud de doña Rosario Ibarra; y me dio gusto enterarme de eso. En lo personal, yo no estaba de acuerdo con la primera carta (la de Monsi et al), porque, al igual que doña Rosario, considero que este tipo de protesta temporal dará resultados importantes en la democracia de nuestro país.

Acudí a las dos marchas y las disfruté como no tienes idea, porque se convirtieron en una especie de fiesta. En ambas ocasiones, no pude llegar al Zócalo. En la primera, sólo llegué al Caballito; en la segunda, debido a la cantidad de gente, logré apenas llegar a la glorieta de Colón.

Estoy de acuerdo con el plantón. Estoy, como todos, a la espera de lo que decida el Tribunal.
Soy médico y trabajo en el Instituto Nacional de Rehabilitación, el cual es territorio blanquiazul. No ten imaginas la bronca que a veces ha sido lidiar con los compañeros, cuando se enteran de mi posición. Me dicen cosas como:

-¡Cómo puedes estar de acuerdo con ese loco! Su propuesta es sólo para los pobres, y no propone nada para la gente de clase media como nosotros.

No he recibido agresiones, pero sí cambios de actitud de algunas personas con quienes no tenía una mala relación. Ahora, el trato no es el mismo: me ven literalmente como un renegado –gracias a la definición hecha por nuestro señor presidente-; pero, la verdad, no me importa, y sólo espero que el saldo sea bueno para todos.

Quizá no le encuentres mucho sentido a esta nota, pero se me hizo buena onda escribirla, porque descubrí que estuvimos muy cerca, porque compartimos el mismo gusto por la buena música y porque yo también soy profesor barco.

Para que me ubiques, soy al que le tomaste la foto con
Vieja Estación. Iba en una magnífica silla de ruedas, la misma con la que recorrí Reforma durante las marchas.

Sonríe, ya nos odian.

Antonio Miranda Duarte


Sor Juana, un peligro para la Nueva España

Todo lo que mueve a los hombres
tiene que pasar necesariamente
por sus cabezas.
Engels
Conversaciones que escucho en la oficina:

Mujer habla por teléfono: ¡Ay, no me digas que eres perredista! ¿Era broma? ¡Ah! ¡Ya me estabas asustando! Te iba a echar un discurso, manita. ¡Ay, sí, ya, que nos deje en paz ese loco!

Mujer –cliente- que me habla por teléfono: Mira, Agustín, hay que entregar el disco con los archivos en Reforma 350, piso 16. ¡Uy, desde ahí tienes una vista muy bonita! Ahorita no, ya sabes, porque están los nacos ésos…

En ambos casos, sólo sonrío. Me estoy acostumbrando a la mezquindad de la gente. Sin embargo, no siempre logro resistir. Sobre todo cuando de amigos se trata. Entonces, por respeto y cariño, hablo, me expreso, defiendo mi posición, a sabiendas de una verdad universal: nadie va a cambiar, por ahora, sus ideas y su postura.

¿Qué hacer? ¡Nada! En cuanto a las divergencias propias de una democracia, no hay nada que hacer: sean bienvenidas y reconozcámonos en ellas.

De cualquier manera, Antonio, ¿cómo entender las inflamadas discusiones en las que nos hemos enfrascado todos, antes y sobre todo después del 2 de julio?

¿Todos?

Sí, todos. Porque el silencio es también un discurso, como bien y genialmente advierte Juana Inés de Asbaje en carta inmortal a Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla y desleal amigo de la jerónima.

Pero el asunto de sor Juana es otro, muy otro, muy siglo XVII.

Aunque quién sabe. Ahora que lo pienso, estamos ante la endémica biografía de los poderosos que se dan mañas mil para proteger sus intereses y sus privilegios.

¿De qué estoy hablando? De una biografía que llamaré, si me lo permites…

La Vida Iterativa de los Oligarcas

En ella, los señores del dinero, apenas ven amenazados sus lucrativos negocios y sus pingües fortunas, muestran fauces y exhiben baba espumosa, gruñen y ladran, lanzan a sus perros de prensa, radio y televisión y se lanzan ellos mismos a la yugular de quien osa poner en duda el valor y la bondad de sus instituciones y de la sagrada libertad guau guau que hemos conseguido a través grrrr mfff de la lucha pacífica de miles de hombres y mujeres de bla bla bla bla, guau, guau, guau, grrrrrr, atrás, atrás, no jueguen con fuego, nosotros generamos empleo, guau grrrrrfff, renegados, no están haciendo perder dinero mucho dinero, las campañas se ganan con dinero, dinero y dinero, irresponsables, violentos, los votos ya se contaron, nosotros somos grrrr guau guau los pacíficos, Juan el plomero hizo bien su trabajo, guau, mffff, tengo en la línea a grrrrr, y si a una monja enclaustrada la hicimos añicos hace más de tres siglos, ¡cuantimás a un tabasqueño que ni hablar sabe!, no se vaya, regresamos en un momento, después de estos comerciales.

Son los mismos de siempre. ¿O ya nos olvidamos de aquellos videos del 97, en los que se quiso ensuciar el trabajo de Cuauhtémoc Cárdenas con difamaciones? ¿Ya nos olvidamos de la manera en que, años más tarde, los medios quisieron linchar al ingeniero y hacerlo renunciar, cuando un cocainómano fue asesinado afuera de una taquería?

A mí no se me olvida: son los mismos.

Octavio Rodríguez Araujo nos recuerda que el 30 de julio de 1988, Héctor Aguilar Camín escribió en La Jornada que las elecciones de ese año habían sido las menos inventadas de mucho tiempo (…), las más limpias (…), las más verdaderas.

Dieciocho años más tarde, hace apenas unos días, en un desplegado publicado en Reforma, el mismo Aguilar Camín dictamina, antes que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TFPJF), que no hubo fraude, que la elección fue ejemplar.

¡Y ay de aquel que dude de la transparencia de las instituciones de nuestra democracia!

-Porque si dudas, me señala Fiodor en su casa –a la vez que me sirve un exquisito whisky-, si dudas, amigo mío, entonces eres un anarquista.

Dudar, sospechar (como ahora lo está haciendo el mismo Tribunal, al menos en cuanto al 9.07% de las casillas), es crimen de lesa democracia, de lesa civilidad.

Y en este trance, Antonio, ni te angusties, recibiremos insultos, mofas, acusaciones de estar hipnotizados por uno de los seres más perversos que ha dado este país, lector apasionado de Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Daniel Cosío Villegas, entre otros, pasión que no lo hace ni mejor ni peor... pero que siembra mucho en mi simpatía personal.

Seguramente ya te tocó recibir algún mensaje o leer alguna nota en el corcho de tu oficina: ¡Sonríe, perdieron!

Pienso, al leer y escuchar las poco creativas parodias...

Pienso, Antonio, que la dignidad y la lealtad a los principios
nunca es pérdida.


Así es que, sí, sonríe, porque ahí a donde vayamos seremos el hazmerreír y el objeto de indignación de nuestro círculos.

Recórcholis, a los mudos les va mejor.

Volvamos al tema de los mudos

Creo que muchos silencios se visten de noble imparcialidad, cuando en realidad están adoptando saludables evasiones y sabias indiferencias.

¡Ah, salud y sabiduría, cuánta falta me hacen! La vida es más fácil cuando navegamos con la bandera de yo no sé nada.

Pero, aunque envidio la frescura de los indolentes –que tanto contrasta con nuestras aflicciones-, prefiero, Antonio, la irritación y la vehemencia de quien –de un lado o de otro- decide expresarse, a riesgo de equivocarse, a riesgo de incomodar, a riesgo incluso de lastimar temporalmente a sus amigos, a riesgo de ensuciar la imagen que de él tiene su gente, a riesgo de descubrir que vive en medio de personas que no comparten sus preferencias políticas y menos su ideología (subrayo la palabra, y la pronuncio con la sospecha marxista de que se trata de una patología histórica, una enfermedad social a través de la cual la burguesía mantiene el control de los medios de producción).

Saquemos del paréntesis a Marx

Advertencia: soy un pésimo lector del filósofo alemán, a pesar de que en la adolescencia lo tuve muy de cerca, gracias a mi amigo y maestro el bachiller Fiodor Martinson Blacksmith, que me hizo leer el Manifiesto Comunista, Once tesis contra Feuerbach –donde viene eso de que dejemos de interpretar el mundo y dediquémonos a transformarlo-, y el primer volumen de El Capital, que por supuesto nunca terminé. Más tarde, mucho me ayudó don Adolfo Sánchez Vázquez (Cádiz, 1915), gigante de mil cabezas, tesoro que recibimos en 1939, de quien leí tres libros –por motivos académicos, en la Facultad de Filosofía y Letras-: La estética del marxismo, Cuestiones estéticas y artísticas contemporáneas y Valor del socialismo. Con eso y otras cosas, cometo el atrevimiento de pensar…

Subo a un estrado imaginario y pregunto a la multitud de renegados:

¡Renegados del país! ¿Vamos de veras a luchar contra la ideología imperante, ésa que promueven los medios de comunicación y los dueños del dinero?

La multitud responde al unísono: ¡Suponemos que sí!

Levanto la voz: ¡No es nuestra vocación, no es nuestra misión, acaso ni siquiera sea nuestro interés!

La multitud grita fuerte: ¡Pues…!

No paro, sigo: ¡Pero nos mantenemos en la lucha, porque estamos convencidos de que la naturaleza del sistema actual genera injusticia y desigualdad! Sin embargo, compañeros, ¿vamos a luchar contra esa ideología con otra ideología, aquella en la que nos inventamos –desde una formación judeo cristiana- la reconstrucción del paraíso perdido?

La multitud vocifera: ¡Repítenos la pregunta!

Me calmo, hablo pausado: Por muy emocionante que esto sea, ello significaría estancarnos en una idea del mundo, y toda idea del mundo es parcial, acrítica y radicalmente débil para modificar la realidad.

