Estimado Agustín:La verdad, ayer no te ubiqué; lo hago ahora, que reviso las noticias sobre todo esto del plantón: de pronto, que veo unas fotos y me digo: ¡Caray, pues si es el que estaba en la Ruta 61!
Ya había leído la carta donde no se consideraba una buena medida el plantón, y después leí algunas críticas que se hicieron a esa carta. Sin embargo, después leí una nota tuya donde de alguna manera reconsiderabas tu posición al ver la actitud de doña Rosario Ibarra; y me dio gusto enterarme de eso. En lo personal, yo no estaba de acuerdo con la primera carta (la de Monsi et al), porque, al igual que doña Rosario, considero que este tipo de protesta temporal dará resultados importantes en la democracia de nuestro país.

Acudí a las dos marchas y las disfruté como no tienes idea, porque se convirtieron en una especie de fiesta. En ambas ocasiones, no pude llegar al Zócalo. En la primera, sólo llegué al Caballito; en la segunda, debido a la cantidad de gente, logré apenas llegar a la glorieta de Colón.
Estoy de acuerdo con el plantón. Estoy, como todos, a la espera de lo que decida el Tribunal. Soy médico y trabajo en el Instituto Nacional de Rehabilitación, el cual es territorio blanquiazul. No ten imaginas la bronca que a veces ha sido lidiar con los compañeros, cuando se enteran de mi posición. Me dicen cosas como:
-¡Cómo puedes estar de acuerdo con ese loco! Su propuesta es sólo para los pobres, y no propone nada para la gente de clase media como nosotros.
No he recibido agresiones, pero sí cambios de actitud de algunas personas con quienes no tenía una mala relación. Ahora, el trato no es el mismo: me ven literalmente como un renegado –gracias a la definición hecha por nuestro señor presidente-; pero, la verdad, no me importa, y sólo espero que el saldo sea bueno para todos.
Quizá no le encuentres mucho sentido a esta nota, pero se me hizo buena onda escribirla, porque descubrí que estuvimos muy cerca, porque compartimos el mismo gusto por la buena música y porque yo también soy profesor barco.
Para que me ubiques, soy al que le tomaste la foto con Vieja Estación. Iba en una magnífica silla de ruedas, la misma con la que recorrí Reforma durante las marchas.
Sonríe, ya nos odian.
Antonio Miranda Duarte
Sor Juana, un peligro para la Nueva España
Todo lo que mueve a los hombres
tiene que pasar necesariamente
por sus cabezas.
Engels
tiene que pasar necesariamente
por sus cabezas.
Engels
Conversaciones que escucho en la oficina:Mujer habla por teléfono: ¡Ay, no me digas que eres perredista! ¿Era broma? ¡Ah! ¡Ya me estabas asustando! Te iba a echar un discurso, manita. ¡Ay, sí, ya, que nos deje en paz ese loco!
Mujer –cliente- que me habla por teléfono: Mira, Agustín, hay que entregar el disco con los archivos en Reforma 350, piso 16. ¡Uy, desde ahí tienes una vista muy bonita! Ahorita no, ya sabes, porque están los nacos ésos…
En ambos casos, sólo sonrío. Me estoy acostumbrando a la mezquindad de la gente. Sin embargo, no siempre logro resistir. Sobre todo cuando de amigos se trata. Entonces, por respeto y cariño, hablo, me expreso, defiendo mi posición, a sabiendas de una verdad universal: nadie va a cambiar, por ahora, sus ideas y su postura.
¿Qué hacer? ¡Nada! En cuanto a las divergencias propias de una democracia, no hay nada que hacer: sean bienvenidas y reconozcámonos en ellas.
De cualquier manera, Antonio, ¿cómo entender las inflamadas discusiones en las que nos hemos enfrascado todos, antes y sobre todo después del 2 de julio?
¿Todos?
Sí, todos. Porque el silencio es también un discurso, como bien y genialmente advierte Juana Inés de Asbaje en carta inmortal a Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla y desleal amigo de la jerónima.
Pero el asunto de sor Juana es otro, muy otro, muy siglo XVII.
