viernes, abril 07, 2006

Jueves 6 de abril (primera parte)

No hubo diseños exclusivos ni realizaciones en shantung; no hubo sedas naturales ni encaje de chantilly; no hubo drapeados en color oro viejo ni bordados a mano con pedrería y canutillos de cristal tornasolado; nadie lució creaciones dignas de reinas, infantas y princesas. Nada, pues, de boato: no hubo pompas, terciopelos ni oropeles, aunque sí el glamour de las mujeres que visitan seguido el bar (mujeres cuya belleza empieza a ser proverbial).

Pero, entonces… ¿qué hubo?

¡Hubo rocanrol! Y, alrededor de él, las actividades múltiples, las conversaciones simultáneas y los insólitos personajes que hacen de Ruta 61 el Jockey Club del siglo XXI. Habremos perdido la elegancia y el gusto por la música de salterios, es cierto; pero, a cambio, contamos con un bar para escuchar buen blues y platicar con los amigos.

Anoche, hervía la vida en Ruta 61, por la presentación de Todo perro tiene su día, el más reciente álbum de Vieja Estación.

Dos Señoritas de Aviñón se ensartaban con la Tía Juanita en una discusión sobre política nacional, mientras Mariana Dávila, a medio vestir y muy dark, hacía malabarismos de fuego en la calle, a la entrada, para invitar a los transeúntes a pasar y vivir buen rocanrol.

José Luis Sánchez y Octavio Herrero describían emocionados la participación de Anita Ekberg en Bocaccio 70, mientras Octavio Soto, el Charro, miraba en silencio a la concurrencia, preguntándose cuántos de ellos desobedecerán a Benedicto XVI y asistirán, el viernes 14 de abril, a escuchar su delicioso blues (el del Charro, no el del Sumo Pontífice).

Ingrid Ojos de Mar
saludaba de prisa y con besos casi al aire (ni tiempo daba de chulearle sus preciosos cuasi-caireles), porque ya tenía mesa apartada, con dos amigas, las señoritas Yanina y Romina (al cotilleo entre argentinas se unía, a veces, Gabriela Brontese, inesperadamente platicadora).

Alejandro y Néstor
, dueños del Wicklow de Querétaro, amarraban acuerdos con el Polaco (Ezequiel Espósito) para la presentación del disco en ese hermoso pub estilo irlandés, mañana, sábado 8 de abril, mientras Tomy (Santiago Espósito) saludaba de abrazo y beso al Negro García López, extraordinario músico que alguna vez salvó a cierto baterista de liarse a golpes con un marido celoso; lo salvó, invitándolo al indispensable palomazo, aunque no me acuerdo si don Juan de los Tambores subió al escenario, porque en realidad estaba que hervía y con ganas de medir sus fuerzas (ya podrán ustedes entender quién es el maestro de la Tía Juanita cuando le sale su Inspector Gadget dispuesto a aniquilar cucarachas).

Mauro Bonamico
conversaba con Catire y la chula Solana –vestida como para una buena película francesa-, mientras Silvia Flores y José prometían a la Tía Juanita abrir con ella un Jack Daniel’s que anda rezagado en su casa. Y Marie, que no podía faltar, nos contaba que estaba a punto de irse a Playa del Carmen (ya ha de estar allá), mientras Malena Rouge dejaba su voz entusiasmada en la grabadora de un joven periodista (ese mismo reportero realizaría después una larga entrevista con Vieja Estación, que sería transmitida horas después por radio).

Raúl de la Rosa se paseaba, montado en la eterna sabiduría de quien ha vivido -y creado- los grandes momentos del blues en México, mientras Tania Molina era felicitada por la excelente nota sobre Vieja Estación publicada hace unos días en La Jornada.

Ruta 61 tuvo, además, el honor de contar con la presencia de doña María del Carmen Herrera, madre de nuestro querido Rafael Martínez, ingeniero de sonido del bar y, también, miembro prominente del equipo de producción de Todo perro tiene su día. Doña MariCarmen tuvo el buen tino de ocupar el lugar donde acostumbra sentarse doña Alba Criscuolo, cuando viene a México a visitar a sus hijos, de quienes se siente orgullosa y por quienes experimenta la amorosa alegría de una madre que sabe que sus muchachos están en buenas manos.

Y Betsy, la única Betsy que puede aparecer en nuestra mente, la única Betsy de la que tiene caso hablar, la Pecanins, acompañada de otro grande: Enrique Abrahamson (no sé si su apellido se escribe así, ya investigaré). Ambos, discretos pero contentos, avalando con su presencia el buen rocnarol de Vieja Estación.
Escribo esto en Ruta 61, mientras la pantalla del bar proyecta blues de primera línea. Ya estoy en mi friday night fever, y como en cualquier momento comenzará el espectáculo (Vieja Estación, de nuevo, y Las Señoritas de Aviñón), seguiré más tarde con esta crónica.

miércoles, abril 05, 2006

Toda mesa tiene su pero...

Aquí vemos a Yumiko Yoshika, coreógrafa y bailarina de danza butho, al momento de enterarse –por Lalo Serrano- que había conseguido una mesa en Ruta 61, para disfrutar, este jueves 6 de abril, de la presentación de TODO PERRO TIENE SU DÍA, el más reciente álbum de VIEJA ESTACIÓN.