La multitud se voltea a ver entre sí, hasta que pregunta: ¿Y entonces?

Concluyo: Contra ideología, hay que oponer materialismo histórico, método científico, comprobaciones reales de las cosas.

La multitud brinca: ¡Sí, sí, es cierto, pero eso lo haremos después, apenas se cuente voto por voto, casilla por casilla!

Sonríe un 9.07%

Bueno, está bien: ganemos algo de lo perdido no sólo a través de una obstinación rebelde (que se explica por los resentimientos sociales, los agravios palpables y la existencia de un poder arrogante) sino también con la convicción de que hubo antes, durante y después de las elecciones una voluntad conjunta de obstruir las legítimas aspiraciones de un hombre –y de muchos que lo apoyamos- por obtener el gobierno del país para un proyecto de nación alternativo (un proyecto que, dicho sea de paso, no tiene entre sus tareas acabar con el capitalismo ni imponer la dictadura del proletariado).

Pero al mismo tiempo, creo, debemos preguntarnos quiénes somos (Fiodor se va a reír de mí por mi insistencia clasista).

No soy negro, no soy indio, no soy judío,
no soy árabe, no soy mujer,
no soy homosexual…
¡soy un simple trabajador!


Tú y yo –y muchos otros que lo han olvidado- pertenecemos al proletariado, porque no somos dueños del capital y nuestra única fuente de ingresos es la propia fuerza de trabajo.

Asumir conscientemente una posición de clase no es cosa fácil, desde el momento en que la burguesía no sólo controla los medios de producción sino que, para colmo, inocula en muchos trabajadores su propia ideología, a tal grado que parte del proletariado llega incluso a defender ideas que la envilecen.

El materialismo histórico busca ser una teoría científica capaz de vencer a las ideologías. Así, en mi caso, intento madurar mi posición de clase sobre una teoría y no sobre una idea, para contribuir a la interpretación del mundo a partir de una hipótesis: es en la economía y en los modos de posesión de los bienes materiales donde se encuentra la base de toda transformación social.

Sin embargo, en cuanto al momento que estamos viviendo, hay que recordar que el mismo Marx afirma que no son las voluntades individuales, ni las ideas, sino lo material, la vida económica y social reales del hombre, las necesidades económicas y los intereses económicos los que mueven al mundo.

En ese sentido, insisto, debemos considerar a los dos candidatos no como líderes sino como representantes de clase.

Con Felipe no hay problema: al no ser ni por asomo un líder, es fácil determinar su representatividad: los intereses de la oligarquía (representatividad voluntaria o involuntaria, consciente o inconsciente, no sé; en cualquier caso, evidente). Y la señora que sale en esta foto con el candidato de Acción Nacional, podrá decir que representa a los maestros; sin embargo, todos sabemos quién es y a quién representa.

Con Andrés Manuel es más difícil, pues su indudable liderazgo impide que muchos en la clase media no sólo no se sientan representados en su persona sino que, incluso, les parezca merecedor de su odio (un odio enfermizo que aún no logro entender muy bien); por otro lado, quienes sí nos sentimos representados por el Peje, caemos fácilmente en disculpar sus errores de liderazgo (porque todo liderazgo es catártico, y la pasión frecuentemente debilita la razón).

¿Qué hacer, entonces?

Uno de los mayores disgustos que mantengo en la vida se debe a la imposición musical de la mexicanidad. Alguien decidió, hace mucho tiempo, que los mariachis representan a la nación. Entonces, siempre me ha dado un pavor enorme salir del país y regresar envuelto en la fama internacional, porque segurito que mis compatriotas me recibirán en el aeropuerto con mariachis, que sigo siendo el rey, que los machos de Jalisco afamados por entrones… por eso traen pantalones.

Si llego a vivir tan desgraciada bienvenida, le diré al mariachi que calle y le pediré que se arranque con un tatachún, que yo traigo la letra, qué pues. Entro yo, maestro… y después de que diga No me…, se sueltan ustedes, señores, muy bravos, en gustan.

No
me
gustan los mariachis, no me gusta su cantar,
ay, ay, ay, aaaaaaay.
No es muy prieta mi paloma ni mi gallo es el mezcal,
ay, ay, ay, aaaaay.
Yo prefiero que se vayan todoooooooooooos…


Silencio, aullidos, albures y, sin cantar sino a grito pausado:

¡…a chingar mucho a su madre, señores!

Porque…
no
me…
gustan los mariachis,
no me gusta su cantar, ay, ay, ay, ay.
(y así hasta que la gente entienda).


Cada quien elige a su representante, y hacerlo es un derecho que nunca merecemos perder. Y en política, creo que no sólo debemos acudir a las urnas sino también mantener un diálogo constante con nuestro delegado, reflexionar sobre los programas de gobierno que propone, ver cuáles son viables y cuáles son perfectibles: hacer que mande obedeciendo.

Y ya que evoco a los zapatistas con la última frase, insisto en que es hora de unir fuerzas, llegar a acuerdos entre todos los grupos de izquierda. ¡Mucho bien le haría a Andrés Manuel López Obrador buscar encuentros y diálogo con personalidades mucho más fuertes que las que hasta ahora lo rodean! ¿Pues qué, no fue así como formamos el Frente Democrático Nacional, en 1988, antesala del Partido de la Revolución Democrática?

Bueno, Antonio, pero todo esto viene a cuento porque últimamente has experimentado (como muchos) la dolorosa distancia de compañeros y amigos.

¡Bah, no te preocupes!

Mira, tú sabes (porque la vida es rica en lecciones) que es muy fácil perder un amor por naderías; pero, también entiendes que un verdadero amigo se mantiene hasta en las peores condiciones y los más profundos desencuentros.

Es mi caso. Yo sé quiénes, al final de la tormenta, seguirán cerca de mí, aceptándome como soy. Los demás, qué bueno que estén enterados de que soy políticamente insoportable. A fin de cuentas, soy un tipo antisocial. Si me quedo con mi familia, con mi mejor amigo (Fiodor) y su familia, con dos grupos de blues que se alegren al verme... y con el dueño de Ruta 61, ya la hice.

Creo que si hoy me diera el patatús, aproximadamente cincuenta personas llorarían junto a mi tumba. ¿Para qué quiero más?

Por favor, rocíen mi cadáver con un whisky comprado por Fiodor... y préndanme fuego.

Además, creo que no es difícil convivir con alguien cuya posición política es contraria a la nuestra. Lo casi imposible es tolerar a los mudos que sólo abren la boca para lanzar consignas de escepticismo universal seguramente inspiradas en Jiddu Krishnamurti: ¡Todos los políticos son iguales, una bola de corruptos! ¡La única manera de cambiar el mundo es transformando el corazón de los individuos!

Si alguna vez escuchas a alguien decir tamaña tontería, pregúntale qué piensa acerca de la evolución de las especies. Estoy seguro de que te va a decir que no cree en ella, que todos venimos de Adán y Eva.

Volvamos a los desencuentros

Son diversas las motivaciones que nos lleva a cada uno a defender una u otra postura, y creo que ninguna de ellas se acerca a lo que entendemos por razón, entendida ésta como la serie lógica de argumentos objetivos que se aducen en apoyo a algo (René Drucker Colín dixit).

Y temo que nos estamos moviendo en un mar de opiniones: en aguas turbulentas, cuando en un mismo espacio nadan apreciaciones encontradas; y en aguas tranquilas, cuando nos bañamos en zonas donde flota el mismo sentir.

Y esto se da no sólo en medio de acontecimientos políticos como el que ahora vivimos, sino en la mayoría de los temas que nos incumben como seres humanos y que nos afectan como individuos. Sin embargo, la mayoría de las veces encontramos modos de convivencia o maneras de dejar a un lado nuestras divergencias de opinión: yo tengo amigos que se niegan a aceptar la homosexualidad como un fenómeno natural, y amigos homosexuales que se escandalizan al saber que alguien es bisexual; tengo amigos que no pueden entender que alguien dude de la existencia de Dios, y amigos que consideran la fe como una superstición; tengo amigos que consideran a Ricardo Arjona como un atentado al buen gusto y a la poesía, y otros amigos para quienes el problema no es Arjona sino la tiranía de escucharlo en la calle.

A ti y a mí –y a muchos otros- nos ha tocado movernos en océanos donde las opiniones contrarias a la nuestra se concentran: somos como sillaginopsis panijus (unos diminutos pececitos) que caen en dominios del paracentrotus lividus, erizo de mar cuyas lesiones son muy molestas porque al ser muy frágiles sus púas se parten y se quedan incrustadas en nuestra piel.

Termino citando a Carlos Monsiváis (que no está de acuerdo con la estrategia del bloqueo, pero sigue firme en su defensa del voto por voto, casilla por casilla):

No presumimos del monopolio de la verdad,
pero sí ratificamos las demandas jurídicas y la argumentación moral.


Un abrazo, Antonio.

jueves, agosto 03, 2006

¡Carlos Johnson en Ruta 61!

Creibas que no había de hallar amor como el que perdí. Tan al pelo lo jallé, que ni me acuerdo de ti. Una sota y un caballo burlarse querían de mí. ¡Ay, malhaya! ¿Quién dijo miedo? ¡Si para morir nací!

Amigos, les contaré una acción particular: si me queren, sé querer; si me olvidan, sé olvidar. Y sólo un orgullo tengo, que a nadien le sé rogar. ¡Ay, que la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar!

Vaya esta entrega dedicada a Antonio Miranda Duarte,
acompañada de un abrazo y de todo mi agradecimiento.


Entre las buenas noticias que me llegan, está la de la inminente visita de Carlos Johnson a la Ciudad de México.

El músico de Chicago (1948) se presenta en Ruta 61 los días 17, 18 y 19 de agosto. Habrá, pues, que estar preparados para disfrutarlo cómodamente y en todo su esplendor.

