miércoles, febrero 10, 2010

La muerte de un artista

Los Hermanos Tarelo

Gerardo Aguilar Tagle
1955-2007

El jueves 21 de diciembre de 2007, a las cuatro de la madrugada, Gerardo María Aguilar Tagle, guitarrista de la desaparecida banda de culto Mamá-Z, decidió realizar un viaje sin boleto de regreso hacia la eternidad y hacia el interior de los suyos.

Muchos recordarán, seguramente, algunas de sus composiciones: Morir de amor (parir chayotes), Ayer, Mamor (no me dejes solo), Concha y Yo ya no quiero contigo, entre otras.

Además de músico, Gerardo fue un dibujante exquisito que dedicó los últimos años a concentrar sus viñetas en una bitácora electrónica (www.gerardomaria.blogspot.com), bajo el seudónimo de Tlacuiloco. No terminó de hacerlo, pero lo que hoy aparece en dicha bitácora es muestra de su gran talento y de su humor irreverente.

Durante los últimos meses, los dolores de Gerardo se volvieron invisibles, inaudibles, inexistentes, a la vez que –oximorones de la vida- muy pero muy presentes. La belleza constante se vuelve invisible. Algo semejante podemos decir del dolor crónico, animal mimético cuya inadvertida pero real presencia define nuestros sentimientos, nuestros pensamientos y nuestras ideas.

Entre las grandes virtudes de Gerardo, se destaca su magnetismo y su capacidad de encantamiento con la gente buena: durante el tiempo de Mamá-Z (los años ochenta), él fue el único miembro del grupo que logró establecer cariñosa amistad con los miembros de otras bandas. Todos guardan de él el recuerdo de un hombre que supo vivir intensamente el movimiento del rock mexicano de los ochenta.

A principios de los setenta, Gerardo recorrió la colonia Roma en busca de un antro pseudo-académico que resistiera su irritante comportamiento (mofarse de los maestros, traer el pelo hasta los hombros, usar pantalones color mamey o rojo carmín, de terciopelo y a la cadera). ¡Y lo encontró! Se inscribió en El Instituto América Latina, donde conoció a un tipo con el que se avino inmediatamente. El entendimiento tuvo razones simples: a ambos les gustaba el rocanrol de los años cincuenta, la música de los sesenta y las cosas pesadas que empezaban a salir en los setenta. Ese tipo se llamaba (y se llama) Octavio Herrero, el actual líder y guitarrista de Las Señoritas de Aviñón. Con él y con otros amigos entrañables (Óscar Fernández, los hermanos Pasapera, Arturo Macías), así como con su compañera de toda la vida, María Eugenia Sámano Valenzuela, pasó la segunda mitad de los setenta y toda la década de los ochenta haciendo música, música y más música. Dos momentos fundamentales de su historia musical fueron Los Hermanos Tarelo, Mamá-Z y Las Moscas de Metepec, esta última una banda fantasma creada por Octavio y Gerardo, quien deseaba componer un rocanrol a la altura de sus sueños (es muy probable que en este momento esté logrando ese rocanrol definitivo, pero a no podremos escucharlo).

Gerardo Aguilar Tagle se fue. Nos dejó canciones hechas con el corazón y dibujos nacidos de una voluntad específica: resumir en unos cuantos trazos su amor a la vida.

En el mes de marzo del año que corre será lanzado Yo soy la mosca, disco compacto que reune algunas canciones de Gerardo. Ya antes, el 18 de enero de 2008, algunas de dichas canciones fueron presentadas en el bar Ruta 61, donde esa noche se rindió homenaje póstumo al artista y al amigo, con la participación de dos bandas extraordinarias: Las Señoritas de Aviñón y Vieja Estación.

2 comentarios:

Cazador de Tatuajes dijo...

Al fin, querido Agustin, al fin termina el tan largo parto. El disco es, para mi, una especie de Quetzalcóatl. Un ser mágico y misterioso que sabía estaba a punto de llegar, pero no sabía cuando ni donde.

Es extraño, Agus, el viaje de Gerardo y de mi mejor amigo Fritz fueron eventos que me marcaron, que me dolieron y que a su modo me cambiaron. Sin embargo, este año ninguno de los dos aniversarios luctuosos singificó (como el año pasado) un derrumbe mental y emocional. Ambos dias llegaron y se fueron, para ser recordados sólo un poco después. ¿soy un monstruo desmemoriado o por fin estoy dejandolos ir?

Agus dijo...

No, Víctor querido, no somos monstruosos, somos parte de una naturaleza que sabe curarse a sí misma. Ante la muerte del amado, vamos desde el dolor intenso hasta la dulce tristeza, un silencio melancólico que nos adormece.