Yumiko supo apartar a tiempo su mesa.
¿Y tú, querido lector?
3096-3021 y 5211-7602

martes, abril 04, 2006

¡Todo perro tiene su jueves!


No olviden, amigos, que este jueves 6 de abril, Vieja Estación -la mejor banda de rocanrol de la ciudad- presenta TODO PERRO TIENE SU DÍA, el mejor álbum de rocanrol que se ha hecho en este país en los últimos cincuenta años.

domingo, abril 02, 2006

Escapan varios reclusos...

Sigue la muerte haciendo de las suyas, y no hay quien le gane la partida de ajedrez (todos somos Antonius Block). Había mencionado, en otras entregas, las mudanzas definitivas de Ludwik Margules y Alí Farka Touré. Luego, apenas en febrero, se fue Juan Soriano (Guadalajara, Jalisco, 1920). Ahora, se escapan dos artistas fundamentales del siglo XX: Stanislaw Lem (Lwów, entonces de Polonia, 1921) y Salvador Elizondo (México, 1932).

Habrá sido entre 1972 y 1974 que vi, veinte veces o más, Solaris, de Andrei Tarkovsky (con el excelente Donatas Banionis y la bellísima Natalia Bondarchuck, de quien me enamoré inmediatamente).

Solaris es una película de ciencia ficción basada en la novela que Stanislaw Lem publicó en 1961. ¡Cuidado! La pieza de Tarkovsky no debe confundirse con el desafortunado intento de Steven Soderbergh (1992), y aunque muchos consideran que la versión del director ruso es de lo menos valioso que hizo en su vida, yo insisto que se trata de una obra maestra, a la altura de La Infancia de Iván (Ivanovo detstvo, 1962).

Vi la película en un pequeño cine que estaba a cierta altura del Periférico (pero no logro acordarme de su nombre). Luego, la pasaron al Gabriel Figueroa, que estaba en Avenida Yucatán, a una cuadra de Insurgentes. He aquí la crónica de un día en la vida de un adolescente obsesivo: Entro a la primera función, salgo a respirar un poco de aire fresco, me meto a la segunda función, salgo a respirar… y allá voy, a la tercera función. Sólo hice una borrachera semejante en 1979, con Manhattan, de Woody Allen, y esto porque hubo en ambas películas la urgente necesidad de registrar todas las imágenes, todas las palabras, todos los gestos, todo.

Cuento esto, porque a partir de la película decidí que tenía que leer la novela original. Lo hice, y luego llegué a El congreso de futurología. Ahora, Stanislaw Lem ya no escribirá más, lo que me permitirá agotar su obra sin sentir que es interminable.

La primera foto de esta entrega fue publicada por La Jornada el viernes pasado, y me llama mucho la atención. Es Salvador Elizondo a los cuarenta y dos años, creo que en La Casa del Lago. Y digo que me sorprende, porque es una imagen de 1976. ¡Yo recuerdo que Salvador Elizondo se veía ya, entonces, en persona, mucho más viejo! ¿O fue mi propia lozanía la responsable de tal ilusión óptica? ¿O es que la actitud física del maestro explicaba, ya en aquellos años, el cariñoso mote que Octavio Paz le impuso: niño de mil años?

Durante todo 1977, inscrito ya en la Facultad de Filosofía y Letras, asistí a las clases vespertinas del autor de El Grafógrafo. No era propiamente una clase, sino un taller o un seminario, algo así. La cátedra se centraba en la poesía francesa del siglo XIX: Mallarmé, Verlaine, Rimbaud, Baudelaire, Edgar A. Poe (¡sí, el bostoniano Poe es tan francés, como inglés es T.S. Eliot, nacido éste en Saint Louis, Missouri!). Y todos ellos, leídos a la luz de su admirado Paul Valery, quien, gracias a Elizondo –su traductor en México-, se volvió también mi objetivo intelectual y estético (no lo he alcanzado, como tampoco creo alcanzar nunca a Beckett, a quien descubrí por Octavio Herrero, el hoy guitarrista de Las Señoritas de Aviñón).

Ahora, se me aparece la imagen que grabé de esas sesiones en la Facultad: Salvador Elizondo era un hombre pequeño, muy pequeño, de apariencia frágil, con saco de tweed color gris, pantalones de mezclilla y zapatos de gamuza. Impartía su clase sentado y encorvado, acercando sus ojos a un enorme libro, cuyas hojas pasaba con delicadeza y entusiasmo: leía y comentaba, comentaba y leía, hacia digresiones, elucubraciones, viajes a otros mundos de la poesía y del pensamiento, volaba… para luego regresar al libro, como un experto paracaidista que sabe muy bien dónde aterrizar. Su voz, chillona como la de Jerry Lewis en The Nutty Profesor, nos mantenía hechizados durante dos horas. Y, al final, sin capacidad para decir algo, los estudiantes lo veíamos como si se nos hubiera aparecido Buddy Love, el gran hacedor de cocteles explosivos.