Recordemos, a propósito, que Eduardo Serrano, dueño del Hoochie Coochie Bar, nunca se equivoca cuando de traer buen blues se trata: basta pensar en John Markiss, Billy Branch y Grana’ Louise para contar con tres argumentos de mucho peso y afirmar, con ellos, que nuestro querido Lalo es el genio de los aciertos.

Admirador en su juventud de Jimmy Hendrix y de Led Zeppelin, Carlos Johnson trae en su sonido la influencia de Otis Rush, Albert King, Elmore James y T-Bone Walker, hecho con el que se vislumbra una serie de veladas memorables.

Además, habrá que escucharlo entonces tocar Key to the highway, de Big Bill Broonzy (1893-1958), obra maestra que merece un monumento tanto en los terrenos de la música como en los estrechos pasillos de la poesía.

Me refiero a la misma canción con la que Jaime Holcombe nos deleita a veces, ciertas noches, cuando Las Señoritas de Aviñón acuerdan el repertorio a tiempo y cuando la dulzura invade a Yeims... Entonces, somos tratados con mucho amor y untados con ese lamento insolente, esa historia por tantos vivida.

Apenas escucho decir a Jaime el primer verso, muevo mi vaso de whisky… y los hielos aplauden sin distraer.

Key to the highway es una canción de voluntad liberadora nacida del demasiado dolor, el dolor del desamor, el dolor que significa la expulsión del paraíso y al que no le queda más que masticarse a sí mismo.

¿Cómo freír espárragos?

Big Bill Broonzy nos sugiere una retirada digna y altanera, con mucha suficiencia: salir corriendo pero en cámara lenta, como sin prisa, con la débil esperanza de escuchar una retracción; comenzar a andar esa vieja carretera asegurando a los cuatro vientos que el camino nos llevará a donde nos conocen mejor, mujer, donde mejor nos tratan, carajo; advertir, además, como lo hace la sabiduría popular, que las chanclas que se tiran nunca se levantan; deleitarse, incluso, con esa fingida manera de soltarse las amarras.

Ya luego, muy a solas, cuando nos hemos convertido en un punto en el horizonte, ponernos a llorar a moco tendido.

Cantar Key to the highway no ha de ser fácil. Vivirla es un acto heroico. Escuchársela a Jaime Holcombe es un placer indescriptible. Nos falta saber qué sucede con ella en la garganta de Carlos Johnson.

Y mientras llega Carlos, platiquemos de un artista mucho más joven: Nicolás Martínez Marentes (Ciudad de México, 1987).

De las tantas concomitancias diarias y de sus efectos devastadores
en la defensa teórica del libre albedrío

Primera Parte


No me lo van a creer, pero acaba de sucederme una de esas combinaciones de hechos que me dejan cariacontecido, patidifuso, anonadado, meditabundo e inmensamente hiperbólico. Juzguen ustedes.

Con el propósito de no olvidarlo, escribí en mi cuaderno de notas el siguiente pensamiento, garabateado sin mucha reflexión pero con sensación de acierto y de feliz hallazgo estético:

Leer la Suite de los Manifestantes es como escuchar a Satie.

La afirmación nació de mi más reciente visita a El Pingüino Rosa, el blog donde Nicodemus Martimar, fundador y líder de la Orquesta del Iris, acaba de publicar un cuento espléndido y cautivador, cuya forma evoca eso que en música llaman suite.

Con atrevimiento y con ganas de ser el André Salmon de Nicodemus, doy al cuento el nombre de Suite de los Manifestantes, porque es una narración modular en la que se reúnen trece piezas, cada una de las cuales tiene cierta independencia y mucha vida propia, a la vez que representa un momento de la historia general.

¡Estaba yo en lo cierto cuando, hace cinco meses,
dije que había visto un pavorreal disfrazado de pingüino!


Si en El sentimiento en el estómago (13 de marzo), Martimar desarrolla la idea del abismo como un concepto espacial que parece atraerlo (es símbolo de la grandeza espiritual), ahora, en su Suite de los Manifestantes, vuelve a dividir el mundo en arriba y abajo; y mientras que sus héroes viven abajo –como ángeles caídos-, los personajes antagónicos habitan las alturas, están arriba, son pobladores del aire, son criaturas leves e insubstanciales que flotan ligeras (sus alas las mantienen en su pasmo).

Esta dicotomía se manifiesta desde la segunda sala (Sonrisas), donde Martimar escribe:

Los demás están arriba de las nubes, donde está la luz. Se pasan la vida sonriendo y volando de un lado a otro, como si supieran a dónde ir. Yo solía ser uno de ellos hasta que, cierto día, decidí detenerme. Traté de recargar mis alas en las nubes, pero fue imposible. No retomé el vuelo, me dejé caer.

¿Es desprecio o es nostalgia? Digo, porque la primera oración parece dicha –o pensada, o escrita- por un habitante de Comala (el cielo de los abismados). Recordemos el lamento de Pedro Páramo ante la ausencia de Susana San Juan:

A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, están escondida tú, Susana. Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde ya no puedo alcanzarte ni verte y donde no llegan mis palabras.

Las sonrisas de la Suite son de los alados, no las de los personajes principales (Mérede Sofía, Espiegel el Ciego, Esveglio, Amilia Dértoma, Brenlo Tiérez), que se parecen más al melancólico niño Pedro Páramo, en su conciencia de la soledad y en el lugar que habitan, la noche eterna.

Continuará.
Nicodemus Martimar y Grana' Louise
(dos criaturas de Abajo)

Cuando las Piedras hablan...

Va esta entrega dedicada a Luis David Contreras.
Gracias, Luis, por recordarme mis propias palabras
y, así, devolverme la memoria.


Al adherirme a la carta de Carlos Monsiváis, Rolando Cordera, Adolfo Sánchez Rebolledo y Jenaro Villamil, recibí mensajes de aceptación y de acuerdo. Hasta llamadas por teléfono tuve, para decirme que aplaudían mi adhesión.

Una sola piedra puede desmoronar un edificio.
Francisco de Quevedo y Villegas

Ahora, leo a una de mis más grandes heroínas, reconsidero mi adhesión anterior (sin dejar de sentir un gran aprecio por Monsi, Rolando, Adolfo y Jenaro, así como por aquellos amigos que respiraron aliviados al pensar que los marcianos me habían devuelto al mundo de los cuerdos) y me adhiero a la indignación de una gran mujer, doña Rosario Ibarra de Piedra, que ha estado ahí, en la calle, mucho antes que la mayoría de nosotros; y ha estado ahí por razones que van más allá de su digna, dignísima maternidad. Vaya la publicación y mi adhesión a su carta como un homenaje a una de las grandes mujeres de mi país y de mi tiempo. Estoy orgulloso de ser su contemporáneo.

A todos los inconformes con el plantón.


¡Qué barbaridad! A los señores empresarios no les da vergüenza decir que "cifran pérdidas en $435 millones por el primer día del plantón" (La Jornada, martes 1º de agosto).

¿Habrán pensado estos señores y todos los demás caballeros "vehiculares" (por llamarlos de alguna manera) las "pérdidas" de los miles de mexicanos pobres que cruzan la frontera norte del país, en busca de empleo, muchos de los cuales "cifran" la pérdida de sus vidas?

¿Se habrán imaginado siquiera la desesperación de los millones de indígenas que han luchado por justicia desde hace más de 500 años y sólo pueden "cifrar" represión, abandono y miseria en sus vidas?

¿Pensarán unos minutos cuando menos en los miles de desempleados que han convertido al país en un enorme tianguis, porque no encuentran otro modo de ganarse la vida? ¿Adivinarán en cuánto "cifran" su ganancia del día?


Los señores empresarios que se quejan del bloqueo, ellos tan buenos para "cifrar"... ¿querrán algún día "cifrar" las cantidades de niños que mueren por desnutrición, de la gente que muere de enfermedades curables, de los pobres viejos que quizá podrían vivir un poco más en mejores condiciones, cuántos serán?

¿Imaginarán las muertes del 2 de octubre del 68, del 10 de junio del 71; de ferrocarrileros, de maestros, de los asesinados en Acteal, en El Charco, en Aguas Blancas, en El Bosque, en Atenco, de los triquis y los mixes en Oaxaca, de cientos de campesinos en Guerrero y en Puebla...?

¿Se acordarán de la "cifra" de los mineros muertos en Pasta de Conchos? ¿Habrán "cifrado" las injusticias cometidas contra los pobres en todo el país?


¿Habrán pensado estos señores en nosotros, familiares de los desaparecidos políticos?

¿Podrán "cifrar" el dolor que durante tantos años hemos sufrido por la falta de justicia?

No, creo que no, por eso les decimos que para la mayoría de los mexicanos, la justicia está secuestrada, la tienen desaparecida como a nuestros familiares, por eso, nos atrevemos a decirles a los trabajadores que se quejan del plantón y del bloqueo que hagan un pequeño sacrificio por todos los que durante tanto tiempo hemos sufrido injusticia.

Les pedimos que se pongan de nuestro lado, porque bien vale la pena el sacrificio que por corto tiempo harán, para poder ganar la democracia y no seguir viviendo en la hipocresía de un gobierno como el actual.


Comité ¡Eureka!, Rosario Ibarra y Agustín Aguilar Tagle

Nota: El Comité ¡Eureka!, fundado en 1977 para luchar por los derechos de los desaparecidos, perseguidos y presos políticos, recibe su nombre de la expresión de alegría de Arquímedes, quien –después de resolver en su cabeza un conocido problema de física- salió desnudo a las calles de Siracusa para gritar ¡Eureka, Eureka!, que significa ¡Lo encontré, lo encontré!

Jesús Piedra Ibarra, hijo de doña Rosario, desapareció el 18 de abril de 1975. Estaba acusado de pertenecer a la Liga 23 de septiembre.



martes, agosto 01, 2006

Sonríe, ya nos odian.


DEMOCRACIA YA, REFORMA PARA TODOS.