Aunque quién sabe. Ahora que lo pienso, estamos ante la endémica biografía de los poderosos que se dan mañas mil para proteger sus intereses y sus privilegios.
¿De qué estoy hablando? De una biografía que llamaré, si me lo permites…
La Vida Iterativa de los Oligarcas
En ella, los señores del dinero, apenas ven amenazados sus lucrativos negocios y sus pingües fortunas, muestran fauces y exhiben baba espumosa, gruñen y ladran, lanzan a sus perros de prensa, radio y televisión y se lanzan ellos mismos a la yugular de quien osa poner en duda el valor y la bondad de sus instituciones y de la sagrada libertad guau guau que hemos conseguido a través grrrr mfff de la lucha pacífica de miles de hombres y mujeres de bla bla bla bla, guau, guau, guau, grrrrrr, atrás, atrás, no jueguen con fuego, nosotros generamos empleo, guau grrrrrfff, renegados, no están haciendo perder dinero mucho dinero, las campañas se ganan con dinero, dinero y dinero, irresponsables, violentos, los votos ya se contaron, nosotros somos grrrr guau guau los pacíficos, Juan el plomero hizo bien su trabajo, guau, mffff, tengo en la línea a grrrrr, y si a una monja enclaustrada la hicimos añicos hace más de tres siglos, ¡cuantimás a un tabasqueño que ni hablar sabe!, no se vaya, regresamos en un momento, después de estos comerciales.
Son los mismos de siempre. ¿O ya nos olvidamos de aquellos videos del 97, en los que se quiso ensuciar el trabajo de Cuauhtémoc Cárdenas con difamaciones? ¿Ya nos olvidamos de la manera en que, años más tarde, los medios quisieron linchar al ingeniero y hacerlo renunciar, cuando un cocainómano fue asesinado afuera de una taquería?

A mí no se me olvida: son los mismos.
Octavio Rodríguez Araujo nos recuerda que el 30 de julio de 1988, Héctor Aguilar Camín escribió en La Jornada que las elecciones de ese año habían sido las menos inventadas de mucho tiempo (…), las más limpias (…), las más verdaderas.
Dieciocho años más tarde, hace apenas unos días, en un desplegado publicado en Reforma, el mismo Aguilar Camín dictamina, antes que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TFPJF), que no hubo fraude, que la elección fue ejemplar.
¡Y ay de aquel que dude de la transparencia de las instituciones de nuestra democracia!
-Porque si dudas, me señala Fiodor en su casa –a la vez que me sirve un exquisito whisky-, si dudas, amigo mío, entonces eres un anarquista.
Dudar, sospechar (como ahora lo está haciendo el mismo Tribunal, al menos en cuanto al 9.07% de las casillas), es crimen de lesa democracia, de lesa civilidad.
Y en este trance, Antonio, ni te angusties, recibiremos insultos, mofas, acusaciones de estar hipnotizados por uno de los seres más perversos que ha dado este país, lector apasionado de Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Daniel Cosío Villegas, entre otros, pasión que no lo hace ni mejor ni peor... pero que siembra mucho en mi simpatía personal.
Seguramente ya te tocó recibir algún mensaje o leer alguna nota en el corcho de tu oficina: ¡Sonríe, perdieron!
Pienso, al leer y escuchar las poco creativas parodias...
Pienso, Antonio, que la dignidad y la lealtad a los principios
nunca es pérdida.
nunca es pérdida.
Así es que, sí, sonríe, porque ahí a donde vayamos seremos el hazmerreír y el objeto de indignación de nuestro círculos.
Recórcholis, a los mudos les va mejor.
Volvamos al tema de los mudos
Creo que muchos silencios se visten de noble imparcialidad, cuando en realidad están adoptando saludables evasiones y sabias indiferencias.
¡Ah, salud y sabiduría, cuánta falta me hacen! La vida es más fácil cuando navegamos con la bandera de yo no sé nada.