¿Quién de los simbolistas imaginó un piano del paladar? No me acuerdo. Recuerdo, eso sí, la explicación de don Salvador. El maestro Elizondo nos contaba, divertido, que dentro del mueble habría una serie de recipientes con diferentes líquidos, cada uno de distintos sabores. Los líquidos serían enviados, por medio de tubos, a la boca del ejecutante, quien podría, entonces, conocer a qué sabe, por ejemplo, el segundo movimiento del Concierto para Piano #2, de Beethoven… ¡o el duetino de Papagueno y Papaguena, de Mozart! (es fácil saber a qué pieza me refiero, si recuerdan la linda interpretación de Simon Callow –el genial Simon Callow- y Lizabeth Bartlett en la película Amadeus –cuando Wolfie acepta componer la música de La Flauta Mágica, con el libreto de su amigo Emanuel Schikaneder).

Fueron sus clases las que me llevaron, naturalmente, a sus libros: El Grafógrafo, El Retrato de Zoe, Farebauf o la crónica de un instante, Miscast, Camera Lucida, El hipogeo secreto. Creo que de este último es de donde Octavio Herrero se inspiró para su canción Fíltrate en mí, en permanente estado de composición.

Pues bien, las cosas son así... y no hay remedio. Apenas en enero recordábamos que hace veinte años desapareció Juan Rulfo, y ahora desaparecen otros. Desaparecer, ésta es la palabra exacta, pues en ella se subraya el necesario suspenso de la vida misma. Así deberían anunciarse las muertes en el periódico: Desaparecieron Stanislaw Lem y Salvador Elizondo. Se ignora su paradero.

lunes, marzo 27, 2006

Notas escritas en el Metro

¿Qué es bloguesía?, dices mientras clavas
en my complete profile tu pupila azul.
¿Qué es bloguesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Bloguesía eres tú.

I

¡Se nos fue la Jessi, hace quince días! Quiero decir, se nos fue de la barra de Ruta 61. La tuvimos poco tiempo, y esos días fueron lindos (al menos para mí, que agradezco profundamente cuando alguien sabe servir un whisky con la exactitud del sabio y la delicadeza de los ángeles). Gracias, mujer, por tu presencia y tu sonrisa. Carambas, qué tristeza. Pero, bueno, desde aquí te mandamos nuestros besos y nuestros abrazos. ¡Y date una vuelta, niña, como ciudadana que eres de Ruta 61! Si Pablo me da permiso, te saco a bailar apenas se nos suban las copas.

II

Creo que voy a publicar esta vez mi serie Ignacio el Furtivo: fotos que hace poco tomé a Ignacio Espósito, uno de mis bateristas de rocanrol favoritos (junto con Charlie Watts y Terry Bozzio). Con precisión de relojería, Nacho garantiza siempre el desarrollo expresivo de Vieja Estación. Pero no sólo eso: quienes lo hemos visto proteger el ritmo de John Markiss, Billy Branch, Max Cabello, Alejandro Marcovich y las mismas Señoritas de Aviñón (cuando Javier García ha tenido que ausentarse), sabemos que Ignacio es algo así como el Jefe del Departamento de Continuidad de Radio Rock and Roll, donde un mal paso o un viento colado inoportunamente pueden tirar la antena que con tanta esfuerzo se levanta para una recepción clara y fidedigna, y donde los ajustes de frecuencia determinada sólo pueden realizarse desde una mente atenta y concentrada en las fibras imperceptibles de la música.

III

¿Quién será Elsinamigos? No sé, pero le mando saludos y le agradezco su lectura. Siempre es bueno saber que hay otras islas, otros náufragos, otras voces. Porque todo blog es eso: un cerillo que se enciende en las oscuras oquedades del silencio colectivo, una botella lanzada al mar de las soledades, una mirada perdida en lontananza, una colección de cursilerías como las que ahora me salen en este párrafo. ¿Qué es un blog? Un frenesí. ¿Qué es un blog? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor blog es pequeño, que todo blog es un sueño, y los sueños… sueños son.

IV

Quiero explicar mejor la dificultad que padezco para controlar mis enojos, y lo voy a hacer con un ejemplo de la actualidad.

Antes, advierto que muy probablemente acuda a las urnas para anular mi voto.

Un conocido mío, abogado él, me confiesa que dio dinero para que, dentro de la cárcel, fuera golpeado cierto individuo acusado de estupro.

No digo nada. No estoy de humor para levantarme y decir que, Juárez dixit, aquí no rige el Código de Hammurabi. Tampoco tengo ganas de organizar en este momento un Simposio acerca de la Constitución Mexicana y la Ley Mosaica. Mejor, doy un sorbo a mi whisky y dejo pasar el asunto. Minutos más tarde, apenas llegamos al recurrente tema de las próximas elecciones, el mismo abogado expresa su repudio por uno de los candidatos…

-¡Es que es un corrupto y un demagogo! ¡El país se hundirá si ese tipo llega a la presidencia!

Escucho a la inefable clase media, tan decente, tan moderna, tan leída, tan culta (¡Ya leí el Código Da Vinci, güey!) La escucho llamar al mismo candidato un peligro para la nación. Al mismo tiempo, los miembros de esa clase media (que le echa la culpa al Gobierno de la Ciudad… ¡porque ya no tengo dónde estacionar mi BMW, güey, no mames!), me dicen que han conseguido muy buenos programas para su computadora a través de la piratería.

Son las mismas personas que me dijeron, en 1997, que cuidado con votar por Cuauhtémoc Cárdenas, porque era una amenaza para la ciudad, y que, además, corrían fuertes rumores de que el hijo de Lázaro Cárdenas era antropófago y que su mamá, doña Amalia, lo alimentaba con niños de Morelia batidos en huevo.