Transcribo la carta a la que me adhiero.

Estimado Andrés Manuel López Obrador:

El plantón emprendido por la coalición Por el Bien de Todos, declarado por usted, es una protesta justa, pero no puede ni debe convertirse en un agravio para la ciudad de México al transformarse en un bloqueo de vialidades públicas y afectar a tantos. El bloqueo, no el plantón, es un hecho de insensibilidad profunda que lastima una causa que es de muchísimos. ¿Cómo se puede presionar a los poderosos con algo que en primera y última instancia perjudica a las clases populares? ¿Cuál es la lógica de estos campamentos sobre el arroyo vehicular que provocan tanta indignación?

Como dice muy bien el editorial de La Jornada, "esta forma de lucha sería inobjetable y legítima si la presencia de los manifestantes se limitara a aceras, camellones y áreas no vehiculares, y no impidieran el libre tránsito a los ciudadanos. Pero la colocación de los campamentos en las vialidades constituye, además de un error político que dará munición a los críticos del movimiento y les enajenará voluntades y simpatías ciudadanas, un atropello a los derechos de terceros que deben ser tutelados y garantizados por el gobierno capitalino".

Si no quieren desvirtuarse, las causas legítimas y legales no deben imponerse sobre una ciudad y sus habitantes, y es injusto lastimar primero a los capitalinos, y sus autoridades, y dejar para más tarde la confrontación con los responsables de ese magno fraude que se inició con el desafuero. No le hallamos sentido a esta agresión deliberada a los derechos de trabajadores, automovilistas, pasajeros y choferes de autobuses y taxis. No vemos de qué modo se avanza en la justicia electoral si en el camino se ofende sin razón a una sociedad. No se puede reducir un movimiento nacional a un problema grave de vialidad. No se puede dejar en segundo plano la marcha más grande de la historia de la ciudad de México.

Insistimos: el plantón no es la afrenta, sino el estrangulamiento de calles y avenidas.

Atentamente:

Rolando Cordera, Carlos Monsiváis, Adolfo Sánchez Rebolledo, Jenaro Villamil y Agustín Aguilar Tagle.

viernes, julio 28, 2006

Florilegio de alborotos V

Primero, lo primero.

Quienes hemos tenido la suerte de escuchar en vivo a Vieja Estación, sabemos que estamos ante la mejor banda de rocanrol de esta amada ciudad. Y si, para colmo de gracias, se cuenta en casa con Todo perro tiene su día, su más reciente álbum, entonces cualquier duda se despeja: al fin, una banda concentra en su música los más altos valores del género, enriquecido en este caso por el blues que el grupo viene cultivando en Ruta 61.

Muchos parroquianos no se han conformado con deleitarse con las piezas y las interpretaciones del grupo argentino, sino que, a veces, se acercan a sus miembros para solicitar mayores beneficios. Por eso, dos de ellos han sido convencidos para que, en su tiempo libre, impartan clases de su instrumento: José Luis Sánchez y Santiago Espósito.

Si alguno de mis tres lectores está interesado en conocer algunos secretos de la guitarra de blues y de rock, no dude en comunicarse con Santiago (Tomy, le decimos sus parientes); o si desea explorar la magia y el arte de los teclados, ahí esta José Luis (Josefáin, le decimos al saludarlo con los brazos abiertos).

¿Qué esperas? ¡Llama ya!
5584-9330

jumpin_sánchez@hotmail.com
tomyduane@hotmail.com

domingo, julio 23, 2006

Esa viscosa manera de arrancarme la placa

La Tierra es plana, y quienquiera que rechace esta afirmación es un ateo que merece ser castigado.
Abdel-Aziz Ibn Baaz, suprema autoridad religiosa de Arabia Saudita, fatwa de 1993.


Todo lo que usted y su novia no harían ante Jesús… ¡no lo hagan! Es pecado.
Dawlin A. Ureña, pastor.


A ver si me doy a entender...

Creo que fue Lenny Bruce quien dijo que si Jesús hubiera sido ejecutado hace apenas sesenta años, hoy los niños católicos irían a la escuela con sillitas eléctricas en sus cuello en lugar de cruces. Y la estrafalaria insinuación del comediante neoyorkino (1925-1966) tiene doble filo:

1. La reflexión humorística sobre los crímenes de odio. En el caso de Jesús, ese odio fue sembrado por el Sanedrín, que era lo que en el México de hoy es el Consejo Coordinador Empresarial, grupo capaz de convertir a Cri-Cri en alacrán si lo escucha cantar La Sandunga.

2. La graciosa mención a esa imperiosa y tribal necesidad que tienen los creyentes de hacer pública su fe y de hacerse notar con signos exteriores, a la vez que advertir públicamente que ellos son diferentes y dueños de la Verdad (así, con mayúscula dogmática).

Si todo quedara en el chiste de Lenny Bruce sobre la exteriorización de la fe, no tendríamos por qué incomodarnos (aunque Jesús condena las prácticas hipócritas de escribas y fariseos -sepulcros blanqueados los llama en el capítulo 23 de Mateo-).

A mí, personalmente, no me molesta que alguien traiga colgado un crucifijo, a menos que en la crucecita diga Chinga tu madre, Agustín. Entonces sí, como que ya no se vale: empiezo a sospechar que la religión de ese individuo tiene el claro propósito de eliminarme o, al menos, de aterrorizarme psicológicamente.

Hace muchos años, compré una crucecita de plata en El Palacio de Hierro, y se la regalé a Alejandra (q.p.d.), recién la conocí, con el propósito de que cayéramos juntos en el pecado que san Pablo menciona durante su primera Carta a los Corintios (6, 18-19). Así que hasta le encuentro cierto toque de buen gusto y mucha capacidad seductora al recuerdo de lo sucedido en el Gólgota hace más de dos siglos.

El problema es que, luego, los fieles pasan fácilmente de la práctica íntima de su fe al deseo irresistible de convertir al prójimo a través de la evangelización (con el pretexto de que Jesús dijo que todos predicáramos la buena nueva -sí, pero no se refería a que nos convirtiéramos en vendedores por cambaceo-). Por eso, cuando alguien llega, me abraza y me dice hermano, tengo que determinar rápidamente si se trata de un borracho o de un cristiano, porque de ello depende mi respuesta.

Viene esto a cuento porque el sábado me encontré con un viejo amigo, a quien quiero mucho -pero de veras mucho-. Nos abrazamos, casi nos besamos, besé a su mujer, abracé a uno de sus hijos (siempre quise llegar a la edad de decir con naturalidad: ¡Pero si estás enorme, muchacho!) y conversamos.

De pronto, sin motivo alguno, se arremangó la camisa con evidente deseo de que yo descubriera en su muñeca derecha un listón azul con el nombre del candidato de Acción Nacional a la presidencia de la República.

Supongo que su gesto tenía como propósito iniciar la eterna e irresoluble discusión sobre nuestras diferencias políticas, culturales e ideológicas. Digo, no nací ayer.

Me hice guaje, como siempre lo hecho. ¿Qué caso tiene buscar pleito por el legítimo derecho a portar y mostrar un listón, cuyo significado –hasta donde entiendo- se centra en condenar de manera intransigente el legítimo derecho de otros a dudar de la limpieza de las recientes elecciones?

Otras personas me han propuesto prender en mi solapa un pequeño moño tricolor, para manifestar así mi convicción de que otra vez, como siempre, nos quieren dar gato por liebre. No lo he hecho ni pienso hacerlo, por la sencilla razón de que podría así irritar a personas a las que quiero mucho. ¡Mejor dejémoslo así, guardemos silencio cuando tengamos la oportunidad de reunirnos! Hay tantas cosas hermosas en la vida, y de ellas podemos platicar, incluso sin necesidad de estar de acuerdo.

Sin embargo, pasé la tarde del sábado con una extraña sensación de desasosiego, porque descubrí una constante en mis relaciones amistosas: parece que elijo a mis amigos de acuerdo a su capacidad para lastimarme, herirme, molestarme y ofenderme.

Recuerdo a otro amigo, al que quiero de veras mucho. Cuando éramos adolescentes –y a sabiendas de que yo era entonces un católico fervoroso-, se solazaba en blasfemar frente a mi persona y en cometer actos vandálicos contra símbolos asociados a mi fe. Una vez, se orinó sobre una pequeña Virgen de piedra colocada en un callejón de Coyoacán, acto con el que no sólo ofendió mis creencias sino que demostró su estúpida barbarie.

Otro amigo adorado –el mismo que ahora porta su listón azul en la muñeca-, se pasó años afirmando una de las mayores sandeces que he escuchado en mi vida (y creo que sigue sosteniendo la misma babosada): ¡Que Charlie Watts no sabe tocar la batería! El problema era doble: con tal aseveración, mi amigo demostraba su absoluta sordera musical; pero lo más grave estaba en su insensibilidad, en su falta de tacto… porque, como miembro de los Stones, Charlie Watts es sagrado, intocable, divino.

Este amigo bien sabía que al insultar a Charlie nos hería a Gerardo –mi hermano gemelo- y a mí en lo más profundo del ser.

-¡Ay, pero qué delicados!

Pues sí, así somos. Nos hicieron de piel muy fina.

Advierto que hoy soy agnóstico, y como tal no afirmo ni niego la existencia del otro mundo. De cualquier manera, evito generar en mi corazón relaciones metafísicas con mis semejantes (la excepción es mi Diosa Madre, que hoy se encuentra sentada en una enorme hoja de loto, flotando apaciblemente en el caldo del cosmos primigenio; ella, María Coatlicue Yocasta Afrodita de la Luz, espera pacientemente la siguiente vuelta del tiempo, para volver a nacer el 25 de septiembre de 1926). Sin embargo, admito que, por la inclinación de mi carácter, siempre siembro en mi alma las semillas de veneración hacia las personas que amo y hacia las personas que admiro.