Pero, aunque envidio la frescura de los indolentes –que tanto contrasta con nuestras aflicciones-, prefiero, Antonio, la irritación y la vehemencia de quien –de un lado o de otro- decide expresarse, a riesgo de equivocarse, a riesgo de incomodar, a riesgo incluso de lastimar temporalmente a sus amigos, a riesgo de ensuciar la imagen que de él tiene su gente, a riesgo de descubrir que vive en medio de personas que no comparten sus preferencias políticas y menos su ideología (subrayo la palabra, y la pronuncio con la sospecha marxista de que se trata de una patología histórica, una enfermedad social a través de la cual la burguesía mantiene el control de los medios de producción).
Saquemos del paréntesis a Marx
Advertencia: soy un pésimo lector del filósofo alemán, a pesar de que en la adolescencia lo tuve muy de cerca, gracias a mi amigo y maestro el bachiller Fiodor Martinson Blacksmith, que me hizo leer el Manifiesto Comunista, Once tesis contra Feuerbach –donde viene eso de que dejemos de interpretar el mundo y dediquémonos a transformarlo-, y el primer volumen de El Capital, que por supuesto nunca terminé. Más tarde, mucho me ayudó don Adolfo Sánchez Vázquez (Cádiz, 1915), gigante de mil cabezas, tesoro que recibimos en 1939, de quien leí tres libros –por motivos académicos, en la Facultad de Filosofía y Letras-: La estética del marxismo, Cuestiones estéticas y artísticas contemporáneas y Valor del socialismo. Con eso y otras cosas, cometo el atrevimiento de pensar…

Subo a un estrado imaginario y pregunto a la multitud de renegados:
¡Renegados del país! ¿Vamos de veras a luchar contra la ideología imperante, ésa que promueven los medios de comunicación y los dueños del dinero?
La multitud responde al unísono: ¡Suponemos que sí!
Levanto la voz: ¡No es nuestra vocación, no es nuestra misión, acaso ni siquiera sea nuestro interés!
La multitud grita fuerte: ¡Pues…!
No paro, sigo: ¡Pero nos mantenemos en la lucha, porque estamos convencidos de que la naturaleza del sistema actual genera injusticia y desigualdad! Sin embargo, compañeros, ¿vamos a luchar contra esa ideología con otra ideología, aquella en la que nos inventamos –desde una formación judeo cristiana- la reconstrucción del paraíso perdido?
La multitud vocifera: ¡Repítenos la pregunta!
Me calmo, hablo pausado: Por muy emocionante que esto sea, ello significaría estancarnos en una idea del mundo, y toda idea del mundo es parcial, acrítica y radicalmente débil para modificar la realidad.
La multitud se voltea a ver entre sí, hasta que pregunta: ¿Y entonces?
Concluyo: Contra ideología, hay que oponer materialismo histórico, método científico, comprobaciones reales de las cosas.
La multitud brinca: ¡Sí, sí, es cierto, pero eso lo haremos después, apenas se cuente voto por voto, casilla por casilla!
Sonríe un 9.07%
Bueno, está bien: ganemos algo de lo perdido no sólo a través de una obstinación rebelde (que se explica por los resentimientos sociales, los agravios palpables y la existencia de un poder arrogante) sino también con la convicción de que hubo antes, durante y después de las elecciones una voluntad conjunta de obstruir las legítimas aspiraciones de un hombre –y de muchos que lo apoyamos- por obtener el gobierno del país para un proyecto de nación alternativo (un proyecto que, dicho sea de paso, no tiene entre sus tareas acabar con el capitalismo ni imponer la dictadura del proletariado).
Pero al mismo tiempo, creo, debemos preguntarnos quiénes somos (Fiodor se va a reír de mí por mi insistencia clasista).
No soy negro, no soy indio, no soy judío,
no soy árabe, no soy mujer,
no soy homosexual…
¡soy un simple trabajador!
no soy árabe, no soy mujer,
no soy homosexual…
¡soy un simple trabajador!
Tú y yo –y muchos otros que lo han olvidado- pertenecemos al proletariado, porque no somos dueños del capital y nuestra única fuente de ingresos es la propia fuerza de trabajo.