El único que, hasta ahora, me ha dado razones para no votar por un candidato en particular, es Octavio (sí, mi amigo Octavio Herrero). Digo razones, no pretextos ni coartadas, razones, aquellas que son el resultado de un trabajo mental que anda sobre líneas de pensamiento que corren, a su vez, sobre la muy estricta carretera de la lógica formal, donde hay conceptos, determinados por su comprensión y limitados en su extensión, conceptos comprendidos a partir de juicios verdaderos.

Pero es uno entre muchos. A la mayoría, me gustaría provocarle con mi voto retortijones en el estómago.

Otra persona a la que escucho (leo) con atención es a Adolfo Gilly, cuyo reciente artículo (Carta a un viejo compañero) es de veras devastador, doloroso y contundente.

viernes, marzo 17, 2006

Todo perro tiene su día VI

Directo hacia el infierno
Exile on Campeche Street
Uta Madre Level: Cinco estrellas

Just as long as the guitar plays,
let it steal your heart away.
(Torn and frayed)

Le digo a Gerardo, mi hermano –leyenda viva del rocanrol-, que escuche Directo hacia el infierno y que me dé referencias del pasado, porque hay algo en la canción que me lleva a los días en que colocábamos vinilos en un tocadiscos Philips monoaural, con tornamesa de fieltro y brazo de hueso color crema para la aguja de diamante. Mi gemelo suelta lo que escucha su mente…

-Ventilator Blues, Exile on Main Street, pues. Quiero decir, el espíritu de ese exilio voluntario en Francia. Es otra cosa, pero es lo mismo.

En 1971, año de Sticky Fingers, Keith Richards se juntaba mucho con Gram Parsons, quien había grabado, antes incluso que los mismos Stones- Wild Horses, con Flying Burrito Brothers (en Burrito de Luxe, con Leon Russell al piano). Más tarde, en 1972, los Stones decidieron recluirse en Francia –para evitar los excesivos impuestos británicos-, y ahí, en la mansión que Richards y Anita Pallemberg alquilaron en la Riviera Francesa- crearon uno de los más exquisitos álbumes en la historia de la música.

Quienes entonces andábamos por los dulces dieciséis, soñábamos con formar una banda y tocar en alguna azotea de San Juan de Letrán. Yo quería un abrigo como el de Lennon, unos pantalones verdes como los de Harrison y un impermeable rojo como el de Ringo. Nada de eso pude adquirir, porque mi economía y mi pudor no pasaban de Chiconcuac. Gerardo, en cambio, ya comenzaba a comportarse como Keith Richards: pantalones de terciopelo rojo carmesí, a la cadera, y el pelo escandalosamente largo. Fue así como lo conoció Octavio, el hoy guitarrista de Las Señoritas de Aviñón. Al ver a Gerardo, Octavio pensó:

-Este tipo tiene que ser mi amigo.


Otro sueño era grabar un disco en una casa colmada de sexo y drogas, como los Stones en Exile on Main Street.

Ahora, treinta y tantos años después, ya no quiero tocar en una azotea ni drogarme en casa de ricos. De hecho, escucho muy poco rock, casi nada, a menos que suceda un milagro como Vieja Estación. Entonces, puedo pasarme horas y horas ante, por ejemplo, Directo hacia el infierno, donde el amor apasionado se mira en el espejo y descubre su único horizonte posible, el de la decadencia y la devastación (toda pasión es de naturaleza diabólica).

Directo hacia el infierno es una declaración que adivina el infierno en la espalda de una súcubo –yo conozco al monstruo, viví en sus entrañas-. Pero esa revelación nos pone la carne de gallina gracias a la guitarra de Santiago, que inventa un riff de antología y se sostiene de manera espeluznante por la fuerza de Mauro, en el bajo, e Ignacio en la batería, mientras José Luis juega sobre sus teclas como si hubiera sido contratado para amenizar una orgía en Villa Nellcôte.

¿Qué tiene Vieja Estación que me ha devuelto el gusto por el rock and roll? ¡Pues eso, precisamente, rock and roll! Algunos, desde la inopia que produce tanta basura y tanta mierda, pueden no entender lo que digo; otros, arrogantes y temerosos de saberse rebasados, se harán los sordos. ¡Bah, qué importa! Basta escuchar Directo hacia el infierno para comprobar que Vieja Estación es una banda con raíces profundas y ramas que tocan el espíritu de un dios inmortal: la música.

Nota importe: Para tu disfrute, aprieta la estufa color de rosa y escucha Ventilator Blues, con los Stones; y Wild Horses, con Flying Burrito Brothers. Esto es una cortesía de Gerardo Aguilar Tagle, quien ahora afirma que Juanita, de FBB, se parece a Dear Doctor, de los Stones. Ya estudiaremos el caso.

miércoles, marzo 08, 2006

lunes, marzo 06, 2006

Miscelánea entre paréntesis

Pangea I

Como comenté en la entrega pasada, el jueves 2 de marzo tuve la suerte de escuchar a Pangea en Ruta 61. Gabriel González (bajo), Sergio Galván (sax alto), Gus Andrews (trompeta), Edgar de la Torre (guitarra) y Marco Castro (batería), hicieron de la velada una hermosa tela de funk y jazz.