Sin embargo, entiendo que esto no siempre lo entiende la gente. Así es que muy seguidamente experimento un dolor intenso cuando alguien clava otra espina en la corona de Nuestro Señor Jesucristo, que es toda la gente a la que amo, toda la gente a la que quiero, toda la gente a la que admiro.

En fin, a los amigos no puede uno cambiarlos. Hay que quererlos así, como son, incluso cuando nos escupen. Pasemos a otra cosa.

París, 11 de mayo de 1923. Comienzo a sentir una terrible sed de ternura. La gozaría más violentamente que nunca. Antonin Artaud, en carta a Génica Athanasiou.

Ciudad de México, domingo 25 de mayo de 1986 (medianoche). Programa Teléfono Abierto de Radio Información.

Terminan Las Mañanitas y el locutor alza la voz:

-¡Presentamos al grupo juvenil que se está colocando ya en los primeros lugares de popularidad: Mamá-Z!. Pero antes de escucharlos, va una fábula… para todos los chiquitines que no se han dormido.

-Bien, niños, ahora sí, a la cama. Dejen que sus papás disfruten de Mi casita de paja, con Tehua. ¡Y no se olviden que lueguito escucharemos a Mamá-Z!

-¡Qué bien se oye Mamá-Z, amigos! Ahora, vayamos con la Orquesta de Pedro Morquecho, que interpreta Pobre Mariposa, para todas las damitas que esta noche se han puesto muy románticas… y hasta quieren bailar.

-Volvamos con Mamá-Z. ¡Somos los padrinos de estos muchachos! Pero antes, ¿nos enteramos de lo que dice el horóscopo? Veamos. Libra, tu talento brillará y te dará momentos gratificantes.

Octavio y yo, que estamos en cabina, guardamos absoluto silencio durante todo el programa. Nos miramos el uno al otro, sin saber qué hacer. Terminada la transmisión, el locutor cierra el micrófono, se voltea y nos susurra paternalmente:

-Muchachos, hasta aquí llegamos. Perdón, recibí instrucciones para no transmitir esa de miamornomedejessolo.
-¿M’amor?
-¡Ésa! Es que eso del entresijo… ¿No habría manera de quitar esa parte?
-¡Sí, claro!
-Bueno. No duden en traer la versión bonita de M’amor, ¿eh? Espero que no les haya molestado la censura, pero hay cosas que…
-No, no, por favor, está bien. Muchas gracias.

Salimos de la estación, subimos al carro, encendemos sendos cigarros. No hay mucho que decir, hasta que Octavio propone una estrategia:

-Te invito unos tacos en el Tizón.
-Sale.
-¿Y si le decimos a Gerardo que cambie eso de... desde hace rato que te miro el entresijo?
-Podría ser... Desde hace rato que te beso el entresijo. Métete en esta calle…
-¡No me digas por dónde! Yo sé llegar.

Sábado 22 de julio de 2006, a mediodía, tres miembros fundadores de Mamá-Z (Octavio Herrero, Óscar Fernández y Agustín Aguilar Tagle) hacemos acto de presencia durante la ceremonia de apertura del Paseo del Rock Mexicano, acompañados de Vieja Estación (actualmente, la mejor banda de rocanrol de la ciudad) y Lalo Serrano (dueño de Ruta 61), así como de Nicodemus Martimar y Vichis (líderes de la banda D-Lyria). Vivimos entonces nuestros quince minutos de fama. ¡Pero nadie se entera! Paradojas del star system.

La canción que logramos dejar incrustada en la historia de Occidente, para deleite de la futura antropología, es M’amor (no me dejes solo).

Autor de música y letra: Gerardo Aguilar Tagle
Álbum: Esa viscosa manera de pegarme las ganas
Año de composición: 1985
Fecha de presentación a Mamá-Z:
sábado 11 de enero de 1986.
Fecha de grabación: lunes 28 a miércoles 30 de julio de 1986
Voz: Agustín Aguilar Tagle
Guitarras: Octavio Herrero y Gerardo Aguilar Tagle
Batería: Óscar Fernández
Bajo: Jorge Escalante
Coros: Paco Barrios, Jaime López, Armando Vega Gil, Óscar Fernández, Gerardo Aguilar Tagle, Octavio Herrero, Jorge Escalante y Sabo Romo.


Domingo 23 de julio de 2006. Pues no duraron las placas del Paseo del Rock en el Parque Ramón López Velarde. La de Mamá-Z aún sigue ahí (quién sabe por cuánto tiempo). Otras, en cambio, como la de Jaime López, ya fueron arrancadas.
¡Bah! No importa. Sólo espero que, si desaparecen todas las placas, la nuestra también corra la misma suerte. De lo contrario, podría pensarse mal de los antiguos trabajadores del Laboratorio de Teatro y Taller de Autoayuda Margaret Dumont (Mamá-Z).

viernes, julio 21, 2006

Esa viscosa manera de colocar una placa...

El legendario laboratorio de teatro Mamá-Z –que fue, además, taller de autoayuda antes de la caída del Muro de Berlín-, ha sido invitado a la inauguración de 50X50, Paseo del Rock Mexicano, organizada por la Delegación Cuauhtémoc.

Este paseo ha de ser como el Rock and Roll Hall of Fame, pero en guaraches y con sabor a elote con crema y chile piquín.

Y sucede que algún consejo de sabios decidió que Mamá-Z debe ser reconocido por su contribución al Estudio del Mecanismo Psíquico de los Fenómenos Neuróticos como Resultado del Parricidio en la Etapa Oral.

Muchas gracias.

Quienes participamos de este proyecto (1984-1996), hemos de decir que también compusimos algunas canciones, cuyo fin fue siempre tener entretenidos a nuestros pacientes mientras leían las revistas médicas en la sala de espera.

El homenaje colectivo (quién sabe con qué tipo de gente nos van a juntar) se celebrará este sábado, 22 de julio de 2006, a las 13:00 horas, en el Jardín Ramón López Velarde (Avenida Cuauhtémoc, Orizaba, Huatabampo y Antonio M. Anza), en su extremo norte, frente al Centro Médico Siglo XXI.
Será Virginia Jaramillo Flores, jefa delegacional, quien presidirá esta actividad cultural y nos hará entrega (a nosotros y a una multitud) de un reconocimiento por nuestra aportación a… algo.

Mamá-Z fue Octavio Herrero, Gerardo Aguilar Tagle, Óscar Fernández, Jorge Escalante, José Hernández Prado, Ana Laura Márquez, Óscar Sarquiz, Agustín Aguilar Tagle, Cecilia García-Robles, Paco Barrios, Alejandra Ortiz Canseco y Sabo Romo, entre otros.

El cancionero de Mamá-Z se encuentra contenido en varios álbumes: Mamá-Z (el Disco Rojo), Esa viscosa manera de pegarme las ganas, Mójame el alma entera, Canciones de domingo, No hay guirnaldas de olvido ni flores para el olvido de ti I y II, Las Moscas de Metepec, Las Orquídeas Susurrantes y Episodios Perdidos.
Durante su labor humanitaria, Mamá-Z hizo muy buenos amigos. Entre ellos, Guillermo Briseño, a quien vemos aquí con Gerardo Aguilar Tagle. Ambos son, sin duda, leyendas vivas del bugalú, del rocanrol y de la música a go-go. Atrás, sonriente y de blusa color de rosa, aparece María Eugenia Sámano Valenzuela, que en su mocedad inspiró varias melodías de Mamá-Z, como Morir de amor (Parir chayotes) y M'amor (no me dejes solo).

Al final de sus días, Mamá-Z incluyó en su repertorio un blues compuesto por Octavio Herrero: Magdalena, que todavía hoy puede escucharse en Ruta 61, interpretada por Las Señoritas de Aviñón.

lunes, julio 17, 2006

¿Qué hay en la mente de una señorita?

En 1932, la calle de Holbein (Mixcoac).

Es el año en que nace Salvador Elizondo. Mi Diosa Madre tiene seis años, y mi padre ocho. Shirly Temple comienza su carrera cinematográfica (¡a los cuatro años!). Los Hermanos Marx estrenan Plumas de Caballo. Ni los Beatles ni Raúl de la Rosa han nacido aún.


En 1984, Mamá-Z en la Nápoles.

Entonces, mi difunta esposa tenía apenas 14 años (nos haríamos novios dos años más tarde). Alejandra, que vivía en la calle de Galveston (en el mismo departamento donde florecería nuestro concubinato, entre 1993 y 2002), preguntaba a su padre, don Felipe Ortiz Gordoa:

-Oe, papá, ¿qué será eso de Mamá-Z?
-¡Quién sabe, m'ija! Alguna bandita de la Escandón. Es gente de baja estofa que no tienes que conocer.
-Bueno, papi.
-Prométeme que nunca vas a ir a la Escandón, m'ijita.
-No, papi.

En 2006, un regalo para los habitantes de la Condesa.

A fines de abril, visité por primera vez la Librería Rosario Castellanos del nuevo Centro Cultural Bella Época, ubicado en donde hasta hace poco estuvo la sala cinematográfica del mismo nombre (aunque su nombre de pila es Cine Lido). En esa ocasión, salí con una breve autobiografía de Benito Juárez (Apuntes para mis hijos), un álbum de Mario Lavista (Cuadernos de viaje), dos discos de la colección Voz Viva de México (Juan Rulfo y José Emilio Pacheco) y Oh, no! Just another Frank Zappa Memorial Barbecue!, el mejor homenaje a Frank Zappa que he escuchado en mi corta vida. Pertenece a Le Bocal, banda de extraordinarios músicos franceses (aunque aparece en ella una pianista italiana, Rita Marcotulli, cuyas ejecuciones están a la altura de George Duke). Este disco le va a fascinar a mi amigo Josefáin. El próximo viernes, sin falta, le llevo una copia.

He vuelto varias veces a la Librería Rosario Castellanos, y en una de ellas conseguí mi disco de Arvo Pärt, del que ya les he platicado, pacientes lectores (recuerden La mujer con la caja de alabastro).