Asumir conscientemente una posición de clase no es cosa fácil, desde el momento en que la burguesía no sólo controla los medios de producción sino que, para colmo, inocula en muchos trabajadores su propia ideología, a tal grado que parte del proletariado llega incluso a defender ideas que la envilecen.
El materialismo histórico busca ser una teoría científica capaz de vencer a las ideologías. Así, en mi caso, intento madurar mi posición de clase sobre una teoría y no sobre una idea, para contribuir a la interpretación del mundo a partir de una hipótesis: es en la economía y en los modos de posesión de los bienes materiales donde se encuentra la base de toda transformación social.
Sin embargo, en cuanto al momento que estamos viviendo, hay que recordar que el mismo Marx afirma que no son las voluntades individuales, ni las ideas, sino lo material, la vida económica y social reales del hombre, las necesidades económicas y los intereses económicos los que mueven al mundo.
En ese sentido, insisto, debemos considerar a los dos candidatos no como líderes sino como representantes de clase.

Con Felipe no hay problema: al no ser ni por asomo un líder, es fácil determinar su representatividad: los intereses de la oligarquía (representatividad voluntaria o involuntaria, consciente o inconsciente, no sé; en cualquier caso, evidente). Y la señora que sale en esta foto con el candidato de Acción Nacional, podrá decir que representa a los maestros; sin embargo, todos sabemos quién es y a quién representa.
Con Andrés Manuel es más difícil, pues su indudable liderazgo impide que muchos en la clase media no sólo no se sientan representados en su persona sino que, incluso, les parezca merecedor de su odio (un odio enfermizo que aún no logro entender muy bien); por otro lado, quienes sí nos sentimos representados por el Peje, caemos fácilmente en disculpar sus errores de liderazgo (porque todo liderazgo es catártico, y la pasión frecuentemente debilita la razón).
¿Qué hacer, entonces?
Uno de los mayores disgustos que mantengo en la vida se debe a la imposición musical de la mexicanidad. Alguien decidió, hace mucho tiempo, que los mariachis representan a la nación. Entonces, siempre me ha dado un pavor enorme salir del país y regresar envuelto en la fama internacional, porque segurito que mis compatriotas me recibirán en el aeropuerto con mariachis, que sigo siendo el rey, que los machos de Jalisco afamados por entrones… por eso traen pantalones.
Si llego a vivir tan desgraciada bienvenida, le diré al mariachi que calle y le pediré que se arranque con un tatachún, que yo traigo la letra, qué pues. Entro yo, maestro… y después de que diga No me…, se sueltan ustedes, señores, muy bravos, en gustan.
No
me
gustan los mariachis, no me gusta su cantar,
ay, ay, ay, aaaaaaay.
No es muy prieta mi paloma ni mi gallo es el mezcal,
ay, ay, ay, aaaaay.
Yo prefiero que se vayan todoooooooooooos…
me
gustan los mariachis, no me gusta su cantar,
ay, ay, ay, aaaaaaay.
No es muy prieta mi paloma ni mi gallo es el mezcal,
ay, ay, ay, aaaaay.
Yo prefiero que se vayan todoooooooooooos…
Silencio, aullidos, albures y, sin cantar sino a grito pausado:
¡…a chingar mucho a su madre, señores!
Porque…
no
me…
gustan los mariachis,
no me gusta su cantar, ay, ay, ay, ay.
(y así hasta que la gente entienda).
no
me…
gustan los mariachis,
no me gusta su cantar, ay, ay, ay, ay.
(y así hasta que la gente entienda).
Cada quien elige a su representante, y hacerlo es un derecho que nunca merecemos perder. Y en política, creo que no sólo debemos acudir a las urnas sino también mantener un diálogo constante con nuestro delegado, reflexionar sobre los programas de gobierno que propone, ver cuáles son viables y cuáles son perfectibles: hacer que mande obedeciendo.
Y ya que evoco a los zapatistas con la última frase, insisto en que es hora de unir fuerzas, llegar a acuerdos entre todos los grupos de izquierda. ¡Mucho bien le haría a Andrés Manuel López Obrador buscar encuentros y diálogo con personalidades mucho más fuertes que las que hasta ahora lo rodean! ¿Pues qué, no fue así como formamos el Frente Democrático Nacional, en 1988, antesala del Partido de la Revolución Democrática?