Así, sin mayores trámites ni condiciones, Pangea entra directamente al departamento de bandas que nutren con belleza la singularidad de Ruta 61, cuyo interés primero es el blues, pero que bien sabe cobijar a la parentela mayor y sus géneros aledaños.

Una muy buena noche de música verdadera, donde la precisión técnica no veló el gozo estético, ni el recreo musical impidió las muestras de un virtuosismo sin arrogancia y una sabia discreción en la profundidad de los conocimientos.

¡Uf! Qué manera tan engolada de decir que los grandes artistas son aquellos cuya obra parece un juego de niños, como surgida de la naturaleza. Y Pangea es así: una conjunto de magos que sacan flores, conejos y listones de sus instrumentos y de su asombrosa orquestación.

Ruta 61 en televisión

Coincidió la presentación de Pangea con la visita de las cámaras y micrófonos de Ricardo Rocha, cuyos productores se interesaron en realizar un reportaje acerca de Ruta 61, en general, y de Vieja Estación en particular. Por ahí andaban, además, Miguel Valdez –percusionista cubano- y nuestra adorada Marie, ella acompañada de su hija Marifer y su sobrina María José de Diego, hermosas señoritas que iluminaron la noche con danzas y sonrisas.

Pangea II

Pangea es un acto heroico, y la heroicidad radica en su decisión de entregar belleza en una ciudad cuya constante es la fealdad de la música que consume. ¿Música, dije? ¡Bah! Llamar música a lo que se escucha en las calles del Distrito Federal (en taxis, microbuses, camiones, puestos ambulantes, pasillos del Metro, centros comerciales, fondas y restaurantes) es tan desproporcionado como sugerir que Color Life de Comex tiene derecho a exhibir su propuesta en el Hermitage.

De otra clase de héroes

Si aprietas, lector curioso, la estufa color de rosa, podrás disfrutar de un pasaje memorable de Harry el Sucio. El audio me lo envió nuestro amigo Luis David, desde Santa Ana Chautempan, Tlaxcala. De él, a propósito, recomiendo su blog La página de Contreras, donde acaba de publicar un delicioso soneto.

Pangea III

Digo, pues, que Pangea entra a mi muy personal lista de bandas excelentes en Ruta 61, junto con Vieja Estación, Las Señoritas de Aviñón, AKA, El Charro y sus Moonhowlers, Memo Briseño, Betsy Pecanins y... también, por qué no, La Dalia Negra, que si trabaja su repertorio con un criterio más riguroso puede, entonces, convertirse en una gran agrupación.

Breviario cultural

Pangea (de los griegos pan y gea, es decir, todas las tierras) es el nombre dado por Alfred Lothar Wegener (1880-1930) al supercontinente primigenio, aquel que estaba rodeado por el mar Panthalassa. ¿Cuándo? ¡Ah, pues antes de muchos antes, en la era mesozoica! Desde entonces y durante la era paleozoica inferior, Pangea comenzó a fragmentarse, y en el paleozoico superior volvió a ser un solo continente. Sin embargo, más tarde, Pangea se dividió de nuevo en dos masas continentales: Gondwana y Laurasia (¡Laurasia, qué bonito, evoca el nombre de pila de mi adorada Desdémona Peniche!).

Casi fin de esta entrega

Volviendo a Todo perro tiene su día, y antes de pasar a la tercera canción del disco, tengo que señalar que es en Sin tratos, la segunda pieza, donde se encuentra el verso que da nombre al álbum. Y, a propósito, lector mío, ¿ya tienes tu ejemplar? Vas a darte de topes en la pared cuando se acabe la primera edición y te des cuenta de que cometiste un error al no atender mi sugerencia de adquirirlo ya. Con el tiempo, una primera edición se vuelve tesoro invaluable. Pregúntaselo a quien tiene entre sus viejos LP's la edición original de Their Satanies Majesties, con la portada en tercera dimensión... o el Stand up de Jethro Tull, con un pop up interior que mostraba a Ian Anderson, Martin Barre, Clive Bunker y Glenn Cornick, los músicos, con los brazos abiertos. Pero no sólo hablo de portadas memorables, sino de grabaciones formidables, y es en éstas donde incluyo Todo perro tiene su día, que además cuenta con una hermosa envoltura diseñada por Octavio Herrero, el productor del disco. Y si vas un viernes a Ruta 61, ansioso lector, no sólo podrás disfrutar de una excelente velada de blues, sino que, además, la banda escribirá en tu ejemplar una dedicatoria.

Camel Bonamico

He incluido en esta entrega la fotografía de una cajetilla que me encontré en Ruta 61. La alteración del dibujo se la debemos a Mauro Bonamico, bajista de Vieja Estación y amado hijo en quien he puesto todas mis complacencias.

martes, febrero 28, 2006

Todo perro tiene su día V (El enigma de Humboldt)

La casa tiene jardín delantero,
cosa rara en la calle Humboldt.
(en Simulacros, de Julio Cortázar)

El funk ha tenido buenas y malas épocas, excelentes y pésimas bandas. Las ridiculeces sonoras de Funkadelic y George Clinton no me interesan, nunca me interesaron (quién sabe, tal vez en vivo habrán sido sensacionales). En cambio, el James Brown de los sesenta sigue fresco y delicioso. Por otro lado, las incursiones de Zappa en el género han de ser cautelosamente tomadas como citas y homenajes, geniales siempre, y no como formas personales de expresión (la única forma personal de expresión en Zappa es Zappa mismo, como bien me dijo alguna vez –aunque con otras palabras- mi querido José Luis Sánchez, Josefáin).