El CCBE aún adolece de algunas deficiencias, y mi amigo Octavio me las hizo ver. Claro, pasa que el guitarrista de Las Señoritas de Aviñón (y hoy director general de Ogilvy One) es muy tiquismiquis y difícilmente se conforma con las ofertas provincianas, porque ha tenido la gracia de conocer ciudades –Madrid, Nueva York, París, Chicago, Buenos Aires, Santiago de Chile- donde el amante de los libros, del cine y de la música puede volverse loco de alegría ante la multiplicidad de opciones de consumo.

He aquí a María de la Luz Tagle Osorio, mi hermosísima madre, a fines de los cuarenta, con el Cine Lido al fondo.

Y volviendo al asunto de los libros, me acuerdo cuando, en La Habana, Octavio y Cecilia (su esposa y mi mejor amiga) se metieron conmigo en una librería. ¡Qué horror, qué vergüenza! Yo, tratando de defender la Revolución (así, con mayúscula)… ¡y el lugar ofreciendo best sellers tipo Librería de Cristal! Bueno, bueno: en honor a la verdad, no buscamos bien, porque La Habana tiene buenas librerías, como la Cervantes –dedicada a libros antiguos-, ubicada en Obispo y Bernaza, Habana Vieja, y la Grijalbo Mondadori, en O’Reilly 4, Palacio del Segundo Cabo, en la Plaza de Armas de la misma Habana Vieja. Digo, pasa que nosotros fuimos a La Habana e hicimos mucho; pero no pensamos en libros. Repito, hicimos mucho: la compañía de Cecilia García-Robles es siempre un viaje mágico y misterioso, una excursión a las zonas más agradables y hermosas del alma; con ella, todo vuelve al orden primario, a la cordura del espíritu, al entendimiento del universo. Así que, imagínense: viajar con ella a La Habana fue como si Octavio y yo hubiéramos sido guiados por el mismo Alejo Carpentier.

A propósito, Cecilia pronto estará de nuevo en el escenario, como integrante de la esperada banda de Claudia Ostos. ¡Eso habrá que vivirlo, claro, en Ruta 61!

Decía que Octavio es ahora el nuevo director general de Ogilvy One (CEO, es decir Chief Executive Officer; no vayan a pensar que me refiero al titán de la inteligencia del que habla la mitología griega). Y en ese gigante de la mercadotecnia, el autor de Magdalena apoyará las estrategias de firmas como American Express, Nestlé y Volvo.

De veras que son raras las Señoritas. Jaime Holcombe y Javier García están igualmente metidos en asuntos de publicidad y mercadotecnia, y Jorge Escalante es ingeniero de cosas atmosféricas en la UNAM. ¡Y su música es el cielo! Esto prueba que la mente de una señorita es siempre un misterio, un laberinto digno de recorrerse.

En 1942, la inauguración del Cine Lido.

En el otoño de 2005, Octavio Herrero publicó un artículo en el primer número de Punto Condesa, revista de corta vida fundada por Jean Benoit Bataille y Adriana Estrada.

Dicho artículo trató, precisamente, sobre el Cine Lido, inaugurado el 25 de diciembre de 1942. Sin embargo, Octavio no menciona la película de estreno: A caza de novio (Her cardboard lover), con Norma Shearer y Robert Taylor, dirigida por George Cukor. La entrada costaba entonces $2.50.

En 1998, el blues de las Señoritas.

El Bella Época (cine antes, y ahora centro cultural) está ubicado en la esquina sureste de las avenidas Tamaulipas y Benjamín Hill, juntito al diminuto lugar –que ya no existe- donde escuché por primera vez a Las Señoritas de Aviñón. De aquella noche, recuerdo la presencia de David Huerta, el poeta (hijo del genial Efraín Huerta, a uno de cuyos poemas -La rubita del Metro- Octavio le puso música), y lo bien que ya sonaba la banda. Muy lejos estábamos entonces de conocer a Lalo Serrano y a Claudia Ostos.

En 1999, las Señoritas en otras partes.

De esos primeros días de Las Señoritas de Aviñón, tengo registrados los que correspondieron al concierto en el Centro Cultural Mixcoac y al concierto en el Parque de los Venados, foros ambos que entraban dentro de mis responsabilidades como Subdirector de Servicios Sociales y Culturales de la Delegación Benito Juárez.

En 2000, cuando perdimos la Delegación Benito Juárez.

Terminada la administración del doctor Ricardo Pascoe, dejé la función pública y entré a trabajar como mesero en un restaurante italiano de la Colonia del Valle, a la vez que me reunía con Raúl Bretón (dueño entonces del mencionado restaurante), en su casa, durante las mañanas, para trabajar en un proyecto que nunca llegó a plasmarse en la realidad: la puesta en escena de Maestra Vida, la hermosa Ópera Salsa de Rubén Blades. Más tarde, cuando entró a trabajar en la Secretaría de Transporte y Vialidad, como Director General de los Centros de Transferencia Modal, Raúl me invitó a desarrollar con él un proyecto de atención a los niños de la calle y a los niños en situación de calle (que no son los mismos unos y otros), cuya vida se concentra, precisamente, en los espacios destinados a la transferencia modal (Pantitlán, Indios Verdes, Aeropuerto, Taxqueña, etcétera).

Maestra Vida

No soy un seguidor de la salsa, pero el trabajo de Rubén Blades siempre me ha gustado. Y la historia que se cuenta en este par de álbumes (primera y segunda partes) coincide con mi gusto por cierto tipo de teatro (Bertolt Brecht, por ejemplo: Madre Coraje y El Círculo de Tiza Caucasiano, por mencionar dos obras que presencié en mi adolescencia: aunque de manera subjetiva, percibo en Maestra Vida líneas de pensamiento y atmósferas semejantes a dichas piezas).

En la grabación de Maestra Vida no sólo participa Willie Colón (trombón) sino también otros músicos igualmente talentosos, como Leopoldo Pineda, José Rodríguez y José Torres. Además, como digo, la historia que se cuenta toca con sabiduría y mucha belleza temas fundamentales del drama humano (la muerte, el amor, la soledad de los viejos) y temas insoslayables de la realidad latinoamericana.

Cosas de la vida.

domingo, julio 16, 2006

Los apóstatas

Me encontré en medio de la ceremonia repasando mentalmente los eventos del día. Fue entonces que decidí que recordaría y escribiría todo lo que había acontecido. En este cadena de eventos ligados al azar, pensé que podía vislumbrar una causalidad sorprendente.
(Profesor Isak Borg, en Fresas Salvajes de I. Bergman)

Mando a la familia en Guagadugu estas postales de mi más reciente paseo por la Ciudad de México, que ahora me cobija.

Es domingo, y -según entiendo- es el día en que unos van a misa a dar gracias por los favores recibidos y otros -los renegados- se pasean... misteriosamente sonrientes.

¡Muy bonito todo, muy bonito! Y la belleza de esta multitud tiene corona en la Plaza de la Constitución (que aquí llaman Zócalo), donde dos viejos sabios dicen su propia voz: Carlos Monsiváis y Sergio Pitol. ¡Esto ya parece el Simposio de la Literatura Mexicana (Monsi, Pitol, Pacheco, Del Paso, Poniatowska)! Observo el rostro de don Sergio, y pienso en otro don Sergio, a quien le hubiera gustado participar (Méndez Arceo), que si no fue gloria de las letras sí lo fue de las almas, espejo de Cristo y teólogo de la liberación. ¿Y si Juan Rulfo estuviera con nosotros? ¡Ya sé lo que hubiera dicho!

-Sí apoyo a ese canijo, pero no me hagan andar entre los vivos.

Veo, digo, el rostro de Sergio Pitol... y recuerdo cuando, en la cocina de Galveston, leía en voz alta El desfile del amor, mientras mi difunta esposa preparaba panes con mermelada. Alejandra paraba su tarea y se me quedaba viendo, en absoluta contemplación del tejido fino de Pitol.

-¡Alejandra, tengo hambre!
-Sí, sí. Pero sigue leyendo. ¿Y luego nos seguimos con Domar la divina garza?
-Antes, La vida conyugal... Te va a encantar.

Descubrí a Sergio Pitol al leer, a fines de los ochenta, El vals de Mefisto. Desde entonces, decidí construirle un altar, junto a Rulfo, Calvino, Queneau, Beckett... Apenas recibió el premio Bellunesi che Hanno Onorato la Provincia in Italia e nel Mondo (Venecia), me di cuenta de algo: tengo buena mano para beatificar (por ejemplo, Juan Villoro -¡otro apóstata!- y yo fuimos quienes descubrimos, en 1979, a Mark Knopfler... y nadie nos lo ha reconocido).

Ya mañana platicaremos de otras cosas igualmente hermosas. Por ahora, me quedo con esta sonrisa que no se apaga ni con la lluvia de la tarde.

De otras cosas, digo, platicaré mañana:

1. Ezequiel Espósito y José Luis Sánchez (voz y y teclados de Vieja Estación) regresaron a esta ciudad de renegados hace ocho días. En nombre de la banda, recibí un hermoso cinturón que estrenaré el próximo viernes.

2. A título personal, el Polaco (Ezequiel) me regaló Di Meola plays Piazzola, bellísimo disco que ahora escucho y del que hablaré en su momento.

3. El viernes, tanto Vieja Estación como Las Señoritas de Aviñón tocaron de modo excelso. ¡Y eso que Tomy (Santiago Espósito, guitarra de la banda argentina) anda con el dedo meñique de la mano derecha hecho trizas (uno de sus perros, Camila casi se lo arranca, sin querer). No sé, probablemente la música se inyectó de la presencia de María Martínez Marentes (chulísima y sonriente hija de Octavio Herrero), de Raúl de la Rosa, del Topo, de Emilio y su hijo Andrés, de otro Emilio -cumpleañero- y sus dos pequeños hijos, de Fabrizio León Diez -jefe de espectáculos de La Jornada-, de mucha gente que ha encontrado en el Hoochie Coochie Bar un rincón de belleza que alivia el alma.