Bueno, Antonio, pero todo esto viene a cuento porque últimamente has experimentado (como muchos) la dolorosa distancia de compañeros y amigos.
¡Bah, no te preocupes!
Mira, tú sabes (porque la vida es rica en lecciones) que es muy fácil perder un amor por naderías; pero, también entiendes que un verdadero amigo se mantiene hasta en las peores condiciones y los más profundos desencuentros.
Es mi caso. Yo sé quiénes, al final de la tormenta, seguirán cerca de mí, aceptándome como soy. Los demás, qué bueno que estén enterados de que soy políticamente insoportable. A fin de cuentas, soy un tipo antisocial. Si me quedo con mi familia, con mi mejor amigo (Fiodor) y su familia, con dos grupos de blues que se alegren al verme... y con el dueño de Ruta 61, ya la hice.
Creo que si hoy me diera el patatús, aproximadamente cincuenta personas llorarían junto a mi tumba. ¿Para qué quiero más?
Por favor, rocíen mi cadáver con un whisky comprado por Fiodor... y préndanme fuego.
Además, creo que no es difícil convivir con alguien cuya posición política es contraria a la nuestra. Lo casi imposible es tolerar a los mudos que sólo abren la boca para lanzar consignas de escepticismo universal seguramente inspiradas en Jiddu Krishnamurti: ¡Todos los políticos son iguales, una bola de corruptos! ¡La única manera de cambiar el mundo es transformando el corazón de los individuos!
Si alguna vez escuchas a alguien decir tamaña tontería, pregúntale qué piensa acerca de la evolución de las especies. Estoy seguro de que te va a decir que no cree en ella, que todos venimos de Adán y Eva.
Volvamos a los desencuentros
Son diversas las motivaciones que nos lleva a cada uno a defender una u otra postura, y creo que ninguna de ellas se acerca a lo que entendemos por razón, entendida ésta como la serie lógica de argumentos objetivos que se aducen en apoyo a algo (René Drucker Colín dixit).
Y temo que nos estamos moviendo en un mar de opiniones: en aguas turbulentas, cuando en un mismo espacio nadan apreciaciones encontradas; y en aguas tranquilas, cuando nos bañamos en zonas donde flota el mismo sentir.
Y esto se da no sólo en medio de acontecimientos políticos como el que ahora vivimos, sino en la mayoría de los temas que nos incumben como seres humanos y que nos afectan como individuos. Sin embargo, la mayoría de las veces encontramos modos de convivencia o maneras de dejar a un lado nuestras divergencias de opinión: yo tengo amigos que se niegan a aceptar la homosexualidad como un fenómeno natural, y amigos homosexuales que se escandalizan al saber que alguien es bisexual; tengo amigos que no pueden entender que alguien dude de la existencia de Dios, y amigos que consideran la fe como una superstición; tengo amigos que consideran a Ricardo Arjona como un atentado al buen gusto y a la poesía, y otros amigos para quienes el problema no es Arjona sino la tiranía de escucharlo en la calle.
A ti y a mí –y a muchos otros- nos ha tocado movernos en océanos donde las opiniones contrarias a la nuestra se concentran: somos como sillaginopsis panijus (unos diminutos pececitos) que caen en dominios del paracentrotus lividus, erizo de mar cuyas lesiones son muy molestas porque al ser muy frágiles sus púas se parten y se quedan incrustadas en nuestra piel.
Termino citando a Carlos Monsiváis (que no está de acuerdo con la estrategia del bloqueo, pero sigue firme en su defensa del voto por voto, casilla por casilla):
No presumimos del monopolio de la verdad,
pero sí ratificamos las demandas jurídicas y la argumentación moral.
pero sí ratificamos las demandas jurídicas y la argumentación moral.
Un abrazo, Antonio.










