Lo cierto es que la sección de vientos en Titties & Beer es con la que deseo despedirme de este mundo.

Luego, por ahí andan bellezas de Kool and The Gang, de Sly and the Family Stone y del mismo Stevie Wonder. En cambio, el tratamiento que Red Hot Chilli Peppers da a al funk, digamos que me causa gracia… pero nada más. Jamiroquai y Lenny Kravitz terminaron por aburrirme. Por otro lado, podría pasarme horas y horas escuchando en vivo a AKA, la banda de Fernando Ruiz. ¿Se imaginan si Vieja Estación contara con los metales de AKA para echarse Sin tratos? Creo que Ruta 61 estallaría de gozo.

SIN TRATOS
UTA MADRE LEVEL: CINCO ESTRELLAS

Porque Sin tratos tiene la fuerza para convertirse en un clásico de… ¿Cómo llamarlo? ¡Bah, no importan las clasificaciones!

La guitarra de Santiago abre las pesadas y enjoyadas puertas del Palacio del Funk; Mauro, José Luis e Ignacio subrayan el primer tiempo del tercer compás; al cuarto, el pandero de Ignacio anuncia la voz del Polaco, y un instante después del quejido de Ezequiel, nos descubrimos envueltos en espasmos que poco a poco se convierten, por la precisión y fuerza de Nacho, en una danza difícil de detener o controlar.

Si en Hacia dónde voy, el Polaco andaba casi desnudo, cubierto apenas por una piel de camello, ahora viste un hermoso traje tornasolado y se halla parado en una plataforma iluminada y cubierta de hielo seco, que lo transforma en una especie de soul preacher; la plataforma asciende hidráulicamente hasta poner al Polaco a la altura del resto de la banda, para sentenciar:

Todo perro tiene su día, y el mío es hoy.
Todo perro tiene su día, y el mío es hoy.
No hagamos tratos, que así está mejor.

La pieza casi vuelve a comenzar, para dar paso a la segunda estrofa:

Dame lo que es mío, y no pidas más perdón.
Dame lo que es mío, y no pidas más perdón.
¿Sabés que el último que ríe es el que lo hace mejor?

Hasta aquí, el Polaco tiene atrás a Jeff Beck en la guitarra, Tim Bogart en el bajo, Carmine Apice en la batería y a Jan Hammer en los teclados. Quiero decir, cierro los ojos y eso es lo que escucho. Si alguien no está de acuerdo, que haga su propio blog y describa sus propios sueños.

Luego, la banda se suelta el pelo para que el Polaco cante el quid del asunto: De nuevo, como en Hacia dónde voy, Ezequiel se vuelve el insumiso de siempre, el que no da su brazo a torcer, vertical e intransigente, al grado del prejuicio y la fatalidad:

Sabés bien lo que va a pasar.
Todo esto, todo esto me cansó.
Sabés bien lo que ahora va a pasar.
Todo esto, todo esto se acabó.

Escuchen el solo de Santiago, y van a comprobar que Jeff Beck está más que presente. Aunque sé que Tomy no lo pensó así, hay cosas que se pegan sin que uno lo note.

Por último, en la estrofa que cierra la canción, aparece el verso que a quienes no conocemos Buenos Aires puede parecernos críptico:

No quieras engañarme…
Para Humboldt ya me voy.

Expliquémosla: Humboldt es una calle en el barrio de Palermo, que corre paralela a la avenida Juan B. Justo, una arteria kilométrica bajo la cual fluye el caudal del arroyo Maldonado. Julio Cortázar tiene un cuento corto, Simulacros (dentro de Historias de Cronopios y Famas) que sucede, precisamente, en Humboldt. Y ahora, Vieja Estación menciona la calle, porque en ella se encuentra (o se encontraba) el lugar donde la banda grabó, a principios del siglo, su primer disco, el estudio de un amigo íntimo, Fabio Desimone. ¿Y no podría Fabio, a propósito, contarnos cómo fueron esos días? ¿Por qué el Polaco amenaza, en la canción, con irse a cobijar a esa casa legendaria? ¿Qué había en ella que su sola mención nos recuerda la advertencia conyugal de todos conocida? ¡Pues me voy a casa de mi madre! ¿Fue el estudio de Fabio reducto de rebeldes, Casa de Toby y resguardo de amantes mal tratados? ¿Fue Fabio una especie de Madre Nutricia que escondía a amantes delincuentes? Mientras recibimos alguna pista, alguna respuesta satisfactoria, volvamos a escuchar Sin tratos, porque, a fin de cuentas, con toda ella podríamos descrifrar el Enigma de Humboldt.

miércoles, febrero 22, 2006

Todo perro tiene su día IV

No cansaré a mis tres lectores con la narración detallada de momentos íntimos. Que el pasaje anterior sirva como botón de muestra para entender el ambiente en que se dio la grabación de Todo perro tiene su día. Prefiero hablar de las canciones.