4. Hubo, además, algo inesperado: a mitad de la noche, Lalo Serrano puso en el sonido la música de Hermanos de Sangre, banda de rocanrol donde Mauro Bonamico (actual bajista de Vieja Estación) tocaba y cantaba (¡a los 19 años!) muy pero muy bien. Ya hablaré de ese disco.

5. Por supuesto, tampoco ha de faltar una reseña del reciente disco de Male Rouge.

6. El viernes andaba yo nervioso, porque Jaime Holcombe (guitarrista de Las Señoritas de Aviñón) me dijo que esa noche estrenarían Muerte en abril, pieza con música de Fiodor Martinson Blacksmith y letra del fallecido poeta Bacilio Macedonio Ruiz. Pero no sucedió. Terminada la noche, Octavio Herrero me miró a los ojos desde el escenario y dijo:

-Nos vemos el próximo viernes. Entonces, habrá sorpresas.

¡Recórcholis, ahora voy a estar nervioso una semana completa!
Bueno, que así sea... para mayor gloria de la música.
Si de contar se trata, contaré también los días.

Desde la Ciudad de México, besos a toda la familia en Guagadugu.

miércoles, julio 12, 2006

In memoriam

Syd Barret
1946-2006


Escribe Javier García, amigo mío y baterista de Las Señoritas de Aviñon:

Anoche, camino a casa (tráfico de Insurgentes y del Eje 5 Sur, lluvia de por medio y ruido de cláxones a diestra y siniestra), fui escuchando una parte del programa de Raúl de la Rosa dedicado a Frank Zappa.

Se escuchó muy bien, sin atropellamientos entre los interlocutores, con conceptos muy claros para un tema de por sí complejo y del que no soy gran conocedor (me había quedado en Hot Rats).

La experiencia radiofónica del invitado (Javier se refiere a Miguelito) facilitó la limpieza y la amenidad del programa. Percibí a ambos muy cercanos al tema.

El mismo Javier le hace saber a Raúl la existencia de un programa de radio por internet, todos los lunes, de ocho a diez de la noche (sólo jazz y blues): www.radioabanico.com (el creador de esta estación, Gabriel Hernández Contreras solicita el préstamo de discos de jazz y blues hecho en México).

Y sigue Javier:

Con la muerte de Syd Barret, creo que es obligado dedicar un segmento a Pink Floyd. Finalmente, es reconocido que en su música hay mucho blues, ya ves que su nombre lo crearon a partir de los nombres de 2 antiguos bluseros. Inclusive, aquí en México hubo un espectáculo llamado El Blues de Pink Floyd, o algo muy similar.

Y, ya como anécdota, Javier comenta que la versión de I put spell on you que tocamos Las Señoritas de Aviñón nació de un DVD que David Gilmour hizo como solista, en donde –en bonus track- el guitarrista toca la música que a él le gusta, poniéndose a blusear, con Jools Holland al piano.

Para terminar, Javier me invita a escribir un ensayo con motivo de la muerte de Syd Barret (algo así como De la locura o epistemología de la genialidad).

¡Un abrazo, Javier!

P.D. Ofrezco una disculpa a mis tres lectores por haber utilizado este blog para asuntos de política. Descubrí en estos días que el tema saca lo peor de cada uno de nosotros, tanto de un lado como del otro: la intolerancia ante el que piensa diferente, el insulto y la mofa contra el adversario, la resistencia a razonar -o la incapacidad de hacerlo-, la negación de la historia y la defensa a ultranza de aquello en lo que suponemos vernos reflejados. De una vez lo digo: considérenme todos un respetuoso visitante que ha llegado de Uagadugu para conocer esta hermosa Ciudad de México, de la que admiro su historia decimonónica. Pronto regresaré a mi país, Alto Volta (hoy llamado Burkina Faso, que significa "tierra de la gente derecha", porque siempre andamos muy bien paraditos).

jueves, junio 29, 2006

¡Sonríe, vamos a sonreír!

Vamos a sufragar cargando prejuicios ancestrales,
resentimientos históricos y odios generacionales…

(Jorge Camil)

He asistido, desde hace treinta años, a todos y cada uno de los cierres de campaña de la izquierda mexicana. Ayer, miércoles, volví a hacerlo… y recordé quién quiero ser, quien creo que soy, quien sueño que soy.

Ahí estábamos todos, o casi todos: los jodidos, los medio jodidos, los abandonados, los desempleados, los poquita cosa, los cansados, los que no sabemos hacer buenos negocios, los chunditos, los nacos, los trasnochados, los que engañamos al estómago con cinco tacos de suadero, los que viajamos en Metro, los que sentimos un nudo en la garganta cuando escuchamos Sólo le pido a Dios, de Leon Gieco…


Sólo le pido a Dios
que el dolor no me sea indiferente,
que la reseca muerte no me encuentre
vacío y solo sin haber hecho lo suficiente.

Sólo le pido a Dios
que lo injusto no me sea indiferente…

Ahí estábamos todos, o casi todos: los que todavía vemos Dimensión Desconocida, los que nos sentimos sucios, ojerosos y mal vestidos, los que vemos los anuncios de coches como si se tratara de platillos voladores, los conservadores, pues. Sí, los conservadores.

Somos los conservadores de una historia en la que creemos, los conservadores de una memoria que no queremos perder, los que aún pensamos que la patria es de todos, hasta de los que no le encontramos sentido a la palabra patria, hasta de los que no nos soportamos ni a nosotros mismos y siempre andamos despotricando contra este pinche país de mierda, a qué horas vamos a ser mejores, porque lo decimos con ese amor con el que le decimos a la mujer amada o al hombre amado ¡cómo te odio, mi amor!

Somos, digo, los conservadores de un sueño, los que nos sentimos incómodos si a alguien le falta lo necesario.

Porque ya llegamos al futuro, y resulta que no nos gusta. ¿Por qué? Porque en este futuro no caben todos. Y si no caben todos, es que no es futuro.

En 1976, cuando aún el Partido Comunista era una organización no reconocida oficialmente, Valentín Campa se postuló para la presidencia de la República y lanzó sus dos propuestas clave: luchar contra la burguesía y acabar con la carestía.

Por un lado, la arrogancia, la insolencia y el clasismo de los ricos regiomontanos nos sirvieron a muchos adolescentes para ubicar y dar rostro al enemigo del proletariado, que era –por ende- nuestro propio enemigo; por otro, el deterioro de los salarios de los trabajadores era ya insoportable.

En esos tiempos (apenas tenía yo veinte años de edad), Octavio Herrero –que ya era mi mejor amigo, y hoy sigue siendo mi hermano- me enseñó una de sus más viejas canciones: Buri bam bam

El costo de la vida,
la inflación,
nos hacen pedirte mucho pan…
Buri buri buri bam bam,
I say: Buri buri buri bam bam!


No me acuerdo si era cierre de campaña o un simple mitin, pero asistí emocionado al Monumento a Álvaro Obregón (días antes, Campa había realizado actos en Ferrocarriles Nacionales y en la Refinería 18 de marzo, a los que no asistí porque me extravié en el camino).

Perdimos, por supuesto.

Jorge Meléndez Preciado, economista y periodista de entonces, recuerda que el gobierno de Luis Echeverría reconoció que Campa había obtenido más de un millón de votos (creo que yo no voté, y ni siquiera estoy seguro de que entonces pudiera hacerlo).

A principios de los ochenta, me uní al Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) y conocí al inmensamente grande don Heberto Castillo, quien entonces –y creo que hasta su muerte- publicaba un artículo semanal en Proceso, donde casi siempre trataba el tema del petróleo nacional y de su desperdicio por la ineptitud y la corrupción gubernamentales.

No duré mucho en el PMT, porque –si me acuerdo bien- nos integramos a la coalición de partidos y organizaciones de izquierda: el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), que en 1982 presentó a don Arnoldo Martínez Verdugo como su candidato a la presidencia de la República.

Entonces sí, la cosa se puso suave. El cierre de campaña fue en el Zócalo, y como todavía éramos medio comunistoides, al lugar lo bautizamos como el Zócalo Rojo.

La bandera del PSUM era de color rojo, y una cosa que a Heberto Castillo no le gustaba nadita era eso de que siguiéramos estampando en ella la hoz y el martillo, en color amarillo. Decía, con razón, que ésa era la mejor manera de aislarnos y de distanciarnos de la gente. Pues sí, cuánta razón tenía el viejo; pero los que éramos aún muy jóvenes buscábamos símbolos de identificación.

El PAN postuló a Pablo Emilio Madero, y el PRI impuso a Miguel de la Madrid, el presidente más aburrido y mediocre que he conocido. Fue un largo bostezo de seis años, sólo interrumpido –a la mitad- por un temblor que nos despertó a tiempo.

Pero en 1982, por supuesto, también perdimos.

El PSUM se convirtió, supongo que después del 85, en Partido Mexicano Socialista (PMS), y presentó como candidato a la presidencia a don Heberto Castillo, en 1988. Pero esa candidatura coincidió con el cisma priísta, del que surgió como figura principal el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, quien también lanzó su candidatura.

Heberto, en uno de los gestos más nobles e inteligentes de la izquierda histórica, declinó a favor de Cuauhtémoc. ¡Y ahí voy de nuevo, al Zócalo, a cerrar la campaña en medio de una alegría inolvidable, ya con Alejandra –mi difunta esposa- subida en mis hombros para gritar Cuautemó, Cuautemó…!