Sugiero escuchar este disco con audífonos y a todo volumen. Hay que aislarse, pero de veras aislarse, como lo hacen los anacoretas cuando quieren percibir la voz de Dios. Porque, a propósito, el disco inicia con
Hacia dónde voy, una canción de tono mesiánico.


HACIA DÓNDE VOY
UTA MADRE LEVEL: 5 ESTRELLAS.

Veo a un profeta enojado, levantando los brazos y lanzando imprecaciones contra un mundo de ciegos, una imagen que abona a favor de la asociación que en algún momento hice entre el grupo bonaerense y el idealismo revolucionario de mediados del siglo XX. Sin embargo, tengo que ser cauteloso, porque esta relación no es necesariamente compartida por la banda. El domingo pasado, saliendo del cine con Ignacio Espósito (fuimos a ver Syriana B-15, de Stephen Gaghan), el baterista me dijo que él, personalmente, está más cerca de Gandhi que del Che Guevara...

-A sabiendas, Agus, de que quién sabe, porque... ¿qué alcanzó Gandhi con su pacifismo?
-¡Bueno, Nacho, digamos que él es protagonista central en la independencia de la India! De cualquier manera, tomo en cuenta tu deslinde del agua que llevo a mis molinos
-¿Quieres decir que tú sí tomarías las armas y participarías de una revolución violenta?
-¡No! Soy un hablador.

Advierto lo anterior para que se entienda que todo lo que aquí escriba es una interpretación personal, no una exégesis, porque no estamos ante un Viejo Testamento sino ante Vieja Estación, una banda de rocanrol.

Vayamos a Hacia dónde voy.

Imagina que abres la puerta de tu casa y, en ese preciso instante, un enorme tanque blindado te sorprende y te lleva de corbata hasta la cocina.

¡Pero no es un tanque militar, es un tanque de música, que bien hubiera funcionado en la Roma de Cletus Awreetus-Awrightus, el emperador funky de El Grand Wazoo!

Así comienza el disco de Vieja Estación: la guitarra de Santiago –sostenida por el resto de la banda, que parece un ejército invasor de conciencias y de corazones- no te da tiempo si quiera de servirte el primer whisky o encender el primer cigarro. Cuatro compases duros y precisos, que de tan severos rompen los muros más interiores de la indolencia cotidiana; y del polvo surge, entonces, la voz de Ezequiel, que aquí parece llegar del desierto, vestido con piel de camello, después de alimentarse de raíces y miel silvestre.

Escucho la canción mientras miro, por casualidad, el Martirio de San Sebastián pintado por Antonio de Pollaiolo (1432-1491). Este pasaje del martirologio cristiano ha sido plasmado por otros artistas, como por ejemplo El Greco. El santo, torturado por las flechas envenenadas que lanzan los soldados de Diocleciano, parece preguntar, como el Polaco, hacia dónde voy, con esa misma mezcla de obstinación e incertidumbre que puede observarse en quienes no traicionan principios ni ideales.

Sebastián muere (aunque no en ese momento, sino en una segunda aprehensión) por profesar la fe cristiana entre sus compañeros soldados (él era centurión del imperio); y aunque creamos ver en su rostro beatitud, es muy probable que en el momento del suplicio lo que pasa por su debilitada mente es la misma serie de angustias y dudas que tuvo Jesús al ser crucificado (Leví Leví lemma sabactani, Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?, dicen Marcos y Mateo que dijo su maestro a la hora nona, un poco antes de morir).

¿Y si he llegado a esto basado en una ficción, en un sueño? ¿Hacia dónde voy?

Después de correrla tres veces seguidas, quito la canción y me pongo a escuchar la música incidental compuesta por Debussy sobre la pieza escrita por Gabriel D’Anuzzio para narrar la historia de Sebastián. Y sólo así puedo escribir, para esconderme un rato del Polaco y de toda Vieja Estación.

El título de la canción se vuelve frase colectiva en el primer verso, ¿Hacia dónde vamos?, que da paso a la retórica de la indignación: ¿Hay que tragar barro para renacer?

Repito, hay en esta canción el peso del disgusto y el reclamo, hay mucha incomodidad. No puedo evitar las referencias bíblicas: recuerdo a alguien que, hastiado de los mercaderes en el templo, se lanza contra ellos, los acusa de herejes y los expulsa violentamente. Poco falta para que el Polaco grite ¡Han convertido la casa de mi padre en cueva de ladrones!

Sin embargo y a diferencia de los profetas más encumbrados, el personaje de Hacia dónde voy admite que no tiene las respuestas. Y no las tiene porque, dice, no las conoce…

¿Pero a quién puede importarle lo que yo pueda creer?

Al escuchar esta cátedra de humildad y de humanidad, surge en mi mente aquella escena de La última Tentación de Cristo, de Scorsese, en la que Jesús (Willem Defoe), casi al principio de la película, se confiesa ante Judas (Harvey Keitel) y advierte que nada tiene que anunciar, que, al contrario, él es un hombre miedoso y lleno de dudas. El personaje de Hacia dónde voy, sin embargo, no llega a tal desprecio de sí mismo: sólo quiere decir que, a diferencia de otros, él no trae consigo la verdad; sólo coloca el dedo en la llaga y deja en cada uno de nosotros la responsabilidad de caminar.

Escupí las moscas de tu boca y entendé…
Sos el único que puede llevarte hasta donde vos querés.