Miguel de la Madrid (o el pequeño grupo que le daba órdenes) decidió que Carlos Salinas de Gortari fuera el candidato de su partido, mientras que el PAN puso a Manuel Clouthier, un empresario sinaloense…

-¡Hay que votar por Maquío, decía la gente de mi entorno, Maquío, Maquío, eso es lo decente, mijita! ¡Es un empresario, no un político, los políticos son gente que estudió en escuelas de gobierno… ¡y se sienten orgullos de ello, Dios mío! ¡O vota por quién sea, mijita, pero no por Cárdenas, que es hijo del comunista Lázaro Cárdenas y que todos los michoacanos odian… y que es un peligro para México! ¡Sólo mírale la cara de amargado que tiene, mijita! Tiene la tristeza que se le ve a todos los que han ido a Cuba. ¡Si Cárdenas llega al gobierno, nos van a quitar la casa… y la economía del país va a quedar hecha pedazos! ¡De veras, Cuauhtémoc es un peligro para México!

Perdimos, por supuesto. Quiero decir, nos arrebataron el triunfo (los que votaron por Maquío creyeron que a ellos también los habían robado).

Nació entonces el Partido de la Revolución Democrática, que en 1994 se presentó a la contienda electoral con Cuauhtémoc Cárdenas como candidato. ¡Y otra vez llenamos el Zócalo!

El PAN se decidió por Diego Fernández de Cevallos, y Salinas de Gortari impuso a Luis Donaldo Colosio.

Dos eventos cimbraron al país: la aparición pública del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el asesinato de Colosio, quien fue sustituido por Ernesto Zedillo. En ese ambiente de miedo –y con el sospechoso mutis de Fernández de Cevallos-, resultaba imposible que Cuauhtémoc obtuviera el voto mayoritario.

Perdimos, por supuesto.

Sin embargo, en 1997, con Andrés Manuel López Obrador como presidente del PRD, Cuauhtémoc volvió a llenar el Zócalo. ¡Ahí estaba yo –con Alejandra en mis hombros-, flotando sobre un mar amarillo de gente dispuesta a ganar la ciudad, ahora sí!

Nos quedamos con la ciudad.

Pero en 2000, volvimos a perder. Los panistas se multiplicaron y llevaron a Vicente Fox a la presidencia de la República.

Perdimos, por supuesto.

Ahora, aquí estamos de nuevo. Y aunque varias de las personas a las que admiro ya expresaron públicamente su decisión de votar por el señor Andrés Manuel López Obrador (Adolfo Sánchez Vázquez, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Luis Villoro, Lorenzo Meyer, Juan Villoro, Helena Beristáin, Héctor Bonilla, Juan Bañuelos, Miguel Ángel Granados Chapa, Emilio Carballido, Luis de la Peña, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, Vicente Rojo, Bárbara Jácobs, Raquel Tibol, Federico Campbell, Ignacio Solares y Arnoldo Kraus, entre otros), algo me dice que otra vez nos vamos a quedar con las ganas de tomar el mando de la República.

Por esas mismas fechas, otras personas manifestaron públicamente su decisión de votar por el el candidato del PAN: Eduardo Manzano (el Polivoz), Benny Ibarra, María del Sol, los Hermanos Castro, Roberto Gómez Bolaños (Chespirito) y Juan José Origel.

Nota escrita seis años después: Como en 88, volvieron a robarnos.

miércoles, junio 07, 2006

In memoriam

Billy Preston
1946-2006

miércoles, mayo 31, 2006

Ruta 61 en Imágenes

¡Albricias, hermanos, lanzad sonrisas de júbilo! Ya está a la vista Ruta 61 en Imágenes, el álbum fotográfico del Hoochie Coochie Bar.

Al entrar en él, es posible recorrerlo por mes o por nombre. El visitante puede elegir cualquier fotografía y bajarla a su computadora sin costo alguno (cosa que aquí también puede hacer, aunque la diferencia está en el tamaño de la descarga).

Todos los lunes, el blog será alimentado con nuevas imágenes (entre diez y veinte nuevas fotografías), así que si esta vez no consigues enriquecer tu egoteca, no pierdas el ánimo: casi es seguro que el banco de imágenes de Ruta 61 te tiene en sus archivos.

Por otro lado, tanto Raúl de la Rosa como Octavio Herrero han actualizado sus blogs. Ambos tratan esta vez un tema caro a los amantes del blues: Buddy Guy.

Lo mismo podemos decir de Gerardo Aguilar Tagle (Tlacuiloco), quien dedica sus más recientes entregas a El Atrio, lugar que, a fe de quienes lo conocen, merece visitarse (se encuentra en la calle de República de Uruguay).

Para terminar este mensaje, ofrezco una disculpa: hay muchos temas que aún siguen en el tintero (es decir, en el teclado). La visita al Zinco Bar, por ejemplo, donde Jaime Holcombe, Gabriela -su esposa-, Claudia Ostos, El Topo y un servidor tuvimos el placer de escuchar a The Dave's True Story. Bueno, pronto escribiré sobre ese día, y también sobre el DVD del retorno de Cream, que Javier García me recomendó ver. Ya lo hice y tengo en la mente mi opinión (sólo es cosa de sacarla de ahí).

Hay más: The Black Crowes, Sofía Loren, los Hermanos Marx, las sopas Campbell's, la amistad entre Bacilio Macedonio Ruiz y Fiodor Seasocks Blacksmith, el mezcal de Cecilia Buck, la insoportable soberbia de los panistas, el Meló de Alan Resnais, la extraña conducta del Subcomandante Marcos, la belleza de Desdémona Peniche, la nueva librería Rosario Castellanos, la reciente novela del joven Barry McCrea, y la del viejo Vargas Llosa... Todo tiene que salir, todo tiene que salir.

viernes, mayo 26, 2006

In memoriam

CARLOS SÁNCHEZ
9 DE JUNIO DE 1954
24 DE MAYO DE 2006


CARLOS, AHORA COMIENZA TU INMORTALIDAD.
PRONTO ESTAREMOS CONTIGO.
RUTA 61

jueves, mayo 25, 2006

¡Ruta 61 cumple dos años!

No me lo van a creer. Había escrito para esta ocasión un hermoso mensaje. De pronto, mis dedos apretaron una tecla que nunca debió existir... ¡y adiós mensaje! Trataba sobre la biblioteca de mi tío abuelo. Trataba sobre mi árbol genealógico. Trataba sobre la grandeza heroica de Eduardo Serrano y sobre la manera en que Octavio Herrero le calentó la cabeza hace dos años para que abriera un lugar de blues. Trataba sobre Enrique Suárez, cuya discreta confianza ha puesto en manos de un hombre bueno el sueño hecho realidad de muchos que llevábamos una vida entera esperando este sitio. Trataba sobre el cálculo de mi consumo en dos años (treinta botellas de whisky, quinientos dedos de pollo, treinta tostadas de cangrejo y nueve mil seiscientos besos de todos los colores y sabores).

¡Trataba de tantas cosas!

Pues desapareció mi mensaje. Sólo me queda un abrazo intenso a Lalo, y tres fotografías que incluyo ahora como humilde homenaje a la voluntad titánica de un empresario que sabe hacer las cosas sin dinero y sin poder.

Gracias, Lalo. Te debemos mucho. Que sea mi hijo Mauro quien te alcance el abrazo desmedido. Y ahora, a ver, por favor, Lalo, súbete al escenario con la banda argentino-mexicana de Grana' Louise. ¡Eso! Sonrían. Viendo el pajarito. Gracias.

sábado, mayo 20, 2006

Grana' Louise en El Imperio de los Sentidos

Mientras nos deleitamos con el blues de Grana' Louise, observo a Jaime Avilés en la penumbra colorida de Ruta 61, en la parte alta, junto a la cava (una alacena enrejada que Pablo Brontese, Mauro Bonamico y Lalo Serrano cuidan como si ahí guardaran a su propia madre -no les falta razón: en la cava duermen vinos exquisitos que la Tía Juanita no debe tomarse como si fueran agua-).

Todos sabemos que es hora de esconder los vinos -balbucea Santiago Espósito, que llora de la risa- cuando Juana empieza hablar en lenguas extrañas.

Observo, digo, al periodista y escritor, y recuerdo la última vez que nos habló de Serapio Bedoya, el sábado 16 de diciembre de 2000 (Serapio Bedoya, el tonto del pueblo, por si alguien no lo sabe, es uno de los más bien formados e inteligentes personajes de la literatura mexicana).

Ese día, me desayuné con la voz de Serapio, que decía y cantaba una canción de Chico Buarque.

Como casi todas sus canciones, ésta también tiene un ligero sabor a César Vallejo; aunque, a diferencia del genio peruano, la melancolía de Chico Buarque tiene ventanas, y el aire puede entrar en ella, en la melancolía: sus cortinas se mueven y uno, con sólo verlas, puede respirar. Pasa lo mismo con Grana' Louise, a propósito.

No me acuerdo cómo se llama la canción, pero habla del aire, precisamente: que un cuerpo vacío está lleno de aire, que el aire vacío de un bosque sombrío está lleno de dolor, que el aire en el cuerpo ocupa el lugar del vino, que el vino busca ocupar el lugar del dolor, que el dolor ocupa la mitad de la verdad.

Recuerdo con mucho cariño la época de Tecamacharco, utopía tenebrosa de Jaime Avilés cuya pulquería fue centro del universo al final del siglo pasado: El Imperio de los Sentidos.

Todos los sábados, sentado junto a la lavadora, muy temprano, yo leía en voz alta El tonto del pueblo, mientras mi difunta esposa preparaba el desayuno.

Por eso, ahora que veo a Jaime en Ruta 61 y leo su amoroso reportaje acerca de la primera presentación de Graná Louise, quiero preguntarle: ¿Es el Hoochie Coochie Bar un regreso a Tecamacharco, es un regreso milagroso a su pulquería fabulosa?

No pregunto, porque intuyo la respuesta napoleónica: ¡El Imperio soy!

O tal vez una respuesta juarista, cuando la República viajaba en un carruaje -o era el carruaje-: ¡Ahí donde me encuentré... ahí será Tecamacharco!