Dos detalles se presentan en la pieza como altorrelieves de esta Máquina de Rocanrol que es Vieja Estación: un pequeño momento de Jose Luis Sánchez, cuyo teclado adorna el mediodía de la canción, y el solo de guitarra con el que Santiago cierra el discurso y dibuja el camino hacia el horizonte, donde el profeta se pierde de la vista de todos y se va a sentir el sol en sus pies.

lunes, febrero 20, 2006

Todo perro tiene su día III

El pasado es a veces un río que me arrastra cuesta abajo
(E.E.)

Martes 30 de noviembre de 2004. Las sesiones de grabación comenzaron a media tarde, entre hamburguesas, whisky, papas a la francesa, refrescos, cervezas y salmón ahumado. Ese mismo día, tuve la fortuna de escuchar a Ezequiel Espósito, en audición privadísima, cantar canciones que él y un amigo (Nicolás Bereciartúa) habían grabado a principios de 2004. Son canciones que quién sabe si algún día se integren al repertorio de Vieja Estación. Lo dudo, parecen cosas muy personales, canciones nocturnas, canciones de ausencia y desolación, corazones escondidos en maletas de viaje, sillas viejas, collares de piedras, pesados y tristes, más tristes que la tristeza; precipicios, lluvias vespertinas, espaldas donde juegan nubes, dulzura de mujer que nos rescata del abismo, amigos zorros que de noche buscan conejas; el pasado, siempre el pasado, río que jala, pasado siempre presente, por más que lo vivido, bien o mal, vivido está.

Ojalá que algún día el Polaco decida darlas a conocer, al menos para que quienes admiramos y seguimos a la banda tengamos la oportunidad de rastrear hacia atrás y hacia todos lados los procesos de creación y composición de todos y cada uno de los miembros de Vieja Estación. De esta manera, el escucha atento descubrirá, a propósito, que si la música del grupo ha evolucionado tanto en su capacidad expresiva como en la ejecución de la orquesta, es claro que algo semejante sucede con las letras, donde se encuentran hoy mayores destrezas poéticas, imágenes más nítidas de lo que se quiere describir o contar, siempre sin perder la necesaria sencillez que exige una buena canción; no hay petulancia intelectual ni abstracciones imposibles de descifrar; hay, eso sí, un tema recurrente, del que hablaremos en otro momento. Por ahora, volvamos al recuerdo de esa tarde, cuando, de forma natural y desde el primer momento, las complicaciones brotaron como lombrices, sobre todo en el envío del audio hacia los audífonos.

Es curioso, porque a pesar de que se trata de un problema inherente al inicio de toda grabación, esto siempre causa nerviosismo, frustración, cansancio y enojo. Comienzan los reclamos y los roces…

Tomy, Nacho y Mauro insisten que algo anda mal con la señal, y Octavio explota:

-¡Pero es que acuérdense que ahorita los instrumentos no están ecualizados!

No, yo sé, yo sé –señala Tomy-; el problema es el volumen en los audífonos.

Octavio se acerca a Rafael, y le pregunta que qué está pasando. Decente pero contundente, Rafael habla con la mirada en los controles:

-A ver, Octavio, no me presiones.

Más tarde, llega Lalo Serrano, el sediento dueño de Ruta 61. Al ver que no hay cervezas, jala a Tomy y se lo lleva a la miscelánea más cercana. Mientras, Mauro, que nunca pierde la compostura ni las buenas maneras, trata de explicar la sensación que experimenta con estos audífonos:

-Se escucha con cámara. Se escucha como si estuviera sonando el equipo, pero en otra parte. Así se escucha.

Octavio y Rafael hacen pruebas, y Mauro advierte:

-Ahora no se escucha el bajo, como si estuviera apagado recién.

Octavio, que no se va a dejar vencer por los nervios de la banda, propone:

-¡A ver, a ver, todos hagan oooooommmmm!

Regresan Tomy y Lalo, y en esos momentos el segundo recibe llamada en su celular. Parece que se activó la alarma de Ruta 61.

-¿Quién toca hoy, Lalo?, pregunta el Polaco.
-Blue Anima…

Tomy y Mauro no se sienten cómodos en el salón de Nacho, así que deciden pasarse a la recámara contigua. Octavio prueba los audífonos del baterista:

-¡Bueno, Ignacio! ¿Ahí estás escuchando?
-Y… no sé. Ahora no estamos tocando. Lo que escucho es un grillo.
-Sí, se está colando un grillo que están en el techo.

Octavio mueve el amplificador del bajo… y tira la cerveza.

Miren, yo sé de ambientes! Todo va a resultar bien, dice Octavio mientras limpia con cualquier cosa su tiradero.

-Pará, pará. Hay que hacer algo, Nacho, porque sólo se escucha el tacho.

Lo anterior lo dice Tomy a gritos, así que todos se enojan…

-¡Por favor, boludo! ¡Qué tipo más duro, me cago en Dios!
-Yo escucho perfecto. Pero ahora que ellos pidan lo que necesitan. Me van a cagar las pelotas.

Mauro, siempre tan respetuoso:

-Me parece, digo, para mí, ¿eh?, yo, no sé los demás, que ya está perfecto.
-¿Y tú, Nacho?
-Y… ¡que alguno me explique qué es la perfección!